Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: ¿Qué hijo soy?

La Palabra del domingo: ¿Qué hijo soy?

Domingo XXIV del tiempo ordinario

 

hijo pródigo (2)

Del evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. “
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, “
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Con la parábola del Padre Misericordioso llegamos al centro luminoso de todo el evangelio. Desde Adán hasta Jesús, toda la historia de la salvación se ha ido desarrollando para llegar hasta aquí, donde se nos revela plenamente quién es Dios y quiénes somos nosotros. Él es el padre humilde, valiente y misericordioso que aparece en estas líneas. Por amor se pone por debajo de sus dos hijos, respetando su libertad y manteniendo su corazón abierto para acogerles en su alegría y bondad. No les juzga ni condena, no les coarta ni detiene sus pasos. Les espera, se arriesga a ser rechazado en su amor y, sobre todo, no deja de tener abiertas las puertas de su casa hasta que reconozcan plenamente su dignidad de hijos suyos. Cada uno debe ahora dar el paso de convertirse en qué idea tiene acerca de él para descubrirle en su verdad.

En un silencio de adoración, hago el vacío de cualquier imagen errada que pueda tener sobre Dios -policía, juez, verdugo, ser lejano y desinteresado-. Luego le pido la gracia de contemplarle como realmente ES.

El hijo menor somos cada uno de nosotros cuando le damos la espalda a Dios y pretendemos arrancarle lo que ya Él nos ha ofrecido: nuestra libertad. Aún así, Él vuelve a darnos lo que exigimos y hasta más, dejando que nos aventuremos lejos de su presencia. Sabe que su amor tiene una fuerza mayor que por sí sola nos hará volver. Nos deja marchar y espera…

Lejos de Él, lo perdemos todo. Fuera de su presencia, la ruina, impotencia y oscuridad. El mero instinto por sobrevivir nos mueve a volver a casa, incluso por un interés egoísta. Emprendemos el camino de vuelta tan atribulados por lo que hemos hecho que creemos merecer la humillación y ser tratados como esclavos. Cuando ya avistamos la casa paterna, advertimos una luz en la ventana. Él nos aguarda. No espera que lleguemos y nos sale al encuentro… “Padre, he pecado… no merezco… trátame como a un esclavo…”. Pero Él se nos echa al cuello y nos llena de besos: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Nos cambia los harapos por vestiduras, sandalias y anillo de dignidad, manda a celebrar en grande.

¿Me veo a mí mismo como merecedor de tanto amor? ¿Soy consciente de mí dignidad de hijo libre y amado por Dios o me considero su esclavo? ¿Tomo parte en su banquete o me conformo con las migajas?

También somos el hijo mayor cuando no dejamos que Dios sea nuestro padre. “hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo…”. Estamos siempre en su presencia, pero no le amamos. No experimentamos la alegría de ser sus hijos por autoimponernos las exigencias de un dueño castigador. Mucho menos somos capaces de reconocer al otro como hermano, perdonarle y alegrarnos por su conversión. Y nos rehusamos a entrar en casa. No pensamos como el padre (“ese hijo tuyo...”) y aunque hayamos estado siempre con él, en verdad añorábamos otras compañías (“banquetear con mis amigos”). Cumplimos como empleados ante un jefe o como inquilinos ante un casero. No como hijos. Y es allí donde está el gran regalo y la gran tarea de nuestra conversión.

¿Cuántas de mis autoexigencias, incluso “religiosas”, me alejan de la casa del Padre? ¿Cuántas imágenes erradas mantengo acerca de Él, sin haberle conocido íntimamente? ¿A quién adoro en realidad, a Dios que es Amor o a un ídolo que me voy formando?

 

Oro y contemplo con este poema…

 

Él ha salido a nuestro encuentro

cuando todavía éramos duda

 

¡Brazos al cuello, besos!

Caemos de rodillas.

No dejamos

que nadie diga nada.

 

Llanto de amor se vuelve claridad.

 

La vida

como un asalto de amor al cielo.

 

Entregaste todo, lo gastamos…

¡Encontramos!

 

Fecunda

es la tierra en brotes sorpresivos.

A tus hijos

el torrente baña desde dentro.

Y el pan

a tu mesa es algazara.

Ganancia

se hizo

            la entrega.

Encuentro,  

                   la espera.

El canto

                 toma el sitio del silencio,

el abrazo

                 cubre la otrora distancia.

 

 

(Christian Díaz Yepes, del libro Aquedah, 2013)

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La Palabra del domingo: verdadera fuerza

La Palabra del domingo: verdadera fuerza

Domingo XXIII del tiempo ordinario

cordero

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Las multitudes siguen a Jesús. Sin embargo, él no ha venido para ser un mesías de masas que le aplaudan y reciban de él sin corresponder con coherencia. Por eso les advierte que para ser sus discípulos tienen que cargar con su cruz, que significa desapegarse incluso de lo más querido para poner a Dios en primer lugar. Esto implica echar los cálculos de nuestros recursos para amarle y seguirle, pues no podemos comenzar a construir una torre sin tener con qué terminarla ni salir al paso de un ejército que sobrepase nuestras capacidades. Porque construir y luchar son parte de nuestro amor a Dios. Construir una torre nos habla de apuntar hacia lo alto, pertrecharnos de defensas y hacernos capaces de ver más allá, tanto para esperar las buenas nuevas como para prevenir los peligros. Mientras que salir al paso de ejércitos recalca que el cristianismo es continuo combate contra las fuerzas que se oponen al amor: el pecado, el egoísmo, el miedo y la mentira. Cristo mismo fue el primero en edificar la torre de la comunidad evangélica y de salir al paso de esas dominaciones que tenían sometida a la humanidad. Él se ofrece en la cruz como la víctima de salvación. Su oblación como cordero inocente vence la soberbia del mundo, sus injusticias y violencias. Porque la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad. Lo que para el mundo parece locura, para Él es sabiduría (2Cor 1).

Interiorizo en la grandeza de la redención que nos ha ganado Cristo, que por amor se ha hecho el último y así nos ha hecho hijos de Dios, capaces de amarle y seguirle con todo lo que somos.

¿Cuántas veces, por esa secreta soberbia que se me cuela dentro, pienso que todo depende de mí y con ello pierdo la paz y el sentido de cómo construir una obra de Dios?

Con humildad vuelvo a ofrecerle todo lo que Él mismo pone en mis manos, para así hacer cada cosa según su voluntad.

Hemos sido llamados a vivir el misterio de amor y vida plena que Cristo nos ha ganado. Él me llama a construir y luchar con sabiduría y determinación. En primer lugar edificar lo que respecta a mi específica vocación, que expresa quién soy ante Dios. He de limpiar los escombros que se acumulan en toda construcción, prescindiendo de lo superfluo y sabiendo aprovechar lo que me ayuda a realizar mi llamada. También debo discernir cuánto y cómo estoy amando a las personas que Él pone en mi vida: mi familia, compañeros de trabajo, hermanos de fe y aquellos a quienes se dirige mi apostolado. Por ellos vale la pena luchar con un impulso nuevo, poniéndome como Cristo al servicio de todos, guiando como pastor justo a quien me toca conducir y dejándome enseñar por él mismo a través de las personas que pone en mi camino.

