Publicado en Christian Díaz Yepes

La palabra del domingo: elevar la ambición

La palabra del domingo: elevar la ambición

Domingo 29º del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Marcos (10,35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Palabra del Señor

Meditación:

Los discípulos no habían comprendido a Jesús porque no compartían su ambición. La de ellos seguía la mentalidad de este mundo: poder, reconocimiento, prestigio. La ambición de Jesús, en cambio, es la de amar hasta el extremo: ofrecer su propia vida no para condenar el mundo, sino para salvarlo. Jesús no rechaza la ambición de ser los primeros, sino que señala cuál es la primacía que debemos aspirar en el reino de Dios: ser los primeros en amar. Hoy somos nosotros los invitados a convertirnos hacia esta ambición, aspirar a ser los primeros en servir y dar la vida

¿Cómo puedo ofrecer hoy mi vida los demás?

¿Podeis beber el cáliz? ¿Podéis ser bautizados? Pregunta Jesús a Santiago y Juan en su ambición. El definitivo bautismo de Jesús pasa por la Cruz. Es su paso (=Pascua) de la muerte a la vida, de la humildad a la gloria. Los discípulos participaremos de ello en nuestro propio bautismo, cuando pasamos de la caduca condición terrena a ser hijos de Dios. También comulgamos del mismo cáliz en cada Eucaristía, donde se actualiza su Pascua de muerte y resurrección. Pero actuamos también estas realidades cada vez que unimos nuestras propias situaciones de cruz con la de Jesús: sacrificios y esfuerzos, dudas y tribulaciones… Así ratificamos nuestra unión con su fuerza redentora, dándole pleno sentido a cada cosa que vivimos

Pienso en mis situaciones difíciles y las voy dejando a los pies de la cruz de Jesús. Confío en que él las transforma en vida plena.

También se nos revela aquí una enseñanza de Jesús para superar los conflictos humanos. Ante una situación de hostilidad entre sus discípulos, que se habían indignado ante la pretensión de aquellos dos, él se hace mediador.  Es la actitud de personas asertivas, que hacen que los problemas se solu­cionen en equipo. Se colocan como un tercero neu­tral que escucha a las partes y las ayuda a dialogar y a comprometerse en una solución compartida. Jesús, quien es el “Mediador” definitivo entre Dios y los hombres (Cf. ITi 2, 5; Hb 9,15.12, 24), sabe ser mediador entre conflictos que parecen irresolubles. En el evangelio de hoy vemos cómo escucha con atención lo que Santiago y Juan le piden, dialoga con ellos y les pone en un plano superior. Él no cede ante las exigencias de su propia misión, tratando de suavizar lo que es­pera de sus discípulos o escandalizándose ante sus pretensiones. Cuando les enseña que más bien deben buscar el primer puesto haciéndose los últi­mos, “eleva” la discusión que se genera en el grupo según las exigencias de toda su enseñanza. Nadie salió ofendido y Jesús logra que una situación de hostilidad se convierta en una enseñanza sobre el Reino de Dios.

¿Cómo puedo aplicar esta actitud de Jesús en los conflictos humanos que se me presentan?

 

 

Fotografía de Olga Simón

 

 

 

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La palabra del domingo: amar es cumplir toda la Ley

La palabra del domingo: amar es cumplir toda la Ley

Domingo 27º del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Marcos (10,17-30):

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»

Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»

Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»

Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Jesús comprende la bondad del hombre en dos facetas de una única realidad: seguirle a él y darlo todo. Él da gran importancia a los Mandamientos del Antiguo Testamento. No ha venido a suprimirlos, sino a llevarlos a su plenitud. Ellos son las señales en el camino hacia Dios. Cuando los seguimos, podemos estar seguros de estar avanzando hacia Él.

Reflexiono acerca de los Mandamientos, recordándolos uno a uno. ¿Cuánta importancia les estoy dando en mis decisiones y acciones?  

Llama la atención que cuando Jesús enumera aquí los Mandamientos omite los tres primeros, que se refieren a Dios, y señala únicamente los que se refieren a las personas. ¿Por qué? No lo hace porque no les dé importancia, sino todo lo contrario. Él quiere conducirnos a la forma más elevada del amor a Dios: seguirle a él, a su Hijo. Porque si reconocemos en Jesús al mismo Dios,  estamos invitados a seguirle en su camino de entrega y plenitud, de cruz y resurrección. Eso ya vale cien veces más de todo lo que pospongamos por él. Por tanto, no basta sólo con decir que creemos en Dios, que somos cristianos y a la vez permanecer indiferentes al camino que recorre Cristo. El verdadero discípulo sigue los pasos del Maestro en su solidaridad con los hombres y su relación profunda con el Padre.

¿Cuánto estoy dando de mí mismo y de lo mío por amor a Jesús?

 Jesús no sólo nos pide darlo todo por él, sino también por los suyos. Estos “suyos” son especialmente los pobres, a quienes él da prioridad en su camino. A la vez, este amor nos invita a vivir la forma más radical de libertad, que es no apoyarnos en nuestros medios y posesiones para esperarlo todo de Dios. No fueron los bienes los que impidieron a aquel hombre seguir a Jesús y llenarse de gozo: fue su apego a aquellos. Más que rico en posesiones, éste era un rico de sí mismo, esclavo de sus falsas seguridades. No importa si es poco o mucho lo que tenemos, pues incluso lo más mínimo que no estemos dispuestos a compartir puede convertirse en el mayor obstáculo a nuestra capacidad de donarnos a Dios y a los demás.

¿Cuáles son mis riquezas? ¿Estoy dispuesto a posponerlas por seguir a Jesús?

