Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: “Hágase en mí”

Lectio en salida: “Hágase en mí”

8 de diciembre: Inmaculada Concepción de María

 

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† Lectura del santo Evangelio

según san Lucas (1, 26-38)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no

tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco

virgen?” El ángel le contestó:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó:

“Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

“Hágase en mí”, responde María desde su pureza. “Hágase en mí” estamos llamados a responder desde nuestra llamada a la santidad. En María inmaculada la gracia le antecedía; en nosotros viene en el momento presente y se proyecta hacia un futuro de plenitud. En su pureza  la nuestra obtiene esperanza; en su generosidad ante Dios encontramos el modelo para reponder también nosotros de manera afirmativa a nuestra vocación.

Imitemos hoy a María en su docilidad a los planes de Dios, en la apertura confiada a Él y en su total entrega.

¿Cómo puedo decir hoy SÍ al Señor?

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Lectio en salida: La Inmaculada

8 de diciembre: Inmaculada Concepción de María

 

 

 

Lectura:

Lectura del libro del Génesis

(3, 9-15. 20)

Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: “¿Dónde estás?”

Este le respondió: “Oí tus pasos en el jardín; y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”. Entonces le dijo Dios:

“¿Y quien te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?” Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí”.

Entonces dijo el Señor Dios a la serpiente: “Porque has hecho esto, serás maldita entre todos los animales y entre todas las bestias salvajes. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida.

Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza, mientras tú tratarás de morder su talón”.

El hombre le puso a su mujer el nombre de “Eva”, porque ella fue la madre de todos los vivientes.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Salmo Responsorial Salmo 97

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria.

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel.

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor.

Cantemos al Señor

un canto nuevo,

pues ha hecho maravillas.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol

san Pablo a los efesios

(1, 3-6. 11-12)

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales. El nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor, y determinó, porque así lo quiso, que, por medio de Jesucristo, fuéramos sus hijos, para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado.

Con Cristo somos herederos también nosotros. Para esto estábamos destinados, por decisión del que lo hace todo según su voluntad: para que fuéramos una alabanza continua de su gloria, nosotros, los que ya antes esperábamos en Cristo.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.

Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo,

bendita tú entre las mujeres.

Aleluya.

 

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio

según san Lucas (1, 26-38)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.

Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no

tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco

virgen?” El ángel le contestó:

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó:

“Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

 

Meditación:

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María
Jueves 8 de diciembre de 2011

 

Queridos hermanos y hermanas:

La gran fiesta de María Inmaculada nos invita cada año a encontrarnos aquí, en una de las plazas más hermosas de Roma, para rendir homenaje a ella, a la Madre de Cristo y Madre nuestra. Con afecto os saludo a todos vosotros, aquí presentes, así como a cuantos están unidos a nosotros mediante la radio y la televisión. Y os agradezco vuestra coral participación en este acto de oración.

En la cima de la columna en torno a la cual estamos, María está representada por una estatua que en parte recuerda el pasaje del Apocalipsis que se acaba de proclamar: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1). ¿Cuál es el significado de esta imagen? Representa al mismo tiempo a la Virgen y a la Iglesia.

Ante todo, la «mujer» del Apocalipsis es María misma. Aparece «vestida de sol», es decir vestida de Dios: la Virgen María, en efecto, está totalmente rodeada de la luz de Dios y vive en Dios. Este símbolo del vestido luminoso expresa claramente una condición que atañe a todo el ser de María: Ella es la «llena de gracia», colmada del amor de Dios. Y «Dios es luz», dice también san Juan (1 Jn 1, 5). He aquí entonces que la «llena de gracia», la «Inmaculada» refleja con toda su persona la luz del «sol» que es Dios.

Esta mujer tiene bajo sus pies la luna, símbolo de la muerte y de la mortalidad. María, de hecho, está plenamente asociada a la victoria de Jesucristo, su Hijo, sobre el pecado y sobre la muerte; está libre de toda sombra de muerte y totalmente llena de vida. Como la muerte ya no tiene ningún poder sobre Jesús resucitado (cf. Rm 6, 9), así, por una gracia y un privilegio singular de Dios omnipotente, María la ha dejado tras de sí, la ha superado. Y esto se manifiesta en los dos grandes misterios de su existencia: al inicio, el haber sido concebida sin pecado original, que es el misterio que celebramos hoy; y, al final, el haber sido elevada en alma y cuerpo al cielo, a la gloria de Dios. Pero también toda su vida terrena fue una victoria sobre la muerte, porque la dedicó totalmente al servicio de Dios, en la oblación plena de sí a él y al prójimo. Por esto María es en sí misma un himno a la vida: es la criatura en la cual se ha realizado ya la palabra de Cristo: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

En la visión del Apocalipsis, hay otro detalle: sobre la cabeza de la mujer vestida de sol hay «una corona de doce estrellas». Este signo representa a las doce tribus de Israel y significa que la Virgen María está en el centro del Pueblo de Dios, de toda la comunión de los santos. Y así esta imagen de la corona de doce estrellas nos introduce en la segunda gran interpretación del signo celestial de la «mujer vestida de sol»: además de representar a la Virgen, este signo simboliza a la Iglesia, la comunidad cristiana de todos los tiempos. Está encinta, en el sentido de que lleva en su seno a Cristo y lo debe alumbrar para el mundo: esta es la tribulación de la Iglesia peregrina en la tierra que, en medio de los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo, debe llevar a Jesús a los hombres.

Y precisamente por esto, porque lleva a Jesús, la Iglesia encuentra la oposición de un feroz adversario, representado en la visión apocalíptica de «un gran dragón rojo» (Ap 12, 3). Este dragón trató en vano de devorar a Jesús —el «hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones» (12, 5)—; en vano, porque Jesús, a través de su muerte y resurrección, subió hasta Dios y se sentó en su trono. Por eso, el dragón, vencido una vez para siempre en el cielo, dirige sus ataques contra la mujer —la Iglesia— en el desierto del mundo. Pero en todas las épocas la Iglesia es sostenida por la luz y la fuerza de Dios, que la alimenta en el desierto con el pan de su Palabra y de la santa Eucaristía. Y así, en toda tribulación, a través de todas las pruebas que encuentra a lo largo de los tiempos y en las diversas partes del mundo, la Iglesia sufre persecución pero resulta vencedora. Y precisamente de este modo la comunidad cristiana es la presencia, la garantía del amor de Dios contra todas las ideologías del odio y del egoísmo.

