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La Palabra de hoy: su paz

La Palabra de hoy: su paz

VI domingo de Pascua

Del  evangelio según san Juan (14,23-29):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

Palabra del Señor

 

Meditación:

Nadie existe por casualidad, sino por providente causalidad. Porque nuestra causa ha sido un amor mayor, el de Dios. Pero no nos basta sólo con existir, sino que estamos llamados a SER. Anhelamos una existencia en plenitud, buscamos siempre más. Alzamos nuestra mirada al cielo y percibimos que somos parte de esta tierra, pero que nuestro destino está más allá. Queremos trascender. Pero sólo trascendemos si nos mantenemos en comunión con ese amor que nos ha creado y nos llama hacia sí. En definitiva, hemos nacido para amar y ser amados. A través de su Palabra, Dios nos indica cómo caminar en su amor hasta que lleguemos a Él . Así experimentamos su presencia que nos acompaña, sostiene e impulsa siempre más allá de nosotros mismos.

¿En qué puedo mejorar para que mi vivencia de la Palabra de Dios sea más auténtica y continua?

El gran don de la Pascua es la paz que el Resucitado nos ofrece. Ella es fruto del amor y del perdón. Por eso sólo podemos alcanzarla mediante una experiencia espiritual que nos haga valorarla como regalo de Dios y también como conquista.  No es la paz como la ofrece el mundo, siempre frágil y pasajera, es la paz del Salvador que vence toda división y oscuridad.

Meditemos ahora con este texto:

En las tardes de fatiga, cuando la vida en medio del mundo parece arrastramos en su sinsentido y encuentro mi corazón dividido en mil pedazos, busco la compañía de un amigo, de una amiga.

¡Es tan distinto ver nuestra realidad desde otros ojos!

Los ojos que nos miran nos enseñan a mirar…

¿Cómo es posible que a tan pocos pasos de la aridez de ese mundo pueda encontrarse este reino secreto de comprensión y armonía?

Al fondo parece escucharse un arroyo que crece como vida nueva. Me acerco hasta su fuente y me dejo refrescar.

Es necesario estar acá, dejarse moldear por la comunión de vida. Así entendemos  su sentido más hondo.

Descubrimos entre nosotros el llamado a la paz.

¿De dónde brota en nosotros ese anhelo que nos invita a vivir aquí, ahora mismo, como parte de aquello que nunca pasa? ¿Cuál es la fuente de donde mana la armonía de cada uno de los seres creados como el amor original que nos invita a la vida? ¿Cuál la Palabra que nos enseña el definitivo camino hacia el encuentro de los corazones en la paz?

Jesús nos la ha comunicado cuando ha dicho: “Bienaventurados los que construyen la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mt 5, 9).

La paz se construye, la paz se opera. Así también la espiritualidad, que se realiza cuando nos hacemos hijos de Dios. Somos bienaventurados los que sostenemos este empeño. Porque solos no podemos ir hacia Él. Andando solos no nos encontramos ni a nosotros mismos. Necesitamos al amigo, al hermano, para llegar a ser lo que somos verdaderamente.

(Del libro: “La fuente de la paz”, de Christian Díaz Yepes, Madrid 2014)

 

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La Palabra del domingo: La señal

La Palabra del domingo: La señal

5º domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (13,31-33a.34-35):

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Palabra de Señor

 

Meditación:

¿Qué diferencia un país cristiano de otro que no lo es? ¿Qué diferencia a una familia fundada en la bendición de Dios de una simple convivencia humana? ¿Qué diferencia a un joven, un hombre o mujer cristianos de unos que no conocen ni ponen en práctica el Evangelio? Nos diferencia el amor. El amor verdadero que viene de Dios y por ello comparte sus atributos de bondad,verdad, unidad y belleza. El amor divino y humano que armoniza la sana exigencia con la comprensión, la entrega de sí y la acogida del otro, lucha y mansedumbre, magnanimidad y humildad, justicia y perdón, razón y sentimiento, cuerpo y alma. Cualquier otra comprensión del amor es mero espejismo, es construir la casa de nuestro ser sobre arenas movedizas y resbaladizas, no sobre la roca de lo fuerte y permanente.

Tomo conciencia de lo que implican estas verdades y considero si estoy fundando mi vida sobre ellas.

Cristo ha venido a dar realización a todas estas implicaciones del amor en el Mandamiento que llama “suyo” y “nuevo”. Suyo porque le es propio llevar a plenitud la creación entera, unificando los opuestos y así dando armonía a lo que de otra manera no la tendría. Nuevo porque da la luz definitiva a las antiguas prescripciones y porque renueva todas las cosas.  Nuevo porque ha de ser vivido por quienes han nacido a una nueva vida con Él, muriendo al antiguo pecado y resucitando a la esperanza. Nuevo porque está siempre abierto a que las personas y las cosas no sean siempre iguales, sino que pueden ser siempre mejores.

Hago una revisión de todo lo que en mi vida se pueda estar apagando en lo rutinario. Lo presento a Dios y pido que me conceda la gracia de la continua renovación.

Este Mandamiento pone nuestra atención sobre el tipo de relaciones que vivimos. Si hasta entonces podían entenderse los diez mandamientos del Antiguo Testamento como exigencias personales, ahora es imposible vivir el Mandamiento Nuevo de manera individual. Este está orientado a los “dos o más” unidos en el nombre de Cristo (cf. Mt 18, 20). Se trata de la unidad humana y divina por la que él continúa haciéndose presente en la historia personal y colectiva.  Esa disposición nos llama crecer en la virtud y no contentarnos con lo que ya hemos alcanzado, sino mantener la tensión de la cuerda en ascenso… Cuerda tensada con los nudos de la oración personal y en comunidad, el perdón, el diálogo y la ayuda recíproca. Y cada vez que notemos que algo falla, pues ponernos de acuerdo para pedir nuevamente esta gracia Dios, quien prometió responder siempre que pidamos en esta unidad en el nombre de Cristo.

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La Palabra del domingo: guiados

La Palabra del domingo: guiados

4º domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (10,27-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Palabra del Señor

 

Maditación:

Lo enterraron y el sepulcro quedó vacío. Nadie supo cómo la pesada losa fue removida.

Sus discípulos se encerraron por miedo y no hubo muros ni cerrojos que impidieran que él entrara.

Tomás dudó de su resurrección, hasta que le vio y tocó sus heridas.

Pedro le negó tres veces y tres veces fue reconciliado por un amor mayor.

Porque nada podrá separarnos del amor de Dios, como afirmará luego san Pablo: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Ni tumbas, losas, cerrojos, falta de fe, ni antiguas negaciones. Ni nuestros miedos ni enemigos, ni dudas ni pecados. Nada.

Nadie nos arrebatará de la mano de Cristo porque es el Padre, que supera a todos, quien nos ha entregado a él.

Todos sus enemigos han sido puestos a sus pies. Deja de darles tú la fuerza que ya no tienen.

Piensa en todo lo que busca alejarte de Cristo y repite con fe: “ni esto ni nada podrá apartarme del amor de Dios”.

La peor forma de pobreza es el aislamiento. Una soledad forzada y vivida como fatalidad origina tristeza y hace perder el sentido de la vida. Porque hemos sido creados a imagen de Dios, que es com-unión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Eso hace que hasta la última fibra de nuestra persona se sienta llamada a interactuar, comunicar, encontrarse a sí misma en la relación con los demás. Por eso lo primero que la resurrección de Cristo ha sanado ha sido nuestra capacidad de vivir en comunión, tanto con Dios, con quien nos ha reconciliado, como con las demás personas, de quien nos ha hecho auténticos hermanos.

