Dejarte conducir

Lectio divina de este IV domingo de Pascua

¿Acaso necesitamos un pastor? ¿Es que somos un rebaño sin libertad y criterio propio? ¿No tenemos derecho a seguir nuestro camino, sin que otro nos lo indique? Es siempre más atractivo marcar las propias reglas, amoldar las cosas a nuestro parecer y complacer el propio gusto. El hombre como medida del mundo y el mundo a la medida del hombre… ¿Para qué más? Todo razonablemente calculado según lo que creamos merecer. Visto desde esta perspectiva, ciertamente un pastor incomoda; es necesario prescindir de él en nombre de la libertad. Sin embargo, hay pastores y libertades; hay asalariados y espejismos que esclavizan. Sobre esto nos habla el evangelio de hoy:

«En aquel tiempo, dijo Jesús: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”.» (Juan 10, 11-18).

            Cristo no se presenta a sí mismo como un pastor más, sino como el Pastor Bueno, tan distinto de los que buscan su propio interés. Para estos, el rebaño es una mercancía de la cual sacar provecho, y por ello lo tratan como masa para comerciar o manipular. En cambio, Jesús es el único que hace lo impensable por su grey: da la propia vida por ella. No solo nos defiende de los ataques del lobo que acecha para convertirnos en su presa, sino que enfrenta a nuestros mismos enemigos, que son el demonio y el odio del mundo, dejándose herir y arrancar la vida en nuestro lugar. Por eso, con su resurrección Cristo nos puede guiar hasta la vida eterna, donde nos apacienta sin nada que temer. Esa eternidad comienza ya aquí, al recibir la paz que él nos ofrece. Por eso el místico medieval Johannes Tauler comenta que el redil de este rebaño es el corazón de Dios Padre, adonde el Salvador nos adentra para que vivamos en la paz. Es decir, él nos hace entrar en un aprisco donde no quedamos encerrados, sino al contrario, donde nos hacemos más libres al vencer todo lo que nos promete la libertad, pero paradójicamente termina esclavizándonos. Esto lo logramos pasando por su gracia de una existencia caduca a la plenitud de la vida en comunión de fe y amor hacia él.

El pastor pasa días y noches con su rebaño; le encamina hacia un destino seguro, al mismo tiempo que va conociendo una a una a sus ovejas. Este verbo, “conocer” (“ginosco”, en griego), en la Biblia tiene un significado y profundidad tremendos, y es central en este evangelio. No solo se refiere a una operación mental, sino que implica a toda la persona en su intimidad y exterioridad: espíritu, mente y cuerpo; es un movimiento de amor totalizante. Es el amor que vive Cristo conDios Padre, y por eso puede extender a las criaturas que ha venido a salvar. Por eso asumió nuestra carne, para conocernos desde lo más auténtico y necesitado de nuestra condición, y restaurar en sí mismo toda nuestra belleza y dignidad. Las ovejas, asimismo, van re-conociendo la voz de su pastor, y le siguen. Aquí está el quicio de su relación: Dios conoce amando a cada uno de sus elegidos y estos, a su vez le reconocen y responden a su voz. Él nos ofrece su paz y nosotros podemos mantenernos en ella en la medida en que respondemos a ese amor y esa confianza.

Este es el Pastor que sí necesitamos, pues nos ofrece lo que por nuestras propias fuerzas no pudiéramos alcanzar, que es nuestra verdad más pura, la que nos purifica, fortalece y nos hace capaces de trascender. Lo que necesitamos es dar el paso humilde y valiente de atender a la voz de Aquel que nos llama personalmente. Nos corresponde decidir cuál es la libertad que queremos ejercer: una cerrada en su propia caducidad y soberbia o aquella que por amor se rinde ante quien de antemano se ha rendido ante nosotros, entregando su propia vida para ofrecernos la verdadera. Por eso, haz callar dentro de ti la estridencia de voces confusas y atiende a esa que te habla apenas como un susurro, pero a la vez con el esplendor de un amor que te da la libertad y la paz que tanto ansías.

Libres de la atadura


Lectio divina de este III domingo de Pascua


Me gusta volver a Dostoievski. Especialmente me gusta volver a él en los
tiempos fuertes en que, como Iglesia, contemplamos los grandes misterios de Dios y del
hombre. Porque el autor ruso, como ningún otro, nos eleva desde las grandes
búsquedas humanas hasta la radiante realidad de Cristo, bien sea señalándolo
metafóricamente o si no, bajo el anhelo de su salvación ante nuestra incapacidad de ser
redimidos sin su auxilio. Esta es la verdad fundamental que nos revela el evangelio
pascual de este domingo:
«En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que les había pasado por el camino
y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas,
cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Pero ellos,
aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: “¿Por qué os
alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy
yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos,
como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no
acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de
comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que
se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de
mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: “Así
está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su
nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos,
comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”» (Lucas 24, 35-48).


Dudas, miedo, turbación; signos de muerte trocados en pruebas de vida. Los
discípulos habían callado; se habían escondido en el peor momento del Maestro; lo
habían negado y abandonado. Ahora él aparece no para echarles esto en cara, sino
para que alcancen lo que les había ofrecido desde un inicio: ser testigos del amor de
Dios que todo lo vence. Lo primero que vence es su culpabilidad, con toda la carga de
desesperanza, oscuridad y miedo. Por eso, esta aparición de Cristo es la vívida
expresión de lo que él suscita en este mundo, además de revelar el sentido de su
predicación, sus milagros y su muerte. Porque una vez vencida la muerte en sí mismo,
viene a los que ama para romper todo aquello que les mantiene atados a una existencia infecunda y caduca. Y la culpabilidad puede ser la gran atadura que nos hace estériles y nos esclaviza.

El libro de Dostoievski al que he vuelto recientemente es Crimen y castigo, que ilustra dramáticamente el sometimiento al que nos lleva la culpabilidad. A Rodia Raskólnikov, su protagonista, le carcome el haber matado a su casera después de erigirse a sí mismo en juez del bien y el mal, de la vida o la muerte de otro. Su conciencia se convierte en su propio calvario, a través del cual pena sin salida. La dulce Sonia es su contraparte y, sin embargo, también es esclava de la culpabilidad. Sin haber cometido ningún crimen, ella toma sobre sí la culpa de los suyos, tratando de ser su redentora. Esto la va encerrando en un laberinto sin salida que degrada su propia dignidad y merma su esperanza, llegando a prostituirse para dar a los suyos más de lo que merecían. Pero  en medio de estas tinieblas, despunta secretamente la luz de la redención. El amor va purificándoles y haciendo trascender hasta un acontecimiento superior: la palabra y la fuerza vivificadora de Cristo. En un pasaje estremecedor de la novela, Sonia lee a Rodia el pasaje de la resurrección de Lázaro. Esta proclamación transparenta todas las heridas de su propia vida, que hasta entonces ella intentaba reparar con sus propios sacrificios. En un emocionante crescendo la prostituta lee al asesino el portento de la resurrección del amigo querido de Cristo, consciente de que serán esas mismas palabras las que les podrán hacer resucitar también a ellos: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”.