La única insidia que la Iglesia puede y debe temer es el pecado de sus miembros. En efecto, mientras María es Inmaculada, está libre de toda mancha de pecado, la Iglesia es santa, pero al mismo tiempo, marcada por nuestros pecados. Por esto, el pueblo de Dios, peregrino en el tiempo, se dirige a su Madre celestial y pide su ayuda; la solicita para que ella acompañe el camino de fe, para que aliente el compromiso de vida cristiana y para que sostenga la esperanza. Necesitamos su ayuda, sobre todo en este momento tan difícil para Italia, para Europa, para varias partes del mundo. Que María nos ayude a ver que hay una luz más allá de la capa de niebla que parece envolver la realidad. Por esto también nosotros, especialmente en esta ocasión, no cesamos de pedir su ayuda con confianza filial: «Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Ora pro nobis, intercede pro nobis ad Dominum Iesum Christum!

© Copyright 2011 – Libreria Editrice Vaticana

Oración:

A ti, purísima Madre, restauradora del caído linaje de Adán y Eva, venimos confiados y suplicantes para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.

Acordaos, Virgen Santísima, que habéis sido hecha Madre de Dios, no sólo para vuestra dignidad y gloría, sino también para salvación nuestra y provecho de todo el género humano. Acordaos que jamás se ha oído decir que uno solo de cuantos han acudido a vuestra protección e implorado vuestro socorro, haya sido desamparado. No me dejéis, pues, a mi tampoco, porque si me dejáis me perderé; que yo tampoco quiero dejaros a vos, antes bien, cada día quiero crecer más en vuestra verdadera devoción.

(San Bernardo)

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Lectio en salida: Ascender

Lectio en salida: Ascender

I Domingo de Adviento, año B

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Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (63,16b-17.19b;64,2b-7)

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 79,2ac.3b.15-16.18-19

R/. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa. R/.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti;
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1,3-9)

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Palabra de Dios

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Dos exclamaciones apuntalan la Palabra de Dios este domingo: “Ojalá rasgases el cielo y bajases”, clama el pueblo a Dios (Is 63, 9); “Vigilad”, exige Cristo a los suyos para no ser sorprendidos por su venida sin preparanos adecuadamente. Entre una y otra exclamación discurre toda la historia de la salvación y nuestra propia historia personal.

Esta vida se nos escabulle como agua entre los dedos. Quisiéramos aferrar nuestros bienes, los momentos felices, la buena salud y el reconocimiento de todos. Pero todo pasa. Todo es caduco y no llega a saciar nunca nuestros anhelos más profundos. Entonces alzamos la mirada y pedimos a Dios que se acerque a nosotros, que podamos vivir la plenitud de la vida, de la paz y la felicidad. Con el profeta Isaías exclamamos: “Ojalá rasgases el cielo y bajases”. Es decir: pedimos a Dios que su reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia,  de la justicia, el amor y la paz vida plenas –como lo celebrábamos el pasado domingo de Cristo Rey- se haga presente entre nosotros. Lo mismo que pedimos diariamente al Padre: “venga a nosotros tu reino”.

En un momento de silencio tomo conciencia de que mis anhelos más profundos sólo pueden ser colmados por Dios, y le repito de corazón: “Ven, Señor Jesús”

Dios no deja de con-moverse y atender a esta súplica. En Cristo el cielo se ha abierto y su reino ha descendido hasta nosotros. Con sus obras de amor y finalmente su muerte en la cruz, él ha bajado hasta el más hondo sufrimiento y la miseria del último de los que sufren. El sudor de nuestras fatigas cotidianas y las lágrimas de nuestros dolores y pérdidas han sido recogidas en el odre de la misericordia de Dios y las ha convertido en manantial de gracias. Cristo ha dado sentido a nuestros trabajos, luchas y esperanzas. Por eso con este Dios que desciende puede encontrarse la persona que asciende. Aquella que eleva su mirada a lo alto, que no mira sólo lo pasajero y busca lo eterno, la que lucha contra sí misma para ser más libre, más sabia y más santa. Es el camino que nos ha abierto el Dios humilde que adoraremos en el pesebre, el que nos ha enseñado a dialogar con Dios en la confianza de llamarle Padre, Padre nuestro.

Contemplo a Cristo acompañándome en el camino de mi vida, como lo hacía con sus discípulos. Le invito a entrar a mi hogar, a mi intimidad, y le escucho repetir: “La salvación ha llegado a esta casa” (Lc 19, 9).

Entre nuestra súplica para que Cristo se haga presente en nuestra historia y su venida definitiva al final de los tiempos, él nos invita a mantener una actitud de vigilancia. Vigilar para que nos encuentre con la conciencia en paz, reconciliados como hermanos y ricos en obras de amor. Así como san Pablo puede alegrarse con los corintios porque no les falta ningún don espiritual, esforcémonos también nosotros por ser fieles a las bendiciones que Dios nos da, multiplicándolas como los talentos de la parábola. Ante nuestra súplica: “Ojalá rasgases los cielos y descendieses”, es como si Dios nos dijera: “ojalá lucharas contra ti mismo y ascendieses”. Porque Él no deja nunca de descender hasta nosotros. Somos nosotros los que nos frenamos en ascender hacia Él, aferrados a tantas cosas que nos esclavizan.

Iniciar el Adviento exige tomar conciencia de cuánto necesitamos preparar en y entre nosotros para llegar a decir a Dios: “Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia”. Son los montes de nuestros pecados y egoísmos que creemos imposibles de superar, pero que con su gracia pueden convertirse en un valle de luz y vida. Así hasta decir: “jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él. Sales al encuentro del que vive santamente y se acuerda de tus caminos” (Is 63, 12).

¿Cuáles son los apegos y pecados que me frenan en mi ascenso hacia Dios? ¿Qué virtudes me esforzaré por alcanzar en este Adviento para recibir la Navidad con corazón renovado?

 

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Lectio en salida: preparar la fiesta

Domingo 32º del Tiempo Ordinario

 

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Del Evangelio según san Mateo (25, 1-13)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

“El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras.

Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito:

‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’

Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras:

‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron:

‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’.

Pero él les respondió:

‘Yo les aseguro que no las conozco’.

Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario:

Profundicemos en el sentido de estos textos…

           

Quien ama, espera. Aunque la persona amada tarde o no se deje aún encontrar, quien está lleno de amor sabe mantenerse en la atención de quien espera el encuentro. Esta es una disposición que el cristiano debe practicar toda su vida, y con toda la fuerza de la vida. De esto nos hablan hoy las lecturas, marcadas por esa tensión que debemos vivir hacia el momento final de nuestra existencia y de la historia en su totalidad. La parábola de las diez vírgenes nos enseña sobre la diligencia y la atención que debemos mantener en la espera del encuentro con el Señor, “porque no sabemos ni el día ni la hora en que llegará”.

