Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Prójimo

La Palabra del domingo: Prójimo

XV domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas (10,25-37):

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor

 

Meditación:

(Tomado de la Carta Apostolica Salvifici Doloris, deJuan Pablo II) )

“La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido « pasar de largo », con indiferencia, sino que debemos « pararnos » junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que « se conmueve » ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre.

Sin embargo, el buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio « yo », abriendo este « yo » al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede « encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás », Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo”.

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La Palabra del domingo: enviados a todos

XIV domingo tiempo ordinario

elegidos

Del evangelio según san Lucas (10,1-12.17-20):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles:
“El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.
Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».
Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Él les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Las lecturas de hoy tienen un marco y un centro, que han de ser también los de nuestra vida. El marco es la alegría, a la cual nos invita Dios de modo imperativo en la primera lectura: “Alegraos con Jerusalén”. Nos alegramos con la ciudad santa, a donde Cristo se ha encaminado, porque allí acontecerá el derroche del amor divino en su cruz y resurrección. Esta Pascua es justamente el centro latente de nuestras lecturas, como deja claro san Pablo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. La Pasión, muerte y resurrección de Cristo son la revelación y el medio definitivo del amor divino, que vence el pecado y el mal en el mundo mediante la irrupción y victoria de la Vida sobre la muerte, de la misericordia sobre la condena y de la gracia sobre la desesperanza. En este horizonte también aparece el tema del apostolado y la misión cristiana. El Señor, que quiere llegar a todos, escoge y envía a 72, número bíblico que designaba las naciones de la tierra, y les da instrucciones claras: no apoyar su cometido más que en la fuerza de Dios, desdeñando apoyos humanos transitorios y endebles.

Tomo conciencia de que el centro de mi fe es la Pascua de Cristo. Mi vocación y misión en el mundo no pueden sostenerse más que en la fuerza divina que vence todo cálculo insuficiente

“Los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir”. Porque Cristo pensaba llegar a todos los pueblos de la tierra, como expresa el número bíblico. Su salvación tenía que ser ofrecida a la humanidad entera. Pero no lo quiso hacer solo, aunque hubiese podido y de manera inmediata. Más bien prefirió contar con los seres humanos, limitados y falibles, sí, pero por quienes justamente había venido a darlo todo. Y esta es la Iglesia, la comunidad universal de los pecadores amados, perdonados y enviados por Dios para llevar su luz al mundo entero. La Iglesia que ha recibido la confianza de Cristo, que la hace ir por delante renovándose, anunciando, adorándole y sirviendo a todos, pero que no ha de ceder en la fidelidad exclusiva a su Señor, no a los gustos de los que encuentra. En definitiva, un regalo de confianza por parte de Dios al que los discípulos de todos los tiempos responden a su vez con la confianza de quien espera todo de Él, sin reparar en cálculos ni complacencias humanas. Su fecundidad será mayor en tanto menos se comprometa con el mundo. Su seguridad y su “eficacia”, en cuanto más lo trascienda y prepare en medio de él caminos para la venida del Señor.

También yo, como Iglesia, recibo este envío por parte de Cristo. Mi familia, mi trabajo o estudio, mi comunidad cristiana y las personas a las que sirvo, son esos lugares a los que Cristo quiere llegar cada vez más plenamente, y me envía por delante para abrirle camino…

Hay quien está tan apegado a las cosas materiales, que no puede ver más allá. Con la mirada tan fija en los bienes de la tierra se niega a percibir las del cielo. Cristo, que abrió los ojos a los ciegos y el oído a los sordos, despierta nuestro sentido espiritual para percibir y dar testimonio de su acción aquí y ahora. No puedo ser uno más de los apegados a lo transitorio, atontados al pretender aferrar lo que ha de pasar y poco ayuda a crecer. Más bien estoy llamado a vivir en la sencillez del que confía y en la seguridad de quien se sabe amado más allá de toda prueba. Para ello cambio mi mentalidad… Antes de tomar una decisión, buscaré la oración. Antes de hablar, conocer a Dios para poder transmitirle. Antes de cualquier compromiso humano, vuelvo a afirmar mis compromisos de fe. Espero así no perder de vista la meta de mi alegría, nuestra meta, señalada por el mismo Señor: el reino de los cielos, donde nuestros nombres están inscritos por siempre.

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La Palabra de hoy: determinación

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Domingo XIII del tiempo ordinario

 

Después de la primavera del anuncio renovador, los milagros y la Transfiguración, Jesús comprende que llega la hora de consumar su obra de redención: llevará su amor al Padre y a los hombres hasta el extremo de la Cruz. Por eso toma la firme decisión -“endureció el rostro”, dice literalmente el evangelio- de subir a Jerusalén, donde sabe que va a ser ajusticiado. La amenaza no le detiene en su ascensión a la ciudad. Jesús actúa así porque es el amor de Dios en persona: libre y decidido, valiente y recio.  Lo vemos en cómo deja clara su exigencia al que dice que le seguirá sin reservas: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. También en su radicalidad con los que anteponen los amores humanos al amor y servicio a Dios: “deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el evangelio”, “el que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno del reino de Dios”. Porque el que quiera seguir a Cristo debe negarse a sí mismo; el que quiera ganar la vida, ofrecerla.  Nuestro antipático egoísmo está llamado a ofrecerse en la hoguera del amor de Dios. Esto exige ir en contra de la corriente de los que sólo se buscan a sí mismos, el propio gusto o la propia conveniencia.

En Cristo no hay división entre amor y verdad,  misericordia y justicia, gracia y exigencia, mística y ascética. ¿También es así en ti cómo cristiano?

Qué distinto este evangelio a la mentalidad corriente en nuestro tiempo, que tiende al mínimo esfuerzo y a la falta de compromiso. Se nos induce a dejarnos llevar por lo fácil sin establecer metas trascendentes para nuestra vida. No es casual que por eso hoy proliferen espiritualidades incompletas que nos presentan un Cristo demasiado dulzón, blando y que justifica todo. ¿Pero este puede ser el Salvador que nació bajo la persecución de Herodes y sufrió el exilio, que con sus solas fuerzas  sacudió el enorme templo, volteó mesas de cambistas y liberó a los animales de los sacrificios, el que calmó la tempestad, que con un grito levantó a Lazaro de la tumba y que finalmente le plantó cara al Sumo Sacerdote y a Pilato? ¿Un Redentor acomodaticio hubiera pagado nuestro rescate a precio de su propia sangre derramada en la cruz?

Tomo conciencia de que también en mí puede estar entrando mucho de ese cristianismo incompleto y hasta distorsionado. ¿En qué debo convertirme (= cambiar de mentalidad)?

No basta sólo la buena intención para seguir a Jesús. Es necesaria su llamada y el total despojamiento de sí mismo. Para vivir el Evangelio de hoy tenemos que redescubrir el misterio de nuestra elección por parte de Dios junto con su exigencia de tomar una “determinada determinación”, como dijo santa Teresa de Jesús, de seguirle a él cueste lo que nos cueste y por encima de cualquier otra cosa. Sólo desde esta libertad radical damos una respuesta coherente y cada cosa en nuestra vida gana su verdadero sentido.

¿Qué exigencias me está planteando hoy el Señor para ser auténtico discípulo suyo?

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La Palabra del domingo: Pan de fortaleza

La Palabra del domingo: Pan de fortaleza

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,11b-17):

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. 
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» 
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» 
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» 
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Palabra del Señor

 

Meditación:

Reproducimos este testimonio del Cardenal F.X. Van Thuan que nos ayuda a meditar sobre la Eucaristía como alimento de fortaleza espiritual.

“Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: «¿Podré seguir celebrando la Eucaristía?». Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuento me vieron, me preguntaron: «¿Ha podido celebrar la santa misa?». En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. «Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). ¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (s. IV), que decían: Sine Dominico non possumus! – «¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía!». En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la Eucaristía ha sido el secreto de la vida de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza. Eusebio de Cesárea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: «Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar…, ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión…» . El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios! «En memoria mía» En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial-presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. Para vivir de El, para vivir y morir como El. Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de Él y viva sus sentimientos y sus consecuencias a través de su presencia viva. «Haced esto en memoria mía» (cf. 1 Co 11, 25). Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes… Les puse: «Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago». Los fieles comprendieron enseguida. Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: «medicina contra el dolor de estómago», y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad. La policía me preguntó: -¿Le duele el estómago? -Sí. -Aquí tiene una medicina para usted. Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: «Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo», como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida! Quien come de mí vivirá por mí Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación. Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la bebida que fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación que él realiza: «El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo», afirman los Padres. Dice León Magno: «La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos». Agustín da voz a Jesús con esta frase: «Tú no me cambiarás en ti, como la comida de tu carne, sino que serás transformado en mí»7 . Mediante la Eucaristía nos hacemos -como dice Cirilo de Jerusalén- «concorpóreos y consanguíneos con Cristo»8 . Jesús vive en nosotros y nosotros en El, en una especie de «simbiosis» y de mutua inmanencia: Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí”.

(F.X. Ngyen van Thuan, Testigos de la esperanza, Madrid 2001. pp. 144-147)

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La Palabra de hoy: comunión

La Palabra de hoy: comunión

Domingo de la Santísima Trinidad

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Del evangelio según san Juan (16, 12-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

Palabra del Señor

 

Comentario:

Dios es Amor porque es Trinidad, unidad y distinción entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Comunión de los diversos, que es todo lo contrario a la uniformidad y mucho más al individualismo. Cada una de las Personas Divinas es en relación con las demás: el Padre que ama al Hijo, el Hijo que responde a su amor y la relación entre ambos que es el Espíritu. Son distintos, pero a la vez UNO porque se aman en esa distinción, sin confusión ni contraposición.

Nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios trinitario. Por tanto, a imagen del amor que une y distingue. Nuestra realización está en reflejar este modelo divino, ya presente en nosotros pero que debe purificarse hasta que Dios sea todo en todo lo que somos y hacemos.

Pero ¿cómo vivir esta llamada, en la que nos jugamos nuestro ser y nuestro trascender?

Todo nace de una espiritualidad. Es decir, de un compromiso interior de cada persona y comunidad a convertirnos, comprometernos y ofrecer el testimonio de lo que vivimos. Fue lo que san Juan Pablo II presentó como hoja de ruta para toda la Iglesia al inicio del tercer milenio, cuando nos llamó a vivir una espiritualidad de comunión. Recordemos parte de lo que ella exige:

“Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2)” [Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 43].

En la Trinidad tenemos el modelo. En una espiritualidad de comunión, el camino para realizarlo.

¿Qué me exige todo esto hoy a mí? ¿Qué compromiso concreto me propongo?

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La Palabra de hoy: fuego

La Palabra de hoy: fuego

Domingo de Pentecostés

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Evangelio: Juan 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros.” Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.” Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

 

Comentario:

Totalmente dentro, totalmente fuera: el es programa de vida de quien recibe el Espíritu de Dios. El Pentecostés nos invita a tomar conciencia del doble movimiento al que nos impulsa el Espíritu: hacia dentro de nosotros mismos y también más allá de nosotros, hacia Dios y el prójimo.

¿Coopero con la acción del Espíritu Santo en mi vida y en la historia o sólo soy testigo pasivo de su acción?

Totalmente dentro, porque Jesús nos ofrece su Espíritu para hacernos partícipes de esa misma relación íntima entre Él y el Padre. Totalmente dentro porque tenemos que cultivar esa intimidad a través de la oración, la lectura de las Escrituras y la vivencia  de la voluntad de Dios. Totalmente dentro porque arde en nuestro interior el fuego de una presencia que pudiéramos sofocar si nos dejamos confundir por otras “voces” e inquietudes que poco tienen que ver con la verdad y el amor de Dios.

¿Cultivo mi vida interior como diálogo con el  Espíritu Santo que habita en mí?

Totalmente fuera porque el Espíritu nos lanza siempre más allá de nosotros mismos, de nuestros criterios y seguridades, para ir al encuentro de los otros que también esperan conocer a Dios. Nos invita especialmente a dirigirnos a reconocer a los demás “con la capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente (san Juan Pablo II). Para lograrlo, hoy pedimos a Dios que nos envíe su Espíritu como viento que impulsa y renueva.

Medito y oro con este poema…

¿Has escuchado el viento esta mañana?

Escúchalo,

aunque sea tarde sigue allí,

también en la noche soplará,

aunque sea noche.

Escucha el viento.

Soplará

suave el viento en las boscosas

cumbres abiertas en ríos.

Soplará

fuerte sobre los mares

abiertos y valientes.

Soplará

en silencio sobre el monte que se espera,

soplará.

Y yo te diré anhelante,

otra vez preguntaré:

¿Has escuchado el viento esta mañana

o esta tarde?

Nunca es tarde, escucha el viento

que revienta ante tu cuerpo, farallón.

Escucha el viento, hermano mío,

escucha el viento y déjate llevar,

pues sopla el viento en su color

y llena el tiempo.

Sopla el viento.

Escucha este soplar

sobre los montes y su paso

triunfante hasta el calor

atesorado de los bosques en su adentro.

Sopla el viento.

Y mueve los espacios y cortezas.

Sopla adentro

del frío mar y lo levanta

en olas fulgurantes y cristal.

El fuerte viento,

viento poderoso,

águila de viento.

 

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La palabra del domingo: ascender

La palabra del domingo: ascender

domingo VII de Pascua: La ascensión del Señor

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Conclusión del santo evangelio según san Lucas (24,46-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra del Señor

Meditación:

Nos dejamos iluminar sobre la Palabra y toda la Solemnidad de hoy por estas palabras de san Juan Pablo II:

En la providencia de Dios —en el eterno designio del Padre— había llegado para Cristo la hora de partir. Iba a dejar a sus Apóstoles con su Madre, María, pero sólo después de haberles dado instrucciones. Ahora los Apóstoles tienen una misión que cumplir siguiendo las instrucciones que les dejó Jesús, instrucciones que eran a su vez expresión de la voluntad del Padre.

Las instrucciones indicaban ante todo que los Apóstoles debían esperar al Espíritu Santo, que era don del Padre. Desde el principio estaba claro como el cristal que la fuente de la fuerza de los Apóstoles. es el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad; se ha de extender el Evangelio por el poder de Dios; y no por medio de la sabiduría y fuerza humanas.

Además, a los Apóstoles se les instruyó para enseñar y proclamar la Buena Nueva en el mundo entero. Y tenían que bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Al igual que Jesús, debían hablar explícitamente del Reino de Dios y de la salvación. Los Apóstoles tenían que dar testimonio de Cristo “hasta los confines de la tierra”. La. Iglesia naciente entendió claramente estas instrucciones y comenzó la era misionera. Y todos supieron que la era misionera no terminaría antes de que volviera de nuevo el mismo Jesús que había ascendido al cielo.

Las palabras de Jesús se convirtieron para la Iglesia en un tesoro que custodiar, proclamar, meditar y vivir. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo implantó en la Iglesia un carisma apostólico a fin de mantener intacta esta revelación. A través de sus palabras Jesús iba a vivir en su Iglesia: “Yo estaré siempre con vosotros”. De este modo la comunidad eclesial tuvo conciencia de la necesidad de ser fieles a las instrucciones de Jesús, al depósito de la fe. Esa solicitud se transmitiría de generación en generación hasta nuestros días.

