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Meditación del domingo: el hijo amado

Meditación del domingo: el hijo amado

 

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

(Mateo 4, 16-17)

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Hay quien se dice creyente porque no niega que Dios exista, pero la fe auténtica va mucho más allá de esta afirmación connatural al ser humano. Lo que deshumaniza es justamente lo contrario: negar a Dios o vivir con indiferencia ante Él.

Además, en sentido estricto, Dios no “existe”. Él Es. Es por sí mismo y es quien da el ser a cuando ex-iste. Es el Padre que pronuncia sobre Cristo las palabras que todo ser humano necesita escuchar: Tú eres mi hijo amado. En ti me complazco. Porque Dios nos invita a  una relación íntima que nos haga adentrarnos en su eterna comunión . He aquí el punto decisivo.

Sirve de poco repetir lo que oímos decir a otros sobre Dios, si no experimentamos su ser en nosotros mismos. La fe es relación, diálogo, seguimiento personal, no la repetición de una opinión común. ¿Has experimentado la paternidad de Dios? ¿Crees en Él sólo porque te lo han dicho o porque lo has experimentado y lo asumes como tu Padre, Amigo y Salvador? ¿Has vivido ese encuentro que cambia la existencia?

Entra en ti mismo y en el silencio déjate sorprender por su presencia que habita en cada uno de sus hijos. El está esperando para perdonarte, rehacerte y llenar tu vida de sentido. Desde esa experiencia de su Espíritu en ti, busca corresponder a su gracia. Sal de tus viejos miedos y egoísmos, y ponte manos a la obra. Sigue amando a Dios en cada prójimo que se te presenta. Entrégate al servicio, escucha, perdona, anuncia, reconcíliate también con ellos. Es la espiral del amor que Él como padre ha puesto en movimiento y quien le ama tan sólo busca seguir hasta el infinito.

Hoy repite confiado:

¡Oh, Dios, sé tu mi Padre!

Hazme experimentar tu amor íntimo y transformador.

Que yo no tema vivir como hijo tuyo.

 

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Meditación del domingo: guardar el corazón

Meditación del domingo: guardar el corazón

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Hijo mío… sobre todo, guarda tu corazón,
porque de él brota la vida (Prov 4, 23). 

 

Guarda tu corazón como guardaba María las palabras del ángel para que La Palabra tomara carne totalmente en ella y siguiera creciendo y dando vida más allá de ella. Guárdalo en  ese silencio donde resuena la voz de Dios. Aunque no entiendas sus designios siempre mayores, que tu corazón acepte lo que Él le confía.

Guarda y aguarda en tu corazón como aguardaron los magos la esperanza de los tiempos y siguieron su destello hasta el portal de la vida. Que tu corazón siga paso a paso la luz de Dios. Mira hacia lo alto, indaga, confía, ponte en camino y, sobre todo, adórale.

Guarda tu corazón, como el Señor en el desierto, que venció por su Palabra toda insinuación engañosa. Guarda esa Palabra. Asienta sobre ella cada paso de tu camino y roca a roca cada fortaleza que edifiques. Aunque vuelvan a asediarte las tentaciones, permanece inquebrantable en ser quien eres. Y tú eres quien ante Dios eres.

Guarda tu corazón como se guarda el tesoro encontrado en un campo por el que se vende todo lo que se posee para comprar el campo y ser del todo dueño de aquel tesoro. Justo eso: pon todo en juego por ser dueño de ti mismo. No pretendas arrebatarlo ni que te lo den de gratis. Conquista tu corazón, y solo así podrás ofrecerlo.

Guarda tu corazón como el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para rescatar la perdida. Porque así actúa el que ama. No deja perder nada de lo que le ha sido confiado y ha hecho parte de sí mismo. Por eso has de rescatar lo que tu corazón pueda haber perdido. Llénalo de la gracia de Dios para sanarlo y darle nueva vida hasta que pueda andar en libertad.

Guarda tu corazón como se prepara la semilla que has de esparcir sin escatimar, confiada a los designios de Dios y a la respuesta de sus hijos. Espera que dé frutos a tiempo y a destiempo. Confía en que podrá germinar una y otra vez en tantos renuevos cuantos suscite el Espíritu que renueva la faz de la tierra.

Guarda tu corazón cada alborada, cada día y cada noche cuando te retires a discernir, agradecer, a pedir nuevas gracias. Algunas veces lo harás subiendo al monte en soledad, otras con los amigos que querrás que te acompañen en tus horas decisivas y en las alegrías que repartas. Guarda tu corazón inclinándote para lavar sus pies antes de sentarlos a tu mesa. Ofréceles el pan de tu vida y el vino de tu pasión por darles todo lo que eres. Escúchales, sírveles, perdónales. Guárdales en tu corazón dilatado a la medida del corazón de Cristo, que lo ha dado todo para hacernos amar a todos. Y con él guarda tu camino hasta el Calvario, levantándote una, dos, tres y tantas veces cuantas puedas caer. Que lo importante es no fijarte en tu debilidad, sino en la fuerza del que te levanta.

Y con él, lucha. Defiende tu corazón con las armas de su combate. Porque tanto vale tu corazón que muchos querrán arrancártelo o hacer que se pierda detrás de cualquier pasión sin razón o cualquier razonamiento sin amor. Por eso revístelo con la coraza de la fe y protégelo con el escudo de la verdad. Con la espada de su Palabra anuncia, consuela, y hasta llegarás a levantar muertos. Tu yelmo, como el suyo, será de espinas, pero no temerás ser herido. Tampoco temerás la lanza que pueda atravesarte. Tu gran victoria será esa herida de tu corazón  unido al suyo. Herida fecunda, manantial de vida que mana incesantemente.

Porque ante todo, hijo, ese corazón custodiado te hará padre también a ti. Y para ser verdaderos padres, hermanos y amigos hemos venido a henchir esta tierra. Para eso el Dios-Hombre ha entregado por ella su corazón y así nos ha llenado por siempre de vida. La verdadera.

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Meditación de año nuevo

Meditación de año nuevo

1 de enero, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

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Lectura del libro de los Números (6,22-27):

EL Señor habló a Moisés:
«Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro
y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré».

Palabra de Dios

 

 

Meditación:

No digas: “es lo que toca”.