El drama de los personajes de Dostoievski refleja también el de los discípulos después de la cruz del Maestro: la culpabilidad les encierra, les separa entre sí y de los demás, les hunde en una oscura desesperanza. Solo la aparición de Cristo como vencedor de la muerte puede cambiar todo esto. Él no es el simple recuerdo de unos momentos hermosos, no es otro más que ha pasado por la tierra y ha sucumbido a un destino fatal. Está aquí, vivo y patente; le pueden ver, tocar y comer con él. Cumple así todo lo que antes anunciaba con sus palabras y con la secreta luz que se abría paso entre las más densas tinieblas. Ahora les abre a ellos el entendimiento. Porque no podían redimirse a sí mismos, como tampoco los personajes de Dostoievski. Es el Salvador quien nos librera de la esclavitud de la culpa por la comunión con él. Es quien hoy también nos pregunta, como a los discípulos: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?. Entremos en esta comunión como los primeros discípulos. Dejémonos sorprender gozosamente por su resurrección, que anuncia la nuestra, y nos invita a creer para ver la gloria de Dios.

Entra al silencio

Entra al silencio

Meditación para el sábado Santo

Foto: IGNACIO LLAMAS, “Cercar el vacío”.

Rostro plácido y bellísimo de Cristo después del doloroso triunfo de la Cruz y que quiere ocultarse en el sepulcro… Enciérrame, ocúltame contigo, Señor. San Rafael Arnáiz.

Después del grito en la cruz que reunió todos los nuestros, Dios hizo silencio.

Cristo, que pronunciaba palabras como jamás persona alguna, fue haciendo cada vez más penetrante su silencio hasta el silencio del sepulcro.

Habíamos mandado callar a Dios, y Dios calló. La Palabra creadora se dejó matar e hizo este silencio.

“Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos…”, vocifera un obcecado por el cúmulo de sus pasiones sin sentido*.

Pero no fue sentencia humana la que se cumplió en él. Quia ipse voluit, “porque él quiso” (Isaías 53, 7)”. Su Pasión no fue el accidente de todas las humanas pasiones. “Nadie me quita la vida. Yo mismo la doy” (Juan 10, 18).

Porque el mayor asesino no puede ser más fuerte que el amor que asalta y desarma a la muerte en su propio terreno:

“Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; empuñaba la espada afilada de tu sentencia irrevocable” (Sabiduría 18, 14-16).

El silencio del sepulcro fue el marco de esa palabra decisiva. Por eso hoy calladamente te invita también a ti: entra al silencio. Que allí llegues a la aceptación consciente y libre sin la cual nada de tu vida tendría sentido. Lo tendrá cuando lo mires todo desde él, y como él lo aceptes: quia ipse voluit.

Porque Cristo entra al sepulcro para sacarte a ti del tuyo. Aun con tus miedos y ansiedades, con todo lo que bulle en tu cabeza y te impide ser libre. Con tantas palabras en confusión que te hacen sufrir porque no entiendes ni puedes aceptar, él te sigue esperando y te invita: entra al silencio.

Escrito con la colaboración del padre Javier Suárez, monje de Leyre

*F. Nietzsche, “El anticristo”

Una oración bajo la Cruz



Querido Señor Jesús, hoy pongo mi vida bajo tu cruz.

Como discípulo, acojo toda la
luz, la gracia y la vida que tú continuamente derramas sobre nosotros desde ella.

No quiero que se pierda nada de cuanto mana de tu costado traspasado.

Deseo unir toda
mi voluntad a la tuya, tener tu misma mente, los mismos sentimientos de tu corazón
abierto para darlo todo.


Estoy a tus pies junto a María, tu madre, a quien me entregas para que sea también la mía.


Acepto tu soberanía desde la cruz con humildad y gratitud, aunque me cueste entender
tantas cosas. Tú sabes más que mi pequeño entendimiento.

Consagro a ti mis anhelos,
razonamientos y afectos, dolores y consolaciones.

Es decir, entrego mi corazón herido
a tu corazón que se ha dejado herir por mí.


Pongo bajo tu cruz la vida de los que me has dado. Los que me han amado primero y he
podido corresponder; los que me aman hoy y a quies también quiero corresponder. Los que tú me das como reflejo de tu amor. Porque todo es gracia y regalo tuyo.

Todo y todos me ofrecen algo de ti. También la adversidad, la precariedad y las pérdidas de
esta vida. A través de ellas me haces volver a ti como mi roca salvadora, la peña donde me refugio.

Por eso también quiero perdonar a quienes me han dañado. Pido tu perdón para ellos, como tú lo has pedido para todos desde la cruz.

También te pido que me
perdones por los males que he causado a otros, a tantos que tú bien conoces. ¡Que tu
amor cubra todas estas faltas!


Pongo bajo tu cruz a quienes pueden decidir sobre mí y sobre mis seres queridos. Mis superiores y todos los que están sobre mí. Quienes pueden decidir sobre nuestra salud, nuestros bienes y nuestros propios planes. Te pido para ellos la sabiduría, el
discernimiento y la paz. Sé tú mismo quien nos dirija a través de ellos y danos la confianza para aceptar cuanto dispongan.


Así completo en mi carne lo que falta de tu Pasión en mí, en nosotros. Lo que falta de tu
cruz en los míos, en los que me han amado en el pasado, los de hoy y los del momento
en que completarás tu obra en nosotros. ¡Tu plan de amor en nosotros! Que no lo
pierda de vista, Señor. Que no vuelva mi corazón hacia lo falso, Dios mío, mi sol y mi montaña, sé tú mi verdad.

Oh, Jesús, que hoy no te olvide. Que no me aparte del fuego de caridad y perdón que nos llama desde tu cruz.

Enciéndeme. Llámame sin que te desatienda. Pronuncia mi
nombre límpidamente, sin la disonancia de mis pecados y descuidos. Rindo ante ti mi
libertad.

Esto es lo que me llena, me da la paz y la fuerza para salir hoy a encontrarte.

Te sigo en tu camino de entrega total.

Más fuerte que la muerte

Meditación para este IV domingo de Cuaresma

Cuando la Biblia habla de amor, no se refiere a un amor cualquiera, sino al amor que es fuerte más que la muerte (Cantares 8, 6). En él lo determinante es la disposición a dar y darse a sí mismo por el bien de quien se ama; dar lo más valioso y más bello de sí por lo que anhela y lucha nuestra alma. Bajar este nivel, en cambio, es conformarse con la satisfacción inmediata, la complacencia del gusto que se agota y muta. Porque el amor implica un “duelo”, es decir, enfrentamiento entre dos fuerzas que se contraponen: la satisfacción de mí mismo o el ofrecimiento gozoso de quien soy por un Bien mayor. Y es Dios quien tiene la primacía y vive al máximo este movimiento de salida y ofrecimiento de sí: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16-17). 

