Fuego que consume y da vida

Lectio divina para este domingo de Pentecostés

Hoy el evangelio nos vuelve a situar en la primera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles, a la vez que la primera lectura nos presenta la venida del Espíritu Santo sobre ellos. Y es que ambos momentos forman una única realidad: Cristo ha vencido la muerte por la fuerza de su Espíritu y hace partícipes a los que ama de esa realidad que transforma radicalmente la vida humana. Leamos con atención

«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.  Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo;  a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”». 

Los apóstoles ya “sabían” que Cristo había resucitado. Lo habían visto y habían vuelto a comer con él, pero esto no era suficiente para lo que habrían de vivir en adelante. Ya no serían solo espectadores de un acontecimiento externo. Ahora serán testigos de la Pascua que acontece en sí mismos, haciéndoles pasar de la oscuridad a la luz con ardor de amor, porque su espíritu penetra hasta lo profundo de cada uno y de las relaciones que vivían entre ellos. Y es que el sentido original del nombre de “testigo” es el de “martyr”, es decir, aquel que no teme asumir la muerte para ganar la verdadera vida por un amor mayor que desarma a la muerte en sus propios dominios, que son el miedo y el pecado. Es Cristo viviente quien nos hace capaces de esta conquista, yendo totalmente dentro de nuestros encierros para iluminarnos desde lo más hondo de nosotros mismos. Por eso no duda en mostrar a sus discípulos las heridas de la cruz, que no son motivo de vergüenza, sino manifestación de su gloria. Y nos lleva aún más dentro de sí al infundirnos su Espíritu y hacernos partícipes de su intimidad con el Padre. Es decir, nos adentra totalmente en el amor de Dios, que nos revela la verdad de nuestra vida. Ahora nosotros hemos de responder a ese don con apertura y confianza. Así hasta percibir que arde en nosotros el fuego de su presencia que nos levanta de nuestras derrotas y nos impulsa a vivir en el presente con un amor nuevo, capaz de reparar, sanar y reconciliar

Así como el Espíritu nos conduce totalmente dentro de nosotros mismos, también nos empuja totalmente fuera, lanzándonos más allá de nuestra insuficiencia para ir al encuentro de los demás. Su presencia en nosotros es ardor, fortaleza, valentía y entrega, generosidad y confianza; purifica nuestras conciencias con su perdón y nos mantiene en continua conversión, a la vez que en ofrecimiento a otros de lo que Dios nos da. En un contexto como el nuestro, que va a la deriva de las razones débiles y convicciones acomodaticias, este amor fuerte es la respuesta que nos salva de toda medianía y despierta el sentido de la vida verdadera, la que se encuentra a sí misma al abrirse a la verdad y ofrecerse a todos con caridad comprometida. Es esa pequeña chispa que destella en nuestra conciencia en el momento menos esperado, pero que puede hacerse hoguera que abrasa nuestras falsedades y nos hace testigos de la verdadera vida. Es esa fuerza que ha derribado a un perseguidor de su caballo y le ha convertido en apóstol; es la toma de conciencia un convaleciente que desde su cama dice: “si este y aquel han hecho tantas cosas por Cristo, ¿por qué yo no?”. Es la gracia que mueve a los miembros de una familia a reconciliarse. En definitiva, es el fuego de amor que te impulsa a ser también tú otro apasionado por el evangelio, cueste lo que cueste. Porque el amor auténtico no es el que te lleva entre algodones, sino el que te enciende entre los leños en cruz para que ofrezcas tu vida por amor, y por eso mismo, la conquistes para siempre.

Esa voz

Lectio divina para este IV domingo de Pascua

,

Pintura: «El buen Pastor», de Bartolomé Esteban Murillo. Museo de El Prado, Madrid

¿Acaso necesitamos un pastor? ¿Es que somos un rebaño sin libertad y criterio propio? ¿No tenemos derecho a seguir nuestro camino, sin que otro nos lo indique? Es siempre más atractivo marcar las propias reglas, amoldar las cosas a nuestro parecer y complacer el propio gusto. El hombre como medida del mundo y el mundo a la medida del hombre. ¿Para qué más? Todo razonablemente calculado según lo que creamos merecer. Visto desde esta perspectiva, ciertamente un pastor incomoda; es necesario prescindir de él en nombre de la libertad. Sin embargo, hay pastores y libertades; hay asalariados y espejismos que esclavizan. Sobre esto nos habla el sintético evangelio del IV domingo de Pascua, siempre centrado en la figura del Buen Pastor:

«En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”.» (Juan 10, 27-30).