¿Soy consciente de que la fe cristiana se centra toda en este misterio de la comunión con Dios y con los hermanos? ¿Vivo así mi cristianismo?

Las palabras de este evangelio nos llenan de esperanza. El Padre no se dejará quitar a los que el Hijo ha redimido con su sangre y hechos nuevos por su Espíritu . Hemos sido salvados por Dios y tomados en sus manos. Nos ha rescatado de ese triste aislamiento que amenazaba con hundirnos. ¿Dónde ha quedado el sinsentido? Cada prueba, cada sacrificio, son ocasiones por las que Él nos va purificando, haciendo crecer. Recuerda que somos como las ramas de la vid que el Padre poda para que den más fruto (ver: Juan 15). Lo que Él quiere es sacarnos de nuestros miedos, encierros, victimismos, desesperanzas…

“Tu Dios te ha guiado como un padre guía a su hijo durante tu camino”, dice la Escritura (Dt 1, 31). En un momento de silencio contémplate a ti mismo sostenido por la mano paternal del Señor en distintos momentos de tu vida. Descansa en su presencia y agradécele.

El que te guía en el camino es el Buen Pastor. Esta metáfora resulta antipática para el hombre moderno en su afán de autonomía. Pero es poco sensato pensar así, pues más bien ha de ser motivo de gratitud y confianza el saberse guiado por Aquel que quiere llevar a su plenitud la existencia que él mismo nos dio. Es mejor dejarse conducir por quien sabe y puede más antes que errar por nuestros propios caprichos.

Oro con estas palabras de Charles de Focauld:

“Padre, me abandono en tus manos.

Haz de mí lo que quieras.
Hagas lo que hagas, te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo.
Hágase tu voluntad en mí
y en todas las criaturas.
Esto es todo lo que quiero, Señor.
En tus manos,  encomiendo mi vida.
Te lo agradezco con todo el amor de mi corazón
porque te quiero, Señor.
No puedo menos de ofrecerme a mí mismo,
de entregarme en tus manos,
sin reservas y con ilimitada confianza,
porque tú eres mi Padre.
Amen

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La Palabra del domingo: ¿Me quieres?

La Palabra del domingo: ¿Me quieres?

III domingo de Pascua

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Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-19):

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.» 
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.» 
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» 
Ellos contestaron: «No.» 
Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» 
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.» 
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger.» 
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 
Jesús les dice: «Vamos, almorzad.» 
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» 
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.» 
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» 
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» 
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.» 
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» 
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.» 
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. 
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Palabra del Señor

 

 

Meditación:

 

Familiaridad. Gestos de cercanía, complicidad: otra noche de pesca para los discípulos, un desconocido en la orilla, unas brasas, pan y pescado para una comida de amigos. La resurrección de Cristo ilumina todas las acciones humanas que antes parecían rutinarias, sin densidad. Dios lo colma todo de una nueva sacralidad. Él quiere hacernos descubrir  cómo y cuánto está presente en nuestra vida, iluminándonos y elevándonos a un nivel que nunca hubiéramos imaginado. Porque a la luz de la fe no existe la rutina, sino el trabajar siempre con nuevo impulso y nuevos desafíos. No existe la frustración, sino la fuerza de Dios que nos hace superar nuestra debilidad. No más la culpabilidad que nos hunde, sino la responsabilidad de un amor mayor para rehacer lo que no hayamos vivido bien.

 

¿Cultivo una relación cercana, familiar, con Dios en lo cotidiano o vivo la religión como repetición rutinaria? ¿Qué le pido a Dios para mejorar en este sentido?

 

La experiencia de Pedro al ver morir atrozmente al Maestro tiene que haber sido demoledora. Sobre todo porque pocas horas antes le había negado hasta tres veces, como el mismo Jesús le había anunciado. El que aparentemente había sido el discípulo más fuerte, entusiasta y comprometido, en el momento de la cruz se muestra como el más débil, desesperanzado y cobarde. Porque ante la cruz de Cristo caen todas nuestras máscaras y queda en evidencia la propia miseria. Pero es justamente esa miseria la que él ha venido a rescatar. En su cruz han sido clavadas nuestras negaciones, cobardías y pequeñez de alma. La cruz que es la mayor expresión del amor de Dios hasta el extremo.

 

La Pascua es el tiempo sagrado para dejar en la cruz de Cristo todas mis miserias para que él las redima. Por eso este domingome presento a él tal como soy para recibir sus dones.

 

“Pedro, ¿me amas?”. Es la pregunta recurrente del Señor a quien le negó tres veces. No le pregunta por qué lo hizo, removiendo la herida del pasado, sino que le hace volver al amor que le impulsó a seguirle. Ese Amor que le lavó los pies el Jueves Santo y le purificó de mucho más en su entrega total en la cruz. Sólo ese amor podía hacer que  Pedro se reencontrara consigo mismo y con Dios. Por eso él mismo llegará a expresar más adelante en otro escrito suyo de la Biblia: “El amor cubre multitud de pecados” (1Pe 4, 8). Hoy Jesús nos dice también a ti y a mí que cubramos con nuevo amor lo que nos haya faltado en el pasado, todas nuestras negaciones y traiciones. Si aún nos cuesta alcanzar un amor grande para llegar a ello, basta que al menos le digamos que le queremos. Así él comenzará una nueva historia con nosotros.

 

  

 

 

 

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Domingo de ramos: “Padre, perdónalos…”

Domingo de ramos: Padre, perdónalos…

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Con el Domingo de ramos comienza la Semana Santa. En este día leemos la Pasión de Cristo, narrada por el evangelista san Lucas. Jesús ha deseado vivamente celebrar esta Pascua: Su Pascua, nuestra Pascua. Pascua que significa “paso” desde este mundo al reino de Dios, la apertura definitiva de las puertas de la gracia y la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Se puede creer o no en este acontecimiento, pero nadie puede permanecer indiferente ante él. Jesús ha entregado su vida, llevando su amor por la humanidad hasta el extremo despojamiento de sí mismo en favor de todos. Él no se defiende, sino que se pone en manos de los que le arrancan la vida para ofrecerla con total libertad y evidenciar así que el amor de Dios es mayor a cualquier atrocidad humana. Él es capaz de glorificarse en la humillación y  sacar bien del mal.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” Son las palabras de Jesús en la cruz que nos refiere Lucas. Toda la existencia terrena del Señor, todo su anuncio del Reino de Dios con palabras de vida eterna y con milagros portentosos, todo, todo alcanza su máxima expresión cuando Él pronuncia estas palabras benditas desde el altar de la Cruz. Allí se ha abierto para todos el gran perdón. Ahora queda de nuestra parte responder a tanta misericordia.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” Aquí queda anulado todo juicio, toda condenación. Atrás ha quedado cualquier imagen castigadora y represora que alguien pudiera tener sobre Dios. Porque es innegable que tantas veces no sabemos lo que hacemos. Por eso necesitamos de la indulgencia de quien no se equivoca nunca. Y no se equivoca porque ama, y al final el amor vence todo error. Ese amor asume nuestra lejanía y sinsentido. Aquí se revela el abrazo a sus hijos pródigos,  aquí los acusadores  se retiran sin haber arrojado ni una piedra a los que necesitamos el perdón.

¿Qué haremos al contemplar un amor así?

Responder también nosotros con amor. Pedir a Dios experimentar en esta Semana Santa la paz y el gozo profundo de sabernos pecadores perdonados, hijos amados por el Padre, que nos ha reconciliado con Él. Hemos de comunicar también nosotros este amor y este perdón a cada persona que encontramos en el camino de nuestra vida. Nadie puede quedar al margen de un acontecimiento tan grande y transformador.