Discierno delante de Dios qué necesito mejorar de mí mismo y hasta dónde debe llegar lo que hago por los demás. Valoro el bien que me ofrecen las personas que Dios pone en mi vida, comenzando por aquellos que me puedan resultar más incómodos o difíciles de entender.

En la Eucaristía tengo la providencial oportunidad de entrar al misterio de la Pascua de Cristo, donde toda tiniebla es transformada en luz, el pecado es superado por la gracia y la muerte vencida por la vida. Allí entro en la comunión con Dios y con los hermanos por medio del Espíritu Santo y por el Cuerpo de Cristo que puedo recibir. He de valorar cada vez más la celebración dominical, donde encuentro la verdadera fuerza para edificar la torre de mi propia vida y combatir todo lo que amenaza con apartarme de la unión con Dios que es, en definitiva, la plenitud de mi propio ser.

Este domingo en la misa tomaré nueva conciencia de lo que significa participar de la Pascua de Cristo y por él y en él hacerme ofrenda de amor a Dios y a todas las personas.

 

Oremos con el Salmo de este domingo (89):

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

V/. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R/.

V/. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

V/. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervo. R/.

V/. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

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Meditación: rostro glorioso

Meditación: rostro glorioso

Tercera meditación de Juan Pablo II sobre el rostro de Cristo

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28.  Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: « El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen » (5,7‑9).

La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: « Tú sabes que te quiero » (Jn21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: « Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia » (Flp 1,21).

Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. « Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia »: ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él « es el mismo ayer, hoy y siempre » (Hb 13,8).

 

(Tomado de la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 2001)

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Contemplar el rostro doliente de Cristo

Contemplar el rostro doliente de Cristo

Continuamos con las meditaciones de san Juan Pablo II sobre la contemplación del rostro de Cristo

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25.  La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración.

Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: « ¡Abbá, Padre! ». Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del « rostro » del pecado. « Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él » (2 Co 5,21).

Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: « “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?” —que quiere decir— “¡Dios mío, Dios mío! por qué me has abandonado?” » (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso « por qué » dirigido al Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: « En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste… ¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro! » (2221, 5.12).

26.  El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, « abandonado » por el Padre, él se « abandona » en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.

27.  Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la « teología vivida » de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como « noche oscura ». Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruzen la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En el Diálogo de la Divina Providencia Dios Padre muestra a Catalina de Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: « Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridadque ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente ».13 Del mismo modo Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: « Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo ».14 Es un testimonio muy claro. Por otra parte, la misma narración de los evangelistas da lugar a esta percepción eclesial de la conciencia de Cristo cuando recuerda que, aun en su profundo dolor, él muere implorando el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23,34) y expresando al Padre su extremo abandono filial: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23,46).

 

Juan Pablo II

Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 2011

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Contemplar el rostro de Cristo

Contemplar el rostro de Cristo

Una meditación de Juan Pablo II al inicio del tercer milenio cristiano

 

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«Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la Luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también Su Rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de Su Rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el Rostro del Señor.

La contemplación del Rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de Él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que San Jerónimo afirma con vigor: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo». Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1).

Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible.

En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el Rostro de Cristo con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios iniciales ellos, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo, descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesús de María, Esposa de José. De quienes lo habían conocido durante los casi treinta años transcurridos por Él en Nazaret (cf. Lc 3,23), recogieron los datos sobre su vida de «hijo del carpintero» (Mt 13,55) y también como «carpintero», en medio de sus parientes (cf. Mc 6,3). Hablaron de su religiosidad, que lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo de Jerusalén (cf. Lc 2,41) y sobre todo porque acudía de forma habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4,16).

Después los relatos serán más extensos, aún sin ser una narración orgánica y detallada, en el período del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el «Hijo amado» (cf. Lc 3,22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, enseñando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos por Él (cf. Mc 3,13-19), por un grupo de mujeres que los ayudan (cf. Lc 8,2-3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con diferente eco, sus palabras.

La narración de los Evangelios coincide además en mostrar la creciente tensión que hay entre Jesús y los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las tinieblas, a la que seguirá una nueva, radiante y definitiva aurora. En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan vivo y radiante, y de Él reciben el don del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22) y el mandato de anunciar el Evangelio a «todas las gentes» (Mt 28,19).

Juan Pablo II

6 de enero del año 2001

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La Palabra del domingo: Desapego

La Palabra del domingo: Desapego

Domingo XVII del tiempo ordinario

Fuentes3 - José Javier (2)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

Palabra del Señor

 

Meditación:

¿Qué me enseña este evangelio sobre Dios?

El evangelio de este domingo está en relación con parábola del sembrador de Lucas 8, 4-8. Allí Cristo habla de la semilla que cae entre cardos para representar a quienes escuchan la palabra de Dios, pero las preocupaciones de esta tierra y la codicia de los bienes materiales ahogan la semilla y no dan frutos. Hace dos domingos veíamos que Marta se dejaba llevar por esas preocupaciones de la tierra, a diferencia de su hermana María, que sentada a la escucha del Maestro había escogido la parte que no le sería quitada. Hoy contemplamos la insensatez de un hombre que atesoró riquezas sólo para sí mismo, sin considerar lo caduca que es la vida humana y que no pasamos por esta tierra para consumir, sino para servir y compartir. Este es el mensaje central de nuestro texto. Dios nos está moviendo a considerar cuál es el fin de nuestros esfuerzos y lo que obtenemos a través de ellos, si lo pasajero o lo eterno. Nos hace preguntarnos si estamos considerando los bienes como un fin en sí mismos o como medio para alcanzar lo que nunca pasa y todo lo trasciende. La historia cristiana y también nuestro presente están llenos de hombres y mujeres que han puesto sus bienes al servicio de muchos, que se reconocen a sí mismos como administradores y no poseedores, que viven confiados a la Providencia más que aferrados a sus pertenencias…

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Este es otra gran enseñanza de nuestro evangelio: quién es y qué no es Cristo. Él es Dios entre nosotros, profundamente cercano pero también radicalmente trascendente. El personaje que pide a Cristo que actúe como árbitro -cuyo nombre, por cierto no se nos dice, porque quien no reconoce a Dios pasa como un anónimo más por la vida- no entra en el misterio de Dios que se acerca a nuestra vida. Desconoce tanto lo divino como lo humano. Utiliza a Dios como un instrumento y no reconoce a su hermano como tal, sino como el contrincante en un litigio. Poniendo su corazón en los bienes queda lejos del Sumo Bien.

¿Cómo lo vivo?

El desapego es una necesaria práctica espiritual. No se trata de despreciar las cosas, sino de darles su verdadero valor, poniéndolas todas en función del doble mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Como decía san Ignacio de Loyola, se trata de amar a Dios en todas las cosas y en todas las cosas hallar a Dios.

¿Cómo lo celebro?