Y la segunda reflexión sobre el significado de la Ascensión se halla en esta frase: “Jesús ocupó su puesto”. Después de haber pasado por la humillación de su pasión y muerte, Jesús ocupa su puesto a la diestra de Dios, ocupa su puesto junto a su eterno Padre. Pero también entró en el cielo como Cabeza nuestra. Según las palabras de San León Magno, “la gloria de la Cabeza” se convirtió en “la esperanza del cuerpo” (cf. Sermón sobre la Ascensión del Señor). Para toda la eternidad Jesús ocupa su puesto de “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29): nuestra naturaleza está con Dios en Cristo. Y en cuanto hombre el Señor Jesús vive para siempre intercediendo por nosotros ente su Padre (cf. Heb 7, 25). Al mismo tiempo, desde su trono de gloria Jesús envía a toda la Iglesia un mensaje de esperanza y una llamada a la santidad.

Por los méritos de Cristo, a causa de su intercesión ante el Padre, somos capaces de alcanzar en él justicia y santidad de vida. Claro está que la Iglesia puede experimentar dificultades, el Evangelio puede encontrar obstáculos, pero puesto que Jesús está a la derecha del Padre, la Iglesia jamás conocerá el fracaso. La victoria de Cristo es la nuestra. El poder de Cristo glorificado, Hijo amado del Padre eterno, es superabundante para mantenernos a cada uno y a todos en la fidelidad de nuestra dedicación al Reino de Dios y en la generosidad de nuestro celibato. La eficacia de la Ascensión de Cristo nos alcanza a todos en la realidad concreta de la vida diaria. Por razón de este misterio la vocación de toda la Iglesia está en “esperar con alegre esperanza la venida de Nuestro Salvador Jesucristo”.

Queridos hijos: Vivid imbuidos de la esperanza que es parte tan grande del misterio de la Ascensión de Jesús. Tened conciencia honda de la victoria v triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. Estad convencidos de que la fuerza de Cristo es mayor que nuestra debilidad, mayor que la debilidad del mundo entero. Procurad entender y tomar parte en el gozo que experimentó María al conocer que su Hijo había ocupado su lugar junto al Padre, a quien amaba infinitamente. Y renovad hoy vuestra fe en la promesa de Nuestro Señor Jesucristo que se fue a prepararnos un lugar, para venir de nuevo y llevarnos con El.

Este es el misterio de la Ascensión de nuestra Cabeza. Recordémoslo siempre: “Jesús les dio instrucciones”, y después “Jesús ocupó su puesto”. Amén.

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La Palabra de hoy: su paz

La Palabra de hoy: su paz

VI domingo de Pascua

Del  evangelio según san Juan (14,23-29):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor

 

Meditación:

Nadie existe por casualidad, sino por providente causalidad. Porque nuestra causa ha sido un amor mayor, el de Dios. Pero no nos basta sólo con existir, sino que estamos llamados a SER. Anhelamos una existencia en plenitud, buscamos siempre más. Alzamos nuestra mirada al cielo y percibimos que somos parte de esta tierra, pero que nuestro destino está más allá. Queremos trascender. Pero sólo trascendemos si nos mantenemos en comunión con ese amor que nos ha creado y nos llama hacia sí. En definitiva, hemos nacido para amar y ser amados. A través de su Palabra, Dios nos indica cómo caminar en su amor hasta que lleguemos a Él . Así experimentamos su presencia que nos acompaña, sostiene e impulsa siempre más allá de nosotros mismos.

¿En qué puedo mejorar para que mi vivencia de la Palabra de Dios sea más auténtica y continua?

El gran don de la Pascua es la paz que el Resucitado nos ofrece. Ella es fruto del amor y del perdón. Por eso sólo podemos alcanzarla mediante una experiencia espiritual que nos haga valorarla como regalo de Dios y también como conquista.  No es la paz como la ofrece el mundo, siempre frágil y pasajera, es la paz del Salvador que vence toda división y oscuridad.

Meditemos ahora con este texto:

En las tardes de fatiga, cuando la vida en medio del mundo parece arrastramos en su sinsentido y encuentro mi corazón dividido en mil pedazos, busco la compañía de un amigo, de una amiga.

¡Es tan distinto ver nuestra realidad desde otros ojos!

Los ojos que nos miran nos enseñan a mirar…

¿Cómo es posible que a tan pocos pasos de la aridez de ese mundo pueda encontrarse este reino secreto de comprensión y armonía?

Al fondo parece escucharse un arroyo que crece como vida nueva. Me acerco hasta su fuente y me dejo refrescar.

Es necesario estar acá, dejarse moldear por la comunión de vida. Así entendemos  su sentido más hondo.

Descubrimos entre nosotros el llamado a la paz.

¿De dónde brota en nosotros ese anhelo que nos invita a vivir aquí, ahora mismo, como parte de aquello que nunca pasa? ¿Cuál es la fuente de donde mana la armonía de cada uno de los seres creados como el amor original que nos invita a la vida? ¿Cuál la Palabra que nos enseña el definitivo camino hacia el encuentro de los corazones en la paz?

Jesús nos la ha comunicado cuando ha dicho: “Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mt 5, 9).

La paz se construye, la paz se opera. Así también la espiritualidad, que se realiza cuando nos hacemos hijos de Dios. Somos bienaventurados los que sostenemos este empeño. Porque solos no podemos ir hacia Él. Andando solos no nos encontramos ni a nosotros mismos. Necesitamos al amigo, al hermano, para llegar a ser lo que somos verdaderamente.

(Del libro: “La fuente de la paz”, de Christian Díaz Yepes, Madrid 2014)

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: La señal

La Palabra del domingo: La señal

5º domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (13,31-33a.34-35):

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Palabra de Señor

 

Meditación:

¿Qué diferencia un país cristiano de otro que no lo es? ¿Qué diferencia a una familia fundada en la bendición de Dios de una simple convivencia humana? ¿Qué diferencia a un joven, un hombre o mujer cristianos de unos que no conocen ni ponen en práctica el Evangelio? Nos diferencia el amor. El amor verdadero que viene de Dios y por ello comparte sus atributos de bondad,verdad, unidad y belleza. El amor divino y humano que armoniza la sana exigencia con la comprensión, la entrega de sí y la acogida del otro, lucha y mansedumbre, magnanimidad y humildad, justicia y perdón, razón y sentimiento, cuerpo y alma. Cualquier otra comprensión del amor es mero espejismo, es construir la casa de nuestro ser sobre arenas movedizas y resbaladizas, no sobre la roca de lo fuerte y permanente.

Tomo conciencia de lo que implican estas verdades y considero si estoy fundando mi vida sobre ellas.

Cristo ha venido a dar realización a todas estas implicaciones del amor en el Mandamiento que llama “suyo” y “nuevo”. Suyo porque le es propio llevar a plenitud la creación entera, unificando los opuestos y así dando armonía a lo que de otra manera no la tendría. Nuevo porque da la luz definitiva a las antiguas prescripciones y porque renueva todas las cosas.  Nuevo porque ha de ser vivido por quienes han nacido a una nueva vida con Él, muriendo al antiguo pecado y resucitando a la esperanza. Nuevo porque está siempre abierto a que las personas y las cosas no sean siempre iguales, sino que pueden ser siempre mejores.

Hago una revisión de todo lo que en mi vida se pueda estar apagando en lo rutinario. Lo presento a Dios y pido que me conceda la gracia de la continua renovación.