            Cristo no se presenta a sí mismo como un pastor más, sino como el pastor bueno, tan distinto de los que buscan su propio interés. Para estos, el rebaño es una mercancía de la cual sacar provecho, y por ello lo tratan como masa para comerciar o manipular. En cambio, Jesús es el único que hace lo impensable por su grey: da la propia vida por ella. No solo nos defiende de los ataques del lobo que acecha para convertirnos en su presa, sino que se deja herir y arrancar la vida en nuestro lugar. Por eso, con su resurrección él  nos puede guiar hasta la vida eterna, donde nos apacienta sin nada que temer. Esa eternidad comienza ya aquí, al recibir la paz que él nos ofrece. Por eso el místico medieval Johannes Tauler comenta que el redil de este rebaño es el corazón de Dios Padre, adonde el Salvador nos adentra para que vivamos en la paz. Es decir, él nos hace entrar en un aprisco donde no quedamos encerrados, sino al contrario, donde nos hacemos más libres al vencer todo lo que nos promete la libertad, pero que fatalmente termina esclavizándonos. Esto lo logramos pasando de una existencia caduca a la plenitud de la vida en comunión de fe y amor hacia él.

Un pastor pasa días y noches con su rebaño; le encamina hacia un destino seguro, al mismo tiempo que va conociendo una a una a sus ovejas. Este verbo, “conocer” (“ginosco”, en griego), en la Biblia tiene un significado y profundidad tremendos, y es central en este evangelio. No solo se refiere a una operación mental, sino que implica a toda la persona en su intimidad y exterioridad: espíritu, mente y cuerpo. Es un movimiento de amor totalizante, pues se refiere al amor que vive Cristo con Dios Padre, y por eso puede extender a las criaturas que ha venido a salvar. Por eso asumió nuestra carne, para conocernos desde lo más auténtico y necesitado de nuestra condición, y restaurar en sí mismo toda nuestra belleza y dignidad. Las ovejas, asimismo, van re-conociendo la voz de su pastor, y le siguen. Aquí está el quicio de su relación: Dios conoce amando a cada uno de sus elegidos y estos, a su vez le reconocen y responden a su voz. Él nos ofrece su paz y nosotros podemos mantenernos en ella en la medida en que respondemos a ese amor y esa confianza.

Este es el Pastor que sí necesitamos, pues nos ofrece lo que no pudiéramos alcanzar por nuestras propias fuerzas, que es nuestra verdad más pura, la que nos limpia, fortalece y hace capaces de trascender. Lo que nos toca hacer es dar el paso humilde y valiente de atender a la voz de Aquel que nos llama personalmente. Nos corresponde decidir cuál es la libertad que queremos ejercer: una cerrada en su propia caducidad y soberbia o aquella que por amor se rinde ante quien de antemano se ha rendido ante nosotros, entregando su propia vida para ofrecernos la definitiva. Por eso, haz callar dentro de ti la estridencia de voces confusas y atiende a esa que te habla apenas como un susurro, pero a la vez con el esplendor de un amor que te da la libertad y la paz que tanto ansías.

La losa removida

Meditación para este Domingo de Resurrección

Esta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo.» Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos… Himno pascual del Exsultet

Publicado en: https://www.larazon.es/religion/20200412/mj6mgzj6izcjbl4254y6ibvk5m.html

Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo, hemos cantado esta noche pascual. Canto discreto este año, sin coros resonando en nuestras iglesias, pero entonado desde corazones esperanzados que anuncian que Cristo vence las tinieblas de la muerte y el miedo. Noche dichosa que rompió el silencio del sepulcro con este anuncio vivo y veraz.