El ofertorio de cada misa, cuando presentamos el pan y el vino en el altar, es el momento para presentar espiritualmente nuestros esfuerzos, trabajos y bienes para unirlos al sacrificio y acción de gracias del Señor. Por tanto, esta semana valoremos de manera especial este momento de la Eucaristía, desapegándonos de todo lo que el mismo Dios ha puesto en nuestras manos a través del ofrecimiento agradecido.

 

 

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La Palabra de hoy: De cara a Dios

La Palabra de hoy: De cara a Dios

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,1-13):

UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Y les dijo:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor

 

 

 Meditación:

“Cuando Jesús terminó de orar, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar…”. La oración de Jesús provoca el deseo de orar en sus discípulos. Él es el Verbo que estaba delante el Padre antes de todos los siglos (Jn 1), y ahora en su vida histórica se sigue manteniendo ante Él por su oración y el cumplimiento de su voluntad. Jesús vive “de cara a Dios” y así restaura el vínculo entre lo divino y lo humano, que se había roto por la negación humana al plan de Dios. Adán y Eva pecaron al querer ser como dioses prescindiendo de Dios, arrebatándole lo que no les correspondía probar en ese momento: el fruto del árbol del bien y el mal. Luego Adán se esconde y desde entonces la humanidad persiste en este no dar la cara a su Creador, sino que se esconde detrás de mil máscaras con las que pretendemos eludir nuestra verdad. Pero la obediencia de Cristo subsana y redime esa desobediencia. El es el hombre que dice sí a Dios, que se reconoce y vive como hijo suyo. Vive sujeto a su voluntad y en camino de crecimiento, necesitado de su orientación y sus mandatos. Si seguimos al Salvador en este camino de obediencia, alcanzamos nuestra identidad más auténtica: ser hijos en crecimiento, acompañados por el Padre en su camino y, por tanto, llamados a vivir asidos a Él, “de cara” a Él como el Maestro.

 

Me pongo en presencia de Dios y le pido que haga caer mis máscaras, la falsa idea de mí mismo detrás de la que tantas veces me escondo de Él y de los demás.

 

“Cuando oréis, decid: Padre”… Nuestra sociedad es huérfana de padre. Las grandes guerras del siglo pasado, el llamado “amor libre” y la disolución de los matrimonios dejaron grandes masas de huérfanos. Actualmente vivimos la deconstrucción de las principales instituciones sociales: la familia a cuenta de la ideología de género, de los Estados a causa de la globalización, de los centros del saber por parte del relativismo y de la misma Iglesia por el indiferentismo y la ambigüedad religiosa. Todo este zozobrar de los asideros humanos acentúan aún más nuestra orfandad. Tantas veces nos sentimos a la deriva, como náufragos que se aferran a cualquier cosa para no sucumbir: bienes, diversiones, cualquier otra evasión. Pero también hoy Cristo nos sigue apareciendo ante el Padre, en su continuo diálogo confiado con Él. Por eso también nosotros le pedimos que nos enseñe a orar, que nos lleve así al puerto seguro de su presencia. Él lo hace enseñándonos el Padre Nuestro. Porque algo en lo que más necesitamos crecer es la actitud con la que nos dirigimos a Dios. Ante todo Él es Padre. Por eso podemos acudir a su presencia con la confianza de los hijos que pueden esperarlo todo de su Providencia. Así superamos esta herida social y personal ante la ausencia del padre.

 

Con calma y solemnidad voy pronunciando cada una de las palabras del Padrenuestro. No las analizo ni me pregunto nada, sólo dejo que ellas resuenen y tomen forma en mi interior.

 

Si hay quienes se avergüenzan porque sólo se acercan a Dios para pedirle cosas, Cristo les responde: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque  nuestras necesidades son oportunidades para recordar cuánto le necesitamos y que reconozcamos que sólo superamos nuestra pobreza acercándonos al que es rico en misericordia. En una palabra: que vivamos nuestro día a día también de cara a Dios. De este modo nuestra oración se convierte en una disposición activa. Hay que pedir, buscar, llamar. Todas estas son oportunidades para crecer en el trato continuo con Dios y redescubrir su cercanía a nosotros. ¡Pero qué fácilmente nos desanimamos! Y esto porque vivimos más como hijos de nuestra cultura de las comunicaciones instantáneas que como hijos del Dios que se revela en la historia y sus procesos, que despliega su belleza y sabiduría a través del tiempo, el crecimiento en lo oculto y la esperanza, cuyo Espíritu nos da los dones de la fortaleza y la sabiduría para que luchemos por alcanzar lo que pedimos justamente.

 

¿Me desanimmo y desespero rápidamente ante lo que pido a Dios o me dejo formar por los tiempos de su gracia, que implican maduración, confianza, perseverancia y vigilancia continua?

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La palabra de hoy: lo necesario

La palabra de hoy: lo necesario

Domingo XVI del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42):

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor

 

Meditación:

La vida se trata de saber elegir, y María ha escogido la parte mejor. No pensemos que las actitudes de Marta y María expresan la acción o la contemplacióndos como dos vocaciones aparentemente contrapuestas ni mucho menos alternativas. Ambas son facetas de una única llamada: amar a Dios y al hombre en Cristo y por él. Recordemos, Marta y María son hermanas, lo cual significa en la Biblia que comparten tanto el mismo origen como una relación que permanece por toda la vida. Igualmente, la contemplación y la acción no deben disociarse, sino que hay que saber armonizarlas.Para alcanzar la armonía entre ambas dimensiones de la vida, debemos dar el justo lugar a cada una. Primero Dios y después las cosas, incluso las cosas que hacemos por Dios.

¿Cómo vivo el equilibrio entre la oración y las actividades que debo emprender?

¡Cuántos afanes anteponemos a la escucha al Dios vivo! ¡Cuántas dispersiones nos roban la atención a su presencia! Porque necesitamos parar, sustraernos en tantos momentos a la ruleta del día a día y centrar la atención en lo esencial y permanente. Démonos cuenta que Cristo describe la actitud de Marta con dos verbos conjugados en el presente continuo griego, que expresa una acción en movimiento, aún no acabada: “te estás agitando”, “te estás preocupando”. En cambio, con respecto a María conjuga el verbo elegir en el tiempo llamado aoristo (excelexato), que expresa una acción puntual realizada una vez para siempre. El doble vocativo “Marta, Marta” indica también esa llamada de Cristo que quiere detener y recoger la dispersión que amenaza a su anfitriona. Estos detalles gramaticales son fundamentales para entender que el servicio de Marta es necesario y bueno, pero corre el riesgo de perderse en lo transitorio si antes no es sostenido por la firme disposición a escuchar lo que Dios quiere en realidad que hagamos. Es Dios en persona quien ha venido a casa de estas hermanas, así como viene hoy a nosotros y nos llama. Primero escuchémosle y adorémosle, afirmémonos en él. Luego podremos prodigarnos en todas las atenciones que daríamos a cualquiera por mera cortesía. Porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios…”

 

Tomo conciencia sobre mi necesidad de detenerme para escuchar la voz de Dios antes de tomar decisiones y emprender acciones, incluso las que hago para Él.

