Publicado en Christian Díaz Yepes

La Virgen Inmaculada, porvenir de la humanidad

La Virgen Inmaculada, porvenir de la humanidad

8 de diciembre: Inmaculada Concepción de la Virgen María

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Reproducimos las palabras de san Juan Pablo II en la tradicional visita de los Papas a venerar la imagen de la Inmaculada Virgen María en la Plaza de España en Roma en 1984

 

“Establezco hostilidades entre ti y la mujer… ella te herirá en la cabeza” (Gen 3, 15).

Estas palabras pronunciadas por el Creador en el jardín del Edén, están presentes en la liturgia de la fiesta de hoy. Están presentes en la teología de la Inmaculada Concepción. Con ellas Dios ha abrazado la historia del hombre en la tierra después del pecado original:

“hostilidad”: lucha entre el bien y el mal, entre la gracia y el pecado.

Esta lucha colma la historia del hombre en la tierra, crece en la historia de los pueblos, de las naciones, de los sistemas y, finalmente de toda la humanidad.

Esta lucha alcanza, en nuestra época, un nuevo nivel de tensión.

La Inmaculada Concepción no te ha excluido de ella, sino que te ha enraizado aún más en ella.

Tú, Madre de Dios, estás en medio de nuestra historia. Estás en medio de esta tensión.

Venimos hoy, como todos los años, a Ti, Virgen de la Plaza de España, conscientes más que nunca de esa lucha y del combate que se desarrolla en las almas de los hombres, entre la gracia y el pecado , entre la fe y la indiferencia e incluso el rechazo de Dios.

Somos conscientes de estas luchas que perturban el mundo contemporáneo. Conscientes de esta “hostilidad” que desde los orígenes te contrapone al tentador, a aquel que engaña al hombre desde el principio y es el “padre de la mentira”, el “príncipe de las tinieblas” y, a la vez, el “príncipe de este mundo” (Jn 12, 31).

Tú, que “aplastas la cabeza de la serpiente”, no permitas que cedamos.
No permitas que nos dejemos vencer por el mal, sino que haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.
Oh, , Tú, victoriosa en tu Innmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerza de la gracia.
Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.
Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la mima naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.
Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.
La heredad del pecado es extraña a Ti.
Eres “llena de gracia”.
Se abre en Ti el reino de Dios mismo.
Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.
Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las consciencias.
¡Oh Inmaculada!
“Madre que nos conoces, permanece con tus hijos”.
Amén.

 

Publicado en Christian Díaz Yepes

La Palabra del domingo: venida de Dios

Queridos amigos:

Comenzamos nuevo Año y Tiempo litúrgicos. Después de haber recorrido tres veces desde 2010 las lecturas de los Cilos A, B  y C, ahora en estas entregas vamos a ensayar un nuevo estilo de comentarios a la Palabra. Serán menos explicativas y más meditativas, con marcado tono poético.

¡Espero que las disfruten! 

Padre Christian

La Palabra del domingo: la venida de Dios

I domingo de Adviento

 

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Lectura del santo Evangelio según San Mateo 24,37-44.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

 

 

Meditación:

Esta vida se nos escabulle como agua entre los dedos. Quisiéramos aferrar nuestros bienes, los momentos felices, la buena salud y los reconocimientos. Pero todo pasa. Cada cosa es caduca y no llega a saciar nuestros más profundos anhelos. Entonces alzamos la mirada y pedimos a Dios que se acerque a nosotros, que podamos alcanzar la plenitud de la vida, la paz y la felicidad. Con el profeta Isaías exclamamos:

¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”.

Es decir, pedimos a Dios que su reino de vida y verdad, de santidad y gracia, de justicia, amor y paz, se haga presente entre nosotros.

Dios no deja de con-moverse y atiende a esta súplica que Él mismo suscita en nosotros de antemano. En Cristo el cielo se abre y nos ofrece su reino. Con sus obras de amor y finalmente su muerte en la cruz, el Todopoderoso ha bajado hasta el más hondo sufrimiento y miseria humanas. El sudor de nuestras fatigas y las lágrimas de nuestros dolores son recogidas en el odre de su misericordia y las convierte en torrente de gracias.

Él ha querido dejar de ser distante y distinto al hombre. Si este es impulsado a ascender, a mirar más allá y no contentarse con una vida a ras de tierra, ahora Dios viene a su encuentro. Porque Él gusta en descender. Ahora a nosotros nos toca ascender.

Asciende quien no frustra, sino que responde a sus anhelos más altos. Quien no se conforma con lo mundano y busca lo eterno. Quien lucha contra su propia imperfección para ser más libre, más sabio, más santo. Ante estos sale al encuentro el Dios humilde que adoramos desde el pesebre hasta la cruz y el grito jubiloso de la Resurrección. Allí Él saca de su tumba todo lo que antes no encontraba más que la muerte y el olvido. Y hoy nos recuerda que hemos de estar preparados:

“A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre…”

 

 

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La Palabra del domingo: amar es reinar

La Palabra del domingo: amar es reinar

Domingo de Cristo Rey

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Del Evangelio según san Mateo (25, 31-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él

Todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no medieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán:

‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’

Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna’ ”.

Palabra del Señor.

 

Meditación:

¿De qué lado estamos? Es la pregunta que en hemos de responder en el examen definitivo de nuestra vida. Como vemos, ya Cristo nos ha revelado las preguntas con las que seremos evaluados: la caridad en sus múltiples aplicaciones. Aquí nos jugamos nuestro camino para encontrar a Dios y gozar eternamente del Reino que ha preparado para nosotros.

Con la Palabra de hoy cerramos el Año Litúrgico. Su ubicación en este domingo, entonces, nos habla de un cierre, y por tanto, de recoger el saldo de lo que se ha sembrado. Así nos tocará asumirlo en nuestro momento final, cuando tengamos que rendir cuentas de nuestra propia vida ante Aquel que nos la dio para que la supiéramos ofrecer con generosidad.

¿De qué lado quedaremos al momento del examen final de nuestra existencia? ¿Mereceremos la alabanza o el reproche, el premio o el castigo? Cada uno puede empezar a preparar hoy mismo esta respuesta, dejándose interpelar por este evangelio claro y contundente. Ante el Señor no hay medias tintas: “El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”, sentencia él mismo en otro pasaje. Él nos pide cuentas del amor vivido concretamente hacia el que ha necesitado de nosotros. Cada acción hecha u omitida hacia un hermano, Jesús la asume como hecha o dejada de hacer consigo mismo. Hoy podemos revisar cómo está nuestra vida de caridad para saber qué tan preparados estamos para responder al examen definitivo.