La losa del sepulcro ha amanecido removida para que Cristo saliera del seno de la tierra. Porque así como el hombre mortal un día fue formado de esa tierra, ahora el hombre eterno debía transformarla a ella. Así como en la noche primordial el Verbo divino hizo brillar la luz del universo, hoy su gloria ha brillado tierra adentro. Porque sí, Dios puede entrar hasta nuestros encierros más profundos para transformarlos y abrirlos a su luz. Él entra hoy a nuestras oscuridades y nos tiende su mano llagada y gloriosa. Nos dice que el dolor y la muerte merece abrirse a una esperanza mayor.

Ve cavando y excavando en tu profundidad, removiendo las viejas rémoras y descubriendo los destellos de luz que Dios te va mostrando. Las circunstancias que atravesamos te pueden formar, pero mejor aún es que te puedan trans-formar para que emerjas como persona renovada, lanzada hacia lo eterno. Esa renovación que comenzó en nuestro bautismo la hemos renovado esta noche. Allí el fuego divino se encendió en ti, el agua te purificó y Dios te dijo: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Lucas 3, 22). Entonces responde hoy, en este hoy que nos sitúa en el vértice del hoy eterno: ¡Sí, creo! ¡Sí, quiero! Creo que lo has hecho una vez para siempre, Señor, y quiero que alcance hasta este momento de mi vida. Que mi encierro se convierta en apertura hacia la vida, que mi aislamiento dé paso a un nuevo encuentro con los demás, en quienes quiero reconocer tu rostro resucitado.

Anoche hemos renovado las promesas que nuestros padres hicieron por nosotros cuando nos bautizaron. Hoy puedes hacerlo tú en primera persona, diciéndole que lo aceptas como tu Padre que te ama, como tu Salvador que te redime y como el Espíritu que te santifica. Remueve las losas del pecado y la vida sin Dios renunciando a todo lo que se opone a Él. Lo hacemos con las mismas renuncias de la noche pascual:

¿Renunciáis a Satanás, esto es:

al pecado como negación de Dios;

al mal como signo del pecado en el mundo;

al error, como ofuscación de la verdad;

a la violencia, como contraria a la caridad,

al egoísmo como falta de testimonio del amor?

Sí, renuncio.

¿Renunciáis a sus obras, que son:

vuestras envidias y odios;

vuestras perezas e indiferencias;

vuestras cobardías y complejos;

vuestras tristezas y desconfianzas;

vuestras injusticias y favoritismos;

vuestras faltas de fe, de esperanza y de caridad?

Sí, renuncio.

¿Renunciáis a todas vuestras seducciones, como pueden ser:

creeros los mejores, únicos y poseedores de la verdad,

creeros que ya estáis convertidos del todo,

y perderos en las cosas

(medios, instituciones, reglamentos)

en lugar de ir a Dios?

Sí, renuncio.

¡Amén!

La hora que redime la nuestra. Meditación para el Miércoles Santo

Arkhip Kuindzhi, Cristo en Getsemaní ( 1901 )

Padre Christian Díaz Yepes

Publicado en: https://www.religionenlibertad.com/opinion/930822079/hora-redime-nuestra.html           

Dedicar parte de la noche a orar es mucho más que sacar un rato para Dios cuando el día no nos dio para hacerlo. Es ofrecerle y ofrecernos un tiempo fuera del tiempo, que puede ser el más valioso de nuestra jornada. Porque consagrando esos momentos ejercemos un acto de la más pura fe, ya que humanamente no tendría ningún sentido acortar las horas de sueño si no fuera por la confianza cierta de estar comunicándonos con quien más importa. Y es que cuando ya no damos la prioridad solo a lo urgente se nos abre una ventana hacia lo eterno, que es lo verdaderamente importante. Son además las horas en que no pretendemos guardar ninguna apariencia y quedamos al descubierto ante el único que ve límpidamente nuestra intimidad, es decir, nuestra verdad. Por eso supone verdadera valentía y humildad, virtudes que tanto nos asemejan a Cristo. No por casualidad toda la historia de la fe, desde Abrahán hasta el Apocalipsis, está atravesada por las intervenciones de Dios en las noches de quienes se han abierto al diálogo con Él.