Como una carga, una fatalidad.

No digas

que la vida te ha tratado así;

pregúntate más bien cómo la estás tratando tú a ella.

En vez de decir: “es lo que toca”, di: “es lo que toco yo”.

O mejor aún: “hoy me dejo tocar por Dios”.

Su gracia está siempre tocando a tu puerta. Abre tu vida a Él.

Y así serán muchas las vidas que podrás tocar, transformar

con ese don único que te ha sido dado y espera por salir a la luz.

Multiplica los talentos que hasta ahora no has descubierto.

Son tantos que no te alcanzará solo breve paso por el mundo para maravillarte.

Necesitarás la eternidad.

Esa que comienzas cuando te acercas al fuego que te ha alcanzado.

No esperes la edad de jubilarte para empezar a vivir.

Descubre hoy en cada esfuerzo lo que responde a tus anhelos más puros.

Ofrece lo que eres. Es decir, date a ti mismo

y te encontrarás

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La Palabra del domingo: más que familia

La Palabra del domingo: más que familia

Solemnidad de la Sagrada Familia de Nazaret

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Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,13-15.19-23):

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»
José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»
Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

Palabra del Señor

 

Comentario:

El Hijo de Dios se ha hecho también Hijo del hombre. La comunión perfecta de la Trinidad encuentra un reflejo en la unidad de la familia de Nazaret. Así se hace palpable  que sí se puede vivir “en la tierra como en el cielo”.

También hoy nosotros estamos llamados a reproducir la vida de la Trinidad en nuestras relaciones con los todos, pero especialmente con los que nos son más cercanos, nuestra familia. Viviendo ese amor continuo que nos funde en UNO por el amor encontramos nuestra paz y nuestra más alta realización. Es una llamada que podemos empezar a vivir ahora mismo en el seno de nuestra familia, donde encontramos los primeros prójimos que Dios nos ha otorgado para amar sin reservas.

¿Qué nueva actitud puedo vivir en mi hogar para que podamos ser un reflejo cada vez más auténtico de la Trinidad?

Cuando en una familia hay verdadero amor, que significa acogida del otro, perdón, diálogo, allí está Dios en medio de ella. Esto tiene más valor que cualquier patrimonio o meta que se pueda alcanzar.

Meditemos ahora con estas palabras de Chiara Lubich:

Si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto vale.

Vale más que cualquier otro tesoro que
pueda poseer nuestro corazón:

más que la madre, que el padre, que los hermanos, que los hijos.

Vale más que la casa, que el trabajo, que la propiedad;

más que las obras de arte de una gran
ciudad como Roma,

más que nuestras ocupaciones, más que la naturaleza que nos rodea, con las flores y
los prados, el mar y las estrellas; ¡más que nuestra alma!

Él es quien, inspirando a sus santos con sus eternas verdades, hizo época en toda época.
También ésta es su era: no la de un santo, sino la de Él; de Él entre nosotros;

de Él viviente en nosotros, que construimos -en unidad de amor- su Cuerpo místico y la comunidad cristiana.

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Navidad del Señor. Saludos y meditación

Navidad del Señor. Saludos y meditación

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Queridos amigos,

En esta Navidad les hago llegar a todos mi más afectuoso saludo.

Hoy ofreceré la misa por las intenciones de todos los seguidores de esta página, pidiendo a Dios que les haga experimentar una Navidad en profunda unión con Él. Es el mejor regalo que puedo hacer a cada uno en esta fiesta.

También comparto con ustedes un texto de Chiara Lubich, que puede ser muy buena inspiración para todos.

 

“A Dios por el hermano”

“En esta Navidad lancémonos a amar a cada uno de los hermanos que encontremos durante el día.

Encendamos en nuestro corazón ese ardiente deseo que sin duda Dios quiere: el deseo de amar a cada prójimo, haciéndonos uno con él en todo, con un amor desinteresado y sin límites.

El amor reavivará relacines y personas y no permitirá que surjan deseos egoístas, es más, será el mejor antídoto de éstos.

Así en Navidad podremos preparar como regalo para Jesús, que viene, nuestro fruto rico y jugoso, y nuestro corazón inflamado y consumido por el amor”

Chiara Lubich

 

 

 

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La Palabra del domingo: hacia el Padre

La Palabra del domingo: hacia el Padre

IV domingo de adviento

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Palabra del Señor

 

Meditación:

María no fue la mujer de José porque él la usara o dominara, sino porque la amó. Así pudo ser el legítimo marido de quien era el huerto sellado y el jardín cerrado del Creador.
Porque no es nuestro lo que usamos o dominamos, sino lo que amamos.
Ese niño que crecería en el vientre de su mujer y luego en su propia casa era, efectivamente, el Hijo de Dios. No le pertenecía, sino que provenía de quien nos trasciende a todos, y hacia Él se dirigía. Pero José también era legítimamente su
padre. Porque es padre quien espera, quien se pospone a sí mismo para dar la primacía a Dios y hacer que su luz destelle en el corazón del hijo. Porque el estupor, la obediencia y la gratitud de todo auténtico padre forman parte de la lucha por vivir esa misión que, ciertamente, nos supera.

Un padre así no teme hacer que el niño y su madre atraviesen un desierto como forasteros, porque él les llevará de la mano bajo la mano de Dios. Así serán más fuertes que todos los poderes del mal, que no podrán alcanzarles.

Por eso el Hijo del Eterno, sería conocido como el “hijo del carpintero”. Porque este artesano habría enseñado al Logos Divino cosas tan simples como usar un martillo y limpiarse el polvo del camino, u otras tan sublimes como bendecir la mesa y cantar un salmo. Le habrá enseñado a cargar algunos leños cada día, sin saber que llegaría el día, el definitivo en que este hijo le recordaría agradecido al cargar el leño  donde estaría clavada la salvación del mundo.
Porque es padre quien deja vivir a su hijo, a su hija, más allá de sí mismo, sabiendo que la vida es siempre audaz, creativa y expansiva. A él tan solo le ha sido confiada para que
no se interrumpa este devenir. He aquí su propia grandeza. Pero mayor grandeza aún será cuando reciba la admiración del hijo que reconoce en él al hombre que ama a su
madre. Es decir, si llega a ser el hombre que enseña al hijo cómo debe ser amada una mujer y a la hija cómo merece ser amada.