 

Atravesamos tiempos difíciles en que todo lo sólido amenaza con disolverse en el aire. Por eso necesitamos afincarnos en lo permanente y veraz, pues en tiempos de devastación todo puede edificarse dentro. Dentro de cada de nosotros, dentro de la comunidad cristiana de la que hacemos parte. Para ello hemos de escoger lo necesario y ponerlo como cimiento firme de todo lo que se ha de emprender. Lo necesario es la escucha al Señor, la adoración y la fidelidad a su enseñanza.

 

Para profundizar en la importancia del silencio y la quietud ante Dios, meditemos ahora con algunos párrafos de este texto de la comunidad de Taizé sobre el valor del silencio:

 

Tres veces al día, todo se detiene de Taizé: el trabajo, los estudios bíblicos, los intercambios. Las campanas llaman para la oración en la iglesia. Centenas, a veces miles de jóvenes de países muy diversos de todo el mundo, rezan y cantan con los hermanos de la Comunidad. La Biblia se lee en varias lenguas. En medio de cada oración común, el largo tiempo de silencio es un momento único de encuentro con Dios.

(…) A veces la oración calla, pues una comunión apacible con Dios puede prescindir de palabras. «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.» Como un niño privado de su madre que ha dejado de llorar, así puede ser «mi alma en mí» en presencia de Dios. La oración entonces no necesita palabras, quizás ni reflexiones.

¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginario o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.

La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).

Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración (…)

Palabras que se dicen con voz fuerte se hacen oír, impresionan. Pero sabemos bien que éstas no tocan casi los corazones. En lugar de una acogida, éstas encuentran resistencia. La experiencia de Elías muestras que Dios no quiere impresionarnos, sino ser comprendido y acogido. Dios ha escogido «una voz de fino silencio» para hablar. Es una paradoja:

Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el propio Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces.

El silencio nos prepara a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hébreos 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios, y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza.

Cristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.

Tomado de: http://www.taize.fr/es_article1718.html

 

 

 

 

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La Palabra del domingo: Prójimo

La Palabra del domingo: Prójimo

XV domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas (10,25-37):

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor

 

Meditación:

(Tomado de la Carta Apostolica Salvifici Doloris, deJuan Pablo II) )

“La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido « pasar de largo », con indiferencia, sino que debemos « pararnos » junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que « se conmueve » ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre.

Sin embargo, el buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio « yo », abriendo este « yo » al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede « encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás », Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo”.

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La Palabra del domingo: enviados a todos

XIV domingo tiempo ordinario

elegidos

Del evangelio según san Lucas (10,1-12.17-20):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles:
“El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.
Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».
Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Él les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Las lecturas de hoy tienen un marco y un centro, que han de ser también los de nuestra vida. El marco es la alegría, a la cual nos invita Dios de modo imperativo en la primera lectura: “Alegraos con Jerusalén”. Nos alegramos con la ciudad santa, a donde Cristo se ha encaminado, porque allí acontecerá el derroche del amor divino en su cruz y resurrección. Esta Pascua es justamente el centro latente de nuestras lecturas, como deja claro san Pablo: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. La Pasión, muerte y resurrección de Cristo son la revelación y el medio definitivo del amor divino, que vence el pecado y el mal en el mundo mediante la irrupción y victoria de la Vida sobre la muerte, de la misericordia sobre la condena y de la gracia sobre la desesperanza. En este horizonte también aparece el tema del apostolado y la misión cristiana. El Señor, que quiere llegar a todos, escoge y envía a 72, número bíblico que designaba las naciones de la tierra, y les da instrucciones claras: no apoyar su cometido más que en la fuerza de Dios, desdeñando apoyos humanos transitorios y endebles.

Tomo conciencia de que el centro de mi fe es la Pascua de Cristo. Mi vocación y misión en el mundo no pueden sostenerse más que en la fuerza divina que vence todo cálculo insuficiente

“Los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir”. Porque Cristo pensaba llegar a todos los pueblos de la tierra, como expresa el número bíblico. Su salvación tenía que ser ofrecida a la humanidad entera. Pero no lo quiso hacer solo, aunque hubiese podido y de manera inmediata. Más bien prefirió contar con los seres humanos, limitados y falibles, sí, pero por quienes justamente había venido a darlo todo. Y esta es la Iglesia, la comunidad universal de los pecadores amados, perdonados y enviados por Dios para llevar su luz al mundo entero. La Iglesia que ha recibido la confianza de Cristo, que la hace ir por delante renovándose, anunciando, adorándole y sirviendo a todos, pero que no ha de ceder en la fidelidad exclusiva a su Señor, no a los gustos de los que encuentra. En definitiva, un regalo de confianza por parte de Dios al que los discípulos de todos los tiempos responden a su vez con la confianza de quien espera todo de Él, sin reparar en cálculos ni complacencias humanas. Su fecundidad será mayor en tanto menos se comprometa con el mundo. Su seguridad y su “eficacia”, en cuanto más lo trascienda y prepare en medio de él caminos para la venida del Señor.

También yo, como Iglesia, recibo este envío por parte de Cristo. Mi familia, mi trabajo o estudio, mi comunidad cristiana y las personas a las que sirvo, son esos lugares a los que Cristo quiere llegar cada vez más plenamente, y me envía por delante para abrirle camino…

Hay quien está tan apegado a las cosas materiales, que no puede ver más allá. Con la mirada tan fija en los bienes de la tierra se niega a percibir las del cielo. Cristo, que abrió los ojos a los ciegos y el oído a los sordos, despierta nuestro sentido espiritual para percibir y dar testimonio de su acción aquí y ahora. No puedo ser uno más de los apegados a lo transitorio, atontados al pretender aferrar lo que ha de pasar y poco ayuda a crecer. Más bien estoy llamado a vivir en la sencillez del que confía y en la seguridad de quien se sabe amado más allá de toda prueba. Para ello cambio mi mentalidad… Antes de tomar una decisión, buscaré la oración. Antes de hablar, conocer a Dios para poder transmitirle. Antes de cualquier compromiso humano, vuelvo a afirmar mis compromisos de fe. Espero así no perder de vista la meta de mi alegría, nuestra meta, señalada por el mismo Señor: el reino de los cielos, donde nuestros nombres están inscritos por siempre.

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La Palabra de hoy: determinación

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Domingo XIII del tiempo ordinario

 

Después de la primavera del anuncio renovador, los milagros y la Transfiguración, Jesús comprende que llega la hora de consumar su obra de redención: llevará su amor al Padre y a los hombres hasta el extremo de la Cruz. Por eso toma la firme decisión -“endureció el rostro”, dice literalmente el evangelio- de subir a Jerusalén, donde sabe que va a ser ajusticiado. La amenaza no le detiene en su ascensión a la ciudad. Jesús actúa así porque es el amor de Dios en persona: libre y decidido, valiente y recio.  Lo vemos en cómo deja clara su exigencia al que dice que le seguirá sin reservas: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. También en su radicalidad con los que anteponen los amores humanos al amor y servicio a Dios: “deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el evangelio”, “el que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno del reino de Dios”. Porque el que quiera seguir a Cristo debe negarse a sí mismo; el que quiera ganar la vida, ofrecerla.  Nuestro antipático egoísmo está llamado a ofrecerse en la hoguera del amor de Dios. Esto exige ir en contra de la corriente de los que sólo se buscan a sí mismos, el propio gusto o la propia conveniencia.