Este Mandamiento pone nuestra atención sobre el tipo de relaciones que vivimos. Si hasta entonces podían entenderse los diez mandamientos del Antiguo Testamento como exigencias personales, ahora es imposible vivir el Mandamiento Nuevo de manera individual. Este está orientado a los “dos o más” unidos en el nombre de Cristo (cf. Mt 18, 20). Se trata de la unidad humana y divina por la que él continúa haciéndose presente en la historia personal y colectiva.  Esa disposición nos llama crecer en la virtud y no contentarnos con lo que ya hemos alcanzado, sino mantener la tensión de la cuerda en ascenso… Cuerda tensada con los nudos de la oración personal y en comunidad, el perdón, el diálogo y la ayuda recíproca. Y cada vez que notemos que algo falla, pues ponernos de acuerdo para pedir nuevamente esta gracia Dios, quien prometió responder siempre que pidamos en esta unidad en el nombre de Cristo.

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La Palabra del domingo: guiados

La Palabra del domingo: guiados

4º domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (10,27-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Palabra del Señor

 

Maditación:

Lo enterraron y el sepulcro quedó vacío. Nadie supo cómo la pesada losa fue removida.

Sus discípulos se encerraron por miedo y no hubo muros ni cerrojos que impidieran que él entrara.

Tomás dudó de su resurrección, hasta que le vio y tocó sus heridas.

Pedro le negó tres veces y tres veces fue reconciliado por un amor mayor.

Porque nada podrá separarnos del amor de Dios, como afirmará luego san Pablo: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Ni tumbas, losas, cerrojos, falta de fe, ni antiguas negaciones. Ni nuestros miedos ni enemigos, ni dudas ni pecados. Nada.

Nadie nos arrebatará de la mano de Cristo porque es el Padre, que supera a todos, quien nos ha entregado a él.

Todos sus enemigos han sido puestos a sus pies. Deja de darles tú la fuerza que ya no tienen.

Piensa en todo lo que busca alejarte de Cristo y repite con fe: “ni esto ni nada podrá apartarme del amor de Dios”.

La peor forma de pobreza es el aislamiento. Una soledad forzada y vivida como fatalidad origina tristeza y hace perder el sentido de la vida. Porque hemos sido creados a imagen de Dios, que es com-unión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Eso hace que hasta la última fibra de nuestra persona se sienta llamada a interactuar, comunicar, encontrarse a sí misma en la relación con los demás. Por eso lo primero que la resurrección de Cristo ha sanado ha sido nuestra capacidad de vivir en comunión, tanto con Dios, con quien nos ha reconciliado, como con las demás personas, de quien nos ha hecho auténticos hermanos.

¿Soy consciente de que la fe cristiana se centra toda en este misterio de la comunión con Dios y con los hermanos? ¿Vivo así mi cristianismo?

Las palabras de este evangelio nos llenan de esperanza. El Padre no se dejará quitar a los que el Hijo ha redimido con su sangre y hechos nuevos por su Espíritu . Hemos sido salvados por Dios y tomados en sus manos. Nos ha rescatado de ese triste aislamiento que amenazaba con hundirnos. ¿Dónde ha quedado el sinsentido? Cada prueba, cada sacrificio, son ocasiones por las que Él nos va purificando, haciendo crecer. Recuerda que somos como las ramas de la vid que el Padre poda para que den más fruto (ver: Juan 15). Lo que Él quiere es sacarnos de nuestros miedos, encierros, victimismos, desesperanzas…

“Tu Dios te ha guiado como un padre guía a su hijo durante tu camino”, dice la Escritura (Dt 1, 31). En un momento de silencio contémplate a ti mismo sostenido por la mano paternal del Señor en distintos momentos de tu vida. Descansa en su presencia y agradécele.

El que te guía en el camino es el Buen Pastor. Esta metáfora resulta antipática para el hombre moderno en su afán de autonomía. Pero es poco sensato pensar así, pues más bien ha de ser motivo de gratitud y confianza el saberse guiado por Aquel que quiere llevar a su plenitud la existencia que él mismo nos dio. Es mejor dejarse conducir por quien sabe y puede más antes que errar por nuestros propios caprichos.

Oro con estas palabras de Charles de Focauld:

“Padre, me abandono en tus manos.

Haz de mí lo que quieras.
Hagas lo que hagas, te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo.
Hágase tu voluntad en mí
y en todas las criaturas.
Esto es todo lo que quiero, Señor.
En tus manos,  encomiendo mi vida.
Te lo agradezco con todo el amor de mi corazón
porque te quiero, Señor.
No puedo menos de ofrecerme a mí mismo,
de entregarme en tus manos,
sin reservas y con ilimitada confianza,
porque tú eres mi Padre.
Amen

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: ¿Me quieres?

La Palabra del domingo: ¿Me quieres?

III domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-19):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.» 
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.» 
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» 
Ellos contestaron: «No.» 
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» 
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» 
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.» 
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.» 
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» 
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» 
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» 
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» 
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» 
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. 
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Palabra del Señor

 

 

Meditación:

 

Familiaridad. Gestos de cercanía, complicidad: otra noche de pesca para los discípulos, un desconocido en la orilla, unas brasas, pan y pescado para una comida de amigos. La resurrección de Cristo ilumina todas las acciones humanas que antes parecían rutinarias, sin densidad. Dios lo colma todo de una nueva sacralidad. Él quiere hacernos descubrir  cómo y cuánto está presente en nuestra vida, iluminándonos y elevándonos a un nivel que nunca hubiéramos imaginado. Porque a la luz de la fe no existe la rutina, sino el trabajar siempre con nuevo impulso y nuevos desafíos. No existe la frustración, sino la fuerza de Dios que nos hace superar nuestra debilidad. No más la culpabilidad que nos hunde, sino la responsabilidad de un amor mayor para rehacer lo que no hayamos vivido bien.

 

¿Cultivo una relación cercana, familiar, con Dios en lo cotidiano o vivo la religión como repetición rutinaria? ¿Qué le pido a Dios para mejorar en este sentido?

 

La experiencia de Pedro al ver morir atrozmente al Maestro tiene que haber sido demoledora. Sobre todo porque pocas horas antes le había negado hasta tres veces, como el mismo Jesús le había anunciado. El que aparentemente había sido el discípulo más fuerte, entusiasta y comprometido, en el momento de la cruz se muestra como el más débil, desesperanzado y cobarde. Porque ante la cruz de Cristo caen todas nuestras máscaras y queda en evidencia la propia miseria. Pero es justamente esa miseria la que él ha venido a rescatar. En su cruz han sido clavadas nuestras negaciones, cobardías y pequeñez de alma. La cruz que es la mayor expresión del amor de Dios hasta el extremo.

 

La Pascua es el tiempo sagrado para dejar en la cruz de Cristo todas mis miserias para que él las redima. Por eso este domingome presento a él tal como soy para recibir sus dones.

 

“Pedro, ¿me amas?”. Es la pregunta recurrente del Señor a quien le negó tres veces. No le pregunta por qué lo hizo, removiendo la herida del pasado, sino que le hace volver al amor que le impulsó a seguirle. Ese Amor que le lavó los pies el Jueves Santo y le purificó de mucho más en su entrega total en la cruz. Sólo ese amor podía hacer que  Pedro se reencontrara consigo mismo y con Dios. Por eso él mismo llegará a expresar más adelante en otro escrito suyo de la Biblia: “El amor cubre multitud de pecados” (1Pe 4, 8). Hoy Jesús nos dice también a ti y a mí que cubramos con nuevo amor lo que nos haya faltado en el pasado, todas nuestras negaciones y traiciones. Si aún nos cuesta alcanzar un amor grande para llegar a ello, basta que al menos le digamos que le queremos. Así él comenzará una nueva historia con nosotros.