Es padre quien hace silencio para que el hijo exprese cuanto le hizo aprender del primero y definitivo Padre suyo y nuestro. Así hasta que llegue el día en que pueda  sentarse como discípulo a aprender de aquel al que enseñó a dar sus primeros pasos sin dejarlo caído en sus tropiezos.

Porque le habrá hecho aprender de su propia paternidad a alzar los ojos para pedir ayuda al que puede levantarle. Y cuando llegue el día, y quiera Dios que a todos nos llegue, en que su hijo, su hija, se dirijan hacia un horizonte mayor, ese padre podrá seguir descendiendo. Se hará tan pequeño como para ser contenido ahora en el pequeño corazón y en cada minúscula fibra de esa simple persona que engendró a la vida y
ayudó a crecer. Simple individuo, sí, pero capaz de contener el mundo que aprendió a amar con todo su ser.

Porque dar la vida es enseñar a través del camino de la constancia, la prueba y el desapego, que el amor está siempre al principio y al final de toda vida por la que merezca la pena jugarse la misma vida.

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La Palabra del domingo: nueva vida 

La Palabra del domingo: nueva vida 

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Primera lectura: lectura del libro de Isaías (35,1-6a.10):

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Palabra de Dios.

Meditación:

Ante la súplica a Dios por parte del profeta : “Ojalá rasgases los cielos y descendieses” (Is 63, 19), nuestra conciencia nos mueve a decirnos a nosotros mismos: “ojalá luchara contra mis miserias y ascendiese”. Porque Dios no deja nunca de descender hasta nosotros. Somos nosotros los que nos frenamos en ascender hacia Él, aferrados a tantas cosas que nos esclavizan, relajando las exigencias del amor. ¡Cuánto necesitamos convertir dentro de nosotros y entre aquellos a los que amamos! Sólo así podremos llegar a decir a Dios:

Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia...”

Mira los montes de tus propios pecados, egoísmos y vicios que crees imposibles de superar. Mira ese abatimiento que acaba en la cerrazón de tu corazón a la nueva oportunidad que Dios siempre abre para quien le busca. Mira lo escarpado y vertiginosos que son esos abismos en los que quizá hayas caído. Pero no te quedes allí. Recibe la buena nueva de la salvación. ¡Dios ha venido en nuestro auxilio! Responde una y otra vez a su gracia, capaz de convertirlos en valle de luz y vida nueva. Así hasta completar con nuestra propia existencia la frase del profeta:

“...jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él. Sales al encuentro del que vive santamente y se acuerda de tus caminos

Vamos, no te desanimes. No desestimes de ese fuego que Él ha encendido en ti y hoy puede cobrar nueva vida. Sí, dándole a Él la oportunidad de que tu vida sea hecha de nuevo. Abre la pequeña ventana de la esperanza, por la que puede entrar una luz tan potente que ilumine toda tu casa. Alza tu mirada al cielo e invócale como el mismo Cristo nos enseñó: “¡Padre!”. Date cuenta que tenemos quien vele por nosotros. Dios mismo nos toma y nos acompaña a crecer. Déjate formar por él como arcilla dócil en las manos del mayor de los artistas:

Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano(Is 63, 17-64, 5).

 

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La Virgen Inmaculada, porvenir de la humanidad

La Virgen Inmaculada, porvenir de la humanidad

8 de diciembre: Inmaculada Concepción de la Virgen María

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Reproducimos las palabras de san Juan Pablo II en la tradicional visita de los Papas a venerar la imagen de la Inmaculada Virgen María en la Plaza de España en Roma en 1984

 

“Establezco hostilidades entre ti y la mujer… ella te herirá en la cabeza” (Gen 3, 15).

Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy. Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original:

“hostilidad”: lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.

Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.

Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.

La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.

Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.

Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado , entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.

Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta “hostilidad” que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el “padre de la mentira”, el “príncipe de las tinieblas” y, a la vez, el “príncipe de este mundo” (Jn 12, 31).

Tú, que “aplastas la cabeza de la serpiente”, no permitas que cedamos.
No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.
Oh, , Tú, victoriosa en tu Innmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerza de la gracia.
Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.
Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.
Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.
La heredad del pecado es extraña a Ti.
Eres “llena de gracia”.
Se abre en Ti el reino de Dios mismo.
Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.
Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.
¡Oh Inmaculada!
“Madre que nos conoces, permanece con tus hijos”.
Amén.

 

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La Palabra del domingo: venida de Dios

Queridos amigos:

Comenzamos nuevo Año y Tiempo litúrgicos. Después de haber recorrido tres veces desde 2010 las lecturas de los Cilos A, B  y C, ahora en estas entregas vamos a ensayar un nuevo estilo de comentarios a la Palabra. Serán menos explicativas y más meditativas, con marcado tono poético.

¡Espero que las disfruten! 

Padre Christian

La Palabra del domingo: la venida de Dios

I domingo de Adviento

 

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Lectura del santo Evangelio según San Mateo 24,37-44.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

 

 

Meditación:

Esta vida se nos escabulle como agua entre los dedos. Quisiéramos aferrar nuestros bienes, los momentos felices, la buena salud y los reconocimientos. Pero todo pasa. Cada cosa es caduca y no llega a saciar nuestros más profundos anhelos. Entonces alzamos la mirada y pedimos a Dios que se acerque a nosotros, que podamos alcanzar la plenitud de la vida, la paz y la felicidad. Con el profeta Isaías exclamamos:

¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”.

Es decir, pedimos a Dios que su reino de vida y verdad, de santidad y gracia, de justicia, amor y paz, se haga presente entre nosotros.

Dios no deja de con-moverse y atiende a esta súplica que Él mismo suscita en nosotros de antemano. En Cristo el cielo se abre y nos ofrece su reino. Con sus obras de amor y finalmente su muerte en la cruz, el Todopoderoso ha bajado hasta el más hondo sufrimiento y miseria humanas. El sudor de nuestras fatigas y las lágrimas de nuestros dolores son recogidas en el odre de su misericordia y las convierte en torrente de gracias.