En Cristo no hay división entre amor y verdad,  misericordia y justicia, gracia y exigencia, mística y ascética. ¿También es así en ti cómo cristiano?

Qué distinto este evangelio a la mentalidad corriente en nuestro tiempo, que tiende al mínimo esfuerzo y a la falta de compromiso. Se nos induce a dejarnos llevar por lo fácil sin establecer metas trascendentes para nuestra vida. No es casual que por eso hoy proliferen espiritualidades incompletas que nos presentan un Cristo demasiado dulzón, blando y que justifica todo. ¿Pero este puede ser el Salvador que nació bajo la persecución de Herodes y sufrió el exilio, que con sus solas fuerzas  sacudió el enorme templo, volteó mesas de cambistas y liberó a los animales de los sacrificios, el que calmó la tempestad, que con un grito levantó a Lazaro de la tumba y que finalmente le plantó cara al Sumo Sacerdote y a Pilato? ¿Un Redentor acomodaticio hubiera pagado nuestro rescate a precio de su propia sangre derramada en la cruz?

Tomo conciencia de que también en mí puede estar entrando mucho de ese cristianismo incompleto y hasta distorsionado. ¿En qué debo convertirme (= cambiar de mentalidad)?

No basta sólo la buena intención para seguir a Jesús. Es necesaria su llamada y el total despojamiento de sí mismo. Para vivir el Evangelio de hoy tenemos que redescubrir el misterio de nuestra elección por parte de Dios junto con su exigencia de tomar una “determinada determinación”, como dijo santa Teresa de Jesús, de seguirle a él cueste lo que nos cueste y por encima de cualquier otra cosa. Sólo desde esta libertad radical damos una respuesta coherente y cada cosa en nuestra vida gana su verdadero sentido.

¿Qué exigencias me está planteando hoy el Señor para ser auténtico discípulo suyo?

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La Palabra del domingo: Pan de fortaleza

La Palabra del domingo: Pan de fortaleza

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,11b-17):

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. 
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» 
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» 
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» 
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Palabra del Señor

 

Meditación:

Reproducimos este testimonio del Cardenal F.X. Van Thuan que nos ayuda a meditar sobre la Eucaristía como alimento de fortaleza espiritual.

“Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: «¿Podré seguir celebrando la Eucaristía?». Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuento me vieron, me preguntaron: «¿Ha podido celebrar la santa misa?». En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. «Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51). ¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (s. IV), que decían: Sine Dominico non possumus! – «¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía!». En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la Eucaristía ha sido el secreto de la vida de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza. Eusebio de Cesárea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: «Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar…, ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión…» . El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios! «En memoria mía» En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial-presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. Para vivir de El, para vivir y morir como El. Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de Él y viva sus sentimientos y sus consecuencias a través de su presencia viva. «Haced esto en memoria mía» (cf. 1 Co 11, 25). Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes… Les puse: «Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago». Los fieles comprendieron enseguida. Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: «medicina contra el dolor de estómago», y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad. La policía me preguntó: -¿Le duele el estómago? -Sí. -Aquí tiene una medicina para usted. Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: «Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo», como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida! Quien come de mí vivirá por mí Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación. Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la bebida que fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación que él realiza: «El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo», afirman los Padres. Dice León Magno: «La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos». Agustín da voz a Jesús con esta frase: «Tú no me cambiarás en ti, como la comida de tu carne, sino que serás transformado en mí»7 . Mediante la Eucaristía nos hacemos -como dice Cirilo de Jerusalén- «concorpóreos y consanguíneos con Cristo»8 . Jesús vive en nosotros y nosotros en El, en una especie de «simbiosis» y de mutua inmanencia: Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí”.

(F.X. Ngyen van Thuan, Testigos de la esperanza, Madrid 2001. pp. 144-147)

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La Palabra de hoy: comunión

La Palabra de hoy: comunión

Domingo de la Santísima Trinidad

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Del evangelio según san Juan (16, 12-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

Palabra del Señor

 

Comentario:

Dios es Amor porque es Trinidad, unidad y distinción entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Comunión de los diversos, que es todo lo contrario a la uniformidad y mucho más al individualismo. Cada una de las Personas Divinas es en relación con las demás: el Padre que ama al Hijo, el Hijo que responde a su amor y la relación entre ambos que es el Espíritu. Son distintos, pero a la vez UNO porque se aman en esa distinción, sin confusión ni contraposición.

Nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios trinitario. Por tanto, a imagen del amor que une y distingue. Nuestra realización está en reflejar este modelo divino, ya presente en nosotros pero que debe purificarse hasta que Dios sea todo en todo lo que somos y hacemos.

Pero ¿cómo vivir esta llamada, en la que nos jugamos nuestro ser y nuestro trascender?

Todo nace de una espiritualidad. Es decir, de un compromiso interior de cada persona y comunidad a convertirnos, comprometernos y ofrecer el testimonio de lo que vivimos. Fue lo que san Juan Pablo II presentó como hoja de ruta para toda la Iglesia al inicio del tercer milenio, cuando nos llamó a vivir una espiritualidad de comunión. Recordemos parte de lo que ella exige:

“Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2)” [Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 43].

En la Trinidad tenemos el modelo. En una espiritualidad de comunión, el camino para realizarlo.

¿Qué me exige todo esto hoy a mí? ¿Qué compromiso concreto me propongo?

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La Palabra de hoy: fuego

La Palabra de hoy: fuego

Domingo de Pentecostés

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Evangelio: Juan 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros.” Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo.” Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

 

Comentario:

Totalmente dentro, totalmente fuera: el es programa de vida de quien recibe el Espíritu de Dios. El Pentecostés nos invita a tomar conciencia del doble movimiento al que nos impulsa el Espíritu: hacia dentro de nosotros mismos y también más allá de nosotros, hacia Dios y el prójimo.

¿Coopero con la acción del Espíritu Santo en mi vida y en la historia o sólo soy testigo pasivo de su acción?

Totalmente dentro, porque Jesús nos ofrece su Espíritu para hacernos partícipes de esa misma relación íntima entre Él y el Padre. Totalmente dentro porque tenemos que cultivar esa intimidad a través de la oración, la lectura de las Escrituras y la vivencia  de la voluntad de Dios. Totalmente dentro porque arde en nuestro interior el fuego de una presencia que pudiéramos sofocar si nos dejamos confundir por otras “voces” e inquietudes que poco tienen que ver con la verdad y el amor de Dios.

¿Cultivo mi vida interior como diálogo con el  Espíritu Santo que habita en mí?