 En un contexto como el nuestro, que va a la deriva de las razones débiles y compromisos efímeros, este amor fuerte es la respuesta que nos salva de toda medianía y despierta a la vida verdadera, esa que se encuentra a sí misma al abrirse a la verdad y ofrecerse con generosidad y valentía. Por eso hoy continúa afirmando Cristo: «El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Juan 3, 21). En cambio, el mundo sin Dios nos dice que tener es poder y que eso nos hace ser. Pero fácilmente comprobamos que la paz, la felicidad y la plenitud no están en llenarnos de cosas externas ni manejar todo a nuestro antojo. Más bien, alcanzamos esos grandes anhelos mientras más nos donamos, cuando ofrecemos lo mejor de nosotros mismos. Por eso, ante la mentira mundana, si vivimos el evangelio experimentamos que mientras más doy, más soy; mientras más ofrezco, más crezco.

En estos días corre la noticia del fallecimiento de Teresa Castillo de Diego, niña de diez años que ofreció su vida como misionera en Madrid “para que muchos conozcan a Dios y vayan al cielo”. Teresita murió a causa de un tumor cerebral, pero sigue viviendo para dar testimonio del amor de Dios y que tantas otras personas también respondan a Él. En sus últimos días en el hospital de La Paz pudo recibir los sacramentos de manos de Don Ángel Camino, Vicario Episcopal de Madrid, que nos cuenta: “Un vendaje blanco rodeaba toda su cabeza, pero tenía la cara suficientemente descubierta como para percibir un rostro verdaderamente brillante y excepcional”. Después de preguntar al sacerdote si le estaba llevando a Jesús en la Comunión, Teresita le dice: “Yo quiero ser misionera”. Don Ángel confiesa haber quedado impactado y, sacando fuerzas de donde no tenía por la emoción que le produjo ese deseo, le dice: “Teresita, yo te constituyo ahora mismo misionera de la Iglesia, y esta tarde te traeré el documento que lo acredita y la cruz de la misionera”. Pocas horas después, Don Ángel volvió al hospital para entregarle estos signos, que Teresita pidió le colgaran en la barra de la cama para recordar por su vocación: “Ofrecer al Señor, en todo momento, sus dolores y lo que pueda costarle física o psicológicamente para acercar a muchos hombres y mujeres, niños y niñas, a Jesús, como lo hizo Santa Teresita (de Lisieux), Patrona de las misiones”, según reza el pergamino.

El ofrecimiento de su propia vida por parte de Teresita Castillo de Diego para que muchos otros conozcan a Dios muestra hoy que el amor de Cristo, que nos lo da todo, merece ser amado literalmente hasta el último aliento, poniendo una y otra vez nuestra vida bajo su cruz. Esta niña, como el Discípulo Amado, ha sabido ponerse bajo la Cruz redentora para acoger y transmitir toda la luz, la gracia y la vida que Cristo continuamente derrama sobre nosotros desde el culmen de su entrega. A través de ella Dios nos enseña hoy cómo podemos unir nuestra voluntad a la suya y adquirir los mismos sentimientos de su corazón abierto para darlo todo. Por eso, con humildad y gratitud acogemos este testimonio de un amor más fuerte que la muerte y dejamos que nos despierte a la vida verdadera, que nunca podemos perder de vista: “Papá –confesó Teresita a su padre antes de entrar al quirófano– yo me voy al cielo. He soñado con Carlos Acutis y me voy al cielo”.

Partir desde el origen

Lectio divina de este I domingo de Cuaresma

            Si el primer hombre fue sacado del polvo de la tierra, Cristo entra ahí para hacerlo del todo nuevo. El Espíritu Santo lo empuja a los arenales indómitos para restaurarnos desde dentro, yendo a buscarnos en el origen donde fuimos formados. Porque la humanidad había errado en su libertad;  Adán y sus hijos habían caído y era necesario rescatar desde el inicio su herida y su deriva. Por eso el Redentor va al desierto y, dejando perder todos los asideros aparentes, entabla la lucha más ardua que todo hombre debe combatir: contra la caducidad su propia carne, contra las mentiras del demonio y contra las fascinaciones del mundo. Sus cuarenta días ahí le dispondrán para darlo todo en la Cruz, donde llevará lo humano más allá de sí mismo y le abrirá de par en par las puertas de lo eterno. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.» (Marcos 1, 12-15)

Cristo va al desierto como Abrahán cuando Dios le hizo contar sus arenas y estrellas como los hijos que le daría. Va al desierto como Moisés para abrir camino al pueblo que habría de andar y confiar para ser liberado. Va como Elías para consumir con el fuego de la verdad toda palabra y todo ídolo falaz. Va como Dios que se adentra en el sequedal para buscar a quien ama y hablarle al corazón. Allí Cristo es tentado sobre su propia identidad y su fidelidad al Padre. Allí lo fácil sería usar su poder en provecho propio, no para servir y amar. Allí ha de vencer cada insinuación engañosa pronunciando la palabra de verdad, poniendo el amor por delante del egoísmo, la entrega de sí por delante de la autocomplacencia. Por eso sale victorioso de esos días de lucha para anunciar que el reino de Dios ha llegado, que de la tierra y de las almas yermas podrán brotar ríos de agua viva y que la carne del hombre será sanada por las heridas que él cargará en su carne divina.

Este ha sido el camino que Cristo empezó a recorrer desde la muerte hacia la vida, y así ha trazado el que hemos de recorrer también nosotros.  Porque en esta vida que pasa, lo fácil es optar por lo fácil; lo cómodo, quedarse en el mismo lugar; lo aparentemente seguro, no arriesgar, seguir lo epidérmico y no ir al fondo de las cosas y de uno mismo. Pero para la vida eterna lo que vale es lo que implica más amor, es decir, abnegación, entrega a lo que se ama, emprender el éxodo del yo hacia el nosotros. Por eso Dios nos ofrece la Cuaresma para que vayamos a nuestro propio desierto, no para extinguirnos, sino para darle nueva vida y liberarnos, haciendo que germine la vida que Él mismo ha sembrado allí y así hacernos de nuevo. Por eso, no temas adentrarte en tu propio desierto, favoreciendo el silencio exterior e interior donde resuena su voz, dejando caer tus falsos asideros, aceptando confiado la purificación que el Espíritu obra en ti. Atiende a sus mociones y aspira a la plenitud de la vida que Cristo ha venido a ofrecer cuando nos ha rescatado de toda sequedad y esterilidad. Escucha en este tiempo su invitación a buscar tu fuente más profunda. Favorece todo lo que te ayude a ello: el silencio, la austeridad, el luchar contra tus pasiones más inmediatas para alcanzar lo que más vale. Y, sobre todo, ora; abre tu alma a Aquel que te espera para hacer brotar ríos en el desierto. Esa la fuente salta hasta la vida eterna.

En el principio necesitamos el silencio

En el principio necesitamos el silencio

Lectio Divina de este II domingo de Navidad.