Él ha querido dejar de ser distante y distinto al hombre. Si este es impulsado a ascender, a mirar más allá y no contentarse con una vida a ras de tierra, ahora Dios viene a su encuentro. Porque Él gusta en descender. Ahora a nosotros nos toca ascender.

Asciende quien no frustra, sino que responde a sus anhelos más altos. Quien no se conforma con lo mundano y busca lo eterno. Quien lucha contra su propia imperfección para ser más libre, más sabio, más santo. Ante estos sale al encuentro el Dios humilde que adoramos desde el pesebre hasta la cruz y el grito jubiloso de la Resurrección. Allí Él saca de su tumba todo lo que antes no encontraba más que la muerte y el olvido. Y hoy nos recuerda que hemos de estar preparados:

“A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre…”

 

 

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La Palabra del domingo: amar es reinar

La Palabra del domingo: amar es reinar

Domingo de Cristo Rey

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Del Evangelio según san Mateo (25, 31-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él

Todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no medieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán:

‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’

Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna’ ”.

Palabra del Señor.

 

Meditación:

¿De qué lado estamos? Es la pregunta que en hemos de responder en el examen definitivo de nuestra vida. Como vemos, ya Cristo nos ha revelado las preguntas con las que seremos evaluados: la caridad en sus múltiples aplicaciones. Aquí nos jugamos nuestro camino para encontrar a Dios y gozar eternamente del Reino que ha preparado para nosotros.

Con la Palabra de hoy cerramos el Año Litúrgico. Su ubicación en este domingo, entonces, nos habla de un cierre, y por tanto, de recoger el saldo de lo que se ha sembrado. Así nos tocará asumirlo en nuestro momento final, cuando tengamos que rendir cuentas de nuestra propia vida ante Aquel que nos la dio para que la supiéramos ofrecer con generosidad.

¿De qué lado quedaremos al momento del examen final de nuestra existencia? ¿Mereceremos la alabanza o el reproche, el premio o el castigo? Cada uno puede empezar a preparar hoy mismo esta respuesta, dejándose interpelar por este evangelio claro y contundente. Ante el Señor no hay medias tintas: “El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”, sentencia él mismo en otro pasaje. Él nos pide cuentas del amor vivido concretamente hacia el que ha necesitado de nosotros. Cada acción hecha u omitida hacia un hermano, Jesús la asume como hecha o dejada de hacer consigo mismo. Hoy podemos revisar cómo está nuestra vida de caridad para saber qué tan preparados estamos para responder al examen definitivo.

Es significativo que a la hora de interpelar a todos los que se han de presentar ante él, el Señor de cielos y tierra pide cuentas específicamente de la caridad. Porque también Jesús ha sintetizado todos los preceptos divinos en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Ahora sintetiza aún más el precepto y nos hace entender que todo queda referido en el amor que hayamos vivido hacia los hermanos. En el prójimo encontramos a Dios, por tanto, es la vía definitiva para alcanzarlo. Él está en el hambriento de alimento y también de atención; en el sediento físico y en el que padece sed espiritual; en el carente de ropas y en el que ve violentada su dignidad; en los presos de sí mismos y en los cautivos de toda clase de prisión. Ninguno de nosotros puede permanecer indiferente ante esta realidad.

Llama la atención que este pasaje del evangelio está dirigido por parte de Jesús específicamente a “los suyos”. A diferencia de otros pasajes, en los cuales interpela a los judíos o se acerca a los paganos, nuestro texto de hoy está dirigido específicamente a los que ya formamos parte de la comunidad cristiana, y que quizá hemos relajado la radicalidad de nuestra fe. El domingo pasado las lecturas nos revelaban que ya en los orígenes de la Iglesia muchos perdían el empuje inicial al comprobar que la segunda venida de cristo se retrasaba. Entonces se dejaban llevar sin más por el pensamiento de este mundo presente, ocupándose de los propios asuntos, procurando una vida acomodada y olvidando las necesidades de los demás. Ante esto Jesús nos exige la radicalidad del amor. No podemos cejar en nuestra caridad. Él se tarda, pero llegará, y lo hará precisamente “como ladrón en la noche”, cuando no se le esté esperando. Pero la caridad abre nuestros ojos para no perderlo de vista. En el amor vivido al hermano momento a momento podemos mantener esa vigilancia que nos hará presentarnos ante el Señor con el examen preparado.

Dios nos da hoy la oportunidad de ponernos a tono con respecto a las preguntas definitivas desde las que nos examinará. No dejemos pasar esta oportunidad de corregir lo que sea necesario, disponiéndonos a vivir una existencia plena de frutos de amor concreto hacia quien nos necesita. El premio será grande. Causa estupor pensar que también  sobre nosotros Él pronuncie las palabras: “Venid, benditos de mi Padre, entrad a tomar parte del reino preparado para vosotros”. ¿Nos vamos a perder esta recompensa?

 

Oremos con san Francisco de Asís:

 

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. 

Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar. 

Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

¡Amén!

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La Palabra del domingo: ¡Confiados!

La Palabra del domingo: sobre todas las cosas

Domingo XXXIII del tiempo ordinario

 

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Evangelio: Lucas 21, 5-19
“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.”Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”Él contesto: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca; no vayáis tras ellos.Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.”Luego les dijo: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.”

 

Comentario:

Cuando vemos nuestro contexto asediado de amenazas, cuando comprobamos que en esta vida todo pasa y es muy poco lo que nos da la verdadera seguridad y mucho menos la paz, tenemos que hacer una nueva elección de lo que más vale: Dios. Él es el ideal que nadie nos puede arrancar, la fuerza de vida que vence toda destrucción y todo mal. Él es la roca firme en quien podemos asentar con confianza nuestra existencia. ¿O pensamos que el Primer Mandamiento ocupa ese lugar por casualidad?

Medito qué significa el Primer Mandamiento en mi vida y propongo volver a amar a Dios por encima de todas las cosas.

Cuando elegimos a Dios nos hacemos capaces de reconocerlo allí donde Él está. Por eso no nos confunden las voces e insinuaciones atemorizantes. No tememos ante ninguna adversidad ni amedrentamiento. Cristo ya nos ha revelado dónde está Él: intercediendo por nosotros ante del Padre. También se nos ha mostrado tantas veces presente en su Palabra que hacemos vida, en el amor entre hermanos y en el perdón que estamos dispuestos a extender hacia todos. Está en la luz de la esperanza que nos hace ver más allá de la turbación y el dolor.