 

  

 

 

 

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Domingo de ramos: “Padre, perdónalos…”

Domingo de ramos: Padre, perdónalos…

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Con el Domingo de ramos comienza la Semana Santa. En este día leemos la Pasión de Cristo, narrada por el evangelista san Lucas. Jesús ha deseado vivamente celebrar esta Pascua: Su Pascua, nuestra Pascua. Pascua que significa “paso” desde este mundo al reino de Dios, la apertura definitiva de las puertas de la gracia y la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Se puede creer o no en este acontecimiento, pero nadie puede permanecer indiferente ante él. Jesús ha entregado su vida, llevando su amor por la humanidad hasta el extremo despojamiento de sí mismo en favor de todos. Él no se defiende, sino que se pone en manos de los que le arrancan la vida para ofrecerla con total libertad y evidenciar así que el amor de Dios es mayor a cualquier atrocidad humana. Él es capaz de glorificarse en la humillación y  sacar bien del mal.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” Son las palabras de Jesús en la cruz que nos refiere Lucas. Toda la existencia terrena del Señor, todo su anuncio del Reino de Dios con palabras de vida eterna y con milagros portentosos, todo, todo alcanza su máxima expresión cuando Él pronuncia estas palabras benditas desde el altar de la Cruz. Allí se ha abierto para todos el gran perdón. Ahora queda de nuestra parte responder a tanta misericordia.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” Aquí queda anulado todo juicio, toda condenación. Atrás ha quedado cualquier imagen castigadora y represora que alguien pudiera tener sobre Dios. Porque es innegable que tantas veces no sabemos lo que hacemos. Por eso necesitamos de la indulgencia de quien no se equivoca nunca. Y no se equivoca porque ama, y al final el amor vence todo error. Ese amor asume nuestra lejanía y sinsentido. Aquí se revela el abrazo a sus hijos pródigos,  aquí los acusadores  se retiran sin haber arrojado ni una piedra a los que necesitamos el perdón.

¿Qué haremos al contemplar un amor así?

Responder también nosotros con amor. Pedir a Dios experimentar en esta Semana Santa la paz y el gozo profundo de sabernos pecadores perdonados, hijos amados por el Padre, que nos ha reconciliado con Él. Hemos de comunicar también nosotros este amor y este perdón a cada persona que encontramos en el camino de nuestra vida. Nadie puede quedar al margen de un acontecimiento tan grande y transformador.

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La Palabra del domingo: convertidos en hijos

La Palabra del domingo: convertidos en hijos

4º domingo de Cuaresma

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Del evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. “
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, “
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Con la parábola del Padre Misericordioso llegamos al centro luminoso de todo el evangelio. Desde Adán hasta Jesús, toda la historia de la salvación se ha ido desarrollando para llegar hasta aquí, donde se nos revela plenamente quién es Dios y quiénes somos nosotros. Él es el padre humilde, valiente y misericordioso que aparece en estas líneas. Por amor se pone por debajo de sus dos hijos, respetando su libertad y manteniendo su corazón abierto para acogerles en su alegría y bondad. No les juzga ni condena, no les coarta ni detiene sus pasos. Les espera, se arriesga a ser rechazado en su amor y, sobre todo, no deja de tener abiertas las puertas de su casa hasta que reconozcan plenamente su dignidad de hijos suyos. Cada uno debe ahora dar el paso de convertirse en qué idea tiene acerca de él para descubrirle en su verdad.

En un silencio de adoración, hago el vacío de cualquier imagen errada que pueda tener sobre Dios policía, juez, verdugo, ser lejano y desinteresado. Luego le pido la gracia de contemplarle como realmente ES.

El hijo menor somos cada uno de nosotros cuando le damos la espalda a Dios y pretendemos arrancarle lo que ya Él nos ha ofrecido: nuestra libertad. Aún así, Él vuelve a darnos lo que exigimos y hasta más, dejando que nos aventuremos lejos de su presencia. Sabe que su amor tiene una fuerza mayor que por sí sola nos hará volver. Nos deja marchar y espera…

Lejos de Él, lo perdemos todo. Fuera de su presencia, la ruina, impotencia y oscuridad. El mero instinto por sobrevivir nos mueve a volver a casa, incluso por un interés egoísta. Emprendemos el camino de vuelta tan atribulados por lo que hemos hecho que creemos merecer la humillación y ser tratados como esclavos. Cuando ya avistamos la casa paterna, advertimos una luz en la ventana. Él nos aguarda. No espera que lleguemos y nos sale al encuentro… “Padre, he pecado… no merezco… trátame como a un esclavo…”. Pero Él se nos echa al cuello y nos llena de besos: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Nos cambia los harapos por vestiduras, sandalias y anillo de dignidad, manda a celebrar en grande.

¿Me veo a mí mismos como merecedor de tanto amor? ¿Soy consciente de mí dignidad de hijos libre y amado por Dios o me considero sus esclavos? ¿Tomo parte en su banquete o me conformo con las migajas?

También somos el hijo mayor cuando no dejamos que Dios sea nuestro padre. “hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo…”. Estamos siempre en su presencia, pero no le amamos. No experimentamos la alegría de ser sus hijos por autoimponernos las exigencias de un dueño castigador. Mucho menos somos capaces de reconocer al otro como hermano, perdonarle y alegrarnos por su conversión. Y nos rehusamos a entrar en casa. No pensamos como el padre (“ese hijo tuyo...”) y aunque hayamos estado siempre con él, en verdad añorábamos otras compañías (“banquetear con mis amigos”). Cumplimos como empleados ante un jefe, como inquilinos ante un casero, como estudiantes ante un examen. No como hijos. Y es allí donde está el gran regalo y la gran tarea de nuestra conversión.

¿Cuántas de mis autoexigencias, incluso “religiosas”, me alejan de la casa del Padre? ¿Cuántas imágenes erradas mantengo acerca de Él, sin haberle conocido íntimamente? ¿A quién adoro en realidad, a Dios que es Amor o a un ídolo que me voy formando?

 

Oro y contemplo con este poema…

 

Él ha salido a nuestro encuentro

cuando todavía éramos duda

 

¡Brazos al cuello, besos!

Caemos de rodillas.

No dejamos

que nadie diga nada.

 

Llanto de amor se vuelve claridad.

 

La vida

como un asalto de amor al cielo.

 

Entregaste todo, lo gastamos…

¡Encontramos!

 

Fecunda

es la tierra en brotes sorpresivos.

A tus hijos

el torrente baña desde dentro.

Y el pan

a tu mesa es algazara.

Ganancia

se hizo

            la entrega.

Encuentro,  

                   la espera.

El canto

                 toma el sitio del silencio,

el abrazo

                 cubre la otrora distancia.

 

 

(Christian Díaz Yepes, del libro Aquedah, 2013

Ilustración: Charlie Mackesy )

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La Palabra del domingo: ¿Dónde están tus frutos?

La Palabra del domingo: ¿Dónde están tus frutos?

3º domingo de Cuaresma

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Del evangelio según san Lucas:

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:
-“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís,
todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”
Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

Palabra del Señor

 

Meditación:

Nos estremecemos al recibir estas palabras de Jesús. El mismo Señor de la misericordia a la vez nos exige una vida radical. No basta con pensar que Dios perdona todo y tendrá piedad de nosotros. Tampoco es cierto creer que son tan grandes nuestras culpas que ya no merecemos una oportunidad y tenemos que cargar por siempre con el peso de la desdicha. Démonos cuenta de que Él continuamente nos da oportunidades de conocer su amor y vivir en esa libertad, como el que siembra una higuera en su campo esperando que dé frutos.