En tiempos de incertidumbre, volvamos a edificar sobre lo cierto.

Volvamos a la Palabra que no pasa, a la solidez de su verdad. Y para eso necesitamos hacer silencio. Porque el Verbo de Dios no arraiga en nosotros si estamos llenos de la cizaña del ruido. “En el principio existía el Verbo, y el Verbo era Dios”, nos dice el evangelio de hoy (Juan 1, 1). En el principio, que quiere decir en el tiempo eterno de Dios, que es Principio sin principio ni fin. Y nosotros, que parecemos disgregarnos en lo pasajero, necesitamos reencontrar nuestro principio y meta en lo que nunca pasa. Por eso es al mismo Cristo a quien necesitamos.

¡Es tan distinto ver nuestra realidad desde su Misterio!

En el Belén nos aparece como un niño que sonríe y nos mira. Dios nos mira con ojos humanos para enseñarnos a mirarle a Él.

            Haz silencio. Ponte bajo su mirada y déjate interpelar. Déjate moldear por la escandalosa sencillez del Misterio que ha hecho empezar todo de nuevo.

Descubre en ti la fuerza para volver a empezar desde Él. Vuelve al rescate de tu ser más auténtico y ponlo a su servicio.

¿De dónde brota en nosotros ese anhelo que nos invita a vivir aquí, ahora mismo, como parte de aquello que nunca pasa? ¿Cuál es la fuente de donde mana la armonía de todo lo creado como el amor original que nos invita a la vida? ¿Cuál la Palabra que nos enseña el definitivo camino hacia la Vida?

El Evangelio nos lo revela: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1, 14).

El “Lógos”, es decir, la Palabra, la Razón y el Sentido eterno, se ha hecho carne, ha asumido nuestra caducidad y nuestra miseria. El Lógos griego, tan distinto a la Doxa, que es el palabrerío, la mera opinión, subjetiva y errática, y caldo de cultivo de lo falso. Sobre la roca de la Verdad que no pasa podemos edificar, y para eso estamos en el mundo. Sobre las arenas movedizas de las opiniones y sentimientos que cambian no podemos asentar nada genuino. Por eso hoy, cuando tanto de lo sólido parece disolverse en el aire, hacemos silencio para contemplar la gloria del Salvador, que ha tomado como suyo todo lo transitorio y le ha dado la consistencia que necesitaba.

Por eso merece la pena poner tus manos a su servicio y no desistir de asentar tu vida sobre su Verdad.

Tu mirada ha sido hecha para encenderse,

como se encienden las velas en el viento,

la expectante semilla.

Ella ha de llamear como la tarde cuando se inicia el silencio.

Llena de ese silencio tu mirar,

                                   déjalo perderse

como se pierde de vista un ave en la llanura.

Más adentro de las olas deja tus ojos naufragar.

Perciba tu callar

cada cosa buscando lo más alto.                                               

Que suenes también tú

dentro de ese canto y su fuego,

la vida palpitante,

los torrentes armoniosos del secreto.

Familia que todo lo espera

Familia que todo lo espera

Meditación para este domingo de la Sagrada Familia de Nazaret

El Hijo de Dios se ha hecho también Hijo del hombre. La comunión perfecta de la Trinidad encuentra su reflejo humano en la familia de Jesús, María y José. Así se hace palpable que sí se puede vivir “en la tierra como en el cielo”.

También hoy nosotros estamos llamados a reproducir la vida de la Trinidad en nuestras relaciones con los todos, pero especialmente con los que nos son más cercanos, nuestra familia. Viviendo en la caridad de unos hacia otros, que nos funde en UNO, encontramos nuestra paz y nuestra más alta realización. Es una llamada que podemos empezar a vivir ahora mismo en el seno de nuestra familia, donde encontramos los primeros prójimos que Dios nos ha otorgado para amar sin reservas. Porque cuando en una familia hay verdadero amor, que significa acogida del otro, perdón, paciencia y mutua comprensión, allí está Dios en medio de ella. Es lo que expresa la carta de vida que Dios nos ha revelado a través de su Apóstol:

«El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca» (1ª Corintios 13, 4-8).

Y es que el Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre. Nacido de una mujer y cuidado como hijo legítimo por un varón. El invisible, hecho visible en una familia según el orden querido por Dios. El Todopoderoso, necesitado del amor de unos padres. El Infinitamente libre, ahora depende del cuidado de otros. Así inaugura el camino de la verdadera grandeza del ser humano, que existe por el amor divino y radicalmente necesitado del amor humano. Este adverbio no es casual, sino ontológico, porque la necesidad del amor de los otros es la raíz de toda vida verdaderamente humana. Quien no crece en este amor simplemente existe, pero aún no es. ¿Qué haremos, entonces, ya que todos de alguna manera estamos aún necesitados de esta experiencia raigal en toda su pureza y toda su potencia? Pues volver a fijar nuestra mirada en esa comunidad de amor que Dios escoge para asumir nuestra condición humana, tan necesitada y anhelante de eternidad. Contemplemos el Amor divino revelado en la sencillez, fidelidad y valentía de san José, así como en la confianza y apertura a la gracia de la Virgen María. Presentemos la ofrenda de nuestra vida al Niño del Belén y volvamos a nacer desde él, tal como nos revela su evangelio: «el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios… Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu» (Juan 3, 16). Por tanto, volvamos al nacimiento sobrenatural que Dios nos dio en nuestro Bautismo, cuando sanó las heridas de nuestra condición humana y nos concedió su gracia divinizadora. Hagamos que también en nuestra vida lo invisible se haga palpable, que lo eterno se manifieste aquí y ahora. Redescubramos nuestros valores cristianos con toda su densidad, sin rebajas ni compromisos que nos desfiguran y vuelven a esclavizar a una existencia tibia y falta de autenticidad.

“No temerás la peste que se desliza en las tinieblas”

Queridos amigos, ante la gravísima situación que estamos viviendo por la actual pandemia, hemos de estar informados de las instrucciones que nos van dando desde el Arzobispado de Madrid. Copio el comunicado de nuestro Cardenal Arzobispo. https://www.archimadrid.org/index.php/arzobispo/cartas/332-otras-cartas/9036307-dios-es-nuestra-esperanza-el-coronavirus-en-madrid-protejamos-la-salud-de-todos

También recomiendo la lectura de estos dos artículos certeros e inspirados. El primero, de un sacerdote y el segundo, de un periodista:

http://www.dcjm.org/es/

https://www.actuall.com/laicismo/lo-que-el-coronavirus-nos-puede-ensenar/

Aquí los medios y horarios para seguir la Santa Misa desde casa (aunque de momento en España los templos siguen abiertos y se continúa celebrando la misa en los horarios habituales):

Meditación del domingo: Más allá

Los discípulos se preguntaban qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos porque era inimaginable el destino del Maestro. Sin embargo, para prevenir el escándalo que les causaría su muerte en la cruz, Dios les da un adelanto de la glorificación que  recibiría Jesús. Esto es la transfiguración.