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 La Palabra del domingo: Unidad

 La Palabra del domingo: Unidad

Domingo 27º del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Marcos (10,2-16):

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?»
Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.»
Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Palabra del Señor

Comentario:

“Lo que Dios ha unido…”. Él ha creado en unidad todo lo que existe. En unidad de amor. La tierra sostiene a los cuerpos con una firmeza de amor, los ríos desembocan en los mares en un ímpetu de amor, la semilla cae en tierra y muere en una ofrenda de amor. Así circula, crece y se renueva la vida. Y el ser humano está llamado a coronar la creación también como unidad de amor. Unidad personal de cada uno. Unidad en la caridad con los demás. Esa unidad armoniza la fuerza y la mansedumbre, la paciencia y la audacia, el silencio y la palabra. Unidad sin confusión ni separación porque…

“En el principio no fue así. Es nuestro pecado el que hiere y quiebra nuestra unidad original. Toda división entre las personas se origina en esa división interior que nuestro egoísmo produce. Los proyectos que nos trazamos con otros, las esperanzas y esfuerzos compartidos, pueden frustrarse por cerrarnos al amor. El matrimonio y la familia, como unidad de hombre y mujer que expresa nuestro destino a la comunión, puede llegar a romperse. Pero no es Dios quien lo ha querido así. Él respeta nuestra libertad y con ella nos ofrece la oportunidad para sanar y reparar lo que hayamos herido. Ante toda división interior e interpersonal, busquemos nuevamente la gracia de Dios que puede sanar y salvar nuestra unidad. Desde ella podemos perdonar, reconciliar, abrir nuevas sendas para seguir caminando juntos.

“Que no lo separe el hombre”… y que el hombre no se separe en sí mismo. Dios no ha querido nuestra fractura interior, que nuestra persona se fraccione en mil pedazos y así también nuestras relaciones con los demás. Si vivimos en Dios, nuestro ser se unifica. Su amor es esa amalgama sobrenatural que integra nuestro ser y nos permite vivir relaciones sanadoras, creativas y fecundas. La armonía y el bien que podemos alcanzar con los demás parte de esa reconstrucción interior que todos estamos llamados a vivir. En ella nos purificamos, crecemos como personas nuevas y podemos construir la verdadera unidad con los demás.

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La Palabra del domingo: cortar para amar

La Palabra del domingo: cortar para amar

Domingo 26º del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Marcos (9,38-43.45.47-48):

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro.

Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa.

Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Atención y tentación, serían las dos palabras que sostienen este evangelio. Atención a nuestra llamada al reino de Dios y tentación de buscar las amenazas fuera de nosotros mismos. Jesús previene a sus discípulos contra la continua tendencia de acusar a los demás como enemigos y corruptores de la propia identidad y la propia misión. Él les enseña a cuidar la propia coherencia y radicalidad porque es allí donde se juega nuestro bien más alto y de donde sacamos las fuerzas para superar toda dificultad exterior.

¿Cómo me relaciono con los que me son distintos? ¿Les veo como amenazas o como oportunidades para aprender y crecer?

“El infierno son los demás”, sentenció J.P.Sartre. Es el individualismo moderno llevado al extremo, la inmadura acusación de los otros para no asumir la propia responsabilidad. Pero a los discípulos de Jesús ya les pasaba lo mismo. Preferían acusar a los de fuera en vez de mirar hacia adentro de sí mismos, donde había tanto por purificar. Es lo mismo que le pasa al trabajador que culpa al jefe de sus propias mediocridades, la mujer que culpa al marido de su frustración, el hijo que culpa a los padres de su falta de valor. El mensaje de Jesús, en cambio, es radical, por eso nos hace poner atención a la raíz de lo que somos y hacemos mirando hacia nosotros mismos y purificándonos de todo aquello que contradice nuestra vocación a una vida plena: miedos, falta de fe, mezquindades, vicios. Los grandes hombres y mujeres de la historia no han vivido en condiciones más favorables que las nuestras, sino que han transformado su adversidad en oportunidad para crecer y amar.

Reflexiona acerca de las actitudes, vicios y comportamientos que debes cortar para entrar desde ya en la libertad del reino de Dios

La llamada de Jesús no es a mutilar o frustrar nuestra vida. Cuando él nos pide ofrecerle algo, es para darnos mucho más. Cuando el árbol es podado, puede crecer más fuerte y dar más fruto. Cuando el hombre es probado, sucede igual. Se trata de cortar para amar, para hacernos más libres. Hoy, una vez más, el Evangelio nos mueve a prescindir de lo que nos sobra y frena para alcanzar así la libertad de lo esencial.

Sí, Jesús, reconozco que cargo con muchas cosas que me obstaculizan en mi avanzar hacia la plenitud de la vida que tú me ofreces. Que que con mi ojo miro lo falso, que encamino mis pies por sendas erradas, que ocupo mis manos en lo que no da vida a nadie. Hoy te ofrezco lo que soy y me comprometo a dejarme purificar por ti. Límpiame de lo que me daña a mí y a otros. Que me encamine con pasos firmes hacia la libertad que tú nos has ganado. Amén.

 

 

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La Palabra del domingo: pregunta personal

La Palabra del domingo: pregunta personal

Domingo 24º del tiempo ordinario

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Del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»


Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»


Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Palabra del Señor

 

 

Comentario:

Pedro no podía reconocer el verdadero mesianismo de Jesús por estar apegado a las visiones del mundo. Le cuesta aceptar que su Señor no será un mesías arrollador y prestigioso, sino que llegará a la gloria asumiendo el dolor y la humillación. ¡Cuántas veces nos pasa a nosotros lo mismo! Creemos que amamos a Jesús, pero a menudo no le acompañamos su camino de despojamiento y solidaridad con los que sufren. Rechazamos tantas veces esa cruz de cada día que, por su ayuda, puede convertirse en la gran oportunidad que esperamos. Pensamos como los hombres, no como Dios.

¿Qué haré en este día para seguir al verdadero Mesías?

Hay quien se dice creyente porque cree que Dios existe, pero la fe auténtica va mucho más allá de este paso casi connatural al hombre. En cambio, Jesús pregunta a los suyos “¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Porque él espera una respuesta personal. Este es el punto decisivo. No sirve repetir lo que oímos decir a otros sobre él, sino lo que nosotros mismos vemos y experimentamos. La fe es relación, diálogo, seguimiento personal, no la repetición de una opinión común. Para ti, ¿quién es Jesús? ¿Crees que es Dios sólo porque te lo han dicho o porque lo experimentas continuamente en tu vida?