Es significativo que a la hora de interpelar a todos los que se han de presentar ante él, el Señor de cielos y tierra pide cuentas específicamente de la caridad. Porque también Jesús ha sintetizado todos los preceptos divinos en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo. Ahora sintetiza aún más el precepto y nos hace entender que todo queda referido en el amor que hayamos vivido hacia los hermanos. En el prójimo encontramos a Dios, por tanto, es la vía definitiva para alcanzarlo. Él está en el hambriento de alimento y también de atención; en el sediento físico y en el que padece sed espiritual; en el carente de ropas y en el que ve violentada su dignidad; en los presos de sí mismos y en los cautivos de toda clase de prisión. Ninguno de nosotros puede permanecer indiferente ante esta realidad.

Llama la atención que este pasaje del evangelio está dirigido por parte de Jesús específicamente a “los suyos”. A diferencia de otros pasajes, en los cuales interpela a los judíos o se acerca a los paganos, nuestro texto de hoy está dirigido específicamente a los que ya formamos parte de la comunidad cristiana, y que quizá hemos relajado la radicalidad de nuestra fe. El domingo pasado las lecturas nos revelaban que ya en los orígenes de la Iglesia muchos perdían el empuje inicial al comprobar que la segunda venida de cristo se retrasaba. Entonces se dejaban llevar sin más por el pensamiento de este mundo presente, ocupándose de los propios asuntos, procurando una vida acomodada y olvidando las necesidades de los demás. Ante esto Jesús nos exige la radicalidad del amor. No podemos cejar en nuestra caridad. Él se tarda, pero llegará, y lo hará precisamente “como ladrón en la noche”, cuando no se le esté esperando. Pero la caridad abre nuestros ojos para no perderlo de vista. En el amor vivido al hermano momento a momento podemos mantener esa vigilancia que nos hará presentarnos ante el Señor con el examen preparado.

Dios nos da hoy la oportunidad de ponernos a tono con respecto a las preguntas definitivas desde las que nos examinará. No dejemos pasar esta oportunidad de corregir lo que sea necesario, disponiéndonos a vivir una existencia plena de frutos de amor concreto hacia quien nos necesita. El premio será grande. Causa estupor pensar que también  sobre nosotros Él pronuncie las palabras: “Venid, benditos de mi Padre, entrad a tomar parte del reino preparado para vosotros”. ¿Nos vamos a perder esta recompensa?

 

Oremos con san Francisco de Asís:

 

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. 

Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar. 

Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

¡Amén!

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La Palabra del domingo: ¡Confiados!

La Palabra del domingo: sobre todas las cosas

Domingo XXXIII del tiempo ordinario

 

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Evangelio: Lucas 21, 5-19
“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.”Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”Él contesto: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca; no vayáis tras ellos.Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.”Luego les dijo: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.”

 

Comentario:

Cuando vemos nuestro contexto asediado de amenazas, cuando comprobamos que en esta vida todo pasa y es muy poco lo que nos da la verdadera seguridad y mucho menos la paz, tenemos que hacer una nueva elección de lo que más vale: Dios. Él es el ideal que nadie nos puede arrancar, la fuerza de vida que vence toda destrucción y todo mal. Él es la roca firme en quien podemos asentar con confianza nuestra existencia. ¿O pensamos que el Primer Mandamiento ocupa ese lugar por casualidad?

Medito qué significa el Primer Mandamiento en mi vida y propongo volver a amar a Dios por encima de todas las cosas.

Cuando elegimos a Dios nos hacemos capaces de reconocerlo allí donde Él está. Por eso no nos confunden las voces e insinuaciones atemorizantes. No tememos ante ninguna adversidad ni amedrentamiento. Cristo ya nos ha revelado dónde está Él: intercediendo por nosotros ante del Padre. También se nos ha mostrado tantas veces presente en su Palabra que hacemos vida, en el amor entre hermanos y en el perdón que estamos dispuestos a extender hacia todos. Está en la luz de la esperanza que nos hace ver más allá de la turbación y el dolor.

¿Estoy poniendo en práctica la Palabra de Dios o sólo me limito a escucharla sin atención?

El fruto de amar a Dios sobre todo y sobre todos es que nos reconocemos como hijos suyos. Experimentamos la cercanía de esa presencia que vence toda oscuridad y que nos ofrece gracia y fortaleza. En un mundo donde toda seguridad es insuficiente, volvamos este domingo hacia Aquel que nunca pasa, descubrámonos hijos suyos y comuniquemos esta alegría a todos.

¿A quién puedo anunciar hoy la fortaleza que encuentro en Dios?

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La Palabra del domingo: hijos de la resurrección

La Palabra del domingo: hijos de la resurrección

Domingo XXXI del tiempo ordinario

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Palabra del Señor

 

 Meditación:

La revelación de Dios es el acontecimiento más completo y a la vez el más sencillo que se ha dado sobre la tierra. Pero los seres humanos estamos heridos. El pecado endurece nuestros corazones y nos confunde. Por eso podemos complicar la buena y bella noticia de la Vida. De la vida eterna, que es la verdadera. El saduceo de este pasaje es un claro ejemplo de cómo tendemos a reducir la trascendencia y lo imprevisible de Dios en nuestras pequeñas y mezquinas categorías. Porque los saduceos eran un grupo del judaísmo que no creía en la resurrección de los muertos. Limitaban el horizonte de sus anhelos sólo a lo que se pudiera conseguir en los pocos años que pasamos en este mundo. Entendían la salvación como algo meramente histórico, económico y político. No esperaban nada más.

¿Pongo mi mayor esperanza en lo caduco de esta vida o anhelo y lucho por la vida eterna?

Cristo desenreda la maraña del saduceo con una sencilla frase: “para Dios todos viven”. Dios Y propone este vivir en Dios no como una inmortalidad sin más, sino como la plenitud de la existencia en su presencia: “son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección”. Es decir, la vida eterna que Cristo ha venido a ganarnos con su cruz es llegar a participar de la misma gloria de su Pascua: la victoria sobre el pecado y el mal, el estar completos en nosotros mismos, libres y fuertes para alabar a Dios sin reservas ni parcialidades.

En un momento de silencio pido a Dios experimentar un poco de esa plenitud que él me ofrece, sin complicar su evangelio con miedos ni argumentos retorcidos.

Cuando se vive en esta fe, vemos en su justa perspectiva tanto de lo que nos agobia de la vida presente: los bienes, las apariencias, incluso la propia salud y la propia vida física. Es lo que nos deja ver el duro y potente relato del martirio de los hermanos Macabeos en la primera lectura de hoy. Uno tras otro ofrecieron sus vidas sin reparos en fidelidad a Dios y para alabanza suya. Su fuerza venía de una certeza: “vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará”. Este mensaje va en contracorriente de todo lo que nos propone nuestra sociedad blanda y descomprometida, que promueve el pecado y la mediocridad también con argumentos muy falaces. Ante todo ello sólo las personas convencidas y coherentes pueden oponer hoy la respuesta necesaria: el testimonio de la fe que ofrece la vida eterna. La victoria es para quien pone todo en juego por lo que no es para nada un juego, sino lo más serio que pueda pensarse: ser tan libre como para ofrecer la propia vida por amor. 