Totalmente fuera porque el Espíritu nos lanza siempre más allá de nosotros mismos, de nuestros criterios y seguridades, para ir al encuentro de los otros que también esperan conocer a Dios. Nos invita especialmente a dirigirnos a reconocer a los demás “con la capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente (san Juan Pablo II). Para lograrlo, hoy pedimos a Dios que nos envíe su Espíritu como viento que impulsa y renueva.

Medito y oro con este poema…

¿Has escuchado el viento esta mañana?

Escúchalo,

aunque sea tarde sigue allí,

también en la noche soplará,

aunque sea noche.

Escucha el viento.

Soplará

suave el viento en las boscosas

cumbres abiertas en ríos.

Soplará

fuerte sobre los mares

abiertos y valientes.

Soplará

en silencio sobre el monte que se espera,

soplará.

Y yo te diré anhelante,

otra vez preguntaré:

¿Has escuchado el viento esta mañana

o esta tarde?

Nunca es tarde, escucha el viento

que revienta ante tu cuerpo, farallón.

Escucha el viento, hermano mío,

escucha el viento y déjate llevar,

pues sopla el viento en su color

y llena el tiempo.

Sopla el viento.

Escucha este soplar

sobre los montes y su paso

triunfante hasta el calor

atesorado de los bosques en su adentro.

Sopla el viento.

Y mueve los espacios y cortezas.

Sopla adentro

del frío mar y lo levanta

en olas fulgurantes y cristal.

El fuerte viento,

viento poderoso,

águila de viento.

 

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La palabra del domingo: ascender

La palabra del domingo: ascender

domingo VII de Pascua: La ascensión del Señor

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Conclusión del santo evangelio según san Lucas (24,46-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Palabra del Señor

Meditación:

Nos dejamos iluminar sobre la Palabra y toda la Solemnidad de hoy por estas palabras de san Juan Pablo II:

En la providencia de Dios —en el eterno designio del Padre— había llegado para Cristo la hora de partir. Iba a dejar a sus Apóstoles con su Madre, María, pero sólo después de haberles dado instrucciones. Ahora los Apóstoles tienen una misión que cumplir siguiendo las instrucciones que les dejó Jesús, instrucciones que eran a su vez expresión de la voluntad del Padre.

Las instrucciones indicaban ante todo que los Apóstoles debían esperar al Espíritu Santo, que era don del Padre. Desde el principio estaba claro como el cristal que la fuente de la fuerza de los Apóstoles. es el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad; se ha de extender el Evangelio por el poder de Dios; y no por medio de la sabiduría y fuerza humanas.

Además, a los Apóstoles se les instruyó para enseñar y proclamar la Buena Nueva en el mundo entero. Y tenían que bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Al igual que Jesús, debían hablar explícitamente del Reino de Dios y de la salvación. Los Apóstoles tenían que dar testimonio de Cristo “hasta los confines de la tierra”. La. Iglesia naciente entendió claramente estas instrucciones y comenzó la era misionera. Y todos supieron que la era misionera no terminaría antes de que volviera de nuevo el mismo Jesús que había ascendido al cielo.

Las palabras de Jesús se convirtieron para la Iglesia en un tesoro que custodiar, proclamar, meditar y vivir. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo implantó en la Iglesia un carisma apostólico a fin de mantener intacta esta revelación. A través de sus palabras Jesús iba a vivir en su Iglesia: “Yo estaré siempre con vosotros”. De este modo la comunidad eclesial tuvo conciencia de la necesidad de ser fieles a las instrucciones de Jesús, al depósito de la fe. Esa solicitud se transmitiría de generación en generación hasta nuestros días.

Y la segunda reflexión sobre el significado de la Ascensión se halla en esta frase: “Jesús ocupó su puesto”. Después de haber pasado por la humillación de su pasión y muerte, Jesús ocupa su puesto a la diestra de Dios, ocupa su puesto junto a su eterno Padre. Pero también entró en el cielo como Cabeza nuestra. Según las palabras de San León Magno, “la gloria de la Cabeza” se convirtió en “la esperanza del cuerpo” (cf. Sermón sobre la Ascensión del Señor). Para toda la eternidad Jesús ocupa su puesto de “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29): nuestra naturaleza está con Dios en Cristo. Y en cuanto hombre el Señor Jesús vive para siempre intercediendo por nosotros ente su Padre (cf. Heb 7, 25). Al mismo tiempo, desde su trono de gloria Jesús envía a toda la Iglesia un mensaje de esperanza y una llamada a la santidad.

Por los méritos de Cristo, a causa de su intercesión ante el Padre, somos capaces de alcanzar en él justicia y santidad de vida. Claro está que la Iglesia puede experimentar dificultades, el Evangelio puede encontrar obstáculos, pero puesto que Jesús está a la derecha del Padre, la Iglesia jamás conocerá el fracaso. La victoria de Cristo es la nuestra. El poder de Cristo glorificado, Hijo amado del Padre eterno, es superabundante para mantenernos a cada uno y a todos en la fidelidad de nuestra dedicación al Reino de Dios y en la generosidad de nuestro celibato. La eficacia de la Ascensión de Cristo nos alcanza a todos en la realidad concreta de la vida diaria. Por razón de este misterio la vocación de toda la Iglesia está en “esperar con alegre esperanza la venida de Nuestro Salvador Jesucristo”.

Queridos hijos: Vivid imbuidos de la esperanza que es parte tan grande del misterio de la Ascensión de Jesús. Tened conciencia honda de la victoria v triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. Estad convencidos de que la fuerza de Cristo es mayor que nuestra debilidad, mayor que la debilidad del mundo entero. Procurad entender y tomar parte en el gozo que experimentó María al conocer que su Hijo había ocupado su lugar junto al Padre, a quien amaba infinitamente. Y renovad hoy vuestra fe en la promesa de Nuestro Señor Jesucristo que se fue a prepararnos un lugar, para venir de nuevo y llevarnos con El.

Este es el misterio de la Ascensión de nuestra Cabeza. Recordémoslo siempre: “Jesús les dio instrucciones”, y después “Jesús ocupó su puesto”. Amén.

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La Palabra de hoy: su paz

La Palabra de hoy: su paz

VI domingo de Pascua

Del  evangelio según san Juan (14,23-29):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor

 

Meditación:

Nadie existe por casualidad, sino por providente causalidad. Porque nuestra causa ha sido un amor mayor, el de Dios. Pero no nos basta sólo con existir, sino que estamos llamados a SER. Anhelamos una existencia en plenitud, buscamos siempre más. Alzamos nuestra mirada al cielo y percibimos que somos parte de esta tierra, pero que nuestro destino está más allá. Queremos trascender. Pero sólo trascendemos si nos mantenemos en comunión con ese amor que nos ha creado y nos llama hacia sí. En definitiva, hemos nacido para amar y ser amados. A través de su Palabra, Dios nos indica cómo caminar en su amor hasta que lleguemos a Él . Así experimentamos su presencia que nos acompaña, sostiene e impulsa siempre más allá de nosotros mismos.

¿En qué puedo mejorar para que mi vivencia de la Palabra de Dios sea más auténtica y continua?