Los textos de hoy nos sitúan en una tensión escatológica, es decir, referida a las últimas realidades de nuestra vida terrena y de toda la historia humana. La Primera Lectura nos presenta el ideal de la sabiduría como una realidad por la cual vale la pena velar: “El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta. Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada; quien por ella se desvela pronto se verá libre de preocupaciones”. En la Segunda Lectura, san Pablo nos presenta el triunfo final de los que han sabido esperar en el Señor, que no quedarán defraudados en el momento del encuentro con Él. Estos dos textos, leídos a la luz del Evangelio de hoy, nos hacen tomar conciencia de la importancia de mantener en la vida una actitud de espera diligente, de vigilancia.

Con la parábola de las diez vírgenes, Jesús muestra encuentro final con él en un contexto de gozo y celebración. Nuevamente la Boda viene a ser signo de la alegría de la comunión, que es compartida por los invitados a la fiesta. Entre éstos destacan las diez doncellas que habrían de acompañar a la esposa en su cortejo para entregarla a su amado. Ellas son las que tienen hoy el protagonismo en nuestra lectura.

Aquí la boda se celebra de una manera especial. A diferencia de la usanza de los antiguos pueblos orientales, en los cuales se celebraban las nupcias con fiestas de puertas abiertas para que pudieran participar todos los miembros de la comunidad, en esta fiesta la puerta se cierra en determinado momento. Hay quienes no pueden entrar a celebrar. Es el caso de las cinco vírgenes necias, que no llenaron a tiempo sus lámparas de aceite. El aceite representa aquí la vida preparada, la diligencia y las buenas obras. Las que no han llenado con eso sus lámparas no son dignas de entrar a la fiesta, por más que rueguen a última hora por recibir un poco del que tienen sus compañeras prudentes. Estas otras cinco doncellas son presentadas con el mismo adjetivo con el que Jesús califica a los verdaderos oyentes de la Palabra de Dios a final del sermón de la montaña: la misma sensatez de quien sabe edificar su casa sobre la roca de la Palabra de Dios.

La enseñanza: para gozar del encuentro con Dios, tenemos que estar preparados. La preparación consiste en poner en práctica su Palabra y llenar nuestra vida de amor y buenas obras. Las cinco sensatas no pueden dar de su aceite a las necias por la sencilla razón de que la respuesta a Dios es personal. No puede transferirse la fidelidad ni el amor vivido por Dios. Su actitud no es egoísmo, sino justicia. Quien no se procuró el aceite de una vida coherente queda tras la puerta en la oscuridad de una vida sin calor ni color. Sólo quien ha velado merece entrar en el gozo de la fiesta, del encuentro pleno con Aquel a quien ha esperado.

Sobre la vigilancia, nos enseña el gran san Agustín: “Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras. Y una vez que te hayas dormido en el cuerpo, ya llegará el momento de levantarte. Cuando te hayas levantado, prepara las lámparas. Que no se te apaguen entonces, que ardan con el aceite interior de la conciencia…, entonces te introducirá el Esposo en la Casa en la que nunca duermes, en la que tu lámpara nunca puede apagarse. Hoy, en cambio, nos fatigamos y nuestras lámparas fluctúan en medio de vientos y tentaciones de este mundo. Pero arda con vigor nuestra llama para que el viento de la tentación más bien acreciente el fuego que no lo apague” (Sermón 93).

Preguntémonos de corazón:

¿Cómo me preparo para el encuentro con el Señor?

¿Qué afanes, apegos y defectos me impiden esperar al Señor con mi lámpara encendida?

¿Me estoy preparando para mi encuentro final con Dios viviendo la Palabra de Dios y el amor concreto a los demás?

 

Oremos a partir de estas lecturas…

«Jesús, Hazme hablar siempre como si fuese la última palabra que digo.

Hazme actuar siempre como si fuese la última acción que hago.

Hazme sufrir siempre como si fuese el último sufrimiento que tengo para ofrecerte.

Hazme rezar siempre como si fuese la última posibilidad que tengo aquí en la tierra de conversar contigo».

(Chiara Lubich)

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Lectio en salida: Coherencia

Lectio en salida: Coherencia

Domingo 31º del tiempo ordinario

 

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Del Evangelio según Mateo (23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente.

Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’.

Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen ‘maestros’, porque no tienen más

que un Maestro y todos ustedes son hermanos.

A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar ‘guías’, porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

Profundicemos en el sentido de estos textos…

                Coherencia, diligencia y sencillez son las exigencias de la Revelación de Dios. Es lo que encontramos hoy en sus fuertes amonestaciones en la voz de Malaquías contra los sacerdotes de su antiguo Templo. Igual son las advertencias que Jesús les hace a sus discípulos, para evitar que caigan en la doble moral de los falsos maestros de Israel. San Pablo nos presenta el modelo de amor que debe vivir el pastor de una comunidad cristiana y la confianza con que ésta debe responder a sus enseñanzas. Así se nos presenta el nuevo modelo de relaciones sobrenaturales que Dios quiere que establezcamos entre los herederos de su Reino.

Con el evangelio de hoy se cierra el ciclo de los reproches de Jesús contra los escribas, fariseos y ancianos del Templo de Jerusalén. Esta vez Jesús no les habla directamente a ellos, sino que habla sobre ellos a sus seguidores. Éstos han sido testigos de los pasajes que hemos leído los domingos anteriores. Ahora tienen que recibir la enseñanza final sobre lo que no pueden imitar de estos falsos intérpretes de la Ley de Dios.

El evangelio de hoy puede dividirse en dos partes: la primera desde los versículos 2 al 7, y la segunda va del 8 al 12. En la primera parte Jesús advierte sobre la falta de coherencia de los escribas y los fariseos, dos grupos con mucha influencia en las prácticas religiosas del Israel de su tiempo. Jesús no rechaza su enseñanza, que se ajusta a la Ley revelada por Dios, sino al modo de impartirla y de practicarla con la intención de ser reconocidos públicamente. Esto denota hipocresía y poca sensibilidad con el contenido de esa misma Ley, pues como hemos visto el domingo pasado, ella se resume toda en el amor. La falta de coherencia expresa una doble moral y, finalmente, poco amor a Dios, pues antepone el propio prestigio al amor hacia Él.