Pero, ¿dónde encontramos la fuerza para vivir con esta radicalidad? Pues en la misma fuerza y victoria de Cristo que se nos da en cada Eucaristía. Allí lo más grande se hace lo más sencillo. El infinito amor de Cristo se nos da como pan y vino para hacernos un solo Cuerpo en alabanza al Padre con él y en él. Allí toda caduca esperanza se abre a la eternidad. Toda pequeñez es elevada a la mayor grandeza. Todo miedo y mediocridad son empujados hacia la santidad.

Este domingo me dispongo en cuerpo y alma para participar en la Eucaristía con la fe de encontrar en ella luz y fuerza para seguir creciendo hacia la plenitud de Dios.

 

 

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La Palabra del domingo: mirada que transforma

La Palabra del domingo: mirada que transforma

Domingo XXXI del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,1-10):

EN aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad.
En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo:
«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo:
«Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor:
«Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
Jesús le dijo:
«Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor

 

Para contemplar la densidad de este pasaje del evangelio, tenemos que remontarnos más atrás en la historia de la Salvación. Porque se nos dice que Jesús está entrando en Jericó, que no es cualquier lugar, sino que en la Biblia representa un paso decisivo en el camino de Dios con sus hijos. Porque el libro de Josué nos dice que Israel, después ser liberado de la esclavitud de Egipto y de ser purificado por cuarenta años en el desierto, por fin tiene delante la Tierra Prometida. Pero para asentarse en ella, debe primero conquistar la ciudad de Jericó, de fuertes murallas. Y para abatirlas, no ha de emprender ningún asalto ni estratagema militar. Ha de obedecer a la palabra de Dios, que le ordena rondar siete veces en procesión la ciudad mientras eleva cánticos de alabanza a su Dios. Al sonido de la trompeta final, los muros caen, Israel toma la ciudad y desde allí el resto de la tierra que Dios quería entregarle.

Esa tierra representa hoy todo lo que Dios te ofrece para que te enseñorees: tu familia, tus responsabilidades, tu misión en esta vida. Lo has de conquistar mediante tu fidelidad a Él, buscándole, siguiéndole, cambiando todo lo que debes enmendar en tu propia vida.

Fijémonos que Jesús también tiene algo por conquistar en Jericó antes alcanzarnos la definitiva liberación por su muerte y resurrección en Jerusalén: el corazón de un pecador, Zaqueo. Por la fuerza de su palabra, el Señor hace que caigan los muros de su soberbia y corrupción. Zaqueo se convierte, enmienda el daño causado y así puede hacerse discípulo del definitivo reino de Dios. Así se realiza en él lo que anuncia la primera lectura de hoy: “tú corriges poco a poco a los perdidos, los reprendes y les recuerdas su pecado, para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor”.

Como Zaqueo, también nosotros tenemos que alzarnos por encima de nuestra pequeñez, del pecado que nos impide ver a Dios. También de las muchedumbres con sus ruidos y condenas, para ver y hacernos ver por Cristo. Ver y también escuchar. Escucha profunda, atenta y transformadora, que nos hace capaces de asumir toda sus exigencias. De ahí nace la adoración que hace caer las murallas de nuestra soberbia y nuestras máscaras. Seremos vistos por Él tal como somos y como hemos de llegar a ser, pues ha venido a rescatar lo que corría el riesgo de perderse. Presentémonos ante Dios sin mezquindad, abriéndole las puertas de todo nuestro ser y reparando de manera concreta y comprometida el daño que hayamos podido causar alguna vez.

¿Qué aspectos de mi vida pondré bajo la mirada del Señor para que Él los redima?

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La Palabra del domingo: andar en verdad

La Palabra del domingo: andar en verdad

XXX domingo del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”.

El incipit del evangelio de hoy ya señala todo su contenido. Cristo está dando una advertencia sobre la adecuada actitud que se debe tener ante Dios. Parece paradójico, pero en nuestra propia vida no somos nosotros mismos los protagonistas. Para alcanzar la verdadera Vida, la eterna, el protagonista debe ser Dios. Hacia Él debe dirigirse nuestra atención tanto para agradecer como para pedir perdón. Por algo el Primer Mandamiento es justamente eso, el primero…

El domingo pasado notábamos cuánto valora Cristo la gratitud, hasta el punto de que aquel leproso agradecido no sólo quedó curado, sino también salvado. ¿Qué pasa entonces con el fariseo de hoy, pues parece que se acerca a Dios para elevar una detallada acción de gracias? Su problema es que pretende estar orando, cuando más bien está embelesado ante sí mismo, como el mito de Narciso que se ahoga en las aguas donde se complacía mirando su propia imagen. Su dar gracias a Dios es sólo un formalismo retórico, pues su interés no es alabarle, sino enaltecerse a sí mismo. Esto no sólo le aleja de Él, sino también de los demás hombres, a quienes desprecia y mira por encima. Sólo le importan para compararse y sentirse superior a ellos.

¿Reconozco que “todo es gracia” y por tanto no puedo vanagloriarme en mi supuesta superioridad moral?

“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Los publicanos eran “pecadores públicos”, gente de mala fama por pecados conocidos o por colaborar de algún modo con los que quedaban fuera del pueblo elegido. Pero la actitud del publicano en concreto le acerca más a Dios que la aparente santidad del que pretendía el primer lugar. Porque este hombre también se mira a sí mismo, pero lo hace en la humildad con una súplica que se dirige hacia el centro mismo del corazón de Dios: su misericordia. A la vez, reconoce con valentía la verdad sobre sí mismo: es un pecador que necesita ser salvado. Sólo en alguien así puede actuar la gracia del Redentor. Porque no hay nadie tan santo que no necesite pedir perdón ni nadie tan pecador a quien Dios no pueda ofrecérselo.

Hoy tomo conciencia de mi condición de pecador y me pongo en presencia de Dios para pedir con humildad su perdón.

“Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. La actitud del publicano nos muestra que la humildad es el camino para salir de la culpabilidad y nos pone en el plano de la responsabilidad. Este hombre no se atrevía a levantar la cara ante Dios, ni ponerse de primero en el lugar santo. Sin embargo, se presenta ante Él. No se esconde como el viejo Adán, ni le es indiferente como tantos hoy en día. Porque no es humilde quien sólo se lamenta de sus culpas y queda enfangado en ellas. “La humildad es andar en verdad delante de la misma Verdad”, ha dicho santa Teresa de Jesús. Es humilde quien tiene la valentía de reconocer sus propios pecados, pero sin quedarse en ellos, sino presentándose con responsabilidad a Quien le abre el camino de la Bienaventuranza. Todo esto está comprendido para nosotros hoy en el sacramento de la Confesión, que comienza con el examen de conciencia y el dolor por los pecados cometidos, tiene su centro en la confesión sincera y humilde ante Dios y ante otro ser humano puesto por Él para ofrecerle la reconciliación y supone también el propósito de enmienda y la reparación, que son las acciones virtuosas que ha de llevar a cabo el pecador perdonado para vencer lo que le ha hundido y poner el amor y la justicia donde haya dejado de hacerlo.