Pero en particular las noches de la Semana Santa nos brindan una ocasión única para adentrarnos en el misterio de la comunicación de Dios y con Él. Comunicación de Dios porque estas noches nos acercan al qué y cómo Cristo habría dialogado con el Padre en sus últimas vigilias. Él sabía que había venido a esta tierra como el cordero que sería inmolado para quitar el pecado del mundo (Juan 1, 29-34). Cordero prefigurado en el que las familias hebreas ofrecieron el plenilunio del mes de Nisán, cuando fueron  liberados de su esclavitud en Egipto. Mes cuyo nombre significa “renuevo”, “brote”, porque se inicia con el equinoccio boreal de la primavera. Maestro en interpretar los signos de los tiempos, Cristo habría contemplado el creciente de la luna de esa semana como señal de la proximidad de la hora, su Hora, en que se ofrecería a sí mismo como el definitivo cordero pascual, que libera de la esclavitud del pecado y renueva así la humanidad. Por eso la noche antes de su oblación reconoce que ha llegado el momento de ofrecer su cuerpo y sangre como la nueva alianza para el perdón de los pecados (1ª Corintios 11, 23-24; Mateo 26, 26).

Alzar los ojos al cielo en estas noches para ver crecer la luna hasta su plenitud el Viernes Santo nos adentra en ese diálogo entre el Padre y el Hijo. Diálogo de agonía, y por eso mismo lucha dramática esencial del cristianismo, como diría Unamuno. Tensión de amor y dolor entre el cielo y la tierra, combate y rendición victoriosa. Diálogo de Dios, Padre e Hijo en el Espíritu Santo, que se prolonga en el que nosotros establecemos con Él como cuerpo de Cristo, quien ya no eleva sus ojos entre los olivos del huerto, sino entre las tinieblas de esta hora trágica de la humanidad. En rendición de amor, también le pedimos que abracemos también el cáliz particular que ÉL ofrece a cada uno, para que ante todo sea su voluntad la que se realice. Por esta voluntad, Él va haciendo germinar los brotes de una humanidad renovada en la fe y en el amor, que muestran su belleza en estas mismas horas de agonía. Noche oscura, ciertamente, pero por eso mismo propicia para volver a nuestra esencia más pura y desde allí ofrecer lo mejor de lo que esperamos alcanzar.

Si no tuviéramos este tiempo fuera del tiempo

qué poco entenderíamos del tiempo que nos hace

mientras nos desgrana.

Atiende

a la fuente. Ella estará

Después de habernos ido, cuando la tierra

nos acoja en su hoguera. Nuestras venas

como pregón de arroyo hasta el mar.

Si no confías

todo pasará sin que nadie lo recuerde.

Esa luna

libera nuestras almas del impetuoso aturdimiento.

Te hablo

desde donde estamos solo por instantes

para así un día,

el próximo, el inminente,

habitar del todo en él.

Dios nos hace nuevos

             

Lectio divina sobre el evangelio de este V domingo de Cuaresma

Publicado en La Razón 03/04/2022

 

«Yo tampoco te condeno. Anda, y en adelante no peques más». Con estas palabras Cristo deja ir en paz a la mujer sorprendida en adulterio. Ella hubiese merecido la lapidación, de haberse seguido las normas antiguas con una dureza mayor que las de las propias piedras que estaban por arrojarle. Con la misma indulgencia, Dios nos pone hoy delante esa nueva vida a la que nos adentra Cristo con su paso de la muerte a la gloria. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.» (Juan 8, 1-11).

La trampa estaba tendida: Si Jesús decía que lapidaran a la mujer, refrendaba la dureza con que los fariseos y escribas forzaban la Ley divina hasta su extremo más radical; pero si decía que la perdonaran, hubiera aparecido como un maestro laxo, que no seguía con fidelidad las leyes de su sociedad. Por eso su respuesta apunta hacia el centro más profundo donde se determina la respuesta humana a Dios. Él interpela la conciencia de estos justicieros. ¿Quién de ellos podía considerarse libre de faltas como para condenar sin consideración a otro pecador? ¿Qué era peor, el adulterio de aquella mujer o la hipocresía que les movía a ellos? Cristo no había venido para abolir ni relativizar la Ley divina, sino para llevarla a la plenitud, y para Dios la plenitud implica la misericordia como eje de su justicia. El Verbo eterno ha descendido a nuestra condición para rescatar desde esa misericordia todo cuanto se ha corrompido y necesita una nueva oportunidad. Él es quien viene a proclamar definitivamente que lo antiguo ha pasado y que Dios está haciendo algo nuevo, ¿No lo notamos? (Cf. Is 43, 19). Ante nosotros queda abierto el reconocernos necesitados de esta oportunidad, superando cualquier actitud justiciera y retaliativa hacia los demás e incluso hacia nosotros mismos. En el tramo final de la Cuaresma estamos llamados a descubrir la necesidad que tenemos de acoger el perdón y la nueva vida que se abre ante nosotros. Necesario es pasar con Cristo por su muerte al pecado y la oscuridad para alcanzar la luz.