En la segunda parte, Jesús enseña directamente a su comunidad. En breves versículos instruye a los suyos para que se cuiden de caer en las pretensiones de los grupos a los que acusaba anteriormente. Los cristianos debemos distinguirnos por un nuevo tipo de relaciones sobrenaturales que no privilegian los títulos y cargos de honores. Lo primero es haber sido convocados por la enseñanza del único Maestro que nos hace a todos hermanos. Detallemos el contenido de esta enseñanza:

  • Ante la pretensión de tener todas las respuestas sobre Dios a causa de títulos y reconocimientos, el Señor nos señala que quien nos ha de enseñar es su misma presencia entre los suyos. Él otorga dones y carismas a su comunidad, entre los cuales está el Ministerio de la enseñanza ejercido por los pastores, catequistas y evangelizadores, pero siempre vivido como don divino que nos sobrepasa y nos exige fidelidad, nunca como un honor personal.
  • Ante la prepotencia de los que se presentan como los que dan vida a la comunidad, el Señor nos recuerda que hay un solo Padre, a quien todos debemos amar y obedecer. El Señor no rechaza el amor paternal de quienes guían a sus comunidades, como el caso del mismo Pablo que en la Segunda Lectura confiesa haber amado a los tesalonicenses “con un amor de madre”, sino que se está oponiendo al régimen autoritario de un patriarcado que ahoga la libertad de espíritu de la comunidad de sus fieles.
  • Ante la ambición de ser nosotros mismos los que determinemos el camino a seguir, abrogándonos una autoridad sin coherencia, el Señor nos recuerda la humildad para acudir a su presencia y confiar en sus designios. Ya que nuestro guía es Cristo, “debemos andar continuamente como él anduvo” (1Pe 2,21).
  • Ante la falsa humildad y el idealismo de pensar que no habrá quienes encabecen a su comunidad, Cristo nos señala que quienes ejerzan la autoridad en ella deben ante todo ser sus servidores, porque “el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Así sana de raíz la ambición sin escrúpulos dentro de su Iglesia.

La Palabra de hoy nos habla entonces de una nueva realidad que el mundo no conoce mientras no conozca decididamente a Jesús y a su Iglesia. El Señor no nos convoca para ser un grupo social más sobre la tierra, sino para ser la expresión viva de la nueva humanidad amada y redimida por él. La comunidad de sus discípulos hace presente en medio de la historia el germen del reino que él anunció y que crece por nuestra vida coherente y sus frutos.

Preguntémonos de corazón:

¿Cuáles son las pretensiones de grandeza, distinciones, reconocimientos que pueden apartarme de la autenticidad del seguimiento a Jesús?

¿Cuáles pueden ser mis incoherencias entre lo que creo y lo que vivo, entre lo que predico y lo que actúo?

¿Cómo puedo vivir más auténticamente mi vocación cristiana?

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Lectio en salida: Una sola palabra

Lectio en salida: Una sola palabra

Domingo 30º del tiempo ordinario

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LECTIO DIVINA

El amor es el centro de toda la Revelación bíblica. Todo el mensaje del Antiguo y del Nuevo testamento se pueden resumir en la invitación a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Este es el contenido de las lecturas de este día, que nos recuerdan dónde debe estar puesto el acento de nuestra existencia cristiana. Todo cuanto vivamos y expresemos debe ser motivado por el amor a Dios y a los hermanos, en armonía con el sano amor a nosotros mismos.

 

Del  Evangelio  Mateo (22, 34-40)

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

El amor es el centro de toda la Revelación bíblica. Todo el mensaje del Antiguo y el Nuevo Testamento se resumen en una palabra: amar. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Este es el contenido de las lecturas de hoy, que nos recuerdan el punto clave de nuestra existencia. Todo cuanto vivamos y expresemos debe ser motivado por el amor a Dios y a los hermanos, en armonía con el amor a nosotros mismos.

La primera lectura nos da cuenta de cómo la Ley de Moisés presta especial atención al amor al prójimo. Es significativo que estas palabras de Dios a su pueblo vengan contenidas en el Deuteronomio poco después de señalar las prescripciones del amor a Dios. También llama la atención que a la hora de hablar del hermano, esta lectura nos lo presenta precisamente como aquel que pasa alguna necesidad. Así lo había entendido la tradición profética y sapiencial de Israel, a partir de la cual se considerarán a estas personas en particular como el prójimo. Este es es el que me está cerca, por tanto, su necesidad es mía y debo responder a ella con mi justicia y mi solidaridad.

En el evangelio, Jesús vuelve a ser puesto a prueba por los fariseos, tal como lo encontrábamos la semana pasada en el episodio del tributo al César. Pero esta vez los que lo examinan no lo ponen a prueba desde un tema político ni económico, sino que ahora lo hacen desde la preocupación primordial de Israel: lo religioso. Si Jesús es un verdadero Maestro, pensarían ellos, entonces debía dar pruebas de su enseñanza religiosa y moral, como lo hacen todos los demás maestros de Israel. Al tiempo de Jesús, muchos de éstos habían sido tan minuciosos en detallar los deberes para con Dios y para con los hombres que habían llegado a formular más de seiscientas prescripciones entre deberes y prohibiciones. Sucedía entonces que muchos se diluían en disquisiciones acerca de si habían cumplido o no cierto precepto, al cual comenzaban a aplicarle diversos agravantes y atenuantes. La vida religiosa quedaba así atomizada en miles de prescripciones y excepciones que casi nadie era capaz de recordar. Todo esto era una imagen de la división del corazón cuando no se conoce en esencia a Dios y no se sabe cómo mantenerse en comunión con Él.

La respuesta de Jesús llama a la unidad todo lo que se encontraba disperso en relación a Dios y a los hombres. Ante la atomización de nuestra existencia, el Señor nos invita a unificarnos en una única realidad que nos hace semejantes a Dios: el amor. Sólo Jesús nos podía hacer entender esto, porque él como nadie conoce la esencia misma de Dios, que es amor, y por tanto es el único que puede revelarla en su plenitud. En una única frase, Jesús logra sintetizar todos los Escritos de la Ley y los Profetas, que hacían particular énfasis en el amor a Dios y en la justicia a los hombres, respectivamente. Nos muestra así la perfecta articulación entre los diversos pasajes de las Escrituras, los cuales deben leerse siempre desde la perspectiva del amor que les armoniza y lleva a su plenitud. Así lo entendieron y lo vivieron los Tesalonicenses, por lo cual “han llegado a ser modelo en todo el mundo”, como les dice san Pablo. Eso se muestra en la hospitalidad y escucha que le han brindado al Apóstol, y que es la mejor prueba de su amor a Dios. También todo lo que nosotros vivimos, nuestros empeños, compromisos e incluso lo que consideramos que no debemos hacer tiene que pasar por el examen de amor, que es la piedra de toque de nuestra autenticidad como cristianos.