El gran don de la Pascua es la paz que el Resucitado nos ofrece. Ella es fruto del amor y del perdón. Por eso sólo podemos alcanzarla mediante una experiencia espiritual que nos haga valorarla como regalo de Dios y también como conquista.  No es la paz como la ofrece el mundo, siempre frágil y pasajera, es la paz del Salvador que vence toda división y oscuridad.

Meditemos ahora con este texto:

En las tardes de fatiga, cuando la vida en medio del mundo parece arrastramos en su sinsentido y encuentro mi corazón dividido en mil pedazos, busco la compañía de un amigo, de una amiga.

¡Es tan distinto ver nuestra realidad desde otros ojos!

Los ojos que nos miran nos enseñan a mirar…

¿Cómo es posible que a tan pocos pasos de la aridez de ese mundo pueda encontrarse este reino secreto de comprensión y armonía?

Al fondo parece escucharse un arroyo que crece como vida nueva. Me acerco hasta su fuente y me dejo refrescar.

Es necesario estar acá, dejarse moldear por la comunión de vida. Así entendemos  su sentido más hondo.

Descubrimos entre nosotros el llamado a la paz.

¿De dónde brota en nosotros ese anhelo que nos invita a vivir aquí, ahora mismo, como parte de aquello que nunca pasa? ¿Cuál es la fuente de donde mana la armonía de cada uno de los seres creados como el amor original que nos invita a la vida? ¿Cuál la Palabra que nos enseña el definitivo camino hacia el encuentro de los corazones en la paz?

Jesús nos la ha comunicado cuando ha dicho: “Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mt 5, 9).

La paz se construye, la paz se opera. Así también la espiritualidad, que se realiza cuando nos hacemos hijos de Dios. Somos bienaventurados los que sostenemos este empeño. Porque solos no podemos ir hacia Él. Andando solos no nos encontramos ni a nosotros mismos. Necesitamos al amigo, al hermano, para llegar a ser lo que somos verdaderamente.

(Del libro: “La fuente de la paz”, de Christian Díaz Yepes, Madrid 2014)

 

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La Palabra del domingo: La señal

La Palabra del domingo: La señal

5º domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (13,31-33a.34-35):

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Palabra de Señor

 

Meditación:

¿Qué diferencia un país cristiano de otro que no lo es? ¿Qué diferencia a una familia fundada en la bendición de Dios de una simple convivencia humana? ¿Qué diferencia a un joven, un hombre o mujer cristianos de unos que no conocen ni ponen en práctica el Evangelio? Nos diferencia el amor. El amor verdadero que viene de Dios y por ello comparte sus atributos de bondad,verdad, unidad y belleza. El amor divino y humano que armoniza la sana exigencia con la comprensión, la entrega de sí y la acogida del otro, lucha y mansedumbre, magnanimidad y humildad, justicia y perdón, razón y sentimiento, cuerpo y alma. Cualquier otra comprensión del amor es mero espejismo, es construir la casa de nuestro ser sobre arenas movedizas y resbaladizas, no sobre la roca de lo fuerte y permanente.

Tomo conciencia de lo que implican estas verdades y considero si estoy fundando mi vida sobre ellas.

Cristo ha venido a dar realización a todas estas implicaciones del amor en el Mandamiento que llama “suyo” y “nuevo”. Suyo porque le es propio llevar a plenitud la creación entera, unificando los opuestos y así dando armonía a lo que de otra manera no la tendría. Nuevo porque da la luz definitiva a las antiguas prescripciones y porque renueva todas las cosas.  Nuevo porque ha de ser vivido por quienes han nacido a una nueva vida con Él, muriendo al antiguo pecado y resucitando a la esperanza. Nuevo porque está siempre abierto a que las personas y las cosas no sean siempre iguales, sino que pueden ser siempre mejores.

Hago una revisión de todo lo que en mi vida se pueda estar apagando en lo rutinario. Lo presento a Dios y pido que me conceda la gracia de la continua renovación.

Este Mandamiento pone nuestra atención sobre el tipo de relaciones que vivimos. Si hasta entonces podían entenderse los diez mandamientos del Antiguo Testamento como exigencias personales, ahora es imposible vivir el Mandamiento Nuevo de manera individual. Este está orientado a los “dos o más” unidos en el nombre de Cristo (cf. Mt 18, 20). Se trata de la unidad humana y divina por la que él continúa haciéndose presente en la historia personal y colectiva.  Esa disposición nos llama crecer en la virtud y no contentarnos con lo que ya hemos alcanzado, sino mantener la tensión de la cuerda en ascenso… Cuerda tensada con los nudos de la oración personal y en comunidad, el perdón, el diálogo y la ayuda recíproca. Y cada vez que notemos que algo falla, pues ponernos de acuerdo para pedir nuevamente esta gracia Dios, quien prometió responder siempre que pidamos en esta unidad en el nombre de Cristo.

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La Palabra del domingo: guiados

La Palabra del domingo: guiados

4º domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (10,27-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Palabra del Señor

 

Maditación:

Lo enterraron y el sepulcro quedó vacío. Nadie supo cómo la pesada losa fue removida.

Sus discípulos se encerraron por miedo y no hubo muros ni cerrojos que impidieran que él entrara.

Tomás dudó de su resurrección, hasta que le vio y tocó sus heridas.

Pedro le negó tres veces y tres veces fue reconciliado por un amor mayor.

Porque nada podrá separarnos del amor de Dios, como afirmará luego san Pablo: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Ni tumbas, losas, cerrojos, falta de fe, ni antiguas negaciones. Ni nuestros miedos ni enemigos, ni dudas ni pecados. Nada.

Nadie nos arrebatará de la mano de Cristo porque es el Padre, que supera a todos, quien nos ha entregado a él.

Todos sus enemigos han sido puestos a sus pies. Deja de darles tú la fuerza que ya no tienen.

Piensa en todo lo que busca alejarte de Cristo y repite con fe: “ni esto ni nada podrá apartarme del amor de Dios”.

La peor forma de pobreza es el aislamiento. Una soledad forzada y vivida como fatalidad origina tristeza y hace perder el sentido de la vida. Porque hemos sido creados a imagen de Dios, que es com-unión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Eso hace que hasta la última fibra de nuestra persona se sienta llamada a interactuar, comunicar, encontrarse a sí misma en la relación con los demás. Por eso lo primero que la resurrección de Cristo ha sanado ha sido nuestra capacidad de vivir en comunión, tanto con Dios, con quien nos ha reconciliado, como con las demás personas, de quien nos ha hecho auténticos hermanos.

¿Soy consciente de que la fe cristiana se centra toda en este misterio de la comunión con Dios y con los hermanos? ¿Vivo así mi cristianismo?