En nuestro actual contexto en que la paz se encuentra tan amenazada tenemos que volver a comprender que la paz verdadera y estable solo se construye sobre la justicia que cada uno viva, y la forma más alta de esta es el perdón. Para alcanzarlo, tenemos que volver hacia el centro personal de nuestra propia conciencia, que nos hace reconocernos débiles y necesitados de ayuda para entonces acudir a Dios, que no nos quiere condenar, sino hacernos nuevos por su Misericordia y el ponernos en pie. Desde ahí podemos com-padecer a los demás y posibilitar nuevas oportunidades en vez de condenas sin salida. Por eso la indulgencia de Cristo ante la mujer adúltera es una enseñanza perenne para todos los que queremos vivir en la reconciliación y, desde ella, asentar las bases de la más noble forma de convivir. ¿Estamos dispuestos a dejar caer nuestras piedras y recorrer este camino?

Volver a casa

Lectio divina para este IV domingo de Cuaresma

Publicado en La Razon 27/03/2022

https://www.larazon.es/religion/20220327/trgzfi7t55gwvm2klvjtgimv6u.html

Con la parábola del Padre Misericordioso llegamos al centro luminoso de todo el evangelio. Desde Adán hasta Jesús, toda la historia de la salvación se ha ido desarrollando para llegar hasta aquí, donde se nos revela plenamente quién es Dios y quiénes somos nosotros. Tomemos un momento de intimidad con Dios para meditar estas palabras, siempre nuevas y renovadoras:

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola. “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la fortuna’.
El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo:
‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros’. Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus criados:
‘Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado’. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó:Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud’.
Él se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado’.El padre le dijo:Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado’.» (Lucas 15, 1-3.11-32)

Dios es el padre humilde, valiente y misericordioso que aparece en estas líneas. Por amor se pone por debajo de sus dos hijos, respetando su libertad y manteniendo su corazón abierto para acogerles en su alegría y bondad. No les juzga ni condena, no les coarta ni detiene sus pasos. Les espera, se arriesga a ser rechazado en su amor y, sobre todo, no deja de tener abiertas las puertas de su casa hasta que reconozcan plenamente su dignidad de hijos. Cada uno debe ahora dar el paso de convertirse en qué idea tiene acerca de su padre para descubrir su propia verdad.

En un silencio de adoración, hago el vacío de cualquier imagen errada que pueda tener sobre Dios -policía, juez, verdugo, ser lejano y desinteresado-. Luego le pido la gracia de contemplarle como realmente ES.

El hijo menor somos cada uno de nosotros cuando le damos la espalda a Dios y pretendemos arrancarle lo que ya Él nos ha ofrecido: Nuestra libertad. Pero aun así, Él vuelve a darnos lo que queremos arrebatar, y hasta más, dejando que nos aventuremos lejos de su presencia. Porque sabe que su amor tiene una fuerza mayor que por sí sola nos hará volver. Nos deja marchar y espera.

Lejos de Él lo perdemos todo. Fuera de su amor solo nos depara la ruina, la impotencia y la oscuridad. El mero instinto por sobrevivir nos mueve a volver a casa, incluso por un interés egoísta. Entonces emprendemos el camino de vuelta tan atribulados por lo que hemos hecho que creemos merecer la humillación y ser tratados como esclavos. Cuando ya avistamos la casa paterna, advertimos una luz en la ventana. Él nos aguarda. No espera que lleguemos y más bien corre para salir a nuestro encuentro… “Padre, he pecado… no merezco… trátame como a un esclavo…”. Pero Él se nos echa al cuello y nos llena de besos: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Nos cambia los harapos por vestiduras, sandalias y anillo de dignidad, y manda a celebrar en grande.