El salmo 31 es la síntesis poética de todo que estamos describiendo. Meditemos y oremos con él…

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte
.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

¡Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero!

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La Palabra del domingo: Sin bajar la guardia

La Palabra del domingo: Sin bajar la guardia

Domingo 29º del tiempo ordinario

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Evangelio: Lucas 18, 1-8

“Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan”

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin cansarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.”Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.””Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

Comentario:

Orar sin cansarse: aquí Cristo no se refiere a una fatiga física o mental en la oración, sino a perder la fe en que a través de ella conseguimos la gracia que Dios nos quiere ofrecer. Las lecturas de hoy coinciden en la necesidad de favorecer los medios para mantenernos en un trato continuo con Dios y disponer todos los medios para que Él pueda actuar en nuestra vida.

¿Soy constante en mi oración o me desanimo cuando no veo resultados inmediatos?

La actitud de la viuda nos habla de constancia en la oración, pero a la vez de audacia y hasta “ejercer presión” hacia Dios para conseguir de Él lo que nos corresponde como hijis suyos. Esta enseñanza es aún más clara cuando Jesús nos hace ver que ante todo Él es Padre, por lo cual podemos pedirle con la certeza de que quiere lo mejor para nosotros y que posiblemente está esperando que volvamos a Su presencia para darnos todo lo que necesitamos.

¿Me dirijo a Dios como Juez o como Padre?

El punto final de la parábola nos muestra que está referida a la fe. La oración es el camino y alimento para que esta crezca en nosotros. Más que orar para pedir cosas, tenemos que hacerlo para crecer en la conciencia de que somos hijos amados que podemos contar con la solicitud de nuestro Padre.

¿Cómo puedo crecer en la fe durante esta semana?

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La Palabra del domingo: Gracias

La Palabra del domingo: Gracias

Domingo XXVIII del tiempo ordinario

 

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Evangelio: Lucas 17, 11-19
“¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”Al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes.”Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.Éste era un samaritano.Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Palabra del Señor

 

Comentario:

“Gracias”, una palabra que muchos pueden decir por cortesía o mero formalismo, pero que encierra en sí una realidad profunda y transformadora. Porque el que abre los ojos hacia la realidad sobrenatural descubre verdaderamente que “todo es gracia”, y se pregunta maravillado “¿Qué tengo que no haya recibido?”, como san Pablo decía los nuevos creyentes (1Co 4, 7). Todo nos viene de parte de Dios, que actúa también a través del amor y el esfuerzo de quienes comparten su vida con nosotros.

¿Cómo responderé a todas las gracias que recibo de Dios y de los demás?

La primera lectura nos pone el ejemplo de Naamán, el pagano que luego de recibir la sanación del Señor pide llevar consigo un poco de tierra del lugar santo para seguir ofreciéndole culto. En el evangelio, el samaritano sanado es el único que recibe también la salvación por parte de Jesús. Así nos muestran las lecturas que el mejor tributo que podemos ofrecer en correspondencia a las maravillas que recibimos es ofrecer nuestra propia adoración, que como cristianos experimentamos en la “Acción de gracias” por excelencia, la Eucaristía.

¿Participo de la Eucaristía con espíritu de gratitud y alabanza?

Aunque los términos “sanación” y “salvación” en su origen latino se expresan con la nmisma palabra “salus – salutis”, no es lo mismo ser sanado que ser salvado. Podemos recibir los dones de Dios, por ejemplo una curación física o un milagro, sin que por ello correspondamos con nuestra adhesión y seguimiento a Él. Fue lo que ocurrió con los nueve leprosos curados que no volvieron donde Jesús. En cambio, la actitud del agradecido nos muestra que cuando entramos en la presencia del Señor encontramos nuestra plenitud y todo cobra sentido. ¡Que también a nosotros nos diga el Señor: “Tu fe te ha salvado”!

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La Palabra del domingo: semilla que ha de crecer

La Palabra del domingo: semilla que ha de crecer

Domingo XXVII del tiempo ordinario

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,5-10):

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Todos buscamos lo que da la vida y se nos venden tantas respuestas para alcanzarlo, pero nada termina de saciarnos, de responder totalmente a nuestros anhelos más profundos. La fe es lo que verdaderamente da la vida. Es ese don que Dios coloca como minúscula semilla en lo más íntimo de cada persona y allí nos da la verdad, nos llena de la fuerza y la paz que van creciendo hasta hacernos vivir en plenitud. ¡Esos son nuestros grandes anhelos! La Palabra de este domingo nos deja claro que la fe es mucho más que creer que Dios existe o sentirnos en paz con él. Ese es apenas el principio. La fe se ejercita como una disposición activa que tenemos que avivar una y otra vez.

“…Al menos como un granito de mostaza…” Es la respuesta al pesimismo y la poca valoración que a veces damos a lo que vivimos. No hay nada pequeño si ha sido hecho por amor. Para Dios no cuenta lo llamativo, sino la autenticidad de lo que se siembra: Él se encarga de hacerlo germinar. ¿Acaso esto nos habla de desentendernos de la siembra? Para nada. Nos enseña más bien que debemos continuar esparciendo la semilla de las buenas obras, que son las Palabras de vida, en cada lugar en que estamos presentes. Hay árboles que germinan muy pronto, otros pueden tardar más. Pero lo cierto es que nuestro Padre no deja de hacer germinar la simiente que hayamos sembrado sin mezquindad.

¿Cuáles son esos “pequeños” actos de amor que hoy debo valorar?

“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” Quiera Dios que nos podamos presentar así en su presencia: como los siervos que han hecho lo que debían hacer. En la adoración y la fidelidad a Él está nuestra felicidad. Estar en su presencia, nuestra mayor recompensa. Que podamos descubrir en cada acto del día la oportunidad para ser siervos fieles. Lo que nos toca vivir puede dejar de ser una carga o una desgracia, si descubrimos en la voluntad de Dios lo que debemos vivir en plenitud.

¿Cómo puedo vivir mis obligaciones de este día para transformarlas en ocasiones de encuentro con Él y motivos para mi propia santificación?

 

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La Palabra del domingo: Relación

La Palabra del domingo: Relación

Domingo XX del tiempo ordinario

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Del evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. “Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.”Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.”El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

 

Comentario:

Con el lenguaje llano y didáctico de sus parábolas, Jesús nos enseña hoy la profundidad de la vocación del ser humano, que se juega su destino último en medio de la historia. Ya el pasado domingo nos mostraba el evangelio que no podemos servir a dos amos, a Dios y al dinero. Hoy continúa presentando las riquezas como un poder que esclaviza al hombre y deforma su identidad más auténtica.

¿Cómo he vivido mi relación con los bines materiales esta semana?