En este domingo, conviene que nos examinemos también a nosotros mismos sobre cómo estamos viviendo el centro de nuestra vida de fe, a partir de las tres direcciones que Jesús nos revela: nuestro amor a Dios, nuestro amor al prójimo y nuestro amor hacia nosotros mismos.

En cuanto a nuestra relación con Dios, preguntémonos: ¿Cómo estoy viviendo mi relación de amor con Dios, mi vida de oración y mi práctica de los sacramentos? ¿Le doy a Él el primer lugar en mi vida o lo uso apenas como un accesorio para resolver problemas y sentirme seguro? ¿Escucho y vivo su Palabra con fidelidad y alegría? ¿Me esfuerzo diariamente por conocer su voluntad sobre mí para ponerla en práctica? ¿Valoro mi pertenencia a la Iglesia y doy testimonio coherente de mi fe?

En lo que se refiere a nuestro amor a los hermanos, preguntémonos: ¿Estoy amando a cada persona que Dios me presenta en los diversos momentos del día o hago acepciones, prefiriendo a los que son más afines a mí? ¿Soy solidario con las necesidades del hermano que tengo a mi lado o me comporto con indiferencia y superioridad? ¿Cómo puedo amar más concretamente a aquellos que comparten su vida conmigo, en particular a mis familiares?

Todo esto vivámoslo en una justa armonía con nosotros mismos, profundizando cada vez más en que somos imagen de Dios, que por ello mismo deben reflejar su amor y su bondad. Cuidemos nuestra armonía personal, el sano equilibrio entre espiritualidad y acción, fe y compromiso. Haciendo así nuestra alegría será grande, y esperamos que también modelo para muchos.

Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: El verdadero poder

Lectio en salida: El verdadero poder

Vigésimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario

 

Del Evangelio según Mateo (22, 15-21)

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.

Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes,  para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas:

¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”

Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó:

“Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”. Ellos le  presentaron una moneda. Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”

Le respondieron: “Del César”.

Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Al oírlo, quedaron admirados, lo dejaron y se fueron.

Palabra del Señor.

 

 

 Comentario:

La soberanía de Dios es el centro del evangelio de este domingo. Así lo proclama la Lectura de Isaías, quien coloca el dominio de Dios por encima de los poderes de esta tierra. San Pablo recuerda a su comunidad de Tesalónica que en ningún momento él y sus compañeros pierden de vista a Dios, quien es el que les ha ofrecido la salvación. En el Evangelio, Jesús sorprende a los enviados de los fariseos dándoles una enseñanza definitiva acerca de la verdadera imagen de Dios y de su dominio sobre todo lo creado. Nos enseñan así estas lecturas a poner a Dios en primer lugar de nuestras vidas, “no perdiéndolo de vista” y relativizando todos los medios humanos en función de la alabanza a Él.

La vinculación entre la voluntad de Dios y los poderes caducos del hombre es el hilo conductor de las lecturas. En la profecía de Isaías Dios proclama el mensaje ante Ciro, el rey de Persia que dispuso la liberación de los israelitas del destierro que vivían en Babilonia. El Dios de Israel  deja claro en sus palabras que, aunque aquel rey no le conozca, sin saberlo está cumpliendo sus designios. En última instancia ha sido Él quien le ha dado todo cuando domina sobre la tierra, por tanto debe reconocer la supremacía de sus designios.

Después de escuchar los tres domingos anteriores los reproches de Jesús en contra de los fariseos y los ancianos de Jerusalén, en éste y en el próximo domingo escuchamos la respuesta que tales acusados ofrecen a Jesús. En primer lugar, notemos la hipocresía que Jesús les reclama se evidencia en que no son capaces de responderle en persona, sino que lo hacen a través de unos terceros: los discípulos que ellos tenían. Asimismo, podemos notar que no tienen nada que argumentar a Jesús, sino que pretenden embaucarle formulándole preguntas comprometedoras.

La pregunta sobre el tributo al César es crucial en el camino de Jesús. Los fariseos hubiesen tenido mucho de qué acusarle de haber respondido afirmativa o negativamente si había que pagar ese impuesto. Si Jesús hubiera dicho que se pagara, lo habrían acusado ante los israelitas de ser un colaboracionista del régimen que les oprimía; si hubiese dicho que no se pagara, lo habrían acusado ante los romanos como un agitador y subversivo. Sin embargo, Jesús va más allá de la suspicacia de los fariseos, y pone la respuesta en un nivel más elevado. Se trata de ir al origen de todo poder y toda dignidad. Después de reprochar a los fariseos por su hipocresía, Jesús les pregunta a su vez sobre la imagen que aparece en la moneda, que es apenas la imagen del César romano. Así muestra Jesús que la discusión debe plantearse desde otra perspectiva: ¿A qué imagen debemos servir? ¿A la imagen de un hombre o a la Persona viva de Dios?

Alguna vez se ha hecho uso de estas palabras de Jesús para favorecer una cierta dualidad de vida entre el servicio al mundo y el servicio a Dios. Esta división no es justa, como si pudiéramos escindir lo que somos de lo que hacemos, lo que creemos de lo que practicamos. La respuesta de Jesús nos plantea el tema del valor que damos a cada una de estas realidades. ¿Acaso puede valer más la imagen de un hombre mortal impresa en una moneda caduca que la presencia viva y actuante de Dios que todo lo trasciende? ¿Cuál de los dos debe ocupar el primer lugar en nuestra vida? A lo sumo, ya la Primera Lectura deja claro que todo dominio sobre este mundo procede de la voluntad de Dios, por lo tanto, debemos ponerlo a Él en primer lugar.

La respuesta de Jesús deja zanjado en el ámbito de la fe el peligro de la confusión entre el orden temporal del mundo y la adoración que debemos tributarle a Dios. Ambos ámbitos no pueden confundirse ni mucho menos ponerse en competencia. No se trata de optar por el mundo o por Dios. La vida histórica concreta tiene sus vaivenes, y en ella debemos comprometernos con lucidez y responsabilidad para hacer presente los valores del Reino de los cielos. Pero Dios está siempre más allá. Sólo a Él podemos rendirle nuestra adoración y debemos buscar conformarnos a sus planes en esta vida presente. Como le pedía san Ignacio de Loyola en sus oraciones, pidámosle también nosotros a Dios: “Poder amarte a ti en todas las cosas, y a todas amarlas en ti”.

Así como la fuerza del Espíritu produjo abundantes frutos en la comunidad de los tesalonicenses, tal como lo reconoce san Pablo en la Segunda Lectura, también hoy la fuerza de Dios continúa fructificando la vida de los creyentes en medio del mundo. En nuestra vida presente debemos comprometernos, sabiendo que todo tiende hacia Dios, el único al que tributamos adoración y damos gloria. Nosotros, que somos su imagen viva, reproducimos en nuestras vidas la realidad divina, y ella la reconocemos también en la vida de quienes nos rodean.