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La Palabra del domingo: convertidos en hijos

La Palabra del domingo: convertidos en hijos

4º domingo de Cuaresma

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Del evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. “
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, “
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Con la parábola del Padre Misericordioso llegamos al centro luminoso de todo el evangelio. Desde Adán hasta Jesús, toda la historia de la salvación se ha ido desarrollando para llegar hasta aquí, donde se nos revela plenamente quién es Dios y quiénes somos nosotros. Él es el padre humilde, valiente y misericordioso que aparece en estas líneas. Por amor se pone por debajo de sus dos hijos, respetando su libertad y manteniendo su corazón abierto para acogerles en su alegría y bondad. No les juzga ni condena, no les coarta ni detiene sus pasos. Les espera, se arriesga a ser rechazado en su amor y, sobre todo, no deja de tener abiertas las puertas de su casa hasta que reconozcan plenamente su dignidad de hijos suyos. Cada uno debe ahora dar el paso de convertirse en qué idea tiene acerca de él para descubrirle en su verdad.

En un silencio de adoración, hago el vacío de cualquier imagen errada que pueda tener sobre Dios policía, juez, verdugo, ser lejano y desinteresado. Luego le pido la gracia de contemplarle como realmente ES.

El hijo menor somos cada uno de nosotros cuando le damos la espalda a Dios y pretendemos arrancarle lo que ya Él nos ha ofrecido: nuestra libertad. Aún así, Él vuelve a darnos lo que exigimos y hasta más, dejando que nos aventuremos lejos de su presencia. Sabe que su amor tiene una fuerza mayor que por sí sola nos hará volver. Nos deja marchar y espera…

Lejos de Él, lo perdemos todo. Fuera de su presencia, la ruina, impotencia y oscuridad. El mero instinto por sobrevivir nos mueve a volver a casa, incluso por un interés egoísta. Emprendemos el camino de vuelta tan atribulados por lo que hemos hecho que creemos merecer la humillación y ser tratados como esclavos. Cuando ya avistamos la casa paterna, advertimos una luz en la ventana. Él nos aguarda. No espera que lleguemos y nos sale al encuentro… “Padre, he pecado… no merezco… trátame como a un esclavo…”. Pero Él se nos echa al cuello y nos llena de besos: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Nos cambia los harapos por vestiduras, sandalias y anillo de dignidad, manda a celebrar en grande.

¿Me veo a mí mismos como merecedor de tanto amor? ¿Soy consciente de mí dignidad de hijos libre y amado por Dios o me considero sus esclavos? ¿Tomo parte en su banquete o me conformo con las migajas?

También somos el hijo mayor cuando no dejamos que Dios sea nuestro padre. “hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo…”. Estamos siempre en su presencia, pero no le amamos. No experimentamos la alegría de ser sus hijos por autoimponernos las exigencias de un dueño castigador. Mucho menos somos capaces de reconocer al otro como hermano, perdonarle y alegrarnos por su conversión. Y nos rehusamos a entrar en casa. No pensamos como el padre (“ese hijo tuyo...”) y aunque hayamos estado siempre con él, en verdad añorábamos otras compañías (“banquetear con mis amigos”). Cumplimos como empleados ante un jefe, como inquilinos ante un casero, como estudiantes ante un examen. No como hijos. Y es allí donde está el gran regalo y la gran tarea de nuestra conversión.

¿Cuántas de mis autoexigencias, incluso “religiosas”, me alejan de la casa del Padre? ¿Cuántas imágenes erradas mantengo acerca de Él, sin haberle conocido íntimamente? ¿A quién adoro en realidad, a Dios que es Amor o a un ídolo que me voy formando?

 

Oro y contemplo con este poema…

 

Él ha salido a nuestro encuentro

cuando todavía éramos duda

 

¡Brazos al cuello, besos!

Caemos de rodillas.

No dejamos

que nadie diga nada.

 

Llanto de amor se vuelve claridad.

 

La vida

como un asalto de amor al cielo.

 

Entregaste todo, lo gastamos…

¡Encontramos!

 

Fecunda

es la tierra en brotes sorpresivos.

A tus hijos

el torrente baña desde dentro.

Y el pan

a tu mesa es algazara.

Ganancia

se hizo

            la entrega.

Encuentro,  

                   la espera.

El canto

                 toma el sitio del silencio,

el abrazo

                 cubre la otrora distancia.

 

 

(Christian Díaz Yepes, del libro Aquedah, 2013

Ilustración: Charlie Mackesy )

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La Palabra del domingo: ¿Dónde están tus frutos?

La Palabra del domingo: ¿Dónde están tus frutos?

3º domingo de Cuaresma

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Del evangelio según san Lucas:

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:
-“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís,
todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”
Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

Palabra del Señor

 

Meditación:

Nos estremecemos al recibir estas palabras de Jesús. El mismo Señor de la misericordia a la vez nos exige una vida radical. No basta con pensar que Dios perdona todo y tendrá piedad de nosotros. Tampoco es cierto creer que son tan grandes nuestras culpas que ya no merecemos una oportunidad y tenemos que cargar por siempre con el peso de la desdicha. Démonos cuenta de que Él continuamente nos da oportunidades de conocer su amor y vivir en esa libertad, como el que siembra una higuera en su campo esperando que dé frutos.

¿Vivo una religiosidad despreocupada, sin verdadero compromiso con sus exigencias?

Jesús dirige la parábola de la higuera estéril a judíos piadosos que se preguntaban por qué Dios parecía no proteger a su pueblo en algunas ocasiones. Entonces lo resolvían con el argumento de la retribución: si te portas bien, Dios te ayuda y prosperas, pero si te va mal es porque estarás pagando alguna culpa propia o de tus antepasados. Con ello se justificaban bajo cierta religiosidad las desigualdades de la sociedad, donde unos pocos gozaban de grandes privilegios por su linaje, cargos y una religión de apariencias, mientras muchos permanecían señalados bajo el estigma de la culpa. Pero ¿dónde quedaría entonces el perdón de Dios, que siempre va unido a la libertad y una nueva oportunidad para el hombre? Porque la culpabilidad hunde y detiene, a la vez que cierra las puertas a la esperanza. Jesús nos enseña en cambio a asumir la responsabilidad, que implica conciencia, decisión de reparar el daño y avanzar. Un Dios justiciero  no puede ser fuente de vida y libertad. En cambio, un Padre procura siempre que sus hijos avancen hacia la plenitud de sus vidas.

Reflexionemos cuántas veces nos acercamos a Dios con una mentalidad justiciera. ¿Cuántas veces utilizo mis culpas pasadas para no cambiar y justificar una vida estéril?

Este evangelio es también buena noticia porque nos sacude y pone en alerta nuestros sentidos espirituales. La conclusión de la parábola deja abierta la última oportunidad que el dueño de la viña, que representa a Dios, concede a su higuera para que empiece a dar frutos. Aparece así su misericordia  como esa última oportunidad que no se puede desaprovechar. Hoy esta Cuaresma es esa oportunidad para nosotros. No dejemos para luego lo que Dios nos exige ahora.

¿Estoy dando los frutos de vida que Dios espera de mí? ¿Qué propósito me hago para aprovechar la oportunidad de este tiempo?

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La Palabra de hoy: hacia la luz

La Palabra de hoy: hacia la luz

2º domingo de cuaresma

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Del evangelio según san Lucas (9,28b-36):

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor

 

Meditación:

Los discípulos se preguntaban qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos porque era inimaginable el destino que tendría su Maestro. Sin embargo, para prevenir el escándalo que les causaría la muerte de Jesús en la cruz, Dios les da un adelanto de su futura glorificación: la transfiguración. Este es un episodio difícil de comprender y describir para los discípulos, pues aunque se les manifestó sensiblemente (luz, aparición de Moisés y Elías, voz misteriosa…), se trató de un evento sobrenatural que les conmovió y envolvió sin hallar cómo explicarlo. Será después de su resurrección de Cristo puedan recordarlo y empezar a comprender su significado.