Escucha a Jesús que hoy también te pregunta: “¿quién soy yo para ti?”

¡Cuánta soberbia pensar que ya sabemos todo sobre Dios! Él no cesa de revelarse a nosotros momento a momento y, sin embargo, nos conformamos con lo poco que hemos llegado a saber de él hace ya tanto tiempo. No dejamos que se nos presente como continua novedad, libertad y creatividad. Date cuenta que repetimos tantos actos, incluso “religiosos”, porque damos por descontado que Él existe. Creemos que Dios existe, pero ¿nosotros existimos en Él? Decimos que nos ha dado la vida, pero ¿la vivimos a plenitud? Le llamamos Padre Nuestro, pero ¿reconocemos a los demás como auténticos hermanos? Profesamos que hemos sido creados a Su imagen y semejanza, pero ¿tratamos de vivir en el amor, que es lo que nos hace más semejantes a Él?

Recuerdo que hay mucho más de Dios en mí de lo que he llegado a notar. Busco su presencia y entablo un diálogo personal con Él.

 

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La Palabra del domingo: ábrete a la escucha

La Palabra del domingo: ábrete a la escucha

Domingo 23º del Tiempo Ordinario

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Del evangelio según san Marcos (7,31-37):

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor

 

 

Comentario:

Jesús no necesita otra respuesta para quien quiere conocerle que sus mismos signos. Estos son la respuesta quien busca a Dios. También hoy, cuando nos preguntamos por Él, el Espíritu nos impulsa a reconocerle en sus manifestaciones en nuestra vida: el amor de los hermanos, la capacidad que nos da de ayudarlos u ofrecer algo por ellos, el mismo don de la fe que nos hace ver siempre más allá. Date cuenta: hay mucho más de Dios en ti de lo que has podido notar…

Enumero algunas manifestaciones de Dios en mi vida y le doy gracias por ellas

Nuestro gran problema hoy quizá no sea que no podamos oír o articular los sonidos, sino nuestra dificultad para escuchar y hablar profundamente. Nuestra sociedad se mueve en lo superficial. El gran miedo del hombre de hoy es entrar en sí mismo, asumir su verdad y atender desde allí a la voz de Dios. Este evangelio nos reta a vencer ese obstáculo. Seamos valientes para contemplar nuestra profundidad. Dejemos que la Palabra de Dios nos interpele ahí y démosle una respuesta adecuada. Abrámonos a una escucha profunda hacia quien encontramos. Seamos capaces de discernir lo que Dios nos presenta en la vida.

Entro en el silencio de mi corazón y pido al Espíritu Santo que rompa mis barreras interiores a su voz

“Effetá: ¡ábrete!” manda Jesús al sordo. Su oído se abre y empieza a oír. De ahí las palabras que nos han dicho en nuestro Bautismo: “¡Effetá, ábrete! Que Dios te conceda, a tu tiempo, escuchar su Palabra y dar testimonio de ella con toda tu vida”. Sí, Jesús, tú nos estás hablando, porque no dejas nunca de hacerlo, pero nosotros seguimos poniendo barrearas interiores a tu voz. Hoy queremos escucharte interiormente, también en los acontecimientos externos, y anunciarte al mundo entero con nuestras palabras y obras. Que no lo olvidemos, Señor, que no perdamos de vista las maravillas que haces en nosotros. Que nunca dejemos de ser una presencia tuya en los lugares en que nos pones.

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La Palabra del domingo: Lo auténtico

La Palabra del domingo: Lo auténtico

Domingo 22º del tiempo ordinario

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Del Evangelio según san Marcos (7, 1-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?”(Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó:

“¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió:

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

Después añadió:

“De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo:

Honra a tu padre y a tu madre.

El que maldiga a su padre o a su madre, morirá.

Pero ustedes dicen:

‘Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre’.

Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”.

Palabra del Señor.

 

Comentario:

La Palabra de Jesús libera porque hace vivir en lo auténtico. Son muchas las cargas superfluas que adquirimos en la vida, como las rutinas heredadas, los prejuicios y los miedos. Al final terminamos siendo esclavos de ellas y ciegos para mirar lo que tiene más valor. ¡Cuidado! La mayor tentación no está en no creer en Dios, sino en creer en lo que creemos que es Él. Es decir, adorarlo como un ídolo a nuestra imagen y semejanza, en vez de dejarnos sorprender por su verdad en el evangelio.

¿Alimento mi fe desde el evangelio o simplemente creo de oídas y por rutina?

Jesús resume todos los Mandamientos en la única norma del Amor, y así nos hace verdaderamente libres. El que ama no teme, no se frena ante las dificultades, no se sustrae ante las necesidades de los demás. Es libre para ofrecer la propia vida y relativizar toda costumbre y prejuicio en favor de lo que más vale.

¿Cuáles son esas cargas de las que necesito liberarme para amar mejor?

Jesús nos enseña a limpiar primero lo de dentro para que quede limpio también lo de fuera. Se trata de dar la primacía a nuestra vida interior, antes que desgastarnos en un cumplimiento de apariencias externas. Sólo un alma purificada puede ofrecer una adoración pura a Dios y vivir en comunión continua con Él. Dejemos, entonces, de mirar sólo lo externo e ilusorio y abramos nuestra mirada interior hacia el infinito que habita en nosotros. Todo lo de fuera pasa, mientras que lo que acogemos dentro, permanece.

Esta semana prestaré más atención a la presencia de Dios dentro de mí

Hoy nos debe quedar muy claro que:

la fe del que cree de oídas se tambalea ante la imperfección de los que le hayan transmitido el mensaje.

Las costumbres pueden olvidarse o ser sustituidas por otras más “modernas”.

Los razonamientos encuentran antítesis que dan pie a nuevos razonamientos y éstos a nuevas refutaciones…

En cambio… un encuentro personal es indiscutible, desafiante, transformador. Puede variar todo lo que le envuelve, pero su núcleo es firme, permanente. Aunque a principio cueste explicarlo con palabras precisas, sabemos que ha sido Real, más que cualquier otra cosa.