Preguntémonos entonces:

Los discípulos de los fariseos “quedaron admirados” de la respuesta de Jesús. Sin embargo, “se alejaron y se fueron”. No basta con tener tratos esporádicos y superficiales con el Señor, aunque por momentos quedemos sorprendidos por sus respuestas. Hace falta la adhesión de fe y la fidelidad a él. ¿Estoy dispuesto a vivirlo así?

¿Quién tiene la precedencia en el orden de mi vida, Dios o las vicisitudes del mundo? ¿Cuánta atención le presto a la realidad divina de la cual procedo?

La vida presente implica compromiso y entrega, pero siempre en función de la vida eterna que esperamos alcanzar. ¿Vivo mi vida sin prestar atención a la realidad divina que me espera? ¿En cuántas preocupaciones pasajeras me desgasto sin darme cuenta de que Dios me acompaña y me espera al término de mi caminar?

 

© Padre Christian Díaz Yepes, 2011

Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: Su viña

Lectio en salida: Su viña


 

Del Evangelio según Mateo (21, 33-43)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura:

La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario

Compromiso, diligencia y esperanza: Tres palabras que resumen las lecturas de este domingo. La inquietante parábola de la Viña del Señor, anunciada por el profeta Isaías y retomada por el mismo Jesús en el evangelio, nos interpela y alerta sobre el cuidado que debemos prestar a nuestra vida como cristianos. El mensaje de san Pablo a los Filipenses nos enseña cómo mantener la atención espiritual sobre nuestro compromiso de vida. Así podremos presentar gozosos al señor la Viña que Él  nos ha mandado a cuidar hoy.

La imagen del pueblo de Dios como “Viña” suya es uno de los símbolos más sugerentes del Antiguo Testamento. Él nos presenta la porción del Señor como tierra fértil dispuesta por Él para que dé frutos de vida y alegría, representados en las uvas que deben dar un buen vino. La imagen del vino hace siempre referencia a la celebración, a la alegría y a la Alianza. Sugiere también el amor, que es dulce y embriagador.

Sin embargo, en la Primera Lectura, tomada del libro del profeta Isaías, se muestra el revés del buen vino: el agraz que produce  la tierra  elegida por Dios para que en ella se cumpliera su designio. La lectura expone la querella de Yahvé contra los dirigentes políticos y religiosos de su pueblo, a quienes confió el cuidado de su viña. A ellos hace responsables de que el fruto se haya desvirtuado, produciendo una bebida desagradable al paladar, que ya no habla de amor ni de celebración.

La misma temática de la viña del Señor es retomada por Jesús, auténtico intérprete de la Escritura. Él no sólo responsabiliza a los encargados de cuidar la viña por el mal fruto que está produciendo -recordemos que Jesús expone la parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo- sino que los responsabiliza de un pecado mayor: Ellos no han atendido la voz de los que Dios ha enviado para advertir el peligro de la desviación del pueblo. Incluso llegan a agredir y matar al propio hijo del Dueño de la viña. Está claro que en estos sujetos Jesús está personificando a los profetas y a Sí mismo, que ha venido para pronunciar al pueblo la palabra definitiva de Dios. Los empleados a los que el Dueño  había encomendado su Viña representan a las autoridades civiles y religiosas a las que Jesús dirige la parábola. Pero también nos representan nosotros,  cristiano a quien le ha sido encomendado el cuidado de la obra de Dios en el día de hoy: Sacerdotes, padres de familias, trabajadores, estudiantes. Hoy nosotros somos la Viña del Señor, y por tanto tenemos la responsabilidad de cuidar con atención nuestra propia vida, sabiendo que no somos sus dueños, sino que tendremos que rendir cuenta de ella al Señor. Rendiremos cuenta de la obras hechas a cada hermano, de cada palabra pronunciada, de cada gesto omitido. Cada momento presente de nuesta vida es una ocasión para cultivar con esmero la porción de la Viña que el Señor nos encomienda: cuando hacemos bien nuestro trabajo cotidiano, cuando estudiamos, cuando vivimos un equilibrado descanso, cuando nos comunicamos con otros a través de los medios contemporáneos… Tantas y tantas ocasiones que debemos llenar de amor hacia Dios y a los hermanos. Así presentamos ante Él una vida llena de frutos.

¿Cómo estoy cuidando mi propia vida cristiana? ¿Vivo con diligencia y amor cada acción de mi vida o me dejo conducir por el egoísmo y los impulsos ciegos? 

Profundicemos aún más. Tanto la Primera Lectura como el Evangelio, nos hablan de la relación de Dios con la historia humana. Aunque Él la trasciende infinitamente, gusta de intervenir en ella para conducirla a su salvación definitiva. Él se solidariza con ella y se hace presente en sus tiempos para reconducirla a su designio de libertad y armonía. Estas lecturas nos llenan de esperanza al comprobar que aunque los hombres erremos en nuestras decisiones y enturbiemos con  nuestros pecados la obra de Dios, Él continúa conduciéndola a su realización. Esperamos, de hecho, la venida de una “tierra nueva y cielos nuevos” (Ap 21), en los que nuestra realidad estará llena de la gloria de Dios.

¿En mi día a día tomo conciencia de que Dios me conduce, que Él es el término de mi vida? ¿Qué frutos estoy dando en mi vida, buen vino o bebida agria?

Mientras vamos de camino, nuestro compromiso con el Señor es cuidar hoy de su viña, que somos cada uno de nosotros en la Iglesia. Siguiendo los consejos que san Pablo dirige a los cristianos de Filipos: Sin inquietarnos por nada de lo que vemos como escandaloso en nuestro tiempo, presentamos continuamente oraciones a Dios; apreciamos  “todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio”. Haciendo así la paz de Dios estará siempre con nosotros.

Amén

© Christian Díaz Yepes. 2011

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Lectio en salida: respuesta

Lectio en salida: respuesta

Domingo XXVI del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,28-32):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Dos modos de ser hijos y de ser libres nos presenta este evangelio. Uno es la soberbia autosuficiente de quien sabiéndose elegido no complace al que le ama. El otro es la atención humilde a lo que se espera de él.

Me pongo delante de Dios en actitud de escucha y apertura.

Dentro del primer pueblo elegido que olvida a su Dios, permanece un resto fiel. Dios pone su mirada en él para cumplir su promesa. Ese resto son los humildes, los que mantienen viva su esperanza en Él. Jesús reconoce este resto de bondad en los rechazados por la sociedad que quedan en su periferia.