Las palabras de este evangelio nos llenan de esperanza. El Padre no se dejará quitar a los que el Hijo ha redimido con su sangre y hechos nuevos por su Espíritu . Hemos sido salvados por Dios y tomados en sus manos. Nos ha rescatado de ese triste aislamiento que amenazaba con hundirnos. ¿Dónde ha quedado el sinsentido? Cada prueba, cada sacrificio, son ocasiones por las que Él nos va purificando, haciendo crecer. Recuerda que somos como las ramas de la vid que el Padre poda para que den más fruto (ver: Juan 15). Lo que Él quiere es sacarnos de nuestros miedos, encierros, victimismos, desesperanzas…

“Tu Dios te ha guiado como un padre guía a su hijo durante tu camino”, dice la Escritura (Dt 1, 31). En un momento de silencio contémplate a ti mismo sostenido por la mano paternal del Señor en distintos momentos de tu vida. Descansa en su presencia y agradécele.

El que te guía en el camino es el Buen Pastor. Esta metáfora resulta antipática para el hombre moderno en su afán de autonomía. Pero es poco sensato pensar así, pues más bien ha de ser motivo de gratitud y confianza el saberse guiado por Aquel que quiere llevar a su plenitud la existencia que él mismo nos dio. Es mejor dejarse conducir por quien sabe y puede más antes que errar por nuestros propios caprichos.

Oro con estas palabras de Charles de Focauld:

“Padre, me abandono en tus manos.

Haz de mí lo que quieras.
Hagas lo que hagas, te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo.
Hágase tu voluntad en mí
y en todas las criaturas.
Esto es todo lo que quiero, Señor.
En tus manos,  encomiendo mi vida.
Te lo agradezco con todo el amor de mi corazón
porque te quiero, Señor.
No puedo menos de ofrecerme a mí mismo,
de entregarme en tus manos,
sin reservas y con ilimitada confianza,
porque tú eres mi Padre.
Amen

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La Palabra del domingo: ¿Me quieres?

La Palabra del domingo: ¿Me quieres?

III domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-19):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.» 
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.» 
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» 
Ellos contestaron: «No.» 
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» 
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» 
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.» 
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.» 
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» 
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» 
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» 
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» 
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» 
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. 
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Palabra del Señor

 

 

Meditación:

 

Familiaridad. Gestos de cercanía, complicidad: otra noche de pesca para los discípulos, un desconocido en la orilla, unas brasas, pan y pescado para una comida de amigos. La resurrección de Cristo ilumina todas las acciones humanas que antes parecían rutinarias, sin densidad. Dios lo colma todo de una nueva sacralidad. Él quiere hacernos descubrir  cómo y cuánto está presente en nuestra vida, iluminándonos y elevándonos a un nivel que nunca hubiéramos imaginado. Porque a la luz de la fe no existe la rutina, sino el trabajar siempre con nuevo impulso y nuevos desafíos. No existe la frustración, sino la fuerza de Dios que nos hace superar nuestra debilidad. No más la culpabilidad que nos hunde, sino la responsabilidad de un amor mayor para rehacer lo que no hayamos vivido bien.

 

¿Cultivo una relación cercana, familiar, con Dios en lo cotidiano o vivo la religión como repetición rutinaria? ¿Qué le pido a Dios para mejorar en este sentido?

 

La experiencia de Pedro al ver morir atrozmente al Maestro tiene que haber sido demoledora. Sobre todo porque pocas horas antes le había negado hasta tres veces, como el mismo Jesús le había anunciado. El que aparentemente había sido el discípulo más fuerte, entusiasta y comprometido, en el momento de la cruz se muestra como el más débil, desesperanzado y cobarde. Porque ante la cruz de Cristo caen todas nuestras máscaras y queda en evidencia la propia miseria. Pero es justamente esa miseria la que él ha venido a rescatar. En su cruz han sido clavadas nuestras negaciones, cobardías y pequeñez de alma. La cruz que es la mayor expresión del amor de Dios hasta el extremo.

 

La Pascua es el tiempo sagrado para dejar en la cruz de Cristo todas mis miserias para que él las redima. Por eso este domingome presento a él tal como soy para recibir sus dones.

 

“Pedro, ¿me amas?”. Es la pregunta recurrente del Señor a quien le negó tres veces. No le pregunta por qué lo hizo, removiendo la herida del pasado, sino que le hace volver al amor que le impulsó a seguirle. Ese Amor que le lavó los pies el Jueves Santo y le purificó de mucho más en su entrega total en la cruz. Sólo ese amor podía hacer que  Pedro se reencontrara consigo mismo y con Dios. Por eso él mismo llegará a expresar más adelante en otro escrito suyo de la Biblia: “El amor cubre multitud de pecados” (1Pe 4, 8). Hoy Jesús nos dice también a ti y a mí que cubramos con nuevo amor lo que nos haya faltado en el pasado, todas nuestras negaciones y traiciones. Si aún nos cuesta alcanzar un amor grande para llegar a ello, basta que al menos le digamos que le queremos. Así él comenzará una nueva historia con nosotros.

 

  

 

 

 

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Domingo de ramos: “Padre, perdónalos…”

Domingo de ramos: Padre, perdónalos…

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Con el Domingo de ramos comienza la Semana Santa. En este día leemos la Pasión de Cristo, narrada por el evangelista san Lucas. Jesús ha deseado vivamente celebrar esta Pascua: Su Pascua, nuestra Pascua. Pascua que significa “paso” desde este mundo al reino de Dios, la apertura definitiva de las puertas de la gracia y la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Se puede creer o no en este acontecimiento, pero nadie puede permanecer indiferente ante él. Jesús ha entregado su vida, llevando su amor por la humanidad hasta el extremo despojamiento de sí mismo en favor de todos. Él no se defiende, sino que se pone en manos de los que le arrancan la vida para ofrecerla con total libertad y evidenciar así que el amor de Dios es mayor a cualquier atrocidad humana. Él es capaz de glorificarse en la humillación y  sacar bien del mal.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” Son las palabras de Jesús en la cruz que nos refiere Lucas. Toda la existencia terrena del Señor, todo su anuncio del Reino de Dios con palabras de vida eterna y con milagros portentosos, todo, todo alcanza su máxima expresión cuando Él pronuncia estas palabras benditas desde el altar de la Cruz. Allí se ha abierto para todos el gran perdón. Ahora queda de nuestra parte responder a tanta misericordia.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” Aquí queda anulado todo juicio, toda condenación. Atrás ha quedado cualquier imagen castigadora y represora que alguien pudiera tener sobre Dios. Porque es innegable que tantas veces no sabemos lo que hacemos. Por eso necesitamos de la indulgencia de quien no se equivoca nunca. Y no se equivoca porque ama, y al final el amor vence todo error. Ese amor asume nuestra lejanía y sinsentido. Aquí se revela el abrazo a sus hijos pródigos,  aquí los acusadores  se retiran sin haber arrojado ni una piedra a los que necesitamos el perdón.

¿Qué haremos al contemplar un amor así?

Responder también nosotros con amor. Pedir a Dios experimentar en esta Semana Santa la paz y el gozo profundo de sabernos pecadores perdonados, hijos amados por el Padre, que nos ha reconciliado con Él. Hemos de comunicar también nosotros este amor y este perdón a cada persona que encontramos en el camino de nuestra vida. Nadie puede quedar al margen de un acontecimiento tan grande y transformador.