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Vivir su Palabra

La Palabra del domingo: Vivir Su Palabra

Domingo 21 del tiempo ordinario

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Del Evangelio según san Juan (6, 55. 60-69)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron:

“Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”

Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo:

“¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar).

Después añadió:

“Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce:

“¿También ustedes quieren dejarme?”

Simón Pedro le respondió:

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario:

“¿Les resulta difícil aceptar eso?” pregunta Jesús a los que se escandalizan de sus palabras. Así concluye el Discurso del Pan de Vida, que hemos leído durante cuatro domingos. Las palabras del Señor no dejan indiferente a nadie. Ellas son signo de contradicción, piedra de salvación o de tropiezo. Si permanecemos indiferentes, no las hemos escuchado en profundidad.

¿Qué efectos causa en nosotros la Palabra?

“Muchos de los que le seguían se echaron para atrás”. La Palabra somete a juicio nuestro seguimiento a Jesús. Ante Él tenemos que hacer una elección. No es un auténtico discípulo quien le sigue sólo por costumbre o por una convención social. Necesitamos descubrir el llamado que Él nos hace a la autenticidad de nuestro ser cristianos.

¿Mi seguimiento a Cristo está fundado en su Palabra que estremece y transforma?

Pedro proclama en nombre de los Doce su adhesión a Cristo y su Palabra. Es significativo que Jesús comenzó hablando del Pan de Vida y ahora concluye el Apóstol identificándolo con su Palabra. La Palabra divina es pan, alimento vital para el que responde a ella. Necesitamos nutrirnos de su fuerza una y otra vez en nuestro camino hacia Dios.

¿La Palabra de Dios es mi alimento de vida, que me interpela y mueve a ponerla en práctica?

 

 

 

 

 

 

 

 

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La Palabra del domingo: pan de eternidad

La Palabra del domingo: pan de eternidad

Domingo XX del tiempo ordinario

Fuentes3 - José Javier (2)

 

Del evangelio según san Juan (6,51-58):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron;,el que come este pan vivirá para siempre.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”, se preguntaban los que no comprendían a Jesús. Porque lo difícil es acoger el deseo de Dios de entrar en una comunión de vida tan íntima con nosotros. Pero Él sí es capaz de sobrepasar cualquier imposibilidad por acercarse amorosamente a quienes ama como hijos. Por eso se queda en el Sacramento que da la vida y nos invita a acogerle en nosotros con confianza y entrega: Para encontrar la vida por siempre.

¿Recibo así a Jesús en el sacramento de la Eucaristía?

La Palabra nos habla de una fuerza secreta, de la actuación misma de Dios en el centro vital de cada persona y de la entera humanidad. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Por la Eucaristía la fuerza de Dios viene a morar en nosotros, es su omnipotencia Dios que se nos da como alimento. También hoy tu vida y la mía pueden responder a esa fuerza secreta. Podemos dejarnos transformar y hacer que todo a nuestro alrededor se transforme. No nos moveremos sólo por nuestras capacidades, sino por la omnipotencia de Dios que todo lo crea y todo lo transforma.

Hoy tomaré conciencia de la fuerza de Dios que actúa en mi vida cada vez que le recibo en la Eucaristía.

“Creo en la vida eterna”, afirmamos en la conclusión del Credo. Con ello no proclamamos un vivir por años ilimitados, repitiendo sin más las experiencias de la existencia terrena. Se trata de la vida en plenitud que el mismo Jesús asegura que ha venido a traer: “Yo he venido para que tengáis vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10). Y si necesitamos los alimentos naturales para desarrollar la vida temporal, con más razón necesitamos el alimento sobrenatural para alcanzar esa plenitud de la existencia. Ese no puede ser menos que Dios mismo, que viene a nosotros por pura gratuidad de amor, como padre que alimenta a sus hijos con su mismo Espíritu. Así nos libera de una visión puramente inmediata de nuestro ser, tareas y proyectos. Todo está en función de un horizonte más amplio. No sólo aspiramos a la eternidad, sino que empezamos a vivir ya en ella.

¿Cuando recibo la eucaristía me dispongo para que todos los aspectos de mi vida se proyecten hacia la eternidad?

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La eternidad, aquí

La eternidad, aquí

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Domingo 19º del tiempo ordinario

Del evangelio según san Juan (6,41-51):


En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.”
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

No ofrece Jesús suplementos pasajeros: Él se da a nosotros para que alcancemos lo eterno. Su Palabra transforma el corazón, sus acciones cambian la historia, su Pan nos traslada a la eternidad. ¿Qué dejamos a nuestro paso? ¿Sólo acciones pasajeras, meras gestiones que no trascienden? En la Eucaristía, Dios transforma nuestros corazones y nosotros respondemos ofreciéndole nuestra vida. Así cada aspecto de ella alcanza lo eterno y deja honda huella. Es “el secreto” cristiano para transformar la historia y proyectarla hacia la eternidad.

No deja de maravillarnos esta relación que Jesús expresa entre su carne y la eternidad. Así supera todo dualismo inquietante entre quienes oponen cuerpo y espíritu, lo humano y lo divino. Somos salvados por el Verbo hecho carne y nos unimos a él asumiendo en nuestra carne todo lo bueno y bello de esta vida. Esto exige purificarnos a través del sacrificio, la renuncia, trascender nuestras apetencias cargando nuestra cruz de cada día. En este esfuerzo de trascendencia Cristo nos nutre con la Eucaristía, su carne gloriosa ofrecida para llenar de vida al mundo.

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Multiplicar

La Palabra del domingo: Multiplicar

Domingo 17º del tiempo ordinario

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† Del Evangelio según san (Juan 6,1-15)

Gloria a ti, Señor.

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?” Lo decía para tentarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.” Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?” Jesús dijo: “Decid a la gente que se siente en el suelo.” Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.” Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.” Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

La escena de hoy tiene como trasfondo la Pascua, primero la judía y también la Pascua cristiana. Junto al lavatorio de los pies, este pasaje expresa en el evangelio de Juan la institución de la Eucaristía. Esta es señalada aquí en los gestos de Jesús de tomar los panes, bendecirlos y entregarlos a todos, pero sobre todo como la irrupción del Reino de Dios en medio de la historia y las necesidades humanas. Jesús viene para alimentarnos de la vida nueva de la gracia, la solidaridad, la abundancia y la alegría.