Para Dios no hay sacrificio sin gloria, porque no hay lucha sin recompensa.  El odio del mundo no puede tener la última palabra sobre los que siguen la voluntad divina. De modo que la cruz es camino hacia la luz. Este es el primer gran mensaje de este evento: Jesús va de camino a Jerusalén, pero no para arrebatar el poder político ni militar. La suya es una peregrinación que va más allá de la historia. Se encamina a combatir la batalla decisiva contra los poderes que someten este mundo, crucificando en su propia carne el mal y la muerte. También nosotros necesitamos captar en mayor profundidad lo que significa la resurrección. Así que desde las primeras semanas de la Cuaresma contemplamos un primer adelanto, tal como el que recibieron los discípulos. Para alcanzarlo, tenemos que hacer un ejercicio mental, sí, pero sobre todo abrirnos a un nuevo nivel espiritual.

“Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe” (1Co 15, 14). ¿Qué significa para mí la resurrección del Señor? ¿Le he experimentado como resucitado y vivo proyectado hacia mi futura resurrección?

Dios es el origen de nuestra existencia, y también su fin. Entre uno y otro extremo transcurre nuestra vida presente. Cristo, quien es en sí mismo el Camino y la Vida, nos acompaña haciéndose con nosotros el Caminante. Toda su historia terrena describe cómo él comparte nuestra peregrinación -más bien ascensión- hasta Dios. Pero de manera especial, el evangelio de Lucas nos describe la última peregrinación de Jesús como el viaje en que se intensifica su llevar a plenitud el camino de la humanidad. En medio de este itinerario, marcado por sus grandes parábolas y enseñanzas, acontece el episodio de su Transfiguración. Así como la realidad más profunda de Jesús se manifiesta a mitad de su camino por la oración personal y la amistad con sus discípulos, también nosotros podemos experimentar a mitad de nuestra vida la presencia de Dios en y entre nosotros. Le encontramos volviendo la mirada hacia nuestra interioridad y también entablando relaciones profundas y sentidas con los que amamos. Cada vez que oramos de corazón y también cuando vivimos en el amor hacia los demás, cuando nuestros gestos y palabras brotan de lo más puro y verdadero que podemos ser. No desperdiciemos estos momentos de luz que Él nos ofrece. Que allí encontramos fuerza para superar toda prueba y adversidad.

En un momento de recogimiento, me hago consciente de que provengo del amor de Dios. En Él hallo mi ser más profundo, libre de apegos y temores.

Luego le pido que me muestre que mi destino está en volver a Él. Permanezco adorándole en silencio.

Contemplo mi vida presente como el viaje que recorro acompañado por el amor de Dios, quien me abre camino y sostiene mi andar.

Oro con este poema…

Porque en cada instante en que te elijo, mi Dios, ofrezco el gesto de quien acrisola tesoros en la hoguera,  y de quien asienta con ardor piedra sobre piedra hasta levantarte un templo.

La misma pulsión lanzada por mis manos como semillas a la tierra en cada mano que estrecho. Un pescador que sabe dónde navega en la noche.

Cada instante de anhelo es volver a dejar todo fuera de nosotros. Y tan dentro.

Baile de estrellas, derroche de  maravillas aguardando nuestra elección para darse al mundo entero.

Entonces caemos rostro en tierra y te besamos, prodigio de amor. Elevamos nuestro canto como velas de una barca guiadas por tu aliento.

Y brillamos desde ti en el arenal nuevo.

 

 

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Lucha espiritual

La Palabra del domingo: Lucha espiritual

I domingo de Cuaresma

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Abrimos la Cuaresma con el pasaje de las tentaciones de Jesús. Aunque el evangelio nos las presenta en un único episodio, debemos saber que toda su vida, de inicio a fin, estuvo marcada por la persecución y la tentación. Porque así es toda vida que quiere ser fiel a Dios y a su propia dignidad. Jesús asume, recorre y acompaña esta condición humana y la lleva al triunfo pascual del que también nosotros, unidos a él, podemos participar. No esperemos que la espiritualidad sea sólo un camino de rosas, con consolaciones y tranquilidad. Los 40 días en el desierto de Jesús nos hablan de combate contra nuestras fuerzas internas y externas que necesitan ser armonizadas según el designio de Dios.

 

Tomo conciencia de que la Cuaresma ha de ser un tiempo de lucha contra lo que en mí necesita armonizarse y dirigirme al Amor y Verdad de Dios.

 

Las tres tentaciones de este episodio señalan la progresión de los tres ámbitos del combate espiritual. Convertir las piedras en pan es abusar de los dones personales pensando sólo en el uso y disfrute físico, la gratificación inmediata y el encerrarse en sí mismo. Es el nivel más básico de la condición humana, que necesitamos ordenar hacia Dios quiere, hacia “toda palabra que sale de su boca”. El lanzarse desde el pináculo del templo apunta al reconocimiento y admiración de los demás, el vivir de las apariencias y del qué dirán. Toca el ámbito afectivo que también necesita ser dirigido hacia Dios, a quien hay que obedecer antes que a los hombres (ver: Hch 4, 19-5,29). Finalmente, el postrarse y adorar al demonio se dirige al ámbito espiritual más esencial de la persona: su conciencia, libertad y llamada a la adoración. Toca la escala de valores y el compromiso con la Verdad y el Bien.

Como explicábamos, Jesús es tentado en estos ámbitos porque son los mismos en que todos somos tentados. Las tres tentaciones se dirigen al propio ser. Fijémos que el demonio repite tres veces la provocación “si eres…”. Porque el pecado, en definitiva, es negar lo más auténtico de nosotros mismos: nuestro destino a ser plenamente hijos de Dios, por tanto, a vivir en la verdadera libertad. Nuestras tentaciones abarcan lo que nos ciega en el mero disfrute material, lo que nos condiciona a partir de la opinión de los otros y lo que nos hace negar nuestro amor a Dios. Jesús aquí nos enseña a enfrentarnos a todo ello a partir del discernimiento, la familiaridad con su Palabra y la confiada rendición a su voluntad.

 

Sin ningún temor, hago cuenta de mis tentaciones y antepongo a ellas mi amor hacia Dios. Tomo conciencia de que todas me hacen negar mi ser más auténtico, mi propia vocación y misión. Vuelvo a elegir lo que me hace vivirlas plenamente.