¿Estoy poniendo en práctica la Palabra de Dios o sólo me limito a escucharla sin atención?

El fruto de amar a Dios sobre todo y sobre todos es que nos reconocemos como hijos suyos. Experimentamos la cercanía de esa presencia que vence toda oscuridad y que nos ofrece gracia y fortaleza. En un mundo donde toda seguridad es insuficiente, volvamos este domingo hacia Aquel que nunca pasa, descubrámonos hijos suyos y comuniquemos esta alegría a todos.

¿A quién puedo anunciar hoy la fortaleza que encuentro en Dios?

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La Palabra del domingo: hijos de la resurrección

La Palabra del domingo: hijos de la resurrección

Domingo XXXI del tiempo ordinario

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Palabra del Señor

 

 Meditación:

La revelación de Dios es el acontecimiento más completo y a la vez el más sencillo que se ha dado sobre la tierra. Pero los seres humanos estamos heridos. El pecado endurece nuestros corazones y nos confunde. Por eso podemos complicar la buena y bella noticia de la Vida. De la vida eterna, que es la verdadera. El saduceo de este pasaje es un claro ejemplo de cómo tendemos a reducir la trascendencia y lo imprevisible de Dios en nuestras pequeñas y mezquinas categorías. Porque los saduceos eran un grupo del judaísmo que no creía en la resurrección de los muertos. Limitaban el horizonte de sus anhelos sólo a lo que se pudiera conseguir en los pocos años que pasamos en este mundo. Entendían la salvación como algo meramente histórico, económico y político. No esperaban nada más.

¿Pongo mi mayor esperanza en lo caduco de esta vida o anhelo y lucho por la vida eterna?

Cristo desenreda la maraña del saduceo con una sencilla frase: “para Dios todos viven”. Dios Y propone este vivir en Dios no como una inmortalidad sin más, sino como la plenitud de la existencia en su presencia: “son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección”. Es decir, la vida eterna que Cristo ha venido a ganarnos con su cruz es llegar a participar de la misma gloria de su Pascua: la victoria sobre el pecado y el mal, el estar completos en nosotros mismos, libres y fuertes para alabar a Dios sin reservas ni parcialidades.

En un momento de silencio pido a Dios experimentar un poco de esa plenitud que él me ofrece, sin complicar su evangelio con miedos ni argumentos retorcidos.

Cuando se vive en esta fe, vemos en su justa perspectiva tanto de lo que nos agobia de la vida presente: los bienes, las apariencias, incluso la propia salud y la propia vida física. Es lo que nos deja ver el duro y potente relato del martirio de los hermanos Macabeos en la primera lectura de hoy. Uno tras otro ofrecieron sus vidas sin reparos en fidelidad a Dios y para alabanza suya. Su fuerza venía de una certeza: “vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará”. Este mensaje va en contracorriente de todo lo que nos propone nuestra sociedad blanda y descomprometida, que promueve el pecado y la mediocridad también con argumentos muy falaces. Ante todo ello sólo las personas convencidas y coherentes pueden oponer hoy la respuesta necesaria: el testimonio de la fe que ofrece la vida eterna. La victoria es para quien pone todo en juego por lo que no es para nada un juego, sino lo más serio que pueda pensarse: ser tan libre como para ofrecer la propia vida por amor. 

Pero, ¿dónde encontramos la fuerza para vivir con esta radicalidad? Pues en la misma fuerza y victoria de Cristo que se nos da en cada Eucaristía. Allí lo más grande se hace lo más sencillo. El infinito amor de Cristo se nos da como pan y vino para hacernos un solo Cuerpo en alabanza al Padre con él y en él. Allí toda caduca esperanza se abre a la eternidad. Toda pequeñez es elevada a la mayor grandeza. Todo miedo y mediocridad son empujados hacia la santidad.

Este domingo me dispongo en cuerpo y alma para participar en la Eucaristía con la fe de encontrar en ella luz y fuerza para seguir creciendo hacia la plenitud de Dios.

 

 

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La Palabra del domingo: mirada que transforma

La Palabra del domingo: mirada que transforma

Domingo XXXI del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,1-10):

EN aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad.
En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo:
«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo:
«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor:
«Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
Jesús le dijo:
«Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor

 

Para contemplar la densidad de este pasaje del evangelio, tenemos que remontarnos más atrás en la historia de la Salvación. Porque se nos dice que Jesús está entrando en Jericó, que no es cualquier lugar, sino que en la Biblia representa un paso decisivo en el camino de Dios con sus hijos. Porque el libro de Josué nos dice que Israel, después ser liberado de la esclavitud de Egipto y de ser purificado por cuarenta años en el desierto, por fin tiene delante la Tierra Prometida. Pero para asentarse en ella, debe primero conquistar la ciudad de Jericó, de fuertes murallas. Y para abatirlas, no ha de emprender ningún asalto ni estratagema militar. Ha de obedecer a la palabra de Dios, que le ordena rondar siete veces en procesión la ciudad mientras eleva cánticos de alabanza a su Dios. Al sonido de la trompeta final, los muros caen, Israel toma la ciudad y desde allí el resto de la tierra que Dios quería entregarle.

Esa tierra representa hoy todo lo que Dios te ofrece para que te enseñorees: tu familia, tus responsabilidades, tu misión en esta vida. Lo has de conquistar mediante tu fidelidad a Él, buscándole, siguiéndole, cambiando todo lo que debes enmendar en tu propia vida.

Fijémonos que Jesús también tiene algo por conquistar en Jericó antes alcanzarnos la definitiva liberación por su muerte y resurrección en Jerusalén: el corazón de un pecador, Zaqueo. Por la fuerza de su palabra, el Señor hace que caigan los muros de su soberbia y corrupción. Zaqueo se convierte, enmienda el daño causado y así puede hacerse discípulo del definitivo reino de Dios. Así se realiza en él lo que anuncia la primera lectura de hoy: “tú corriges poco a poco a los perdidos, los reprendes y les recuerdas su pecado, para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor”.