Para Dios no hay sacrificio sin gloria, porque no hay lucha sin recompensa. El odio del mundo no puede tener la última palabra sobre los que siguen la voluntad divina.

Cristo lleva hacia lo alto a quienes ama para mostrarle su identidad más profunda: luz y gloria. El Padre confirma una vez más que él es el Hijo Amado a quien hay que escuchar. Su llamada es también para nosotros: busquemos las cosas de arriba, donde está el Señor. Quedemos así cada vez más impregnados de su realidad que nos envuelve.

Porque también nosotros podemos experimentar muchos adelantos de la glorificación que Dios quiere otorgarnos: cada vez que vivimos en el amor, cada vez que entramos en diálogo con Él en la oración. No desperdiciemos estos momentos de luz que Él nos ofrece y que ellos nos den fuerza para superar cada oscuridad en esta vida.

Baja el sol tan adentro cada tarde.

Allá los montes

siguiendo su mensaje,

le cantan.

¿Hacia dónde tus pasos

cuando se nos abre el cielo?

Aquí la tarde

y este sol que pone casa en el centro del pecho.

Junto a ti

es siempre el silencio

quien tiene la última palabra.

Paso a tu paso

ha sido tan claro nuestro andar.

La borrasca

dentro de cada uno encuentra calma,

y nuestros labios se cierran

para escuchar el corazón.

¿Hacia dónde la mirada de aquel

que corre tras el sol

en su último destello?

Dichosos los que encuentran en ti su fuerza

al emprender su santo viaje.

Tan cerca

nos has abierto el cielo en la hora

de perdernos en su noche.

Y así nunca te irás,

tan presente y tan acá,

padre, amigo, hermano.

Meditación del domingo: La hora decisiva

Meditación del domingo: La hora decisiva

08

       Aparece el Tentador cuando más en serio te estás tomando la lucha y el camino de tu vida. Él te ha rondado y ha sabido esperar el momento del ataque. Llega cuando decaen tus fuerzas y tus primeras necesidades te piden atención:

“Si eres hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en pan”.

Si eres…”. Con toda la sospecha e insidia de ese condicional. El golpe va directo a tu ser, a tu verdad más auténtica. Esa de la que quiere que dudes o que trates de aferrar a cualquier precio.

Pero no puede venderse a cualquier precio la verdad, sino que todo lo demás ha de venderse por ella. Por eso, tú no te vendas. No entregues a buen mercado el ser que te ha sido dado y no puedes rebajar. Que no solo de la carne vive el hombre, sino de eso más sublime y eterno que aspiras alcanzar.

Insistirá el Tentador: “si eres hijo de Dios, lánzate desde esta altura que nada te pasará”.

Nuevamente la duda, mucho mayor la mentira. Usa y abusa de lo que eres y lo que tienes, te dirá. Insistirá en que algo bueno sacarás, que los demás reconocerán tu valía y así podrás hacer o valer más.

En ese momento has de recordar que tú no eres lo que opine mundo sobre ti, sino quien Dios te dice que eres: “Tú eres mi hijo amado. En ti me complazco” (Lc 3, 22). Sostente en esa palabra al filo de cualquier abismo que te puedas encontrar, sin condicionales ni comparativos. Sin necesidad de demostrar, pretender o avasallar. Vencerás así la inestabilidad de la duda sostenido en la firmeza de lo cierto.

Pero el tentador no descansará. Después de moverte a buscarte la vida por ti mismo o en lo que puedas sacar de los demás, te dirá que la busques en él. Padre de la mentira y confusión te dirá que es él quien domina este mundo, que las cosas son así y te tienes que plegar. Hará que tus ideales parezcan inalcanzables y que sólo puedes lograr algo si te rindes a él. Que Dios se ha marchado muy lejos o que muchos aspectos de tu vida quedan fuera de su mirada.

Será la prueba decisiva: ¿a quién has de adorar?

Entonces, con la fuerza de su gracia, tendrás que jugártelo  todo. Todo lo que eres y todo lo que quieres seguir siendo. Todo lo tuyo y todo lo que ha de llegar a serlo. Todo lo que das y todo cuanto has de amar. Así, sin hacer mucho caso de su insinuación ni pensártelo dos veces, pasa de largo y recuérdale que estás dispuesto a jugarte todo lo tuyo, pero no te juegas lo que es de Dios. Y lo suyo es el amor y la adoración que quiere ofrecerle este hombre que ha decidido vivir como su hijo.

Meditación del domingo: esa perla

Meditación del domingo: esa perla

 

perla_0 (1)

Quien encuentra esta perla

es como el navegante frente al mar y al viento nuevo.

 

Brilla en los ojos del sembrador

sorprendido por el fruto insospechado.

 

Quien encuentra esta perla

emprende cualquier locura para ganarla.

suelta las redes de sus luchas

y se lanza tras su gozo secreto.

 

 

Pero no basta con encontrar la perla

 

El sembrador esparce el grano y sólo algunos germinan.

Las aves regresan cada primavera

sabiendo que volverá el otoño y la partida.

 

Muchos pudieran hallar el tesoro y no descubrir su secreto.

 

Tantos recorren el mismo camino

sin detenerse en sus misterios.

 

El murmullo de la perla apenas puede contar

sobre los soles y los mares.

Pero sabe traer a tierra el rumor de la hondura

y habla en su silencio sobre el gozo

de allá adentro.

 

Así nos mueve a no dejar nunca de ir a lo más íntimo

para aprender a brillar.

 

Meditación del domingo: Importa, vaya que importa

Importa, vaya que importa

rayos-de-luz-bosque

 

            Te dicen que poco importa, que es normal porque todo el mundo lo hace.

            No todo el mundo, créeme. Y aunque así fuera, ha bastado un solo hombre distinto al mundo para cambiar por entero el mundo.

Es él quien hoy te mira a los ojos y descubre en ti esa sombra que oscurece tu ser:

“Yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 28).

            Porque detrás de ese deseo se encuentra una llamada mayor. Esa más alta, sublime y fuerte que nos da la respuesta que toda persona anhela: el amor. Si no descubres ese misterio detrás del deseo de lo que aparece ante tus ojos, yerras y ahogas tu verdadero ser.

            Porque eres y estás sobre esta tierra para el amor. El amor  que fuerte es como la muerte y te da la vida porque ha vencido la muerte con el derroche de la Vida. Por eso, no enturbies tu mirada. Llénate de vida:

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz. Pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!” (Mt 6, 22-23).

             Vaya que importa mucho lo que para muchos poco importa. Porque son esos los que poco importan, cegados por la pasión sin amor.

            ¿Has intentado mirar distinto a ellos?

            Mira primero dentro de ti, donde la verdad late como golpeteo de buena nueva a tu puerta. Atiéndela, mantente en diálogo con ella. Entonces la mirada de tus ojos irá más allá de lo que seduce con formas y artificios pasajeros. Momento a momento percibirás esa misma verdad en lo que cada persona oculta, no para devoralo con ojos rapaces, sino para ser rescatado por quien ha aprendido a ser fiel a lo auténtico.