¿Tomo conciencia de la presencia del Reino de Dios que se quiere manifestar en mi vida?

Jesús pone a prueba a Felipe. Este apóstol está limitado por una visión meramente humana: hace demasiados cálculos, no cuenta con la acción divina que siempre sorprende yendo más allá de nuestras capacidades. Es todo lo bueno de nuestro mundo y mucho más allá. Por tanto, Felipe nos recuerda a todos esos que ven frustrada su autosuficiencia. Expresa la necesidad que tenemos de ampliar nuestra visión hacia el nuevo horizonte que la gracia que presupone y trasciende nuestra condición.

¿Mi vida se mueve únicamente en torno a mis cálculos o me dejo sorprender por las actuaciones de Dios?

Los doce canastos llenos que se recogen al final hablan de la sobreabundancia de la gracia. El Reino de Dios se da a manos llenas, para que sobre y se siga multiplicando. Es significativo que se recogen tantos canastos como apóstoles ha llamado el Señor: Ahora serán ellos los que continuarán su acción de bendecir y multiplicar las maravillas de Dios sobre la tierra.

¿Multiplico las maravillas de Dios en la vida de quienes Él pone a mi lado para compartir y manifestar Su Reino?

Publicado en Christian Díaz Yepes

Apóstol Santiago: pequeños grandes pasos en pos del Señor

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No pido milagros y visiones, Señor, pido la fuerza para la vida diaria. Enséñame el arte de los pequeños pasos.

Hazme hábil y creativo para notar a tiempo, en la multiplicidad y variedad de lo cotidiano, los conocimientos y experiencias que me atañen personalmente.

Ayúdame a distribuir correctamente mí tiempo: dame la capacidad de distinguir lo esencial de lo secundario.

Te pido fuerza, auto-control y equilibrio para no dejarme llevar por la vida y organizar sabiamente el curso del día.

Ayúdame a hacer cada cosa de mi presente lo mejor posible, y a reconocer que esta hora es la más importante.

Guárdame de la ingenua creencia de que en la vida todo debe salir bien. Otórgame la lucidez de reconocer que las dificultades, las derrotas y los fracasos son oportunidades en la vida para crecer y madurar.

Envíame en el momento justo a alguien que tenga el valor de decirme la verdad con amor.

Haz de mí un ser humano que se sienta unido a los que sufren. Permíteme entregarles en el momento preciso un instante de bondad, con o sin palabras.

No me des lo que yo pido, sino lo que necesito. En tus manos me entrego.

¡Enséñame el arte de los pequeños pasos!

 

(fuente: http://www.aletheia.com)

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La Palabra del domingo: Compasión

La Palabra del domingo: Compasión

Domingo 16 del tiempo ordinario

 

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† Del Evangelio según san Marcos (6,30-34)

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.” Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

Después que Jesús enviara a los Apóstoles a la misión, estos vuelven para poner en común cuanto han experimentado. El Maestro no les encomendó una actividad accesoria, sino que les incorporó a su misma misión de realizar prodigios y anunciar la Buena Nueva.  Es decir, para continuar su actuación en el mundo a través de gestos y palabras ellos , porque así como el Padre ha enviado a Cristo, Él envía a los suyos  (ver: Jn 20, 22).

¿Soy consciente de que Jesús me llama y envía para continuar su misma misión?

Jesús procura el descanso de sus discípulos. Él mejor que nadie puede comprender la necesidad humana de una vida en armonía: trabajo y descanso, actividad hacia afuera y recogimiento interior. Después de seis días de trabajo, Dios invita al hombre a imitarlo dedicando un séptimo para el descanso y la adoración (Ex 31, 15). También Marcos nos recuerda que Jesús vivía sus jornadas armonizando las horas de predicación y acción con la oración y el silencio (ver:  Mc 1, 29ss). Ahora Él quiere hacer que sus Apóstoles tengan parte en esta dinámica y por eso procura para ellos un momento de “retiro”, en el cual han de recuperar fuerzas físicas y espirituales.

¿Llevo mi vida en armonía, dedicando el tiempo necesario para el descanso y la oración?

Pero, sorpresivamente, surge un cambio de planes. Muchos van detrás de este grupo que les está ofreciendo vida y esperanza. Ya no van sólo detrás de Jesús, ahora lo siguen junto a sus enviados. Son una com-unidad que atrae y suscita el seguimiento. Movido por su amor de pastor, él comprende su necesidad y por eso pospone sus propios planes para dar prioridad a la caridad. Continúa así su enseñanza a los Apóstoles, mostrándoles que no se puede posponer el anuncio y el amor hacia quienes lo necesitan.

¿Vivo los cambios de planes como una oportunidad, dejándome mover por el amor hacia todos?

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La Palabra del domingo: Bienser

La Palabra del domingo: Bienser

Domingo XIV del tiempo ordinario

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Del Evangelio según san Marcos (6, 7-13)

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. 
Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» 
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor

 

Comentario:

Con fuerza arrolladora envía Jesús a los suyos. Capacitados con toda clase de dones, ellos continuarán la misión iniciada por el Maestro. No queda tiempo para detenerse, no se puede esperar ni un momento más. El amor es un continuo ir hacia adelante.

Estas palabras de Jesús no son una sugerencia. Son un mandato. Quien le ama no puede dejar de invitar a otros a participar de este amor. Ello nos mueve a asumir desafíos y superar obstáculos. Antes que querer sólo el bienestar, nos hace perseguir el bienser, porque amar es ser en verdad. Eso es ser misionero.

Son muchas las barreras que podemos anteponer nosotros mismos al dinamismo del amor: valorar más los medios que el fin, mirar más nuestra debilidad que la omnipotencia de Dios. En cambio, Él nos revela que lo valioso de la vida es siempre lo más sencillo. Cuando no nos apoyamos en nuestras propias fuerzas dejamos que se evidencie que es su gracia la que actúa en nosotros.