Como Zaqueo, también nosotros tenemos que alzarnos por encima de nuestra pequeñez, del pecado que nos impide ver a Dios. También de las muchedumbres con sus ruidos y condenas, para ver y hacernos ver por Cristo. Ver y también escuchar. Escucha profunda, atenta y transformadora, que nos hace capaces de asumir toda sus exigencias. De ahí nace la adoración que hace caer las murallas de nuestra soberbia y nuestras máscaras. Seremos vistos por Él tal como somos y como hemos de llegar a ser, pues ha venido a rescatar lo que corría el riesgo de perderse. Presentémonos ante Dios sin mezquindad, abriéndole las puertas de todo nuestro ser y reparando de manera concreta y comprometida el daño que hayamos podido causar alguna vez.

¿Qué aspectos de mi vida pondré bajo la mirada del Señor para que Él los redima?

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La Palabra del domingo: andar en verdad

La Palabra del domingo: andar en verdad

XXX domingo del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”.

El incipit del evangelio de hoy ya señala todo su contenido. Cristo está dando una advertencia sobre la adecuada actitud que se debe tener ante Dios. Parece paradójico, pero en nuestra propia vida no somos nosotros mismos los protagonistas. Para alcanzar la verdadera Vida, la eterna, el protagonista debe ser Dios. Hacia Él debe dirigirse nuestra atención tanto para agradecer como para pedir perdón. Por algo el Primer Mandamiento es justamente eso, el primero…

El domingo pasado notábamos cuánto valora Cristo la gratitud, hasta el punto de que aquel leproso agradecido no sólo quedó curado, sino también salvado. ¿Qué pasa entonces con el fariseo de hoy, pues parece que se acerca a Dios para elevar una detallada acción de gracias? Su problema es que pretende estar orando, cuando más bien está embelesado ante sí mismo, como el mito de Narciso que se ahoga en las aguas donde se complacía mirando su propia imagen. Su dar gracias a Dios es sólo un formalismo retórico, pues su interés no es alabarle, sino enaltecerse a sí mismo. Esto no sólo le aleja de Él, sino también de los demás hombres, a quienes desprecia y mira por encima. Sólo le importan para compararse y sentirse superior a ellos.

¿Reconozco que “todo es gracia” y por tanto no puedo vanagloriarme en mi supuesta superioridad moral?

“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Los publicanos eran “pecadores públicos”, gente de mala fama por pecados conocidos o por colaborar de algún modo con los que quedaban fuera del pueblo elegido. Pero la actitud del publicano en concreto le acerca más a Dios que la aparente santidad del que pretendía el primer lugar. Porque este hombre también se mira a sí mismo, pero lo hace en la humildad con una súplica que se dirige hacia el centro mismo del corazón de Dios: su misericordia. A la vez, reconoce con valentía la verdad sobre sí mismo: es un pecador que necesita ser salvado. Sólo en alguien así puede actuar la gracia del Redentor. Porque no hay nadie tan santo que no necesite pedir perdón ni nadie tan pecador a quien Dios no pueda ofrecérselo.

Hoy tomo conciencia de mi condición de pecador y me pongo en presencia de Dios para pedir con humildad su perdón.

“Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. La actitud del publicano nos muestra que la humildad es el camino para salir de la culpabilidad y nos pone en el plano de la responsabilidad. Este hombre no se atrevía a levantar la cara ante Dios, ni ponerse de primero en el lugar santo. Sin embargo, se presenta ante Él. No se esconde como el viejo Adán, ni le es indiferente como tantos hoy en día. Porque no es humilde quien sólo se lamenta de sus culpas y queda enfangado en ellas. “La humildad es andar en verdad delante de la misma Verdad”, ha dicho santa Teresa de Jesús. Es humilde quien tiene la valentía de reconocer sus propios pecados, pero sin quedarse en ellos, sino presentándose con responsabilidad a Quien le abre el camino de la Bienaventuranza. Todo esto está comprendido para nosotros hoy en el sacramento de la Confesión, que comienza con el examen de conciencia y el dolor por los pecados cometidos, tiene su centro en la confesión sincera y humilde ante Dios y ante otro ser humano puesto por Él para ofrecerle la reconciliación y supone también el propósito de enmienda y la reparación, que son las acciones virtuosas que ha de llevar a cabo el pecador perdonado para vencer lo que le ha hundido y poner el amor y la justicia donde haya dejado de hacerlo.

El salmo 31 es la síntesis poética de todo que estamos describiendo. Meditemos y oremos con él…

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte
.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

¡Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero!

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La Palabra del domingo: Sin bajar la guardia

La Palabra del domingo: Sin bajar la guardia

Domingo 29º del tiempo ordinario

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Evangelio: Lucas 18, 1-8

“Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan”

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin cansarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.”Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.””Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

Comentario:

Orar sin cansarse: aquí Cristo no se refiere a una fatiga física o mental en la oración, sino a perder la fe en que a través de ella conseguimos la gracia que Dios nos quiere ofrecer. Las lecturas de hoy coinciden en la necesidad de favorecer los medios para mantenernos en un trato continuo con Dios y disponer todos los medios para que Él pueda actuar en nuestra vida.

¿Soy constante en mi oración o me desanimo cuando no veo resultados inmediatos?

La actitud de la viuda nos habla de constancia en la oración, pero a la vez de audacia y hasta “ejercer presión” hacia Dios para conseguir de Él lo que nos corresponde como hijis suyos. Esta enseñanza es aún más clara cuando Jesús nos hace ver que ante todo Él es Padre, por lo cual podemos pedirle con la certeza de que quiere lo mejor para nosotros y que posiblemente está esperando que volvamos a Su presencia para darnos todo lo que necesitamos.

¿Me dirijo a Dios como Juez o como Padre?

El punto final de la parábola nos muestra que está referida a la fe. La oración es el camino y alimento para que esta crezca en nosotros. Más que orar para pedir cosas, tenemos que hacerlo para crecer en la conciencia de que somos hijos amados que podemos contar con la solicitud de nuestro Padre.

¿Cómo puedo crecer en la fe durante esta semana?