             De esto se trata amar. No de coartar tu atracción por lo bello, sino que tu corazón se ensanche en fortaleza y reverencia ante la belleza verdadera, esa que salva al mundo.

          Todo comienza allí, en esa libertad y grandeza sobre ti mismo. En ser capaz de percibir en tu interior esa respuesta que anhelas y compartirla sin mezquindad con cada persona en quien también percibes su reflejo.

           Entonces, llegará el momento en que tu corazón saltará por la que Dios ha pensado para ti: una mujer o una vida totalmente entregada a Él. Lo sabrás porque empezarás a mirar distinto. Más aún, empezarás a ser distinto. Sabrás que es tu llamada porque ella sacará lo mejor de ti, como nada más hasta entonces. Podrás mostrarte como quien eres, libre y fuerte en tu verdad.

           Con esa fuerza, lucharás por conquistar tu meta, sin pensar en lo duro del esfuerzo ni en lo pequeño que puedas sentirte. Pero si ya has encontrado tu llamada y has respondido, has de continuar reavivando la gracia que te hizo seguirla en un momento, con la serena alegría de haber fijado tus ojos en lo que sí te pertenece. Vuelve una y otra vez a ese amor primero que puede hacerte un hombre nuevo cuanto más le seas leal. Pero si has llegado a fallarle, no tardes en volverte a levantar, pues ante Dios siempre podrás reparar y cubrir todo con un renovado amor.  Así te mantendrás en el gozo de haber sabido guardar tu mirada, tu corazón y toda tu vida para poder ofrecerla. Y alcanzarás esa plenitud que es la meta de tu anhelo, ese al que habrás sido fiel.

 

 

 

 

 

Lectio de vida: salto a la eternidad

Salto a la eternidad

picardo

Jesús nos presenta el reino de Dios desde la pequeñez de una semilla. Esta nos habla de lo silencioso, imperceptible, pero lleno de la potencia de la vida. Así nos revela al Dios pequeño, al Dios de lo pequeño y al Dios de los pequeños…

Dios pequeño porque es el Inmenso que se hace pequeña palabra, pequeño niño en el pesebre, pequeño pan en el altar, el último de los condenados que muere en una cruz. En él no cabe la prepotencia, sino que viene a nosotros desde la humildad en que hemos de ser capaces de reconocerlo. Desde allí nos hace dar el salto hasta el cielo.

Dios de lo pequeño porque para encontrarlo no tenemos que remontarnos más allá de los cielos ni emprender grandes proezas: Él está en lo cotidiano, en el hermano que pasa a nuestro lado, en lo escondido de nuestro corazón.
Y es el Dios de los pequeños porque se resiste a los soberbios para dejarse encontrar por los sencillos de corazón. Es el Resucitado que se aparece al pequeño germen de los apóstoles para hacer de ellos el gran árbol de la Iglesia. Es el que hoy susurra a tu corazón y te comunica esta buena noticia.

Son las cosas de Jesús, para quien lo más grande es lo más sencillo. Los pequeños detalles, los que importan porque revelan la profundidad del corazón. Es el único que podía señalar el comienzo de lo eterno apenas en la pequeñez de una semilla. La vida de cada día como un salto hasta lo eterno.

 
El vuelo del águila va tan alto, tan alto
es su anhelo por tocar
el rumor de las lámparas del cenit.
Los abismos
dejan de ser sombra,
aletean
más que auroras.

¿Qué encuentra el ave en este vuelo?
¿Hasta dónde
la conduce el viento como aliento?
¿Se alzará más allá del valle si aquel soplo
la levanta más adentro?

Un grito hace vuelo y se sumerge
con placer de océano hasta las costas lejanas.
Descubre
un surco abierto por el río que apacienta
su correr hasta el mar eterno, mar adentro.

Como vino que se ofrece para amar
el caudal trae piedras, hojas
y trae la semilla como carbón para la hoguera.
El fruto de plata y fuego y oro para brillar,
cristal para mostrar
y para morder marfil.
Fruto insospechado,
anhelo,
inesperable joya hijo del viento sol
y de la tierra expectante,
virgen y madre.

Como la viña que del verde estalla
en racimos escarlata y exulta,
borbotea
el fruto contenido
en los ramos que se abrazan
y se pierden en el verde, negro, escarlata y el águila
venida de lo alto.

Arriba sigue soplando el viento.

 

 

 

Lectio de vida: revés bendito

Lectio de vida: revés bendito

faro

Cómo nos fascinan las palabras de Cristo, desconcertantes, rompedoras. Nos cuestionan y hacen asumir la vida más allá de lo que buscaríamos instintivamente. En sus Bienaventuranzas él proclama todo lo que no quisiéramos experimentar, pero que tantas veces viene a nosotros como oportunidad: la pobreza, la necesidad, las lágrimas, el rechazo y la persecución. Cuando nos encontramos con algo de esto, tratamos de escapar enseguida. Nos encerramos en nosotros mismos por miedo o huimos hacia adelante. Pero así perdemos una gran oportunidad, LA oportunidad. Porque si asumimos estas cosas desde el amor y la fe, nos hacen mirar hacia lo alto, buscar a Dios y así descubrir lo que más vale en la vida. Nos hacen crecer.

Tanto de lo que el mundo considera felicidad es sólo ilusión y engaño, tan distinto a una vida con los ojos y el corazón abiertos que nos eleva hacia cimas más valiosas y nos reta a superar nuestros límites.

¿Dónde estamos poniendo nuestra esperanza, en Dios que saca bien del mal y no permite que pasemos una prueba sin darnos la fuerza para superarla o en nuestros medios siempre insuficientes?

Él nos hace descubrir que toda sombra tiene su revés bendito, toda dificultad es una oportunidad, toda cruz, camino hacia la luz. No tratemos de huir de ello. Asumámoslo con confianza y abiertos a la gracia, con la mente despierta para ver lo que está esperando por revelarnos el verdadero sentido de la vida. Que nada nos obstaculice ni nos atonte en este camino.

Cuando la tormenta se levante
y permanezcas firme ante el timón.
Si con el silencio de los sabios
reconoces que es hora de bajar las velas
y dejarse conducir por el soplo de Dios.
Cuando sepas dar calma a quienes
vean hundirse sus naves
y no llores tu propio naufragio.
Si contra el viento que traiciona,

y contra toda corriente de miedos y dolor.
Si contra la noche con sus hielos, permaneces.
Cuando caigas con la pesca y la barca  en fondo
y te mantengas atento al torrente de adentro,
entonces habrás vencido.
La pérdida será ganancia
y tu pequeña chispa encenderá una hoguera:
el calor del cielo entre las olas.
Alzado como faro en las noches de miedo,
habrás triunfado.
Aún cuando parezca naufragio,
pero hayas permanecido firme en la llama inagotable.
Habrás llegado al esperado puerto.
Estará en ti
con todas tus voces sosegadas
y la luz serena del torrente sin final.