¿Cómo vivo mi tensión misionera? ¿Actúo y anuncio desde el amor o me quedo encerrado en mi bienestar?

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La Palabra del domingo: ¿Quién es este?

La Palabra del domingo: ¿Quién es este?

Domingo XIV del tiempo ordinario

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Del Evangelio según san Marcos (6, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro:

“¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?”

Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo:

“Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”.

Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

Palabra del Señor.

 

Comentario:

Jesús no pudo hacer muchos milagros en Nazaret a causa de la falta de fe de aquella gente. La fe es la fuerza que nos incorpora a la actuación de Dios en la vida del mundo. No se trata sólo de creer en la existencia de Dios, sino de que mi existencia se mueva en Él.

En el original griego, “milagros” o “prodigios” se dice dynameis, mover. Los milagros de Jesús son un “poner en movimiento”. Lo contrario a esto es quedarse estancado, dejar todo como está, perder la oportunidad de crecer hasta Él.

El mayor milagro en nuestros tiempos de apatía y desesperanza es la renovación de la vida quienes dejamos que Dios actúe en nosotros, nos desafíe y nos envíe al mundo como sus profetas de hoy. Esto exige radicalidad, confianza y valentía, los cuales ya están latentes en nosotros. Basta romper la inercia para activarlos…

¿Estoy dispuesto a responder a la actuación de Jesús en mi vida y dejarme renovar por el Evangelio?

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La Palabra del domingo: Vida en abundancia

La Palabra del domingo: Vida en abundancia

Domingo XIII del tiempo ordinario

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Del Evangelio según san Marcos (5, 21-43)

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia:

“Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó:

“¿Quién ha tocado mi manto?”

Sus discípulos le contestaron:

“Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad.

Jesús la tranquilizó,diciendo:

“Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste:

“Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:

“No temas. Basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo:

“¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”.

Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talita kum!”, que significa: “¡Oyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor.

Comentario:

La niña había perdido la vida y a la mujer se le iba con el flujo que no cesaba. A los doce años la niña veía truncada la libertad de su infancia, mientras que la mujer perdía su dignidad con una patología que la dejaba fuera de la relación con los demás. Jesús asiste a una y otra con portentos que les ofrecen la vida en plenitud, pero sobre todo la posibilidad de darle una respuesta personal de fe.

El Evangelio de hoy se dirige hacia esta respuesta de personal adhesión y confianza que lleva a vivir plenamente. Jairo cree en Jesús hasta el punto de desafiar la muerte como sentencia última para su pequeña hija; la hemorroísa recibe el trato y la respuesta personal de Jesús junto con el milagro que le devuelve su dignidad. Así la Palabra de Dios nos enseña hoy que sólo podemos alcanzar la vida plena viviendo la fe hasta sus últimas consecuencias. La audacia de Jairo y de esta mujer nos muestran que la auténtica confianza en Dios desafía todo obstáculo y oposición.

Preguntémonos entonces:

¿Vivo una fe sólida y audaz, capaz de desafiar toda dificultad?

¿Es tan auténtica mi fe que ella me llena de vida y libertad o tengo una fe adormecida, que no me da vida a mí ni a nadie a mi alrededor? 

Publicado en Christian Díaz Yepes, La Palabra de hoy

La Palabra del domingo: Profetismo

La Palabra del domingo: Profetismo

24 de junio: san Juan Bautista

Del evangelio  según san Lucas 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: “¡No! Se va a llamar Juan.” Le replicaron: “Ninguno de tus parientes se llama así.” Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre.” Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: “¿Qué va ser este niño?” Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

 

Comentario:

Del inicio del evangelio según san Lucas llama la atención cómo nos presenta la concepción, el nacimiento y la misión de san Juan Bautista en función de los mismos episodios de la vida de Jesús. Nos deja claro el Evangelio que la grandeza del Bautista es ser una clara imagen de la vida de Cristo, un reflejo de Aquel a quien va a preceder . Esto nos habla también a nosotros:

¿Mi vida también es claro reflejo de Jesús y su evangelio?

La gente al rededor se preguntaba qué iba a ser de ese niño, pues llamaba la atención que Dios repitiera sus signos portentosos en una época en que no ya había profetas ni figuras que dieran esperanza al pueblo. Así también nuestra vida debe brillar como un signo que anuncia las maravillas de Dios en nuestro presente…

¿Estoy siendo testigo y anunciador de la esperanza de Dios para el mundo?

Juan Bautista llegará a ser una figura que revolucionará la vida de Israel porque él se mantiene atento a los signos que Dios revela en su historia hasta mostrar la presencia viva del Masías. Esto nos enseña cómo también nosotros debemos vivir nuestro ser profetas, tal como fuimos consagrados en nuestro bautismo: Hemos de mantenernos atentos a las intervenciones de Dios en nuestra historia para identificar todos esos modos en que Cristo se hace presente entre nosotros también hoy:

¿Cómo vivo mi misión de profeta? ¿Doy un anuncio vivo al mundo o me dejo acallar por las opiniones contrarias y la desesperanza?

Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: Venid y veréis

Lectio en salida: Venid y veréis

Domingo II del Tiempo Ordinario

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Del Evangelio según san Juan (1, 35-42)
En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos
en Jesús, que pasaba, dijo:
“Este es el Cordero de Dios”.
Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. El se volvió hacia ellos, y
viendo que lo seguían, les preguntó:
“¿Qué buscan?”
Ellos le contestaron:
“¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”).
El les dijo:
“Vengan a ver”.
Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la
tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el
Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano
Simón, y le dijo:
“Hemos encontrado al Mesías”(que quiere decir “el Ungido”).
Lo llevó a donde estaba Jesús y éste fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo
de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir “roca”).
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