¿Me veo a mí mismos como merecedor de tanto amor? ¿Soy consciente de mi dignidad de hijo libre y amado por Dios o me considero un esclavo? ¿Tomo parte en su banquete o me conformo con las migajas?

Pero también somos el hijo mayor cuando no dejamos que Dios sea nuestro padre, compartiendo su misericordia. “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo…”. Estamos siempre en su presencia, pero no nos falta tanto por asemejarnos a Él. No experimentamos la alegría de ser sus hijos por imponerle la imagen de un dueño castigador, tan distinto del Abbá-Padre que nos revela Jesucristo. Por eso tampoco somos capaces de reconocer al otro como hermano, perdonarle y alegrarnos por su conversión. Así que nos rehusamos a entrar en casa, ¡nuestro propio hogar! No pensamos como el padre y, aunque hayamos estado siempre con él, en verdad añorábamos otras compañías, como banquetear con los propios amigos. Cumplimos como empleados ante un jefe, como inquilinos ante un casero o como estudiantes ante un examen. No como hijos. Y es allí donde está el gran fallo y la gran tarea de nuestra conversión.

¿Cuántas de mis autoexigencias, incluso “religiosas”, me alejan de la casa del Padre? ¿Cuántas imágenes erradas mantengo acerca de Él, sin haberle conocido íntimamente? ¿A quién adoro en realidad, a Dios que es Amor o a un ídolo que me voy formando?

 

¿Miedo o santo temor?

Meditación para este III domingo de Cuaresma

            ¿Nuestra vida espiritual está marcada por miedos que nos impiden crecer o por una justa reverencia de amor? Es decir, ¿nos mueve el miedo o el santo temor de Dios? Sobre esto nos alerta el Señor con las certeras palabras del evangelio de hoy. Leamos y meditemos:

«En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”
Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas» (Lucas 13, 1-9). 

Nos estremecemos al recibir estas palabras de Cristo. El mismo Señor de la misericordia a la vez nos sacude mostrándonos la fatalidad que puede estar a nuestras puertas. No basta con pensar que Dios perdona todo y tendrá piedad de nosotros. Hay que tener conciencia del propio pecado y de su infinita santidad. Pero tampoco podemos creer que son tan grandes nuestras culpas que ya no merecemos una oportunidad y tendremos que cargar por siempre con la desdicha. Démonos cuenta de que Él continuamente nos da oportunidades de convertirnos a su amor y vivir en la verdadera libertad, como el que siembra una higuera en su campo esperando que dé frutos a su tiempo. Por eso, pregúntate si vives una religiosidad superficial, sin un compromiso hondo con sus exigencias o igualmente superflua al estar sostenida en un miedo insano.

Jesús dirige el evangelio de hoy a gente piadosa de su pueblo que se preguntaba por qué Dios parecía no protegerles en algunas ocasiones. Ellos tendían a resolverlo con el argumento de la retribución, que era algo así como: “Si te portas bien, Dios te ayuda y prosperas, pero si te va mal será a causa de alguna culpa tuya o de tus antepasados”. Con ello se justificaban bajo cierta religiosidad las desigualdades de la sociedad, donde unos pocos gozaban de grandes privilegios por su linaje, cargos y una religión de apariencias, mientras muchos permanecían bajo el estigma de la culpa. Pero, ¿dónde quedaba entonces el perdón de Dios, que siempre va unido a la libertad y una nueva oportunidad para el creyente? Porque la culpabilidad hunde y detiene, a la vez que cierra las puertas a la esperanza. Pero en vez de culpabilidad, Cristo enseña a asumir la responsabilidad, que implica conciencia, decisión de reparar el daño y avanzar. Un Dios justiciero  no puede ser fuente de vida y libertad. Él es el Padre que procura que sus hijos avancen hacia la plenitud de la vida, aprendiendo de lo negativo y yendo más allá de ello.Por eso, reflexiona sobre cuántas veces te acercas a Dios con una mentalidad justiciera o comercial, del tipo: “Yo te doy, tú me das”. ¿Cuántas veces utilizas tus culpas pasadas para no cambiar y justificar una vida estéril?