Reconozco con humildad y realismo ante Dios mis limitaciones y necesidad de crecer desde Él.

La libertad pasa por la humildad de reconocer que no tenemos todas las respuestas. La que sí depende de nosotros es la que ofrecemos con generosidad ante Dios y ante los demás. Al final mi libertad no está en hacer lo que yo quiero, sino en ser capaz de donarme y ofrecer lo mejor de mí.

¿Cuál es esa respuesta que puedo ofrecer hoy para vivir lo mejor de mí mismo?

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Lectio en salida: generosidad

Lectio en salida: generosidad

Domingo XXV del tiempo ordinario:

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Lectura del Santo Evangelio Según San Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Dios es más grande que nuestro corazón (1Jn 3, 20). Así se podría resumir el mensaje de este trozo del Evangelio que hoy leemos. La parábola de los trabajadores de la viña nos enseña  tanto sobre lo inmenso del amor de Dios como sobre la necesidad que tienen nuestros corazones de crecer.

Tomo conciencia del amor de Dios que sobrepasa todo límite humano. Abro mi corazón ante Él y le pido que lo haga crecer en generosidad.

Dios es como el dueño de la viña: se ocupa de ella y llama a cuantos sea posible a compartir el trabajo por ella. Si bien Él no necesitó del hombre para crear cuanto existe, sí ha querido invitarlo a tomar parte en  el crecimiento de su obra. Nos ha llamado a nosotros para que compartamos el gozo y recibamos el premio por su crecimiento. Está atento tanto al crecimiento de su obra como a la necesidad que tienen todos de formar parte de ello. Por eso sale una y otra vez al encuentro de los hombres. No quiere que ninguno se quede sin desarrollar las capacidades que cada uno puede aportar.

Ofrezco a Dios mi disposición a tomar parte en su obra. Le presento mis talentos y capacidades, también mis pobrezas y aquello en lo que aún necesito crecer. Medito sobre el fragmento del mundo en que Él me ha puesto y que necesita de mí. Le digo: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Nuestro corazón aún tiene que crecer. No puedo quedarme sacando cuentas de méritos y recompensas. La generosidad del dueño de la viña me invita a superar toda mezquindad, rivalidad y desconfianza. No importa si llevo más o menos tiempo que otros comprometido en el servicio a Dios y a los otros. Lo importante es que he sido llamado a él y puedo compartir el gozo de que muchos más también lo sean y tomen parte de sus bendiciones.

Contemplo este inmenso mundo, cada ámbito del ser y el quehacer de las personas. La viña del Señor es inmensa. Yo estoy comprometido en ella y a la vez es necesario que muchos más lo estén. Le pido que siga llamando a muchos, a todos… Contemplo a cada persona como un regalo y una oportunidad para hacer crecer su obra

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Lectio en salida: Hasta el infinito

Lectio en salida: Hasta el infinito

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Del Evangelio según san Mateo (18, 21—19, 1)

 

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:

“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”

Jesús le contestó:

“No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo:

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba,

diciendo:

‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’.

El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía:

‘Págame lo que me debes’.

El compañero se le arrodilló y le rogaba:

‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su  hermano”.

Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

La lógica del Evangelio es clara: “Dad y se os dará” (Lc 6, 38). Si esperamos recibir algo de Dios, también nosotros debemos ofrecerlo a nuestro prójimo. Esto vale muy especialmente para el perdón, que es en definitiva el don más precioso que podemos esperar de Dios. Por eso Jesús nos enseña a pedir: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 5, 23).  No caigamos en el capricho del que solo espera recibir sin ofrecer nada. Reflejemos el amor divino que viene a nosotros viviendo en consecuencia con lo que aspiramos alcanzar.

¿A quién me falta por perdonar en mi vida?

Pedro, todavía con un pensamiento demasiado terrenal, sacaba cuetas, esperaba un límite preciso para el perdón: “¿hasta siete veces?”. Jesús le abre al infinito amor de Dios: “Hasta setenta veces siete”. Porque la medida de su amor es la sin-medida. Sus discípulos no podemos aspirar menos que a imitarle en esa generosidad que no saca cuentas.

¿Qué límites me impiden amar proyectado hacia el infinito?

El odio, el rencor y la venganza son un veneno que creemos que preparamos para el otro, pero en verdad nos mata a nosotros mismos. El único antídoto evangélico al mal que otros pueden hacernos es el perdón. Por eso Jesús nos pide practicarlo innumerables veces, hasta el punto de que se vuelva una continua y liberadora actitud.

¿Voy haciendo del perdón la disposición continua de mi vida?

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Lectio en Salida: verdadero Mesías

Lectio en Salida: verdadero Mesías

XXII domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según Mateo (16,21-27):

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Pedro no podía reconocer el verdadero mesianismo de Jesús porque estaba apegado a las visiones del mundo. Le cuesta aceptar que su Señor no será un mesías arrollador y prestigioso, sino que llegará a la gloria asumiendo el dolor y la humillación. ¡Cuántas veces nos pasa a nosotros lo mismo! Creemos que amamos a Jesús, pero a menudo no le acompañamos su camino de despojamiento y solidaridad con los que sufren. Rechazamos tantas veces esa cruz de cada día que, por su ayuda, puede convertirse en la gran oportunidad que esperamos. Pensamos como los hombres, no como Dios.

¿Qué haré en este día para seguir al verdadero Mesías?

Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: ser los mejores

Lectio en salida: ser los mejores

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Del evangelio según san Mateo (5,20-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Jesús es claro: No podemos ir a Dios sin pasar por el hermano. No es el prójimo un obstáculo para alcanzar a Dios, sino  la oportunidad para amarlo verdaderamente: “Cada vez que lo hicisteis con uno de ellos, conmigo lo hicisteis”… (Mt 25, 30). Jesús no vino al mundo para enseñar una religión o una ética más, sino para establecer una relación única: Con Dios, con el prójimo. Esto nos hace ser los mejores de la humanidad. Jesús nos enseña hoy que esta meta se alcanza desde lo profundo de cada corazón, que debe quedar libre de resentimientos y malos deseos hacia los demás. Sólo así se establecen verdaderas relaciones de amor y misericordia con los todos.

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Lectio en salida: grandeza

 

Lectio en salida: grandeza

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Del evangelio según san Mateo (5,17-19):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.»

Palabra del Señor

Comentario:

Nos enseña Jesús a aspirar la grandeza en el reino de Dios. Para ello nos señala el camino sencillo y a la vez exigente de los Mandamientos. En ellos se traza la ruta para una vida justa y proyectada hacia la eternidad. Y éstos se concentran en el doble movimiento del amor a Dios y el amor a los hermanos. No perdamos ningún detalle .