¿Vivo una religiosidad despreocupada, sin verdadero compromiso con sus exigencias?

Jesús dirige la parábola de la higuera estéril a judíos piadosos que se preguntaban por qué Dios parecía no proteger a su pueblo en algunas ocasiones. Entonces lo resolvían con el argumento de la retribución: si te portas bien, Dios te ayuda y prosperas, pero si te va mal es porque estarás pagando alguna culpa propia o de tus antepasados. Con ello se justificaban bajo cierta religiosidad las desigualdades de la sociedad, donde unos pocos gozaban de grandes privilegios por su linaje, cargos y una religión de apariencias, mientras muchos permanecían señalados bajo el estigma de la culpa. Pero ¿dónde quedaría entonces el perdón de Dios, que siempre va unido a la libertad y una nueva oportunidad para el hombre? Porque la culpabilidad hunde y detiene, a la vez que cierra las puertas a la esperanza. Jesús nos enseña en cambio a asumir la responsabilidad, que implica conciencia, decisión de reparar el daño y avanzar. Un Dios justiciero  no puede ser fuente de vida y libertad. En cambio, un Padre procura siempre que sus hijos avancen hacia la plenitud de sus vidas.

Reflexionemos cuántas veces nos acercamos a Dios con una mentalidad justiciera. ¿Cuántas veces utilizo mis culpas pasadas para no cambiar y justificar una vida estéril?

Este evangelio es también buena noticia porque nos sacude y pone en alerta nuestros sentidos espirituales. La conclusión de la parábola deja abierta la última oportunidad que el dueño de la viña, que representa a Dios, concede a su higuera para que empiece a dar frutos. Aparece así su misericordia  como esa última oportunidad que no se puede desaprovechar. Hoy esta Cuaresma es esa oportunidad para nosotros. No dejemos para luego lo que Dios nos exige ahora.

¿Estoy dando los frutos de vida que Dios espera de mí? ¿Qué propósito me hago para aprovechar la oportunidad de este tiempo?

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La Palabra de hoy: hacia la luz

La Palabra de hoy: hacia la luz

2º domingo de cuaresma

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Del evangelio según san Lucas (9,28b-36):

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor

 

Meditación:

Los discípulos se preguntaban qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos porque era inimaginable el destino que tendría su Maestro. Sin embargo, para prevenir el escándalo que les causaría la muerte de Jesús en la cruz, Dios les da un adelanto de su futura glorificación: la transfiguración. Este es un episodio difícil de comprender y describir para los discípulos, pues aunque se les manifestó sensiblemente (luz, aparición de Moisés y Elías, voz misteriosa…), se trató de un evento sobrenatural que les conmovió y envolvió sin hallar cómo explicarlo. Será después de su resurrección de Cristo puedan recordarlo y empezar a comprender su significado.

Para Dios no hay sacrificio sin gloria, porque no hay lucha sin recompensa.  El odio del mundo no puede tener la última palabra sobre los que siguen la voluntad divina. De modo que la cruz es camino hacia la luz. Este es el primer gran mensaje de este evento: Jesús va de camino a Jerusalén, pero no para arrebatar el poder político ni militar. La suya es una peregrinación que va más allá de la historia. Se encamina a combatir la batalla decisiva contra los poderes que someten este mundo, crucificando en su propia carne el mal y la muerte. También nosotros necesitamos captar en mayor profundidad lo que significa la resurrección. Así que desde las primeras semanas de la Cuaresma contemplamos un primer adelanto, tal como el que recibieron los discípulos. Para alcanzarlo, tenemos que hacer un ejercicio mental, sí, pero sobre todo abrirnos a un nuevo nivel espiritual.

“Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe” (1Co 15, 14). ¿Qué significa para mí la resurrección del Señor? ¿Le he experimentado como resucitado y vivo proyectado hacia mi futura resurrección?

Dios es el origen de nuestra existencia, y también su fin. Entre uno y otro extremo transcurre nuestra vida presente. Cristo, quien es en sí mismo el Camino y la Vida, nos acompaña haciéndose con nosotros el Caminante. Toda su historia terrena describe cómo él comparte nuestra peregrinación -más bien ascensión- hasta Dios. Pero de manera especial, el evangelio de Lucas nos describe la última peregrinación de Jesús como el viaje en que se intensifica su llevar a plenitud el camino de la humanidad. En medio de este itinerario, marcado por sus grandes parábolas y enseñanzas, acontece el episodio de su Transfiguración. Así como la realidad más profunda de Jesús se manifiesta a mitad de su camino por la oración personal y la amistad con sus discípulos, también nosotros podemos experimentar a mitad de nuestra vida la presencia de Dios en y entre nosotros. Le encontramos volviendo la mirada hacia nuestra interioridad y también entablando relaciones profundas y sentidas con los que amamos. Cada vez que oramos de corazón y también cuando vivimos en el amor hacia los demás, cuando nuestros gestos y palabras brotan de lo más puro y verdadero que podemos ser. No desperdiciemos estos momentos de luz que Él nos ofrece. Que allí encontramos fuerza para superar toda prueba y adversidad.

En un momento de recogimiento, me hago consciente de que provengo del amor de Dios. En Él hallo mi ser más profundo, libre de apegos y temores.

Luego le pido que me muestre que mi destino está en volver a Él. Permanezco adorándole en silencio.

Contemplo mi vida presente como el viaje que recorro acompañado por el amor de Dios, quien me abre camino y sostiene mi andar.

Oro con este poema…

Porque en cada instante en que te elijo, mi Dios, ofrezco el gesto de quien acrisola tesoros en la hoguera,  y de quien asienta con ardor piedra sobre piedra hasta levantarte un templo.

La misma pulsión lanzada por mis manos como semillas a la tierra en cada mano que estrecho. Un pescador que sabe dónde navega en la noche.

Cada instante de anhelo es volver a dejar todo fuera de nosotros. Y tan dentro.

Baile de estrellas, derroche de  maravillas aguardando nuestra elección para darse al mundo entero.

Entonces caemos rostro en tierra y te besamos, prodigio de amor. Elevamos nuestro canto como velas de una barca guiadas por tu aliento.

Y brillamos desde ti en el arenal nuevo.

 

 

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Lucha espiritual

La Palabra del domingo: Lucha espiritual

I domingo de Cuaresma

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Abrimos la Cuaresma con el pasaje de las tentaciones de Jesús. Aunque el evangelio nos las presenta en un único episodio, debemos saber que toda su vida, de inicio a fin, estuvo marcada por la persecución y la tentación. Porque así es toda vida que quiere ser fiel a Dios y a su propia dignidad. Jesús asume, recorre y acompaña esta condición humana y la lleva al triunfo pascual del que también nosotros, unidos a él, podemos participar. No esperemos que la espiritualidad sea sólo un camino de rosas, con consolaciones y tranquilidad. Los 40 días en el desierto de Jesús nos hablan de combate contra nuestras fuerzas internas y externas que necesitan ser armonizadas según el designio de Dios.

 

Tomo conciencia de que la Cuaresma ha de ser un tiempo de lucha contra lo que en mí necesita armonizarse y dirigirme al Amor y Verdad de Dios.

 

Las tres tentaciones de este episodio señalan la progresión de los tres ámbitos del combate espiritual. Convertir las piedras en pan es abusar de los dones personales pensando sólo en el uso y disfrute físico, la gratificación inmediata y el encerrarse en sí mismo. Es el nivel más básico de la condición humana, que necesitamos ordenar hacia Dios quiere, hacia “toda palabra que sale de su boca”. El lanzarse desde el pináculo del templo apunta al reconocimiento y admiración de los demás, el vivir de las apariencias y del qué dirán. Toca el ámbito afectivo que también necesita ser dirigido hacia Dios, a quien hay que obedecer antes que a los hombres (ver: Hch 4, 19-5,29). Finalmente, el postrarse y adorar al demonio se dirige al ámbito espiritual más esencial de la persona: su conciencia, libertad y llamada a la adoración. Toca la escala de valores y el compromiso con la Verdad y el Bien.