 Para concluir, oro con estas palabras inspiradas en Efesios 6:

Querido Señor Jesús,
hoy vengo a rendirme ante ti, ante tu amor y tu verdad.
Te presento todas mis tentaciones.
Tú las conoces porque las has vivido en tu propia carne. Y las has vencido.
Enséñame también a mí a vencerlas. Ayúdame a luchar, no caer.
Que no olvide tu Palabra, lo que quieres de mí. De mi ser más auténtico.
Que no lo niegue, Señor y Dios mío. Que no me traicione a mí mismo, a mi destino en ti.
Hoy me fortalezco en el poder de tu nombre, Señor Jesús,
para luchar contra el diablo y sus espíritus.
Porque la vida es, ante todo, una lucha espiritual. Y tú nos has dado las armas para combatirla.
Me mantengo en pie firme, como resucitado contigo, y busco las cosas del cielo , que es mi fin.
No me ato a las de la tierra, que son sólo medios.
Ciño mi cintura con el cinturón de la verdad: que estoy necesitado de ti,
que no puedo luchar sólo, sino con la fuerza de tu gracia.
Me cubro con la coraza de tu cruz, que es mi única justificación ante Dios.
Calzo mis pies con tu evangelio, para que guíe mis pasos y no yerre en mi camino.
Es tu evangelio de la paz, la paz que me esfuerzo por alcanzar en mí mismo y con los demás.
Embrazo el escudo de la fe: que soy hijo del Padre, discípulo tuyo y templo de tu Espíritu.
Este el escudo que calcina los dardos del demonio, a quien no debe temer, sino combatir.
Me cubro también con el yelmo de la salvación,
La que nos viene por tu Cuerpo y tu Sangre entregados en la cruz y que recibo en cada Eucaristía.
Y blando con tu fuerza, la espada del Espíritu, que es tu Palabra,
espada de doble filo que penetra hasta lo más íntimo.
Lo hago al escucharla, al ponerla en práctica y anunciarla sin rebajas.
Porque ella me hace cada día más semejante a ti, vencedor de todo mal,
el testigo fiel y verdadero,
el amigo que nunca falla y yo quiero amar cada día más.
 
Amén

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: autenticidad

La Palabra del domingo: autenticidad

8º domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Palabra del Señor.

 Comentario:

Son tantas las veces que proyectamos nuestros defectos en los demás, juzgándolos con una medida injusta y que no ayuda a nadie. Antes de fijar la mirada en los otros, más bien hagamos examen sobre nosotros mismos. Démonos cuenta de que rechazamos en ellos mucho de lo que quizá no aceptamos de nuestra propia persona. Autenticidad significa no pretender, y esto en su doble significado: tanto no exigir del otro lo que no estamos dispuestos a dar nosotros, como tampoco engañar y engañarnos haciendo creer que no tenemos mucho que debe ser corregido. Sólo si somos capaces de aceptarnos con sinceridad y humildad podremos ver a los demás en la justicia y en la misericordia. De eso también se trata el amar al prójimo como a uno mismo.

¿Soy capaz de reconocer mis propios defectos antes de sacar cuenta de los ajenos?

Jesús nos dice también que el buen árbol se reconoce por sus frutos. Tenemos aquí la medida de una verdadera espiritualidad: la capacidad de generar frutos. No nos ha creado Dios para una vida estéril. Recordemos su mandamiento a la humanidad en el Génesis: “creced y multiplicaos”. Esto no sólo se refiere a la reproducción biológica, sino al crecimiento de nuestra existencia hacia su trascendencia, multiplicando nuestras obras de fe y amor. Es todo lo contrario a una vida cerrada sobre sí misma, sin servir a nadie. Somos llamados a la plenitud de quien genera vida y esperanza a su paso: las buenas obras, la solidaridad, la alegría y la paz  verifican que nuestra fe es auténtica. Esto va mucho más allá del mero cumplimiento de preceptos y el sentirnos conformes con una existencia aparentemente religiosa.

¿Cómo puedo hacer para que mi vida genere más frutos evangélicos que verifiquen mi fe?

Jesús nos presenta finalmente el baremo para medir nuestra coherencia: lo que sale de nuestros labios, pues de lo que rebosa el corazón, habla la boca. Si vivimos en la verdad, somos veraces. Es decir, nuestras palabras valen por la misma fuerza que expresan, sin necesidad de subterfugios. Cuando nos encontremos expresando palabras falaces, agresivas o sin consistencia, examinemos cuánto no estamos aceptando de nosotros mismos y proyectamos sobre los demás, qué tan fecunda y plena está siendo nuestra propia vida, cuánto estamos haciendo presente el reino de Dios en ella a través del amor por Dios y por todos.

 Pronuncia con estupor y confianza este poema:

El reino

es el venir sonoro del encuentro

con quien te espera en el fondo de agua

para el concierto.

El vacío de ti mismo se colma

cuando uno en el otro muere sin lamento.

Estrechas sus manos y en pocas notas

dos o más devienen

en la presencia.

Esta es tu secreta ciencia:

mirarse a los ojos en la danza.

El hermano es tu transparencia,

el azul de hondura y luces ciertas.

Sólo eres tú mismo

en el nosotros,

el ímpetu rendido a la inocencia.

Soltar,

soltar por la borda la red henchida de certezas.

Es tema del mar es este gozo

que dispersa las apariencias.

Sin llorar ahogos ni despedidas

la marea nos lleva,

refleja el todo y navega

en fondo al mar, alcanza el puerto.

La mesa espera servida,

se colma la pesca.

 

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: contra-sentido

La Palabra del domingo: contra-sentido

7º domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas (6,27-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Palabra del Señor

 

Meditación:

La vida cristiana es entrar en el círculo de lo divino que alcanza lo humano y vuelve hasta Dios. Él es la fuente de la compasión y el perdón, porque ante todo es un Dios de amor. De Él sólo puede venir misericordia y cuando llega hasta nosotros espera que respondamos en consecuencia. Como hijos que miran su modelo en el Padre, también nosotros queremos vivir con un corazón abierto para acercarnos a cada persona sin juicios ni condenas, dispuestos a ofrecer el perdón y la ayuda concreta a quien nos necesite.

¿A quién puedo hoy amar como me ama Dios?

La lógica del Evangelio es clara: “Dad y se osdará” (Lc 6, 38). Si esperamos recibir algo de Dios, también nosotros debemos ofrecerlo a nuestro prójimo. Esto vale muy especialmente para el perdón, que es el don más precioso que podemos esperar de Dios. Por eso Jesús nos enseña a pedirle: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 5, 23). No caigamos en el capricho del que solo espera recibir sin ofrecer nada. Reflejemos el amor divino que viene a nosotros viviendo en consecuencia con lo que aspiramos alcanzar.

¿A quién me falta por perdonar en mi vida?

La meta que nos propone Jesús es alta, la mayor de todas: alcanzar el amor divino. Ciertamente, eso no está en nuestra capacidad. Pero sí podemos pedirle que nos avive con su Espíritu y poner las menores resistencias a su acción en nosotros. Esto se llama conversión, que significa cambio de mentalidad, de objetivos y de la vida entera. Los mayores obstáculos que solemos poner a ella son nuestra incredulidad, el derrotismo de pensar que ya no tenemos remedio, el permanecer caídos en nuestros viejos prejuicios, mezquindades y egoísmos. No vivamos sólo a partir de lo primero que sentimos. Aventurémonos al “contrasentido” del evangelio, donde se nos muestra que donde abundó el pecado, sobreabundó aún más la gracia. Nuestra pobreza puede ser nuestra mayor riqueza; cada dificultad, una oportunidad; nuestro dolor, fuente de amor.

Ríndete en adoración a Cristo crucificado y Resucitado. Ve deponiendo ante él todas las resistencias que puedas reconocer en ti.

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: revés bendito

La Palabra del domingo: revés bendito

Domingo 6º del tiempo ordinario

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Del  evangelio según san Lucas (6,17.20-26):

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. 
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacian vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor

Meditación:

Las palabras de Jesús son siempre desconcertantes, rompedoras. Nos cuestionan y hacen asumir la vida desde una perspectiva diversa a la que buscaríamos instintivamente. Por eso sus Bienaventuranzas proclaman todo lo que no quisiéramos experimentar, pero que tantas veces viene a nosotros como oportunidad. Incluso para algunos es su continua situación que espera por nuestro compromiso y caridad: la pobreza, la necesidad, las lágrimas, el rechazo y la persecución. Cuando algo de esto nos pasa, tratamos de salir de ello enseguida, nos encerramos en nosotros mismos por miedo o huimos hacia adelante. Pero esta actitud nos hace perder una gran oportunidad, LA oportunidad. El Evangelio enseña que todo ello nos hace mirar hacia lo alto, buscar a Dios y así descubrir lo que más vale en la vida, nos hace crecer y superar lo que nos haría infelices.