Este evangelio es también buena noticia porque nos sacude poniendo en alerta nuestros sentidos espirituales. La conclusión de la parábola deja abierta la última oportunidad que el dueño de la viña, que representa a Dios, concede a su higuera para que empiece a dar frutos. Aparece así su misericordia  como esa última oportunidad que no se puede desaprovechar. Hoy esta Cuaresma es esa oportunidad para nosotros. No dejemos para luego lo que Dios nos exige ahora. ¿Estás dando los frutos de vida que Él espera de ti? ¿Qué propósito te haces para aprovechar la oportunidad de este tiempo?

Autenticidad

Lectio divina para este VIII domingo del tiempo ordinario

Publicado en La Razon 27/02/2020

Son tantas las veces que proyectamos nuestros defectos en los demás, juzgándolos con una medida impropia y que no ayuda a ninguno. Antes de fijar la mirada en los otros, más bien hagamos examen sobre nosotros mismos. Démonos cuenta de que, como una huida hacia adelante, rechazamos en ellos mucho de lo que no aceptamos de nuestra propia persona. Sobre esto, precisamente, nos advierte el Señor este domingo. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola a sus discípulos: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la mota del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”» (Lucas, 6, 36-45).

Autenticidad significa no pretender, y esto en su doble significado: tanto no exigir del otro lo que no estamos dispuestos a dar nosotros, como tampoco engañar y engañarnos haciendo creer que no tenemos mucho que debe ser corregido. Solo si somos capaces de aceptarnos con sinceridad y humildad podremos ver a los demás en la justicia y en la misericordia. Porque a quien tiene una herida abierta, cualquier cosa le escuece. Por eso tantos reaccionan desmesuradamente ante los demás, cuyos caracteres, con o sin quererlo,  hacen saltar chispas en quienes no han dejado sanar sus heridas por la gracia de Dios y el bálsamo de la misericordia hacia los demás.

Cristo nos dice también que el buen árbol se reconoce por sus frutos. Porque la medida de una verdadera espiritualidad está en la capacidad de generar frutos. No nos ha creado Dios para una vida estéril. Recordemos su mandamiento a la humanidad en el Génesis: «creced y multiplicaos». Esta orden no solo se refiere a la reproducción biológica, sino al crecimiento de nuestra existencia hacia su trascendencia, multiplicando nuestras obras de fe y amor. Es todo lo contrario a una vida cerrada sobre sí misma, sin servir a nadie. Somos llamados a la plenitud de quien genera vida y esperanza a su paso. Las buenas obras, la solidaridad, la alegría y la paz verifican que nuestra fe es auténtica. Esto va mucho más allá del mero cumplimiento de preceptos y el sentirnos conformes con una existencia  superficialmente intachable. Por eso, pregúntate hoy qué tipo de frutos da tu vida de fe y si tus obras están acompañando coherentemente aquello en lo que dices creer.

Finalmente, Cristo nos presenta el baremo para medir nuestra coherencia: lo que sale de nuestros labios, pues de lo que rebosa el corazón, habla la boca. Si vivimos en la verdad, somos veraces. Es decir, nuestras palabras valen por la misma fuerza que expresan, sin necesidad de justificaciones ni subterfugios. Cuando nos encontremos expresando palabras falaces, agresivas o sin consistencia, examinemos cuánto no estamos aceptando de nosotros mismos y sí proyectamos sobre los demás; qué tan fecunda y plena está siendo nuestra propia vida; cuánto estamos haciendo presente el reino de Dios a través del amor por Él y por todos.

            Recita con estupor y confianza este poema:

El reino

es el venir sonoro del encuentro

con quien te espera en el fondo de agua

para el concierto.

El vacío de ti mismo se colma

cuando uno en el otro muere sin lamento.

Estrechas sus manos y en pocas notas

dos o más devienen

en la presencia.

Esta es tu secreta ciencia:

mirarse a los ojos en la danza.

El hermano es tu transparencia,

el azul de hondura y luces ciertas.

Solo eres tú mismo

en el nosotros,

el ímpetu rendido a la inocencia.

Soltar,

soltar por la borda la red henchida de certezas.

Es tema del mar es este gozo

que dispersa las apariencias.