Como explicábamos, Jesús es tentado en estos ámbitos porque son los mismos en que todos somos tentados. Las tres tentaciones se dirigen al propio ser. Fijémos que el demonio repite tres veces la provocación “si eres…”. Porque el pecado, en definitiva, es negar lo más auténtico de nosotros mismos: nuestro destino a ser plenamente hijos de Dios, por tanto, a vivir en la verdadera libertad. Nuestras tentaciones abarcan lo que nos ciega en el mero disfrute material, lo que nos condiciona a partir de la opinión de los otros y lo que nos hace negar nuestro amor a Dios. Jesús aquí nos enseña a enfrentarnos a todo ello a partir del discernimiento, la familiaridad con su Palabra y la confiada rendición a su voluntad.

 

Sin ningún temor, hago cuenta de mis tentaciones y antepongo a ellas mi amor hacia Dios. Tomo conciencia de que todas me hacen negar mi ser más auténtico, mi propia vocación y misión. Vuelvo a elegir lo que me hace vivirlas plenamente.

 Para concluir, oro con estas palabras inspiradas en Efesios 6:

Querido Señor Jesús,
hoy vengo a rendirme ante ti, ante tu amor y tu verdad.
Te presento todas mis tentaciones.
Tú las conoces porque las has vivido en tu propia carne. Y las has vencido.
Enséñame también a mí a vencerlas. Ayúdame a luchar, no caer.
Que no olvide tu Palabra, lo que quieres de mí. De mi ser más auténtico.
Que no lo niegue, Señor y Dios mío. Que no me traicione a mí mismo, a mi destino en ti.
Hoy me fortalezco en el poder de tu nombre, Señor Jesús,
para luchar contra el diablo y sus espíritus.
Porque la vida es, ante todo, una lucha espiritual. Y tú nos has dado las armas para combatirla.
Me mantengo en pie firme, como resucitado contigo, y busco las cosas del cielo , que es mi fin.
No me ato a las de la tierra, que son sólo medios.
Ciño mi cintura con el cinturón de la verdad: que estoy necesitado de ti,
que no puedo luchar sólo, sino con la fuerza de tu gracia.
Me cubro con la coraza de tu cruz, que es mi única justificación ante Dios.
Calzo mis pies con tu evangelio, para que guíe mis pasos y no yerre en mi camino.
Es tu evangelio de la paz, la paz que me esfuerzo por alcanzar en mí mismo y con los demás.
Embrazo el escudo de la fe: que soy hijo del Padre, discípulo tuyo y templo de tu Espíritu.
Este el escudo que calcina los dardos del demonio, a quien no debe temer, sino combatir.
Me cubro también con el yelmo de la salvación,
La que nos viene por tu Cuerpo y tu Sangre entregados en la cruz y que recibo en cada Eucaristía.
Y blando con tu fuerza, la espada del Espíritu, que es tu Palabra,
espada de doble filo que penetra hasta lo más íntimo.
Lo hago al escucharla, al ponerla en práctica y anunciarla sin rebajas.
Porque ella me hace cada día más semejante a ti, vencedor de todo mal,
el testigo fiel y verdadero,
el amigo que nunca falla y yo quiero amar cada día más.
 
Amén

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: autenticidad

La Palabra del domingo: autenticidad

8º domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Palabra del Señor.

 Comentario:

Son tantas las veces que proyectamos nuestros defectos en los demás, juzgándolos con una medida injusta y que no ayuda a nadie. Antes de fijar la mirada en los otros, más bien hagamos examen sobre nosotros mismos. Démonos cuenta de que rechazamos en ellos mucho de lo que quizá no aceptamos de nuestra propia persona. Autenticidad significa no pretender, y esto en su doble significado: tanto no exigir del otro lo que no estamos dispuestos a dar nosotros, como tampoco engañar y engañarnos haciendo creer que no tenemos mucho que debe ser corregido. Sólo si somos capaces de aceptarnos con sinceridad y humildad podremos ver a los demás en la justicia y en la misericordia. De eso también se trata el amar al prójimo como a uno mismo.

¿Soy capaz de reconocer mis propios defectos antes de sacar cuenta de los ajenos?

Jesús nos dice también que el buen árbol se reconoce por sus frutos. Tenemos aquí la medida de una verdadera espiritualidad: la capacidad de generar frutos. No nos ha creado Dios para una vida estéril. Recordemos su mandamiento a la humanidad en el Génesis: “creced y multiplicaos”. Esto no sólo se refiere a la reproducción biológica, sino al crecimiento de nuestra existencia hacia su trascendencia, multiplicando nuestras obras de fe y amor. Es todo lo contrario a una vida cerrada sobre sí misma, sin servir a nadie. Somos llamados a la plenitud de quien genera vida y esperanza a su paso: las buenas obras, la solidaridad, la alegría y la paz  verifican que nuestra fe es auténtica. Esto va mucho más allá del mero cumplimiento de preceptos y el sentirnos conformes con una existencia aparentemente religiosa.

¿Cómo puedo hacer para que mi vida genere más frutos evangélicos que verifiquen mi fe?

Jesús nos presenta finalmente el baremo para medir nuestra coherencia: lo que sale de nuestros labios, pues de lo que rebosa el corazón, habla la boca. Si vivimos en la verdad, somos veraces. Es decir, nuestras palabras valen por la misma fuerza que expresan, sin necesidad de subterfugios. Cuando nos encontremos expresando palabras falaces, agresivas o sin consistencia, examinemos cuánto no estamos aceptando de nosotros mismos y proyectamos sobre los demás, qué tan fecunda y plena está siendo nuestra propia vida, cuánto estamos haciendo presente el reino de Dios en ella a través del amor por Dios y por todos.

 Pronuncia con estupor y confianza este poema:

El reino

es el venir sonoro del encuentro

con quien te espera en el fondo de agua

para el concierto.

El vacío de ti mismo se colma

cuando uno en el otro muere sin lamento.

Estrechas sus manos y en pocas notas

dos o más devienen

en la presencia.

Esta es tu secreta ciencia:

mirarse a los ojos en la danza.

El hermano es tu transparencia,

el azul de hondura y luces ciertas.

Sólo eres tú mismo

en el nosotros,

el ímpetu rendido a la inocencia.

Soltar,

soltar por la borda la red henchida de certezas.

Es tema del mar es este gozo

que dispersa las apariencias.

Sin llorar ahogos ni despedidas

la marea nos lleva,

refleja el todo y navega

en fondo al mar, alcanza el puerto.

La mesa espera servida,

se colma la pesca.

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: contra-sentido

La Palabra del domingo: contra-sentido

7º domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas (6,27-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Palabra del Señor

 

Meditación:

La vida cristiana es entrar en el círculo de lo divino que alcanza lo humano y vuelve hasta Dios. Él es la fuente de la compasión y el perdón, porque ante todo es un Dios de amor. De Él sólo puede venir misericordia y cuando llega hasta nosotros espera que respondamos en consecuencia. Como hijos que miran su modelo en el Padre, también nosotros queremos vivir con un corazón abierto para acercarnos a cada persona sin juicios ni condenas, dispuestos a ofrecer el perdón y la ayuda concreta a quien nos necesite.

¿A quién puedo hoy amar como me ama Dios?