Tomemos conciencia que el dolor es connatural a la vida. Si pretendemos huir de él, lo convertimos en sufrimiento, pero si lo asumimos con fe nos hace crecer y avanzar hacia la plenitud.

Jesús contrasta sus Bienaventuranzas con las malaventuranzas, es decir, lo que reciben quienes quedan cegados por las falsas consolaciones de esta vida. Las riquezas nos pueden esclavizar en un horizonte muy pequeño, la saciedad nos embota, la diversión nos atonta y los halagos nos adormecen y condicionan. Todo lo que el mundo considera felicidad es sólo ilusión y engaño, tan distinto a una vida con los ojos y el corazón abiertos que nos eleva hacia cimas más valiosas y nos reta a superar nuestros límites.

¿Cuáles son esas riquezas, distracciones y saciedad que me estorban para buscar a Dios y vivir la libertad?

La Palabra de hoy nos hace preguntarnos dónde estamos poniendo nuestra esperanza, si en Dios que saca bien del mal y no permite que pasemos una prueba sin darnos la fuerza para superarla o en nuestros medios siempre insuficientes. Él nos hace descubrir que toda sombra tiene su revés bendito, toda dificultad es una oportunidad, toda cruz, camino hacia la luz. No tratemos de huir de ello. Asumámoslo con confianza y abiertos a la gracia de Dios, con la mente despierta para ver lo que está esperando por revelarnos el verdadero sentido de la vida. Que nada nos obstaculice ni nos atonte en este camino.

Medita y ora con este poema:

Si la tormenta se levanta
y permaneces firme ante el timón.
Si con el silencio de los sabios
reconoces que es hora de bajar las velas
y dejarse conducir por el soplo de Dios.
Si sabes dar calma a quienes
ven hundirse sus naves
y no lloras tu propio naufragio.
Si contra el viento que traiciona
y contra toda corriente de miedos y dolor.
Si contra la noche con sus hielos, permaneces.
Si toca caer con la pesca y la barca mar en fondo
y te mantienes atento al torrente de adentro,
entonces habrás vencido.
La pérdida será ganancia
y tu pequeña chispa encenderá una hoguera:
el calor del cielo entre las olas.
Alzado como faro en las noches de miedo.
Habrás triunfado,
aún cuando parezca naufragio,
pero hayas permanecido firme en la llama inagotable.
Habrás llegado al esperado puerto.
Estará en ti
con todas tus voces sosegadas
y la luz serena del torrente sin final.

 

(Christian Díaz Yepes, Una barca)

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Mar adentro

La Palabra del domingo: Mar adentro

5º domingo del tiempo ordinario

compasión

Del evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Meditación:

El asombro se había apoderado de pedro y los demás discípulos…” La maravilla, el asombro, es la experiencia fundamental que el verdadero adorador de Dios está llamado a vivir. Jesús no se contenta con haberse mostrado a Simón como un líder cautivante para seguir. Él es más que otro profeta o el Mesías terrenal como lo esperaba su pueblo. Por eso ahora les cambia todos los esquemas, y lo hace  mostrando lo sorprendente y abundante de Dios. Porque Él da y quiere darse a nosotros sin medida, en abundancia. Somos nosotros los que tantas veces le ponemos límites a su generosidad.
 

¿Cuál ha sido mi experiencia personal del primer estupor ante Dios? ¿Vivo mi relación con Él como un continuo maravillarme y abrirme a sus sorpresas? 

Jesús sorprende porque nos sale al encuentro allí donde gastamos nuestras vidas. No hay que escalar el cielo ni hacer cosas muy extrañas para alcanzarle.  Él viene donde estamos nosotros, a nuestro día a día. Pero a la vez, nos hace ir más allá de nuestros propios límites, rutinas y esquemas. Por eso le dice a Pedro que reme mar adentro y así lleva  su plenitud lo que ya realizaba. También nuestras búsquedas, fatigas y esperanzas pueden ser el escenario y la ocasión para descubrir su presencia si estamos atentos a escuchar a Jesúa que nos invita a ir más allá, a aventurarnos hacia lo profundo de nosotros mismos y del valor de cada persona que él nos hace encontrar. 

 

En un momento de silencio pido a Dios que me muestre mis aguas más profundas a las que él me invita. 

 

Apártate de mí,  que soy un pecador”. Es el movimiento natural del corazón humano, herido y falible, ante la pureza y trascendencia de Dios. Pero la Buena y gran Noticia del evangelio es que Él no menoscaba ante nuestra imperfección, sino que nos levanta, transforma, dándonos una nueva existencia: “No temas, en adelante serás pescador de hombres”. Como a Simón Pedro, pescador insatisfecho pero también abierto a la invitación de Dios, también Jesús quiere convertirnos a nosotros en pescadores de vidas. Que no nos frene la conciencia de nuestra propia imperfección, pues muchas veces puede ser la excusa de quedarnos mirándonos únicamente a nosotros mismos y no mejorar.

Entablo un diálogo personal con Jesús que me invita a ir más allá de mis límites y llenar de vida cuanto hago. Le pido valentía y confianza para ir a lo profundo de mí mismo y de Él.

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: ir más allá

La Palabra del domingo: ir más allá

4º domingo del tiempo ordinario

 

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Del evangelio según san Lucas (4,21-30):

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor

 

Meditación:

La vocación del profeta es grande y arriesgada. Porque su misión viene de Dios, él habla en su nombre. Y como muchos creen ya conocerle sin vivir una relación profunda con Él, el mensaje profético puede ser chocante y ganarse rechazo y persecuciones . Jesús es el definitivo Profeta por el que Dios lleva a la humanidad a la comunión plena Él. Por eso choca con las estructuraciones y acomodamientos de que los hombres hacemos de su mensaje siempre nuevo y creativo. Él ve y va siempre más allá, impulsa y desafía, saca de la comodidad y cuestiona el sentirse demasiado seguro de sí mismos. Si le rechazamos e intentamos poner freno a su mensaje, él simplemente pasa y sigue con determinación su camino. Los que perdemos somos nosotros.
¿Cómo recibo la Palabra siempre nueva y creativa de Dios? ¿Estoy dispuesto a cambiar mi vida, estructuras y acomodamientos a partir de ella?
Jesús señala que donde menos se reconoce al profeta es en su propia tierra. Se refiere a su entorno familiar y social, pero también puede ser la misma persona, que debe convertirse para vivir con coherencia el mensaje que Dios le impele a comunicar. Los paisanos de Jesús miran su pasado, sus etiquetas y prejuicios sobre él, sin abrirse a la novedad de Dios que siempre puede sorprender. Esta actitud puede acabar ahogando el Espíritu y frenando la profecía. La fuerza de Dios queda estéril en en una tierra así. En nuestro caso, esta tierra pueden ser nuestros familiares, amigos y los que creen conocernos mejor. Bajo la aparente buena voluntad de evitarnos problemas, nos desaniman a arriesgarnos, a mirar más allá y luchar por valores más elevados, a transformar nuestra propia persona y la historia. Son los que desconfían de nuestra propia conversión y llamada a una gran misión. Prefieren que siempre seamos iguales, en vez de ayudarnos a que siempre seamos mejores. Tengamos cuidado con que estos mensajes no nos detengan en nuestro avanzar hacia la plenitud de nosotros mismos y nos impidan comunicar ese mensaje único que Dios confía a cada uno.
Reflexiono sobre quiénes me frenan y me impiden mejorar. No les reprocho, pero voy más allá de ese mensaje. Me dispongo a dar lo mejor de mí mismo con humildad y alegría.
Pero la propia tierra también se refiere a nuestra propia mente, a esa voz interior que muchas veces también nos limita y detiene. “Siempre he sido así”, “pero es que yo”, “no puedo”… Son mensajes que nos llegan desde nuestras heridas y miedos, que bloquean la acción del Espíritu y nos impiden vivir en su libertad. Es justamente lo que Dios quiere y puede sanar. Por eso no nos centremos en esos límites, sino en la gracia que Él nos da para superarlos. Acallemos la voz de ese “saboteador interior” y ante cada mensaje suyo, recordemos las palabras del Apóstol: “todo lo puedo en Aquel que me fortalece”, “es cuando soy débil que soy fuerte, porque la fuerza de Dios se manifiesta en mi debilidad” (2Cor 12,20).
En un momento de silencio, dialogo con mis propios miedos y frenos. Los acepto con paz, pero sobre todo acepto la gracia de Dios que me ayuda a superarlos. Como san Pedro, le digo con esperanza al Señor: ya lo he intentado muchas veces y no he logrado nada, pero confiado en tu palabra, echo las redes.