La clave para comprender esta parábola está en la pérdida de las relaciones por parte de quien se deja cegar por los bienes pasajeros. El hombre rico, del cual no se conoce ni el nombre, está tan centrado en su propia saciedad y disfrute que ha perdido toda relación: Hay un pobre a su puerta a quien conoce, pero es incapaz de solidarizarse con él; se sabe descendiente de Abrahán, pero esto no le hace vivir como hijo de Dios y hermano de quien le necesita. Al final está abandonado a su hartazgo, se ha amado tanto a sí mismo que ha perdido todo amor por los otros y, en definitiva, por el mismo Dios.

¿Cómo estoy viviendo mis relaciones de amor con Dios y con mi prójimo?

“Que escuchen a los profetas”. El rico parece preocuparse por sus hermanos que quedan en su casa… Pero ¿acaso Lázaro no era también su hermano, hijo de Abrahán como pretende ser él? He aquí el gran desafío de la parábola: sincerar nuestras relaciones, no parcializando el amor ni cerrándonos en nuestro pequeño círculo. Eso es lo que causa el apego hacia lo material, que todos necesitamos purificar. En un mundo desigual e injusto encontramos a nuestra puerta otros hermanos que esperan que tendamos nuestra mano hacia ellos, que prolonguemos el amor de Dios que todo ofrece y todo reúne.

¿Quiénes son los pobres a quienes puedo abrir ahora a la puerta de mi atención y ayuda?

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La Palabra del domingo: Un solo Señor

La Palabra del domingo: Un solo Señor

Domingo XXV del tiempo ordinario

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Evangelio: Lucas 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.”El administrador se puso a echar sus cálculos:”¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. “Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”Éste respondió: “Cien barriles de aceite.”Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.”Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”Él contestó: “Cien fanegas de trigo.”Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta.”Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.”

Palabra del Señor

 

Comentario:

La Palabra de este domingo es clara: Dios es uno solo, por eso no podemos desvirtuar su adoración yéndonos detrás de los ídolos materiales. Jesús pone especial atención al uso del dinero, que si no es bien vivido puede perder al hombre en las trampas de la avaricia, la corrupción y la infidelidad.

¿Mi uso de los bienes entra en conflicto con mi fe?

No se puede servir a dos señores al mismo tiempo. Uno solo es el fin de nuestra vida: Dios. El otro, el dinero, es un medio, que para no convertirlo en ídolo tenemos que aprender a relativizarlo y ponerlo al servicio del premio futuro. El amo de la parábola alaba la habilidad del administrador que supo renunciar a la comisión que le correspondía de los bienes para hacerse amigos que le recibieran. Así nosotros tenemos que aprender a posponer los bienes de este mundo en función del premio definitivo que esperamos alcanzar.

El mayor bien que podemos poner a circular es la caridad concreta hacia los hermanos que nos necesitan. Por tanto… ¿A quién ayudaré hoy con mis propios bienes?

La Palabra de hoy nos enseña también a hacer un buen uso de la inteligencia y el manejo de todo lo que corre por nuestras manos. Todo lo que Dios nos encomienda en la vida debemos ponerlo en función del servicio a Él y a los hermanos. Si no hacemos así, ¿Dé qué nos sirven los bienes que manejamos? Recordemos: No somos dueños de nada en esta vida, sólo administradores por un tiempo.

¿Administro mis bienes con justicia y sentido de trascendencia o me apego injustamente a ellos?

 

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La Palabra del domingo: ¿Qué hijo soy?

La Palabra del domingo: ¿Qué hijo soy?

Domingo XXIV del tiempo ordinario

 

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Del evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
– «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
– «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. “
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, “
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Con la parábola del Padre Misericordioso llegamos al centro luminoso de todo el evangelio. Desde Adán hasta Jesús, toda la historia de la salvación se ha ido desarrollando para llegar hasta aquí, donde se nos revela plenamente quién es Dios y quiénes somos nosotros. Él es el padre humilde, valiente y misericordioso que aparece en estas líneas. Por amor se pone por debajo de sus dos hijos, respetando su libertad y manteniendo su corazón abierto para acogerles en su alegría y bondad. No les juzga ni condena, no les coarta ni detiene sus pasos. Les espera, se arriesga a ser rechazado en su amor y, sobre todo, no deja de tener abiertas las puertas de su casa hasta que reconozcan plenamente su dignidad de hijos suyos. Cada uno debe ahora dar el paso de convertirse en qué idea tiene acerca de él para descubrirle en su verdad.

En un silencio de adoración, hago el vacío de cualquier imagen errada que pueda tener sobre Dios -policía, juez, verdugo, ser lejano y desinteresado-. Luego le pido la gracia de contemplarle como realmente ES.

El hijo menor somos cada uno de nosotros cuando le damos la espalda a Dios y pretendemos arrancarle lo que ya Él nos ha ofrecido: nuestra libertad. Aún así, Él vuelve a darnos lo que exigimos y hasta más, dejando que nos aventuremos lejos de su presencia. Sabe que su amor tiene una fuerza mayor que por sí sola nos hará volver. Nos deja marchar y espera…

Lejos de Él, lo perdemos todo. Fuera de su presencia, la ruina, impotencia y oscuridad. El mero instinto por sobrevivir nos mueve a volver a casa, incluso por un interés egoísta. Emprendemos el camino de vuelta tan atribulados por lo que hemos hecho que creemos merecer la humillación y ser tratados como esclavos. Cuando ya avistamos la casa paterna, advertimos una luz en la ventana. Él nos aguarda. No espera que lleguemos y nos sale al encuentro… “Padre, he pecado… no merezco… trátame como a un esclavo…”. Pero Él se nos echa al cuello y nos llena de besos: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Nos cambia los harapos por vestiduras, sandalias y anillo de dignidad, manda a celebrar en grande.

¿Me veo a mí mismo como merecedor de tanto amor? ¿Soy consciente de mí dignidad de hijo libre y amado por Dios o me considero su esclavo? ¿Tomo parte en su banquete o me conformo con las migajas?

También somos el hijo mayor cuando no dejamos que Dios sea nuestro padre. “hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo…”. Estamos siempre en su presencia, pero no le amamos. No experimentamos la alegría de ser sus hijos por autoimponernos las exigencias de un dueño castigador. Mucho menos somos capaces de reconocer al otro como hermano, perdonarle y alegrarnos por su conversión. Y nos rehusamos a entrar en casa. No pensamos como el padre (“ese hijo tuyo...”) y aunque hayamos estado siempre con él, en verdad añorábamos otras compañías (“banquetear con mis amigos”). Cumplimos como empleados ante un jefe o como inquilinos ante un casero. No como hijos. Y es allí donde está el gran regalo y la gran tarea de nuestra conversión.

¿Cuántas de mis autoexigencias, incluso “religiosas”, me alejan de la casa del Padre? ¿Cuántas imágenes erradas mantengo acerca de Él, sin haberle conocido íntimamente? ¿A quién adoro en realidad, a Dios que es Amor o a un ídolo que me voy formando?