(Christian Díaz Yepes, Una barca)

Meditación del domingo: una oración diaria

Meditación del domingo: una oración diaria

cristiano-de-rodillas-ante-la-cruz-de-jesus

Esta es una oración para rezar cada día

Querido Señor Jesús,

hoy pongo mi vida bajo tu cruz. Como discípulo, acojo toda la luz, la gracia y la vida que tú continuamente derramas sobre nosotros desde ella. No quiero que se pierda nada de cuanto mana de tu costado traspasado. Deseo unir toda mi voluntad a la tuya, tener tu misma mente, los mismos sentimientos de tu corazón abierto para darlo todo.

Estoy a tus pies junto a María, tu madre que me entregas para que sea también la mía.

Acepto tu soberanía desde la cruz con humildad y gratitud, aunque me cueste entender tantas cosas.

Tú sabes más que mi pequeño entendimiento.

Consagro a ti mis anhelos, razonamientos y afectos. Dolores y consolaciones. Es decir, te entrego mi corazón herido y sanado por tu corazón que se ha dejado herir por mí.

Pongo bajo tu cruz la vida de los que me has dado. Los que me han amado primero y he podido corresponder a su amor. Los que me aman hoy y también les correspondo. Los que tú me querrás dar para seguir recibiendo los reflejos de tu amor. Porque todo es gracia y regalo tuyo. Todo y todos me ofrecen algo de ti. También los que me adversan, me persiguen o me odian, y así me empujan a volver a ti como mi roca salvadora, la peña donde me refugio. Los perdono y pido tu perdón para ellos. También te pido que me perdones por los males que he causado a otros, a tantos que tú bien conoces. Que tu amor cubra lo que a mí me faltó.

Pongo bajo tu cuidado a quienes pueden decidir sobre mí y sobre mis seres queridos. Mis superiores y todos los que están sobre mí. Quienes pueden decidir sobre mi salud, mis bienes y mis propios planes. Te pido para ellos la luz de la sabiduría, el discernimiento y la paz. Sé tú mismo quien me dirija a través de ellos y dame la docilidad para aceptar cuanto dispongan sobre mí.

Hoy especialmente te pido por…

Completo en mi carne lo que falta de tu pasión en mí, en los míos, en los que me han amado en el pasado, los de hoy y los del momento en que completarás tu obra en nosotros.

¡Tu plan de amor en nosotros!

Que no lo pierda de vista, Señor. Que no vuelva mi corazón hacia lo falso, Dios mío, mi escudo y mi montaña, sé tú mi verdad.

Oh, Jesús, que hoy no te olvide. Que no me aparte del fuego. Enciéndeme. Llámame sin que te desatienda. Pronuncia mi nombre límpidamente, sin la disonancia de mis pecados y descuidos.

Rindo ante ti mi libertad. Esto es lo que me llena, me da la paz y la fuerza para salir hoy a encontrarte. Te sigo en tu camino de entrega total.

¡Amén!

Meditación del domingo: sobre alas de águila

Meditación del domingo: sobre alas de águila

Habíamos salido al monte a buscar luz. Dos amigos que sólo sabían que poco sabían acerca de qué decisión tomar, cuál sería la respuesta adecuada.

Habíamos salido a que nos lo respondiera la tierra que pateábamos, el sol que anunciaba un mensaje claro, el viento. El viento en esa ladera del monte que se eleva desde la garganta del Guadarrama hasta, bueno, hasta donde fuimos sorprendidos.

Primero una, luego otra, otra más. Tres águilas en fila ascendente. Sin hacer ningún esfuerzo. Sólo dejándose elevar por el viento que ascendía por la ladera hasta lo alto. Cada vez más hacia lo alto.

Las tuvimos tan cerca que nos hubiera bastado estirar los brazos para ofrecerles un poco de nuestros bocadillos. ¿Se habrían detenido a cogerlos?

Seguro que no. Dejarse elevar es mayor recompensa que permanecer atados a cualquier instinto.

“Como el águila incita a su nidada revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas” (Deuteronomio 32, 11)

Y sin hacer ningún esfuerzo. Sólo abriendo las alas y dejándose conducir por los giros del viento, siempre más hacia lo alto. Así nos hicieron aspirar nuevamente al cielo. Con los pies cargados del polvo de esta tierra que amamos, la mirada elevada mucho más allá.

“El viento sopla donde quiere y oyes su voz. Mas no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (Juan 3, 8).

¡Cuánta soberbia pensar que ya lo sabemos todo en esta vida! Dios no cesa de revelarse a nosotros momento a momento y, sin embargo, nos conformamos con lo poco que hemos llegado a saber de él hace ya tanto tiempo. No dejamos que se nos presente como continua novedad, libertad y creatividad. Repetimos tantos actos, incluso “religiosos”, porque damos por descontado que Él existe. Sí, “creemos” que existe, pero nosotros ¿existimos en Él? Decimos que nos ha dado la vida, pero ¿la vivimos a plenitud? Le llamamos Padre Nuestro, pero ¿vimos con confianza de hijos? ¿reconocemos a los demás como auténticos hermanos? Profesamos que hemos sido creados a su imagen y semejanza, pero ¿tratamos de vivir en el amor, que es lo que nos hace más semejantes a Él?

Extiende tus alas. No te quedes aprisionado en ti mismo. Déjate elevar por su Espíritu que te conducirá siempre a lo alto, hasta donde nunca hubieras imaginado.

¿Has escuchado el viento esta mañana?

Escúchalo,

aunque sea tarde sigue allí,

también en la noche soplará,

aunque sea noche.

Escucha el viento.

Soplará

suave el viento en las boscosas

cumbres abiertas en ríos.

Soplará

fuerte sobre los mares

abiertos y valientes.

Soplará

en silencio sobre el monte que se espera,

soplará.

Y yo te diré anhelante,

otra vez preguntaré:

¿Has escuchado el viento esta mañana

o esta tarde?

Nunca es tarde, escucha el viento

que revienta ante tu cuerpo, farallón.

Escucha el viento, hermano mío,

escucha el viento y déjate llevar,

pues sopla el viento en su color

y llena el tiempo.

Sopla el viento.

Escucha este soplar

sobre los montes y su paso

triunfante hasta el calor

atesorado de los bosques en su adentro.

Sopla el viento.

Y mueve los espacios y cortezas.

Sopla adentro

del frío mar y lo levanta

en olas fulgurantes y cristal.

El fuerte viento,

viento poderoso,

águila de viento.

 

Meditación del domingo: el hijo amado

Meditación del domingo: el hijo amado

 

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

(Mateo 4, 16-17)

prodigal_son_charlie_mackesy

Hay quien se dice creyente porque no niega que Dios exista, pero la fe auténtica va mucho más allá de esta afirmación connatural al ser humano. Lo que deshumaniza es justamente lo contrario: negar a Dios o vivir con indiferencia ante Él.