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: Palabra concreta

La Palabra del domingo: Palabra concreta

Domingo 3º del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Querido Teófilo:

Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mi, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:

– «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Palabra del Señor.

 

Comentario:

El inicio del evangelio de Lucas nos presenta hoy el “programa de vida de Jesús”, que ha de ser también el nuestro. Este plan de vida del Maestro se sostiene entre los dos polos de la relación con la Palabra de Dios y el amor a los hermanos. Desde aquí se articula toda su existencia terrena hasta consumarse en su definitiva Resurrección.

¿Cuáles son los puntos centrales de mi propia existencia? ¿Se parecen a los de Jesús?

Jesús vive una relación de profunda cercanía con la Palabra de Dios. Él la escucha, la proclama y la vive en primera persona. Por eso no la lee como palabra del pasado, sino que la actualiza en su propia vida y proclama su cumplimiento. Así nos enseña cómo debe ser también nuestra atención a ella: Hemos de convertirla en nuestra única ley de vida y referencia fundamental de cada acontecimiento.

¿Me esfuerzo por actualizar la Palabra de Dios en cada momento presente de mi vida?

La Palabra divina impulsa a Jesús a amar concretamente a los hombres. Este discurso inaugural no contiene consideraciones abstractas o conceptos vacíos, sino que expresa su compromiso concreto por el bien de los hombres: Anunciar, ir en busca de los pobres, liberar, sanar… La verdadera vida en Dios se verifica en el amor concreto y verificable hacia el prójimo.

¿Mi relación con Dios se verifica en mi compromiso de amor hacia mis hermanos?

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: transformación

La Palabra del domingo: transformación

2º domingo del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Juan (2,1-11):

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:
«No tienen vino».
Jesús le dice:
«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Su madre dice a los sirvientes:
«Haced lo que él os diga».
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dice:
«Llenad las tinajas de agua».
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les dice:
«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:
«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Palabra de Dios

 

Meditación:

Al inicio del Tiempo Ordinario, el evangelio de Juan presenta una escena determinante de la primera semana de la vida pública de Jesús: la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. Esta no es una simple anécdota sobre un favor que Jesús hace a unos novios para sacarles de apuros . Nos dice para qué ha venido Jesús a este mundo y qué quiere hacer con nosotros. Él ha venido para suscitar una transformación, para llevar a un grado exquisito todo lo que parece insufiente, pobre y sin sabor. Nos lo dice en una escena cargada de sorpresa, abundancia, novedad, maravillas, servicio y alegría.
Medito que Dios, ante todo, quiere transformarme y llevarme al grado más valioso de mi propia existencia. Le respondo con gratitud.
Jesús realiza su primer milagro en una boda para mostrarnos que él ha venido para sellar la definitiva alianza de amor entre Dios y la humanidad. La unión bendita entre un hombre y una mujer es imagen de esa alianza entre lo humano y lo divino. Por ello se expresa como alegría compartida, apertura a los demás, fiesta común, escucha y respuesta a la palabra de Dios, discipulado y contemplación. En todo ello Dios está presente y nos dice cómo es Él.
Pido a Dios que me abra a una comunión cada vez más plena con Él y más comprometida con los demás. Me propongo establecer lazos de unidad con quien me pueda estar costando más.
Jesús transforma el agua usada de esas tinajas de piedra en el mejor y más abundante vino que se hubiera podido probar. Dios puede y quiere transformar nuestros corazones endurecidos y sucios en algo que no somos capaces ni de imaginar. Eso se llama conversión, cambiar nuestro ser desde lo insípido a lo lleno de vida, de la tristeza al gozo que se ofrece y comparte. Abrámonos sin miedo a ese poder transformador. Esta es la fe verdadera.
Que como los discípulos en Caná, también en nosotros se fortalezca la fe en el poder transformador de Jesús y estemos dispuestos a compartirlo con otros

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La Palabra del domingo: Bautismo

La Palabra del domingo: Bautismo

Fiesta del Bautismo del Señor

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Del evangelio según san Lucas (3, 15-16. 21-22)

Gloria a ti Señor.

En aquel tiempo, como el  pueblo estaba en expectación  y todos pensaban que quizá  Juan el Bautista era el Mesías,  Juan los sacó de dudas, diciéndoles:

“Es cierto que  yo bautizo con agua,  pero ya viene otro más  poderoso que yo, a quien  no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

Sucedió que entre la gente  que se bautizaba, también  Jesús fue bautizado. Mientras  éste oraba, se abrió el cielo  y el Espíritu Santo bajó  sobre él en forma sensible,  como de una paloma,  y del cielo llegó una voz que decía:

“Tú eres mi Hijo,  el predilecto; en ti me complazco”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

 

Comentario:

El Bautismo de Cristo habla de un inicio, por eso es la fiesta del comenzar desde Dios. Se  inicia la vida pública del Señor, a quien contemplaremos este año lleno del Espíritu Santo en cada una de sus acciones y palabras. Así se nos muestra esta fiesta como origen y modelo de todos los que empezamos a vivir desde el Espíritu de Dios, que también nosotros hemos recibido en nuestro Bautismo. Hoy en día para familirizarnos aún más con su presencia en nosotros, escuchar con más solicitud sus inspiraciones y vivir dando sus frutos:  amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gal 5, 22-23).

¿Mis acciones y palabras reflejan los frutos del Espíritu?

Jesús recibe el Espíritu Santo mientras está en oración. Así nos muestra el evangelio de Lucas que sólo podemos experimentar las intervenciones de Dios en nuestra vida si nos mantenemos en un diálogo personal con Él. Cuando una persona no respira, se ofusca, da patadas, sus acciones son desesperadas. También cuando alguien no ora actúa así, porque la oración es el respiro del alma. A través de ella nos hacemos más dóciles a Dios, nos conocemos mejor a nosotros mismos y llegamos a vivir desde la plenitud y la paz interior.

¿Cuidamos nuestra vida de oración como el diálogo personal con nuestro Padre Dios?

El acontecimiento del Bautismo señala la consagración de Jesús a Dios y su misión a favor de los hombres. Esto nos habla sobre nuestra propia vocación: Vivir para Dios al servicio de todos. Después de este momento, Jesús no podrá detenerse en su cumplimiento de la voluntad del Padre y la proclamación del Reino. Él vive su propia vocación con una disposición activa, audaz y lúcida. Ser consecuentes con la presencia de Dios en nosotros nos hace vivir también así.

¿Cómo estoy viviendo mi propia vocación a ser hijo de Dios?