La lógica del Evangelio es clara: “Dad y se osdará” (Lc 6, 38). Si esperamos recibir algo de Dios, también nosotros debemos ofrecerlo a nuestro prójimo. Esto vale muy especialmente para el perdón, que es el don más precioso que podemos esperar de Dios. Por eso Jesús nos enseña a pedirle: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 5, 23). No caigamos en el capricho del que solo espera recibir sin ofrecer nada. Reflejemos el amor divino que viene a nosotros viviendo en consecuencia con lo que aspiramos alcanzar.

¿A quién me falta por perdonar en mi vida?

La meta que nos propone Jesús es alta, la mayor de todas: alcanzar el amor divino. Ciertamente, eso no está en nuestra capacidad. Pero sí podemos pedirle que nos avive con su Espíritu y poner las menores resistencias a su acción en nosotros. Esto se llama conversión, que significa cambio de mentalidad, de objetivos y de la vida entera. Los mayores obstáculos que solemos poner a ella son nuestra incredulidad, el derrotismo de pensar que ya no tenemos remedio, el permanecer caídos en nuestros viejos prejuicios, mezquindades y egoísmos. No vivamos sólo a partir de lo primero que sentimos. Aventurémonos al “contrasentido” del evangelio, donde se nos muestra que donde abundó el pecado, sobreabundó aún más la gracia. Nuestra pobreza puede ser nuestra mayor riqueza; cada dificultad, una oportunidad; nuestro dolor, fuente de amor.

Ríndete en adoración a Cristo crucificado y Resucitado. Ve deponiendo ante él todas las resistencias que puedas reconocer en ti.

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: revés bendito

La Palabra del domingo: revés bendito

Domingo 6º del tiempo ordinario

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Del  evangelio según san Lucas (6,17.20-26):

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. 
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor

Meditación:

Las palabras de Jesús son siempre desconcertantes, rompedoras. Nos cuestionan y hacen asumir la vida desde una perspectiva diversa a la que buscaríamos instintivamente. Por eso sus Bienaventuranzas proclaman todo lo que no quisiéramos experimentar, pero que tantas veces viene a nosotros como oportunidad. Incluso para algunos es su continua situación que espera por nuestro compromiso y caridad: la pobreza, la necesidad, las lágrimas, el rechazo y la persecución. Cuando algo de esto nos pasa, tratamos de salir de ello enseguida, nos encerramos en nosotros mismos por miedo o huimos hacia adelante. Pero esta actitud nos hace perder una gran oportunidad, LA oportunidad. El Evangelio enseña que todo ello nos hace mirar hacia lo alto, buscar a Dios y así descubrir lo que más vale en la vida, nos hace crecer y superar lo que nos haría infelices.

Tomemos conciencia que el dolor es connatural a la vida. Si pretendemos huir de él, lo convertimos en sufrimiento, pero si lo asumimos con fe nos hace crecer y avanzar hacia la plenitud.

Jesús contrasta sus Bienaventuranzas con las malaventuranzas, es decir, lo que reciben quienes quedan cegados por las falsas consolaciones de esta vida. Las riquezas nos pueden esclavizar en un horizonte muy pequeño, la saciedad nos embota, la diversión nos atonta y los halagos nos adormecen y condicionan. Todo lo que el mundo considera felicidad es sólo ilusión y engaño, tan distinto a una vida con los ojos y el corazón abiertos que nos eleva hacia cimas más valiosas y nos reta a superar nuestros límites.

¿Cuáles son esas riquezas, distracciones y saciedad que me estorban para buscar a Dios y vivir la libertad?

La Palabra de hoy nos hace preguntarnos dónde estamos poniendo nuestra esperanza, si en Dios que saca bien del mal y no permite que pasemos una prueba sin darnos la fuerza para superarla o en nuestros medios siempre insuficientes. Él nos hace descubrir que toda sombra tiene su revés bendito, toda dificultad es una oportunidad, toda cruz, camino hacia la luz. No tratemos de huir de ello. Asumámoslo con confianza y abiertos a la gracia de Dios, con la mente despierta para ver lo que está esperando por revelarnos el verdadero sentido de la vida. Que nada nos obstaculice ni nos atonte en este camino.

Medita y ora con este poema:

Si la tormenta se levanta
y permaneces firme ante el timón.
Si con el silencio de los sabios
reconoces que es hora de bajar las velas
y dejarse conducir por el soplo de Dios.
Si sabes dar calma a quienes
ven hundirse sus naves
y no lloras tu propio naufragio.
Si contra el viento que traiciona
y contra toda corriente de miedos y dolor.
Si contra la noche con sus hielos, permaneces.
Si toca caer con la pesca y la barca mar en fondo
y te mantienes atento al torrente de adentro,
entonces habrás vencido.
La pérdida será ganancia
y tu pequeña chispa encenderá una hoguera:
el calor del cielo entre las olas.
Alzado como faro en las noches de miedo.
Habrás triunfado,
aún cuando parezca naufragio,
pero hayas permanecido firme en la llama inagotable.
Habrás llegado al esperado puerto.
Estará en ti
con todas tus voces sosegadas
y la luz serena del torrente sin final.

 

(Christian Díaz Yepes, Una barca)

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Mar adentro

La Palabra del domingo: Mar adentro

5º domingo del tiempo ordinario

compasión

Del evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Meditación:

El asombro se había apoderado de pedro y los demás discípulos…” La maravilla, el asombro, es la experiencia fundamental que el verdadero adorador de Dios está llamado a vivir. Jesús no se contenta con haberse mostrado a Simón como un líder cautivante para seguir. Él es más que otro profeta o el Mesías terrenal como lo esperaba su pueblo. Por eso ahora les cambia todos los esquemas, y lo hace  mostrando lo sorprendente y abundante de Dios. Porque Él da y quiere darse a nosotros sin medida, en abundancia. Somos nosotros los que tantas veces le ponemos límites a su generosidad.
 

¿Cuál ha sido mi experiencia personal del primer estupor ante Dios? ¿Vivo mi relación con Él como un continuo maravillarme y abrirme a sus sorpresas? 

Jesús sorprende porque nos sale al encuentro allí donde gastamos nuestras vidas. No hay que escalar el cielo ni hacer cosas muy extrañas para alcanzarle.  Él viene donde estamos nosotros, a nuestro día a día. Pero a la vez, nos hace ir más allá de nuestros propios límites, rutinas y esquemas. Por eso le dice a Pedro que reme mar adentro y así lleva  su plenitud lo que ya realizaba. También nuestras búsquedas, fatigas y esperanzas pueden ser el escenario y la ocasión para descubrir su presencia si estamos atentos a escuchar a Jesúa que nos invita a ir más allá, a aventurarnos hacia lo profundo de nosotros mismos y del valor de cada persona que él nos hace encontrar. 

 

En un momento de silencio pido a Dios que me muestre mis aguas más profundas a las que él me invita. 

 

Apártate de mí,  que soy un pecador”. Es el movimiento natural del corazón humano, herido y falible, ante la pureza y trascendencia de Dios. Pero la Buena y gran Noticia del evangelio es que Él no menoscaba ante nuestra imperfección, sino que nos levanta, transforma, dándonos una nueva existencia: “No temas, en adelante serás pescador de hombres”. Como a Simón Pedro, pescador insatisfecho pero también abierto a la invitación de Dios, también Jesús quiere convertirnos a nosotros en pescadores de vidas. Que no nos frene la conciencia de nuestra propia imperfección, pues muchas veces puede ser la excusa de quedarnos mirándonos únicamente a nosotros mismos y no mejorar.

Entablo un diálogo personal con Jesús que me invita a ir más allá de mis límites y llenar de vida cuanto hago. Le pido valentía y confianza para ir a lo profundo de mí mismo y de Él.