 

Oro y contemplo con este poema…

 

Él ha salido a nuestro encuentro

cuando todavía éramos duda

 

¡Brazos al cuello, besos!

Caemos de rodillas.

No dejamos

que nadie diga nada.

 

Llanto de amor se vuelve claridad.

 

La vida

como un asalto de amor al cielo.

 

Entregaste todo, lo gastamos…

¡Encontramos!

 

Fecunda

es la tierra en brotes sorpresivos.

A tus hijos

el torrente baña desde dentro.

Y el pan

a tu mesa es algazara.

Ganancia

se hizo

            la entrega.

Encuentro,  

                   la espera.

El canto

                 toma el sitio del silencio,

el abrazo

                 cubre la otrora distancia.

 

 

(Christian Díaz Yepes, del libro Aquedah, 2013)

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La Palabra del domingo: verdadera fuerza

La Palabra del domingo: verdadera fuerza

Domingo XXIII del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Palabra del Señor

 

Meditación:

Las multitudes siguen a Jesús. Sin embargo, él no ha venido para ser un mesías de masas que le aplaudan y reciban de él sin corresponder con coherencia. Por eso les advierte que para ser sus discípulos tienen que cargar con su cruz, que significa desapegarse incluso de lo más querido para poner a Dios en primer lugar. Esto implica echar los cálculos de nuestros recursos para amarle y seguirle, pues no podemos comenzar a construir una torre sin tener con qué terminarla ni salir al paso de un ejército que sobrepase nuestras capacidades. Porque construir y luchar son parte de nuestro amor a Dios. Construir una torre nos habla de apuntar hacia lo alto, pertrecharnos de defensas y hacernos capaces de ver más allá, tanto para esperar las buenas nuevas como para prevenir los peligros. Mientras que salir al paso de ejércitos recalca que el cristianismo es continuo combate contra las fuerzas que se oponen al amor: el pecado, el egoísmo, el miedo y la mentira. Cristo mismo fue el primero en edificar la torre de la comunidad evangélica y de salir al paso de esas dominaciones que tenían sometida a la humanidad. Él se ofrece en la cruz como la víctima de salvación. Su oblación como cordero inocente vence la soberbia del mundo, sus injusticias y violencias. Porque la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad. Lo que para el mundo parece locura, para Él es sabiduría (2Cor 1).

Interiorizo en la grandeza de la redención que nos ha ganado Cristo, que por amor se ha hecho el último y así nos ha hecho hijos de Dios, capaces de amarle y seguirle con todo lo que somos.

¿Cuántas veces, por esa secreta soberbia que se me cuela dentro, pienso que todo depende de mí y con ello pierdo la paz y el sentido de cómo construir una obra de Dios?

Con humildad vuelvo a ofrecerle todo lo que Él mismo pone en mis manos, para así hacer cada cosa según su voluntad.

Hemos sido llamados a vivir el misterio de amor y vida plena que Cristo nos ha ganado. Él me llama a construir y luchar con sabiduría y determinación. En primer lugar edificar lo que respecta a mi específica vocación, que expresa quién soy ante Dios. He de limpiar los escombros que se acumulan en toda construcción, prescindiendo de lo superfluo y sabiendo aprovechar lo que me ayuda a realizar mi llamada. También debo discernir cuánto y cómo estoy amando a las personas que Él pone en mi vida: mi familia, compañeros de trabajo, hermanos de fe y aquellos a quienes se dirige mi apostolado. Por ellos vale la pena luchar con un impulso nuevo, poniéndome como Cristo al servicio de todos, guiando como pastor justo a quien me toca conducir y dejándome enseñar por él mismo a través de las personas que pone en mi camino.

Discierno delante de Dios qué necesito mejorar de mí mismo y hasta dónde debe llegar lo que hago por los demás. Valoro el bien que me ofrecen las personas que Dios pone en mi vida, comenzando por aquellos que me puedan resultar más incómodos o difíciles de entender.

En la Eucaristía tengo la providencial oportunidad de entrar al misterio de la Pascua de Cristo, donde toda tiniebla es transformada en luz, el pecado es superado por la gracia y la muerte vencida por la vida. Allí entro en la comunión con Dios y con los hermanos por medio del Espíritu Santo y por el Cuerpo de Cristo que puedo recibir. He de valorar cada vez más la celebración dominical, donde encuentro la verdadera fuerza para edificar la torre de mi propia vida y combatir todo lo que amenaza con apartarme de la unión con Dios que es, en definitiva, la plenitud de mi propio ser.

Este domingo en la misa tomaré nueva conciencia de lo que significa participar de la Pascua de Cristo y por él y en él hacerme ofrenda de amor a Dios y a todas las personas.

 

Oremos con el Salmo de este domingo (89):

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

V/. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R/.

V/. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

V/. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervo. R/.

V/. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

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Meditación: rostro glorioso

Meditación: rostro glorioso

Tercera meditación de Juan Pablo II sobre el rostro de Cristo

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28.  Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14). La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: « El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen » (5,7‑9).

La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: « Tú sabes que te quiero » (Jn21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: « Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia » (Flp 1,21).

Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. « Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia »: ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él « es el mismo ayer, hoy y siempre » (Hb 13,8).

 

(Tomado de la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 2001)

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Contemplar el rostro doliente de Cristo

Contemplar el rostro doliente de Cristo

Continuamos con las meditaciones de san Juan Pablo II sobre la contemplación del rostro de Cristo

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25.  La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración.

Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: « ¡Abbá, Padre! ». Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14,36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del « rostro » del pecado. « Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él » (2 Co 5,21).

Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: « “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?” —que quiere decir— “¡Dios mío, Dios mío! por qué me has abandonado?” » (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso « por qué » dirigido al Padre con las palabras iniciales del Salmo 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el Salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. En efecto, continúa el Salmo: « En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste… ¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca, no hay para mí socorro! » (2221, 5.12).

26.  El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, « abandonado » por el Padre, él se « abandona » en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.

27.  Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la « teología vivida » de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como « noche oscura ». Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruzen la paradójica confluencia de felicidad y dolor. En el Diálogo de la Divina Providencia Dios Padre muestra a Catalina de Siena cómo en las almas santas puede estar presente la alegría junto con el sufrimiento: « Y el alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridadque ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente ».13 Del mismo modo Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: « Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo ».14 Es un testimonio muy claro. Por otra parte, la misma narración de los evangelistas da lugar a esta percepción eclesial de la conciencia de Cristo cuando recuerda que, aun en su profundo dolor, él muere implorando el perdón para sus verdugos (cf. Lc 23,34) y expresando al Padre su extremo abandono filial: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23,46).

 

Juan Pablo II

Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 2011

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Contemplar el rostro de Cristo

Contemplar el rostro de Cristo

Una meditación de Juan Pablo II al inicio del tercer milenio cristiano

 

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«Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la Luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también Su Rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de Su Rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período singular, la mirada se queda más que nunca fija en el Rostro del Señor.

La contemplación del Rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de Él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que San Jerónimo afirma con vigor: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo». Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1).

Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible.

En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el Rostro de Cristo con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial. Sobre la base de estos testimonios iniciales ellos, bajo la acción iluminada del Espíritu Santo, descubrieron el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesús de María, Esposa de José. De quienes lo habían conocido durante los casi treinta años transcurridos por Él en Nazaret (cf. Lc 3,23), recogieron los datos sobre su vida de «hijo del carpintero» (Mt 13,55) y también como «carpintero», en medio de sus parientes (cf. Mc 6,3). Hablaron de su religiosidad, que lo movía a ir con los suyos en peregrinación anual al templo de Jerusalén (cf. Lc 2,41) y sobre todo porque acudía de forma habitual a la sinagoga de su ciudad (cf. Lc 4,16).

Después los relatos serán más extensos, aún sin ser una narración orgánica y detallada, en el período del ministerio público, a partir del momento en que el joven galileo se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser el «Hijo amado» (cf. Lc 3,22), inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, enseñando sus exigencias y su fuerza mediante palabras y signos de gracia y misericordia. Los Evangelios nos lo presentan así en camino por ciudades y aldeas, acompañado por doce Apóstoles elegidos por Él (cf. Mc 3,13-19), por un grupo de mujeres que los ayudan (cf. Lc 8,2-3), por muchedumbres que lo buscan y lo siguen, por enfermos que imploran su poder de curación, por interlocutores que escuchan, con diferente eco, sus palabras.

La narración de los Evangelios coincide además en mostrar la creciente tensión que hay entre Jesús y los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisis final, que tiene su epílogo dramático en el Gólgota. Es la hora de las tinieblas, a la que seguirá una nueva, radiante y definitiva aurora. En efecto, las narraciones evangélicas terminan mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte, señalan la tumba vacía y lo siguen en el ciclo de las apariciones, en las cuales los discípulos, perplejos y atónitos antes, llenos de indecible gozo después, lo experimentan vivo y radiante, y de Él reciben el don del Espíritu Santo (cf. Jn 20,22) y el mandato de anunciar el Evangelio a «todas las gentes» (Mt 28,19).

Juan Pablo II

6 de enero del año 2001

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La Palabra del domingo: Desapego

La Palabra del domingo: Desapego

Domingo XVII del tiempo ordinario

Fuentes3 - José Javier (2)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

Palabra del Señor

 

Meditación:

¿Qué me enseña este evangelio sobre Dios?

El evangelio de este domingo está en relación con parábola del sembrador de Lucas 8, 4-8. Allí Cristo habla de la semilla que cae entre cardos para representar a quienes escuchan la palabra de Dios, pero las preocupaciones de esta tierra y la codicia de los bienes materiales ahogan la semilla y no dan frutos. Hace dos domingos veíamos que Marta se dejaba llevar por esas preocupaciones de la tierra, a diferencia de su hermana María, que sentada a la escucha del Maestro había escogido la parte que no le sería quitada. Hoy contemplamos la insensatez de un hombre que atesoró riquezas sólo para sí mismo, sin considerar lo caduca que es la vida humana y que no pasamos por esta tierra para consumir, sino para servir y compartir. Este es el mensaje central de nuestro texto. Dios nos está moviendo a considerar cuál es el fin de nuestros esfuerzos y lo que obtenemos a través de ellos, si lo pasajero o lo eterno. Nos hace preguntarnos si estamos considerando los bienes como un fin en sí mismos o como medio para alcanzar lo que nunca pasa y todo lo trasciende. La historia cristiana y también nuestro presente están llenos de hombres y mujeres que han puesto sus bienes al servicio de muchos, que se reconocen a sí mismos como administradores y no poseedores, que viven confiados a la Providencia más que aferrados a sus pertenencias…

«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Este es otra gran enseñanza de nuestro evangelio: quién es y qué no es Cristo. Él es Dios entre nosotros, profundamente cercano pero también radicalmente trascendente. El personaje que pide a Cristo que actúe como árbitro -cuyo nombre, por cierto no se nos dice, porque quien no reconoce a Dios pasa como un anónimo más por la vida- no entra en el misterio de Dios que se acerca a nuestra vida. Desconoce tanto lo divino como lo humano. Utiliza a Dios como un instrumento y no reconoce a su hermano como tal, sino como el contrincante en un litigio. Poniendo su corazón en los bienes queda lejos del Sumo Bien.

¿Cómo lo vivo?

El desapego es una necesaria práctica espiritual. No se trata de despreciar las cosas, sino de darles su verdadero valor, poniéndolas todas en función del doble mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Como decía san Ignacio de Loyola, se trata de amar a Dios en todas las cosas y en todas las cosas hallar a Dios.

¿Cómo lo celebro?

El ofertorio de cada misa, cuando presentamos el pan y el vino en el altar, es el momento para presentar espiritualmente nuestros esfuerzos, trabajos y bienes para unirlos al sacrificio y acción de gracias del Señor. Por tanto, esta semana valoremos de manera especial este momento de la Eucaristía, desapegándonos de todo lo que el mismo Dios ha puesto en nuestras manos a través del ofrecimiento agradecido.

 

 

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La Palabra de hoy: De cara a Dios

La Palabra de hoy: De cara a Dios

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,1-13):

UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
Y les dijo:
«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor

 

 

 Meditación:

“Cuando Jesús terminó de orar, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar…”. La oración de Jesús provoca el deseo de orar en sus discípulos. Él es el Verbo que estaba delante el Padre antes de todos los siglos (Jn 1), y ahora en su vida histórica se sigue manteniendo ante Él por su oración y el cumplimiento de su voluntad. Jesús vive “de cara a Dios” y así restaura el vínculo entre lo divino y lo humano, que se había roto por la negación humana al plan de Dios. Adán y Eva pecaron al querer ser como dioses prescindiendo de Dios, arrebatándole lo que no les correspondía probar en ese momento: el fruto del árbol del bien y el mal. Luego Adán se esconde y desde entonces la humanidad persiste en este no dar la cara a su Creador, sino que se esconde detrás de mil máscaras con las que pretendemos eludir nuestra verdad. Pero la obediencia de Cristo subsana y redime esa desobediencia. El es el hombre que dice sí a Dios, que se reconoce y vive como hijo suyo. Vive sujeto a su voluntad y en camino de crecimiento, necesitado de su orientación y sus mandatos. Si seguimos al Salvador en este camino de obediencia, alcanzamos nuestra identidad más auténtica: ser hijos en crecimiento, acompañados por el Padre en su camino y, por tanto, llamados a vivir asidos a Él, “de cara” a Él como el Maestro.

 

Me pongo en presencia de Dios y le pido que haga caer mis máscaras, la falsa idea de mí mismo detrás de la que tantas veces me escondo de Él y de los demás.