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La Palabra del domingo: familia

La Palabra del domingo: familia

Solemnidad de la Sagrada Familia de Nazaret

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Del santo Evangelio según san Lucas (2, 22-40)
Gloria a ti, Señor.
Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley:
Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.
El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”.
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

El Hijo de Dios se ha hecho también Hijo del hombre. La comunión perfecta de la Trinidad encuentra un reflejo en la unidad de la familia de Nazaret. Así se hace palpable  que sí se puede vivir “en la tierra como en el cielo”.

También hoy nosotros estamos llamados a reproducir la vida de la Trinidad en nuestras relaciones con los demás, viviendo ese amor continuo que nos funde en UNO por el amor. En la Unidad encontramos nuestra paz y nuestra más alta realización. Es un llamado que podemos empezar a vivir ahora mismo en el seno de nuestra familia, donde encontramos los primeros prójimos que Dios nos ha otorgado para amar sin reservas.

¿Qué nueva actitud puedo vivir en mi hogar para que podamos ser un reflejo cada vez más auténtico de la Trinidad?

Cuando en una familia hay verdadero amor, que significa acogida del otro, perdón, diálogo, allí está Dios en medio de ella. Esto tiene más valor que cualquier patrimonio o meta que se pueda alcanzar. Meditemos ahora con estas palabras de Chiara Lubich:

Si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto vale.

Vale más que cualquier otro tesoro que
pueda poseer nuestro corazón:

más que la madre, que el padre, que los hermanos, que los hijos.

Vale más que la casa, que el trabajo, que la propiedad;

más que las obras de arte de una gran
ciudad como Roma,

más que nuestras ocupaciones, más que la naturaleza que nos rodea, con las flores y
los prados, el mar y las estrellas; ¡más que nuestra alma!

Él es quien, inspirando a sus santos con sus eternas verdades, hizo época en toda época.
También ésta es su era: no la de un santo, sino la de Él; de Él entre nosotros;

de Él viviente ennosotros, que construimos -en unidad de amor- su Cuerpo místico y la comunidad cristiana.

 

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la Palabra del domingo: audacia

la Palabra del domingo: audacia

IV domingo de Adviento

 

manuscrito

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,39-45):

En aquellos días, María se levantó y puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

Palabra del Señor

Meditación:

La audacia de María al decir sí al plan de Dios se prolonga en su sí a la humanidad. El Espíritu Santo la impulsa a ir siempre más allá. Así se hace modelo del evangelizador en salida. Va más allá de lo previsto. Es intrépida para servir, anunciar y compartir las maravillas de Dios. Así nos muestra el camino hacia la auténtica Navidad.

¿Qué frenos y temores debo superar para crecer en audacia evangélica?

María es Bienaventurada porque ha creído. Su fe abre la puerta a la venida de Dios al mundo. En nuestra respuesta de fe se juega también nuestra bienaventuranza. Como ella, ofrezcamos también nosotros hoy esa respuesta confiada a las promesas de Dios. No desesperemos de lo que aún no podemos ver. En lo íntimo y oculto al mundo bulle la gracia que Él quiere derramar sobre nosotros. Primero asintamos confiados y luego lo prometido se hará evidente en nuestras propias obras.

En un momento de silencio con-siento la venida de Dios a mi vida. Le pido que se haga presente en cuanto Él mismo me ha dado. No pongo frenos y Le entrego todo.

Dios ha querido que por María vinieran todas las bendiciones a la humanidad. Cuando  Isabel la encuentra, la criatura que lleva en su seno queda llena del Espíritu Santo. Porque María no retiene nada para sí. Ella es llena de gracia para ofrecer estos dones a los demás. Porque ser audaz es saber dar. Ser valiente es ser capaz de amar. En las horas previas a la Navidad fijamos nuestra atención en esta belleza de María. Nos confiamos a su intercesión y nos acogemos a su amor que todo nos lo puede alcanzar de Dios. Con Dante Alighieri, cantamos cantamos a la Madre de Dios:

«¡Oh Virgen Madre, Hija de tu hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo del eterno consejo,

Tú eres quien hizo a la humana natura
tan noble, que su Autor no desdeñó
convertirse a sí mismo en su creación.

Dentro del vientre tuyo ardió el amor,
cuyo calor en esa paz eterna
hizo que germinaran todas las flores.

Aquí nos eres rostro meridiano
de caridad, y abajo, a los mortales,
de la esperanza eres fuente vivaz.

Mujer, eres tan grande y vales tanto,
que quien desea gracia y no te ruega
quiere volar sin alas.

Mas tu benignidad no sólo ayuda
a quien lo pide. En muchas ocasiones
se adelanta al pedirlo, generosa.

En ti misericordia, en ti bondad,
en ti magnificencia. En ti se encuentra
todo cuanto hay en las criaturas hay de bondad.

 

(La divina comedia, III parte, canto XXXIII)

 

 

 

 

 

 

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La Palabra del domingo: nuevo comienzo

La Palabra del domingo: nuevo comienzo

II domingo de Adviento

Fuentes3 - José Javier (2)

Del evangelio según san Lucas (3, 1-6):

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:

«Voz del que grita en el desierto: 
Preparad el camino del Señor, 
allanad sus senderos; 
los valles serán rellenados, 
los montes y colinas serán rebajados; 
lo torcido será enderezado, 
lo escabroso será camino llano. 
Y toda carne verá la salvación de Dios».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Partir desde lo humano. El Adviento, tiempo de renovación y de nuevo comienzo en el camino hacia Dios, nos ayuda a redescubrir nuestra propia verdad. Así se manifiesta en la invitación que el profeta Isaías hace al pueblo oprimido y desterrado en Babilonia para que desande tras los pasos de su exilio y regrese a la tierra de la libertad y la alabanza a Dios. La figura de Juan el Bautista, “el más grande entre los nacidos de mujer”, nos confirma esta llamada a la integridad de nuestro ser, en la espera al Señor que viene.

Figura central de este evangelio es Juan el Bautista, quien continúa la tradición de los profetas del Antiguo Testamento. Ellos hablaban en nombre de Dios para trasmitir palabras de corrección y esperanza a su pueblo. El desierto y el río Jordán también evocan la historia de Israel hasta su entrada en la tierra prometida. Son también imágenes de la purificación necesaria para adorar en libertad al Señor. Otros textos nos presentan también el estilo de vida y el modo de vestir del Bautista, que recuerdan a Elías, icono del profetismo hebraico. Juan anuncia y celebra un bautismo de penitencia, que muchos reciben. También nos recuerdan la naturalidad de Adán, el primer hombre, quien debe ser purificado para volver al estado de inocencia original a antes de su caída. Así que el anuncio de hoy es la necesidad que tenemos de pasar también nosotros por la purificación interior y exterior, simbolizada en el bautismo de penitencia y preparación.

Así es como al comienzo del Adviento el anuncio del Bautista nos dispone para recibir a Cristo. Hemos de enderezar lo que en nosotros está torcido, reparar lo dañado, elevar lo hundido y abajar lo elevado. Son símbolos de nuestra existencia, que deben ser transformadas por la Palabra divina y a la conversión. Démonos cuenta que necesitamos dar este paso. Nos hace falta abajar la altura de nuestra soberbia y autosuficiencia, al tiempo que nos elevamos desde la mediocridad y la falta de amor. Lo tortuoso en nuestra vida debe ser enderezado y convertido en camino para ir al encuentro de Cristo.

¿Cuáles son esas cobardías, faltas de generosidad y la poca estima que debo elevar en este tiempo?

¿Cuáles son esas alturas de mi propio ego que debo rebajar para volver a mi propia verdad?