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La Palabra del domingo: Gracias

La Palabra del domingo: Gracias

Domingo XXVIII del tiempo ordinario

 

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Evangelio: Lucas 17, 11-19
“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”Al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes.”Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.Éste era un samaritano.Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Palabra del Señor

 

Comentario:

“Gracias”, una palabra que muchos pueden decir por cortesía o mero formalismo, pero que encierra en sí una realidad profunda y transformadora. Porque el que abre los ojos hacia la realidad sobrenatural descubre verdaderamente que “todo es gracia”, y se pregunta maravillado “¿Qué tengo que no haya recibido?”, como san Pablo decía los nuevos creyentes (1Co 4, 7). Todo nos viene de parte de Dios, que actúa también a través del amor y el esfuerzo de quienes comparten su vida con nosotros.

¿Cómo responderé a todas las gracias que recibo de Dios y de los demás?

La primera lectura nos pone el ejemplo de Naamán, el pagano que luego de recibir la sanación del Señor pide llevar consigo un poco de tierra del lugar santo para seguir ofreciéndole culto. En el evangelio, el samaritano sanado es el único que recibe también la salvación por parte de Jesús. Así nos muestran las lecturas que el mejor tributo que podemos ofrecer en correspondencia a las maravillas que recibimos es ofrecer nuestra propia adoración, que como cristianos experimentamos en la “Acción de gracias” por excelencia, la Eucaristía.

¿Participo de la Eucaristía con espíritu de gratitud y alabanza?

Aunque los términos “sanación” y “salvación” en su origen latino se expresan con la nmisma palabra “salus – salutis”, no es lo mismo ser sanado que ser salvado. Podemos recibir los dones de Dios, por ejemplo una curación física o un milagro, sin que por ello correspondamos con nuestra adhesión y seguimiento a Él. Fue lo que ocurrió con los nueve leprosos curados que no volvieron donde Jesús. En cambio, la actitud del agradecido nos muestra que cuando entramos en la presencia del Señor encontramos nuestra plenitud y todo cobra sentido. ¡Que también a nosotros nos diga el Señor: “Tu fe te ha salvado”!

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La Palabra del domingo: semilla que ha de crecer

La Palabra del domingo: semilla que ha de crecer

Domingo XXVII del tiempo ordinario

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,5-10):

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Todos buscamos lo que da la vida y se nos venden tantas respuestas para alcanzarlo, pero nada termina de saciarnos, de responder totalmente a nuestros anhelos más profundos. La fe es lo que verdaderamente da la vida. Es ese don que Dios coloca como minúscula semilla en lo más íntimo de cada persona y allí nos da la verdad, nos llena de la fuerza y la paz que van creciendo hasta hacernos vivir en plenitud. ¡Esos son nuestros grandes anhelos! La Palabra de este domingo nos deja claro que la fe es mucho más que creer que Dios existe o sentirnos en paz con él. Ese es apenas el principio. La fe se ejercita como una disposición activa que tenemos que avivar una y otra vez.

“…Al menos como un granito de mostaza…” Es la respuesta al pesimismo y la poca valoración que a veces damos a lo que vivimos. No hay nada pequeño si ha sido hecho por amor. Para Dios no cuenta lo llamativo, sino la autenticidad de lo que se siembra: Él se encarga de hacerlo germinar. ¿Acaso esto nos habla de desentendernos de la siembra? Para nada. Nos enseña más bien que debemos continuar esparciendo la semilla de las buenas obras, que son las Palabras de vida, en cada lugar en que estamos presentes. Hay árboles que germinan muy pronto, otros pueden tardar más. Pero lo cierto es que nuestro Padre no deja de hacer germinar la simiente que hayamos sembrado sin mezquindad.

¿Cuáles son esos “pequeños” actos de amor que hoy debo valorar?

“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” Quiera Dios que nos podamos presentar así en su presencia: como los siervos que han hecho lo que debían hacer. En la adoración y la fidelidad a Él está nuestra felicidad. Estar en su presencia, nuestra mayor recompensa. Que podamos descubrir en cada acto del día la oportunidad para ser siervos fieles. Lo que nos toca vivir puede dejar de ser una carga o una desgracia, si descubrimos en la voluntad de Dios lo que debemos vivir en plenitud.

¿Cómo puedo vivir mis obligaciones de este día para transformarlas en ocasiones de encuentro con Él y motivos para mi propia santificación?

 

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La Palabra del domingo: Relación

La Palabra del domingo: Relación

Domingo XX del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. “Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.”Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.”El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

 

Comentario:

Con el lenguaje llano y didáctico de sus parábolas, Jesús nos enseña hoy la profundidad de la vocación del ser humano, que se juega su destino último en medio de la historia. Ya el pasado domingo nos mostraba el evangelio que no podemos servir a dos amos, a Dios y al dinero. Hoy continúa presentando las riquezas como un poder que esclaviza al hombre y deforma su identidad más auténtica.

¿Cómo he vivido mi relación con los bines materiales esta semana?

La clave para comprender esta parábola está en la pérdida de las relaciones por parte de quien se deja cegar por los bienes pasajeros. El hombre rico, del cual no se conoce ni el nombre, está tan centrado en su propia saciedad y disfrute que ha perdido toda relación: Hay un pobre a su puerta a quien conoce, pero es incapaz de solidarizarse con él; se sabe descendiente de Abrahán, pero esto no le hace vivir como hijo de Dios y hermano de quien le necesita. Al final está abandonado a su hartazgo, se ha amado tanto a sí mismo que ha perdido todo amor por los otros y, en definitiva, por el mismo Dios.

¿Cómo estoy viviendo mis relaciones de amor con Dios y con mi prójimo?

“Que escuchen a los profetas”. El rico parece preocuparse por sus hermanos que quedan en su casa… Pero ¿acaso Lázaro no era también su hermano, hijo de Abrahán como pretende ser él? He aquí el gran desafío de la parábola: sincerar nuestras relaciones, no parcializando el amor ni cerrándonos en nuestro pequeño círculo. Eso es lo que causa el apego hacia lo material, que todos necesitamos purificar. En un mundo desigual e injusto encontramos a nuestra puerta otros hermanos que esperan que tendamos nuestra mano hacia ellos, que prolonguemos el amor de Dios que todo ofrece y todo reúne.

¿Quiénes son los pobres a quienes puedo abrir ahora a la puerta de mi atención y ayuda?