 

“Cuando oréis, decid: Padre”… Nuestra sociedad es huérfana de padre. Las grandes guerras del siglo pasado, el llamado “amor libre” y la disolución de los matrimonios dejaron grandes masas de huérfanos. Actualmente vivimos la deconstrucción de las principales instituciones sociales: la familia a cuenta de la ideología de género, de los Estados a causa de la globalización, de los centros del saber por parte del relativismo y de la misma Iglesia por el indiferentismo y la ambigüedad religiosa. Todo este zozobrar de los asideros humanos acentúan aún más nuestra orfandad. Tantas veces nos sentimos a la deriva, como náufragos que se aferran a cualquier cosa para no sucumbir: bienes, diversiones, cualquier otra evasión. Pero también hoy Cristo nos sigue apareciendo ante el Padre, en su continuo diálogo confiado con Él. Por eso también nosotros le pedimos que nos enseñe a orar, que nos lleve así al puerto seguro de su presencia. Él lo hace enseñándonos el Padre Nuestro. Porque algo en lo que más necesitamos crecer es la actitud con la que nos dirigimos a Dios. Ante todo Él es Padre. Por eso podemos acudir a su presencia con la confianza de los hijos que pueden esperarlo todo de su Providencia. Así superamos esta herida social y personal ante la ausencia del padre.

 

Con calma y solemnidad voy pronunciando cada una de las palabras del Padrenuestro. No las analizo ni me pregunto nada, sólo dejo que ellas resuenen y tomen forma en mi interior.

 

Si hay quienes se avergüenzan porque sólo se acercan a Dios para pedirle cosas, Cristo les responde: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque  nuestras necesidades son oportunidades para recordar cuánto le necesitamos y que reconozcamos que sólo superamos nuestra pobreza acercándonos al que es rico en misericordia. En una palabra: que vivamos nuestro día a día también de cara a Dios. De este modo nuestra oración se convierte en una disposición activa. Hay que pedir, buscar, llamar. Todas estas son oportunidades para crecer en el trato continuo con Dios y redescubrir su cercanía a nosotros. ¡Pero qué fácilmente nos desanimamos! Y esto porque vivimos más como hijos de nuestra cultura de las comunicaciones instantáneas que como hijos del Dios que se revela en la historia y sus procesos, que despliega su belleza y sabiduría a través del tiempo, el crecimiento en lo oculto y la esperanza, cuyo Espíritu nos da los dones de la fortaleza y la sabiduría para que luchemos por alcanzar lo que pedimos justamente.

 

¿Me desanimmo y desespero rápidamente ante lo que pido a Dios o me dejo formar por los tiempos de su gracia, que implican maduración, confianza, perseverancia y vigilancia continua?

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La palabra de hoy: lo necesario

La palabra de hoy: lo necesario

Domingo XVI del tiempo ordinario

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42):

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor

 

Meditación:

La vida se trata de saber elegir, y María ha escogido la parte mejor. No pensemos que las actitudes de Marta y María expresan la acción o la contemplacióndos como dos vocaciones aparentemente contrapuestas ni mucho menos alternativas. Ambas son facetas de una única llamada: amar a Dios y al hombre en Cristo y por él. Recordemos, Marta y María son hermanas, lo cual significa en la Biblia que comparten tanto el mismo origen como una relación que permanece por toda la vida. Igualmente, la contemplación y la acción no deben disociarse, sino que hay que saber armonizarlas.Para alcanzar la armonía entre ambas dimensiones de la vida, debemos dar el justo lugar a cada una. Primero Dios y después las cosas, incluso las cosas que hacemos por Dios.

¿Cómo vivo el equilibrio entre la oración y las actividades que debo emprender?

¡Cuántos afanes anteponemos a la escucha al Dios vivo! ¡Cuántas dispersiones nos roban la atención a su presencia! Porque necesitamos parar, sustraernos en tantos momentos a la ruleta del día a día y centrar la atención en lo esencial y permanente. Démonos cuenta que Cristo describe la actitud de Marta con dos verbos conjugados en el presente continuo griego, que expresa una acción en movimiento, aún no acabada: “te estás agitando”, “te estás preocupando”. En cambio, con respecto a María conjuga el verbo elegir en el tiempo llamado aoristo (excelexato), que expresa una acción puntual realizada una vez para siempre. El doble vocativo “Marta, Marta” indica también esa llamada de Cristo que quiere detener y recoger la dispersión que amenaza a su anfitriona. Estos detalles gramaticales son fundamentales para entender que el servicio de Marta es necesario y bueno, pero corre el riesgo de perderse en lo transitorio si antes no es sostenido por la firme disposición a escuchar lo que Dios quiere en realidad que hagamos. Es Dios en persona quien ha venido a casa de estas hermanas, así como viene hoy a nosotros y nos llama. Primero escuchémosle y adorémosle, afirmémonos en él. Luego podremos prodigarnos en todas las atenciones que daríamos a cualquiera por mera cortesía. Porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios…”

 

Tomo conciencia sobre mi necesidad de detenerme para escuchar la voz de Dios antes de tomar decisiones y emprender acciones, incluso las que hago para Él.

 

Atravesamos tiempos difíciles en que todo lo sólido amenaza con disolverse en el aire. Por eso necesitamos afincarnos en lo permanente y veraz, pues en tiempos de devastación todo puede edificarse dentro. Dentro de cada de nosotros, dentro de la comunidad cristiana de la que hacemos parte. Para ello hemos de escoger lo necesario y ponerlo como cimiento firme de todo lo que se ha de emprender. Lo necesario es la escucha al Señor, la adoración y la fidelidad a su enseñanza.

 

Para profundizar en la importancia del silencio y la quietud ante Dios, meditemos ahora con algunos párrafos de este texto de la comunidad de Taizé sobre el valor del silencio:

 

Tres veces al día, todo se detiene de Taizé: el trabajo, los estudios bíblicos, los intercambios. Las campanas llaman para la oración en la iglesia. Centenas, a veces miles de jóvenes de países muy diversos de todo el mundo, rezan y cantan con los hermanos de la Comunidad. La Biblia se lee en varias lenguas. En medio de cada oración común, el largo tiempo de silencio es un momento único de encuentro con Dios.

(…) A veces la oración calla, pues una comunión apacible con Dios puede prescindir de palabras. «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.» Como un niño privado de su madre que ha dejado de llorar, así puede ser «mi alma en mí» en presencia de Dios. La oración entonces no necesita palabras, quizás ni reflexiones.

¿Cómo llegar al silencio interior? A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginario o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.

La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).

Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración (…)

Palabras que se dicen con voz fuerte se hacen oír, impresionan. Pero sabemos bien que éstas no tocan casi los corazones. En lugar de una acogida, éstas encuentran resistencia. La experiencia de Elías muestras que Dios no quiere impresionarnos, sino ser comprendido y acogido. Dios ha escogido «una voz de fino silencio» para hablar. Es una paradoja:

Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el propio Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces.

El silencio nos prepara a un nuevo encuentro con Dios. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hébreos 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios, y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza.

Cristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados e inquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.

Tomado de: http://www.taize.fr/es_article1718.html