Meditemos en el sentido de las lecturas…
Al inicio del Tiempo Ordinario, las lecturas de este domingo nos presentan el tema
de la llamada de Dios y el seguimiento a Él. Dios es la voz que misteriosamente llama al
joven Samuel y es también la figura fascinante del Cordero a quienes los discípulos del
Bautista empiezan a seguir. Su llamada es para entrar a compartir la intimidad de su vida
divina y para hacernos comunicadores de esta experiencia a todos los que encontremos.
La Primera Lectura nos enseña sobre la disposición fundamental que debemos
tener ante la voz de Dios que nos llama: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Debemos
atenderle y ponernos a la escucha de su Palabra. Ella nos hace crecer en gracia y nos
ayuda a realizar nuestro propio designio de vida. “Habla, Señor”, le decimos nosotros hoy
al escuchar de corazón esta Palabra suya que nos revela algo nuevo sobre Él y sobre
nosotros mismos.
En el evangelio podemos ver cómo los discípulos del Bautista estaban a su escucha
y atendían a sus palabras como a una misma enseñanza divina. Ante la proclamación que
Juan hace de Jesús como el “Cordero de Dios”, ellos no dudan en dejar a su primer
maestro e ir en pos de Aquel que es él señala como más grande. Se nos muestra así una
primera disposición ante la llamada de Dios: Dejarlo todo para seguirle. Dios nos habla de
diversos modos, pero no siempre estamos atentos a escucharle. Otras veces, habiendo
entendido lo que Él nos comunica, no estamos dispuestos a seguirlo por encontrarnos
demasiado apegados a nosotros mismos, a nuestros gustos y criterios, tan distintos a lo
que Él nos propone. Son cosas que debemos posponer o hasta dejar del todo para poder ir
tras la realidad divina que se nos quiere manifestar.
¿Qué buscan? Pregunta Jesús al verlos venir en pos de él. Es una pregunta que el
Señor continúa dirigiendo a sus seguidores a través de los tiempos. Es casi como si nos
dijera: ¿Acaso vienen a mí por lo que otros dicen? ¿O es por mera curiosidad? Ante la
respuesta de los discípulos, Maestro ¿Dónde vives?, el Señor entiende su disposición a
conocerle íntimamente y a entrar en una comunión de vida con él.
Vengan y verán, es su respuesta. El verbo ver en el evangelio de san Juan tiene una
implicaciones muy importantes. Se refiere mucho más que al mero ejercicio de un sentido
físico- más bien señala la capacidad de entrar en contacto con las realidades más
profundas de Dios que se manifiestan en la historia humana. Al ir detrás de Jesús los
discípulos empezarán a ver, es decir, ganarán esta capacidad de penetrar en los misterios
divinos que se manifiestan en la vida de los hombres. A esto nos llama Dios, a desarrollar
en su presencia esa profundidad, a pasar de la mera experiencia superficial de las cosas a
una contemplación interior de su actuación en nuestra vida.
Una vez que los discípulos, término que significa seguidores, han entrado a morar
con Jesús, se convierten en anunciadores de esta experiencia. El amor es siempre difusivo
y busca expresarse a muchos más. Ellos se convierten así en evangelizadores que van
transmitiendo la Buena Nueva a los que tienen más próximos. Andrés comunica a su
hermano Simón que han encontrado al Mesías, y éste sale también a su encuentro. De
este modo, Jesús también le llama y le asigna una nueva misión y una nueva identidad: Él
será la roca sobre la que se asentará la nueva comunidad. Se nos muestra así que el
llamado de Jesús nos hace descubrir también nuestra identidad más auténtica. Al seguirle
nuestra vida gana una plenitud y un sentido nuevo.

Hoy también continúa llamando el Señor. Él pronuncia sobre ti su designio para
que también tú descubras tu identidad más profunda y te conviertas en anunciador de
esta vida nueva.

¿Estás atento a su voz? ¿Cómo respondes a esta invitación?
Oremos con san Agustín…
Señor y Dios mío,
mi única esperanza,
óyeme para que no sucumba al desaliento
y deje de buscarte.
Dame la gracia de que yo
ansíe siempre ver tu rostro
dame fuerzas para la búsqueda,
tú que hiciste que te encontrara
y que me has dado esperanzas
de un conocimiento más perfecto.
Ante tí está mi firmeza y mi debilidad
sana esta, conserva aquella,
ante tí está mi ciencia y mi ignorancia
si me abres, recibe al que entra,
si me cierras el postigo, recibe al que llama,
Haz que me acuerde de tí,
que te comprenda y te ame.
acrecienta en mí estos dones,
hasta mi cambio completo,
cuando arribemos a tu presencia,
cesarán estas muchas cosas
que ahora hablamos sin comprenderlas,
y tú permanecerás todo en todos,
y entonces, viviremos siempre,
alabándote unánimemente,
Y hechos en tí
también nosotros una sola cosa….
Amén

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Lectio en salida: “Hágase en mí”

Lectio en salida: “Hágase en mí”

8 de diciembre: Inmaculada Concepción de María

 

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† Lectura del santo Evangelio

según san Lucas (1, 26-38)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no

tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco

virgen?” El ángel le contestó:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó:

“Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

“Hágase en mí”, responde María desde su pureza. “Hágase en mí” estamos llamados a responder desde nuestra llamada a la santidad. En María inmaculada la gracia le antecedía; en nosotros viene en el momento presente y se proyecta hacia un futuro de plenitud. En su pureza  la nuestra obtiene esperanza; en su generosidad ante Dios encontramos el modelo para reponder también nosotros de manera afirmativa a nuestra vocación.

Imitemos hoy a María en su docilidad a los planes de Dios, en la apertura confiada a Él y en su total entrega.

¿Cómo puedo decir hoy SÍ al Señor?

Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: La Inmaculada

8 de diciembre: Inmaculada Concepción de María

 

 

 

Lectura:

Lectura del libro del Génesis

(3, 9-15. 20)

Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: “¿Dónde estás?”

Este le respondió: “Oí tus pasos en el jardín; y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”. Entonces le dijo Dios:

“¿Y quien te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?” Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí”.

Entonces dijo el Señor Dios a la serpiente: “Porque has hecho esto, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias salvajes. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida.

Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón”.

El hombre le puso a su mujer el nombre de “Eva”, porque ella fue la madre de todos los vivientes.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Salmo Responsorial Salmo 97

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria.

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel.

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor.