Además, en sentido estricto, Dios no “existe”. Él Es. Es por sí mismo y es quien da el ser a cuando ex-iste. Es el Padre que pronuncia sobre Cristo las palabras que todo ser humano necesita escuchar: Tú eres mi hijo amado. En ti me complazco. Porque Dios nos invita a  una relación íntima que nos haga adentrarnos en su eterna comunión . He aquí el punto decisivo.

Sirve de poco repetir lo que oímos decir a otros sobre Dios, si no experimentamos su ser en nosotros mismos. La fe es relación, diálogo, seguimiento personal, no la repetición de una opinión común. ¿Has experimentado la paternidad de Dios? ¿Crees en Él sólo porque te lo han dicho o porque lo has experimentado y lo asumes como tu Padre, Amigo y Salvador? ¿Has vivido ese encuentro que cambia la existencia?

Entra en ti mismo y en el silencio déjate sorprender por su presencia que habita en cada uno de sus hijos. El está esperando para perdonarte, rehacerte y llenar tu vida de sentido. Desde esa experiencia de su Espíritu en ti, busca corresponder a su gracia. Sal de tus viejos miedos y egoísmos, y ponte manos a la obra. Sigue amando a Dios en cada prójimo que se te presenta. Entrégate al servicio, escucha, perdona, anuncia, reconcíliate también con ellos. Es la espiral del amor que Él como padre ha puesto en movimiento y quien le ama tan sólo busca seguir hasta el infinito.

Hoy repite confiado:

¡Oh, Dios, sé tu mi Padre!

Hazme experimentar tu amor íntimo y transformador.

Que yo no tema vivir como hijo tuyo.

 

Meditación del domingo: guardar el corazón

Meditación del domingo: guardar el corazón

foto épica Cordada

Hijo mío… sobre todo, guarda tu corazón,
porque de él brota la vida (Prov 4, 23). 

 

Guarda tu corazón como guardaba María las palabras del ángel para que La Palabra tomara carne totalmente en ella y siguiera creciendo y dando vida más allá de ella. Guárdalo en  ese silencio donde resuena la voz de Dios. Aunque no entiendas sus designios siempre mayores, que tu corazón acepte lo que Él le confía.

Guarda y aguarda en tu corazón como aguardaron los magos la esperanza de los tiempos y siguieron su destello hasta el portal de la vida. Que tu corazón siga paso a paso la luz de Dios. Mira hacia lo alto, indaga, confía, ponte en camino y, sobre todo, adórale.

Guarda tu corazón, como el Señor en el desierto, que venció por su Palabra toda insinuación engañosa. Guarda esa Palabra. Asienta sobre ella cada paso de tu camino y roca a roca cada fortaleza que edifiques. Aunque vuelvan a asediarte las tentaciones, permanece inquebrantable en ser quien eres. Y tú eres quien ante Dios eres.

Guarda tu corazón como se guarda el tesoro encontrado en un campo por el que se vende todo lo que se posee para comprar el campo y ser del todo dueño de aquel tesoro. Justo eso: pon todo en juego por ser dueño de ti mismo. No pretendas arrebatarlo ni que te lo den de gratis. Conquista tu corazón, y solo así podrás ofrecerlo.

Guarda tu corazón como el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para rescatar la perdida. Porque así actúa el que ama. No deja perder nada de lo que le ha sido confiado y ha hecho parte de sí mismo. Por eso has de rescatar lo que tu corazón pueda haber perdido. Llénalo de la gracia de Dios para sanarlo y darle nueva vida hasta que pueda andar en libertad.

Guarda tu corazón como se prepara la semilla que has de esparcir sin escatimar, confiada a los designios de Dios y a la respuesta de sus hijos. Espera que dé frutos a tiempo y a destiempo. Confía en que podrá germinar una y otra vez en tantos renuevos cuantos suscite el Espíritu que renueva la faz de la tierra.

Guarda tu corazón cada alborada, cada día y cada noche cuando te retires a discernir, agradecer, a pedir nuevas gracias. Algunas veces lo harás subiendo al monte en soledad, otras con los amigos que querrás que te acompañen en tus horas decisivas y en las alegrías que repartas. Guarda tu corazón inclinándote para lavar sus pies antes de sentarlos a tu mesa. Ofréceles el pan de tu vida y el vino de tu pasión por darles todo lo que eres. Escúchales, sírveles, perdónales. Guárdales en tu corazón dilatado a la medida del corazón de Cristo, que lo ha dado todo para hacernos amar a todos. Y con él guarda tu camino hasta el Calvario, levantándote una, dos, tres y tantas veces cuantas puedas caer. Que lo importante es no fijarte en tu debilidad, sino en la fuerza del que te levanta.

Y con él, lucha. Defiende tu corazón con las armas de su combate. Porque tanto vale tu corazón que muchos querrán arrancártelo o hacer que se pierda detrás de cualquier pasión sin razón o cualquier razonamiento sin amor. Por eso revístelo con la coraza de la fe y protégelo con el escudo de la verdad. Con la espada de su Palabra anuncia, consuela, y hasta llegarás a levantar muertos. Tu yelmo, como el suyo, será de espinas, pero no temerás ser herido. Tampoco temerás la lanza que pueda atravesarte. Tu gran victoria será esa herida de tu corazón  unido al suyo. Herida fecunda, manantial de vida que mana incesantemente.

Porque ante todo, hijo, ese corazón custodiado te hará padre también a ti. Y para ser verdaderos padres, hermanos y amigos hemos venido a henchir esta tierra. Para eso el Dios-Hombre ha entregado por ella su corazón y así nos ha llenado por siempre de vida. La verdadera.

Meditación de año nuevo

Meditación de año nuevo

1 de enero, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

cropped-ancla-en-tierra.jpg

 

Lectura del libro de los Números (6,22-27):

EL Señor habló a Moisés:
«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro
y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios

 

 

Meditación:

No digas: “es lo que toca”.

Como una carga, una fatalidad.

No digas

que la vida te ha tratado así;

pregúntate más bien cómo la estás tratando tú a ella.

En vez de decir: “es lo que toca”, di: “es lo que toco yo”.

O mejor aún: “hoy me dejo tocar por Dios”.

Su gracia está siempre tocando a tu puerta. Abre tu vida a Él.

Y así serán muchas las vidas que podrás tocar, transformar

con ese don único que te ha sido dado y espera por salir a la luz.

Multiplica los talentos que hasta ahora no has descubierto.

Son tantos que no te alcanzará solo breve paso por el mundo para maravillarte.

Necesitarás la eternidad.

Esa que comienzas cuando te acercas al fuego que te ha alcanzado.

No esperes la edad de jubilarte para empezar a vivir.

Descubre hoy en cada esfuerzo lo que responde a tus anhelos más puros.

Ofrece lo que eres. Es decir, date a ti mismo

y te encontrarás