¿En qué puedo mejorar hoy mi vivencia de los Mandamientos?

 

 

 

 

 

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Lectio en salida: Ser lo que somos

Lectio en salida: Ser lo que somos

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Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor

 

Comentario:

Somos lo que somos o si no, no somos. Para vivir la vida, la verdadera, no hay medianías. El camino de Jesús exige la coherencia. Él no acepta la mediocridad. Él nos ha hecho sal de la tierra y si esta se desvirtúa, no sirve sino para pisotearla. Así nuestra vida si no realizamos lo que somos, aquello para lo que fuimos llamados. Cada acción nuestra, cada empeño que asumimos, tenemos que hacerlo “a lo cristiano”, sin matices engañosos.

Hoy repitamos con san Francisco de Asís: “Yo soy quien ante Dios soy”.

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Lectio en salida: ¡Felices!

Lectio en salida: ¡Felices!

Lunes X del tiempo ordinario

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Del Evangelio según Mateo (5, 1-12)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sedde justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se lesllamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

La primera predicación de Jesús se centra en la felicidad, y así todo su Evangelio. Nuestra llamada, nuestro ser más auténtico,  son las Bienaventuranzas del Señor. En ellas descubrimos que cada sombra tiene su revés bendito, cada dificultad implica una oportunidad; cada sombra, una puerta abierta hacia la luz.

En este día pongamos todo nuestro empeño en renovar nuestra búsqueda de la santidad. No descuidemos cuanto nos hace crecer en la gracia de Dios, especialmente viviendo la caridad hacia los hermanos que están a nuestro lado.

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La Palabra mariana: En las Letanías

La Palabra mariana: En las Letanías

Sábado 10 de junio

 

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Ciertamente en María resalta sobre todo la caridad. Así lo vemos expresado en las letanías, que son los saludos de amor que como una corona de flores los cristianos de todos los tiempos vamos ofreciendo a María. Chiara Lubich nos dice que cantemos las letanías tratando de reflejarnos en ellas. Pensemos en algunas y que esto nos ayude como un examen espiritual de nuestra vida:
Madre de misericordia ¿Soy misericordia para con los que vienen a mí?
Vaso espiritual ¿Cultivo mi espiritualidad para que se conserven en mí los tesoros de Dios?
Auxilio de los cristianos ¿Los demás pueden contar con mi ayuda sin mezquindad?
Consoladora de los afligidos ¿Doy consuelo a quien lo necesita?
Causa de nuestra alegría ¿Soy motivo de alegría para el triste, para el abatido?
Reina de la paz ¿Construyo la paz a mi alrededor para ofrecerla a todos como mi mayor obra de caridad?

 

Christian Díaz Yepes

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Lectio en salida: Ofrecernos

Lectio en salida: Ofrecernos

Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Multiplicación de los panes y los paces-Iglesia de San Salvador, Chora (Estambul) (foto D. Osseman) (1)

Evangelio: Lucas 9, 11b-17
“Comieron todos y se saciaron”

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»
Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»
Lo hicieron así, y todos se echaron.
Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

 

Comentario:

Como Sumo y Eterno sacerdote multiplicó Jesús los panes y peces porque fue la ofrenda pura y confiada que pudo recibir. ¡Cuánto se queda sin multiplicar en nosotros porque nuestros miedos y mezquindades nos impiden ofrecernos confiadamente a Dios! Nuestra disposición para dar al Señor lo mejor de nosotros mismos  es nuestra mejor manera de asociar nuestras vidas al sacerdocio de Cristo.

¿Qué debo dar hoy de mí mismo a Dios?

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Lectio en salida: ¿Nos merece el César?

Lectio en salida: ¿Nos merece el César?

Martes IX del tiempo ordinario

amor al hermano

Del evangelio según Marcos (12,13-17):

En aquel tiempo, enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes, para cazarlo con una pregunta.
Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?»
Jesús, viendo su hipocresía, les replicó: «¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea.»
Se lo trajeron.
Y él les preguntó: «¿De quién es esta cara y esta inscripción?»
Le contestaron: «Del César.»
Les replicó: «Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios.»
Se quedaron admirados.

Palabra del Señor

 

Comentario:

El amor y la alabanza a Dios implican el compromiso activo y consiente con las realidades del mundo, especialmente cuando estas deben ser transformadas para que reflejen el reinado  de Dios. Muchas veces el César no nos merece, y la llamada cristiana nos exige comprometernos en cambiar el estado de las cosas con una esperanza activa y coherente con nuestros valores.

Este compromiso y esta entrega miran siempre r más allá. Amamos este mundo elevándolo hacia la eternidad.

¿Vivo mi vida sin prestar atención a la realidad divina que me espera? 

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Lectio en salida: Su Viña

Lectio en salida: Su Viña

Lunes IX del tiempo ordinario

 

† Lectura del santo Evangelio

según san Marcos (12, 1-12)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús comenzó a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos y les dijo:

“Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre para el vigilante, se la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje al extranjero.

A su tiempo, les envió a los viñadores a un criado para recoger su parte del fruto de la viña. Ellos se apoderaron de él, lo golpearon y lo devolvieron sin nada. Les envió otro criado, pero ellos lo descalabraron y lo insultaron. Volvió a enviarles a otro y lo mataron. Les envió otros muchos y los golpearon o los mataron.

Ya sólo le quedaba por enviar a uno, su hijo querido, y finalmentetambién se lo envió, pensando:

‘A mi hijo sí lo respetarán’. Pero al verlo llegar, aquellos viñadores se dijeron: ‘Este es el heredero; vamos a matarlo y la herencia será nuestra’. Se apoderaron de él, lo mataron y arrojaron su cuerpo fuera de la viña.

¿Qué hará entonces el dueño de la viña? Vendrá y acabará con esos viñadores y dará la viña a otros. ¿Acaso no han leído en las Escrituras: La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular.

Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente?” Entonces los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, quisieron apoderarse de Jesús, porque se dieron cuenta de que por ellos había dicho aquella parábola, pero le tuvieron miedo a la multitud, dejaron a Jesús y se fueron de ahí.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

¿Qué lugar ocupamos en esta parábola? A cada cristiano el Señor nos encomienda el trabajo en su Viña, que es la Iglesia, el mundo entero. ¿Cómo vivimos el encargo de sembrar y cultivar la Palabra divina? ¿Estamos dando los frutos que el Señor espera? Ya son muchos los que han traicionado su lugar y misión al servicio del Viñador. Seamos nosotros los amigos fieles que con responsabilidad y cuidado vigilamos por lo que nos ha sido encomendado.