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol

san Pablo a los efesios

(1, 3-6. 11-12)

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales. El nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor, y determinó, porque así lo quiso, que, por medio de Jesucristo, fuéramos sus hijos, para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado.

Con Cristo somos herederos también nosotros. Para esto estábamos destinados, por decisión del que lo hace todo según su voluntad: para que fuéramos una alabanza continua de su gloria, nosotros, los que ya antes esperábamos en Cristo.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.

Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo,

bendita tú entre las mujeres.

Aleluya.

 

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio

según san Lucas (1, 26-38)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no

tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco

virgen?” El ángel le contestó:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó:

“Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

 

Meditación:

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María
Jueves 8 de diciembre de 2011

 

Queridos hermanos y hermanas:

La gran fiesta de María Inmaculada nos invita cada año a encontrarnos aquí, en una de las plazas más hermosas de Roma, para rendir homenaje a ella, a la Madre de Cristo y Madre nuestra. Con afecto os saludo a todos vosotros, aquí presentes, así como a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión. Y os agradezco vuestra coral participación en este acto de oración.

En la cima de la columna en torno a la cual estamos, María está representada por una estatua que en parte recuerda el pasaje del Apocalipsis que se acaba de proclamar: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1). ¿Cuál es el significado de esta imagen? Representa al mismo tiempo a la Virgen y a la Iglesia.

Ante todo, la «mujer» del Apocalipsis es María misma. Aparece «vestida de sol», es decir vestida de Dios: la Virgen María, en efecto, está totalmente rodeada de la luz de Dios y vive en Dios. Este símbolo del vestido luminoso expresa claramente una condición que atañe a todo el ser de María: Ella es la «llena de gracia», colmada del amor de Dios. Y «Dios es luz», dice también san Juan (1 Jn 1, 5). He aquí entonces que la «llena de gracia», la «Inmaculada» refleja con toda su persona la luz del «sol» que es Dios.

Esta mujer tiene bajo sus pies la luna, símbolo de la muerte y de la mortalidad. María, de hecho, está plenamente asociada a la victoria de Jesucristo, su Hijo, sobre el pecado y sobre la muerte; está libre de toda sombra de muerte y totalmente llena de vida. Como la muerte ya no tiene ningún poder sobre Jesús resucitado (cf. Rm 6, 9), así, por una gracia y un privilegio singular de Dios omnipotente, María la ha dejado tras de sí, la ha superado. Y esto se manifiesta en los dos grandes misterios de su existencia: al inicio, el haber sido concebida sin pecado original, que es el misterio que celebramos hoy; y, al final, el haber sido elevada en alma y cuerpo al cielo, a la gloria de Dios. Pero también toda su vida terrena fue una victoria sobre la muerte, porque la dedicó totalmente al servicio de Dios, en la oblación plena de sí a él y al prójimo. Por esto María es en sí misma un himno a la vida: es la criatura en la cual se ha realizado ya la palabra de Cristo: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

En la visión del Apocalipsis, hay otro detalle: sobre la cabeza de la mujer vestida de sol hay «una corona de doce estrellas». Este signo representa a las doce tribus de Israel y significa que la Virgen María está en el centro del Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos. Y así esta imagen de la corona de doce estrellas nos introduce en la segunda gran interpretación del signo celestial de la «mujer vestida de sol»: además de representar a la Virgen, este signo simboliza a la Iglesia, la comunidad cristiana de todos los tiempos. Está encinta, en el sentido de que lleva en su seno a Cristo y lo debe alumbrar para el mundo: esta es la tribulación de la Iglesia peregrina en la tierra que, en medio de los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo, debe llevar a Jesús a los hombres.

Y precisamente por esto, porque lleva a Jesús, la Iglesia encuentra la oposición de un feroz adversario, representado en la visión apocalíptica de «un gran dragón rojo» (Ap 12, 3). Este dragón trató en vano de devorar a Jesús —el «hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones» (12, 5)—; en vano, porque Jesús, a través de su muerte y resurrección, subió hasta Dios y se sentó en su trono. Por eso, el dragón, vencido una vez para siempre en el cielo, dirige sus ataques contra la mujer —la Iglesia— en el desierto del mundo. Pero en todas las épocas la Iglesia es sostenida por la luz y la fuerza de Dios, que la alimenta en el desierto con el pan de su Palabra y de la santa Eucaristía. Y así, en toda tribulación, a través de todas las pruebas que encuentra a lo largo de los tiempos y en las diversas partes del mundo, la Iglesia sufre persecución pero resulta vencedora. Y precisamente de este modo la comunidad cristiana es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.

La única insidia que la Iglesia puede y debe temer es el pecado de sus miembros. En efecto, mientras María es Inmaculada, está libre de toda mancha de pecado, la Iglesia es santa, pero al mismo tiempo, marcada por nuestros pecados. Por esto, el pueblo de Dios, peregrino en el tiempo, se dirige a su Madre celestial y pide su ayuda; la solicita para que ella acompañe el camino de fe, para que aliente el compromiso de vida cristiana y para que sostenga la esperanza. Necesitamos su ayuda, sobre todo en este momento tan difícil para Italia, para Europa, para varias partes del mundo. Que María nos ayude a ver que hay una luz más allá de la capa de niebla que parece envolver la realidad. Por esto también nosotros, especialmente en esta ocasión, no cesamos de pedir su ayuda con confianza filial: «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Ora pro nobis, intercede pro nobis ad Dominum Iesum Christum!

© Copyright 2011 – Libreria Editrice Vaticana

Oración:

A ti, purísima Madre, restauradora del caído linaje de Adán y Eva, venimos confiados y suplicantes para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.

Acordaos, Virgen Santísima, que habéis sido hecha Madre de Dios, no sólo para vuestra dignidad y gloría, sino también para salvación nuestra y provecho de todo el género humano. Acordaos que jamás se ha oído decir que uno solo de cuantos han acudido a vuestra protección e implorado vuestro socorro, haya sido desamparado. No me dejéis, pues, a mi tampoco, porque si me dejáis me perderé; que yo tampoco quiero dejaros a vos, antes bien, cada día quiero crecer más en vuestra verdadera devoción.

(San Bernardo)