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La Palabra del domingo: Un solo Señor

La Palabra del domingo: Un solo Señor

Domingo XXV del tiempo ordinario

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Evangelio: Lucas 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.”El administrador se puso a echar sus cálculos:”¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. “Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”Éste respondió: “Cien barriles de aceite.”Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.”Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”Él contestó: “Cien fanegas de trigo.”Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta.”Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.”

Palabra del Señor

 

Comentario:

La Palabra de este domingo es clara: Dios es uno solo, por eso no podemos desvirtuar su adoración yéndonos detrás de los ídolos materiales. Jesús pone especial atención al uso del dinero, que si no es bien vivido puede perder al hombre en las trampas de la avaricia, la corrupción y la infidelidad.

¿Mi uso de los bienes entra en conflicto con mi fe?

No se puede servir a dos señores al mismo tiempo. Uno solo es el fin de nuestra vida: Dios. El otro, el dinero, es un medio, que para no convertirlo en ídolo tenemos que aprender a relativizarlo y ponerlo al servicio del premio futuro. El amo de la parábola alaba la habilidad del administrador que supo renunciar a la comisión que le correspondía de los bienes para hacerse amigos que le recibieran. Así nosotros tenemos que aprender a posponer los bienes de este mundo en función del premio definitivo que esperamos alcanzar.

El mayor bien que podemos poner a circular es la caridad concreta hacia los hermanos que nos necesitan. Por tanto… ¿A quién ayudaré hoy con mis propios bienes?

La Palabra de hoy nos enseña también a hacer un buen uso de la inteligencia y el manejo de todo lo que corre por nuestras manos. Todo lo que Dios nos encomienda en la vida debemos ponerlo en función del servicio a Él y a los hermanos. Si no hacemos así, ¿Dé qué nos sirven los bienes que manejamos? Recordemos: No somos dueños de nada en esta vida, sólo administradores por un tiempo.

¿Administro mis bienes con justicia y sentido de trascendencia o me apego injustamente a ellos?

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: ¿Qué hijo soy?

La Palabra del domingo: ¿Qué hijo soy?

Domingo XXIV del tiempo ordinario

 

hijo pródigo (2)

Del evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. “
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, “
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Con la parábola del Padre Misericordioso llegamos al centro luminoso de todo el evangelio. Desde Adán hasta Jesús, toda la historia de la salvación se ha ido desarrollando para llegar hasta aquí, donde se nos revela plenamente quién es Dios y quiénes somos nosotros. Él es el padre humilde, valiente y misericordioso que aparece en estas líneas. Por amor se pone por debajo de sus dos hijos, respetando su libertad y manteniendo su corazón abierto para acogerles en su alegría y bondad. No les juzga ni condena, no les coarta ni detiene sus pasos. Les espera, se arriesga a ser rechazado en su amor y, sobre todo, no deja de tener abiertas las puertas de su casa hasta que reconozcan plenamente su dignidad de hijos suyos. Cada uno debe ahora dar el paso de convertirse en qué idea tiene acerca de él para descubrirle en su verdad.

En un silencio de adoración, hago el vacío de cualquier imagen errada que pueda tener sobre Dios -policía, juez, verdugo, ser lejano y desinteresado-. Luego le pido la gracia de contemplarle como realmente ES.

El hijo menor somos cada uno de nosotros cuando le damos la espalda a Dios y pretendemos arrancarle lo que ya Él nos ha ofrecido: nuestra libertad. Aún así, Él vuelve a darnos lo que exigimos y hasta más, dejando que nos aventuremos lejos de su presencia. Sabe que su amor tiene una fuerza mayor que por sí sola nos hará volver. Nos deja marchar y espera…

Lejos de Él, lo perdemos todo. Fuera de su presencia, la ruina, impotencia y oscuridad. El mero instinto por sobrevivir nos mueve a volver a casa, incluso por un interés egoísta. Emprendemos el camino de vuelta tan atribulados por lo que hemos hecho que creemos merecer la humillación y ser tratados como esclavos. Cuando ya avistamos la casa paterna, advertimos una luz en la ventana. Él nos aguarda. No espera que lleguemos y nos sale al encuentro… “Padre, he pecado… no merezco… trátame como a un esclavo…”. Pero Él se nos echa al cuello y nos llena de besos: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Nos cambia los harapos por vestiduras, sandalias y anillo de dignidad, manda a celebrar en grande.

¿Me veo a mí mismo como merecedor de tanto amor? ¿Soy consciente de mí dignidad de hijo libre y amado por Dios o me considero su esclavo? ¿Tomo parte en su banquete o me conformo con las migajas?

También somos el hijo mayor cuando no dejamos que Dios sea nuestro padre. “hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo…”. Estamos siempre en su presencia, pero no le amamos. No experimentamos la alegría de ser sus hijos por autoimponernos las exigencias de un dueño castigador. Mucho menos somos capaces de reconocer al otro como hermano, perdonarle y alegrarnos por su conversión. Y nos rehusamos a entrar en casa. No pensamos como el padre (“ese hijo tuyo...”) y aunque hayamos estado siempre con él, en verdad añorábamos otras compañías (“banquetear con mis amigos”). Cumplimos como empleados ante un jefe o como inquilinos ante un casero. No como hijos. Y es allí donde está el gran regalo y la gran tarea de nuestra conversión.

¿Cuántas de mis autoexigencias, incluso “religiosas”, me alejan de la casa del Padre? ¿Cuántas imágenes erradas mantengo acerca de Él, sin haberle conocido íntimamente? ¿A quién adoro en realidad, a Dios que es Amor o a un ídolo que me voy formando?

 

Oro y contemplo con este poema…

 

Él ha salido a nuestro encuentro

cuando todavía éramos duda

 

¡Brazos al cuello, besos!

Caemos de rodillas.

No dejamos

que nadie diga nada.

 

Llanto de amor se vuelve claridad.

 

La vida

como un asalto de amor al cielo.

 

Entregaste todo, lo gastamos…

¡Encontramos!

 

Fecunda

es la tierra en brotes sorpresivos.

A tus hijos

el torrente baña desde dentro.

Y el pan

a tu mesa es algazara.

Ganancia

se hizo

            la entrega.

Encuentro,  

                   la espera.

El canto

                 toma el sitio del silencio,

el abrazo

                 cubre la otrora distancia.

 

 

(Christian Díaz Yepes, del libro Aquedah, 2013)