Sin llorar ahogos ni despedidas

la marea nos lleva,

refleja el todo y navega

en fondo al mar, alcanza el puerto.

La mesa espera servida,

se colma la pesca.

Contra-sentido

Publicado en La Razon, 20/02/20222

Lectio divina para este VII domingo del tiempo ordinario

«En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados;  dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lucas 6, 27-38).

La lógica del Evangelio es clara: «Dad y se os dará». Si esperamos recibir algo de Dios, antes hemos de ofrecerlo a nuestro prójimo. Esto vale muy especialmente para el perdón, que es el don más precioso que podemos esperar de Dios. Por eso Jesús nos enseña a pedirle: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden»  (Mt 5, 23). Y es que la vida cristiana es entrar en el círculo que parte de lo divino, alcanza lo humano y vuelve hasta Dios. Él es la fuente de la compasión y el perdón, porque ante todo es un Dios de amor. De Él sólo puede venir misericordia y cuando llega hasta nosotros espera que respondamos en sintonía. Como hijos que miran su modelo en el Padre, queramos también nosotros vivir con un corazón abierto para acercarnos a cada persona sin juicios ni condenas, dispuestos a ofrecer el perdón y la ayuda concreta a quien nos necesite. No caigamos en el capricho del que solo espera recibir sin ofrecer nada. Reflejemos el amor divino que viene a nosotros viviendo en consecuencia con lo que aspiramos alcanzar.

La meta que nos propone Jesús es alta, la mayor de todas: alcanzar el amor divino. Ciertamente, eso no está en nuestra capacidad. Pero sí podemos pedirle que nos avive con su Espíritu y poner las menores resistencias a su acción en nosotros. Esto se llama conversión, que significa ir en contracorriente de nuestros instintos más inmediatos. Implica un cambio de mentalidad, de objetivos y de la vida entera. Los mayores obstáculos que solemos poner a aquella son nuestra incredulidad, el derrotismo de pensar que ya no tenemos remedio, el permanecer caídos en nuestros viejos prejuicios, mezquindades y egoísmos, en la lógica de la retaliación de devolver mal por ma. Por eso no vivamos solo a partir de lo primero que sentimos. Aventurémonos al contrasentido del evangelio, el cual nos muestra que donde abundó el pecado, sobreabundó aún más la gracia. Nuestra pobreza puede ser nuestra mayor riqueza; cada dificultad, una oportunidad; nuestro dolor, fuente de amor. Por eso, hoy atrévete a deponer ante Cristo todas las resistencias que puedas reconocer en ti. Disponte a ofrecer el perdón ahí donde el primer impulso sería odiar y pagar con la misma ofensa recibida. Esto te hará libre, capaz de aceptar y ofrecer el flujo de la gracia y la vida que esperas alcanzar. El dolor aceptado con amor te dispondrá a esto, y ese perdón ofrecido te hará ser quien eres en verdad.

 

Revés bendito

Foto de José Javier Míguez Rego
Foto de José Javier Míguez Rego FOTO: LA RAZÓN (CUSTOM CREDIT)

Lectio divina para este VI domingo del tiempo ordinario

Las palabras de Jesús son siempre desconcertantes, rompedoras ante lo caduco y sin verdad. Por eso nos cuestionan y hacen asumir la vida desde una perspectiva diversa a la que buscaríamos instintivamente. De ahí que tanto sus bienaventuranzas como los infortunios que declara expresen todo lo que no quisiéramos experimentar, pero que tantas veces viene a nosotros como oportunidad de crecimiento y libertad. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas”.» (Lucas (6,17.20-26)

Pobreza, hambre, lágrimas, rechazo y persecuciones… Cuando algo de esto nos pasa, tratamos de salir de ello enseguida, nos encerramos en nosotros mismos por miedo o huimos hacia adelante. Cuánto deseamos, en cambio, la prosperidad, el disfrute, la admiración. Sin embargo, estas orientaciones de nuestros deseos nos hacen perder una gran oportunidad. Porque la lógica del evangelio invierte las prioridades y valoraciones que se le da fácilmente a lo que ocurre y a lo que se tiene. Necesitamos cambiar la perspectiva, buscar a Dios y así descubrir lo que verdaderamente vale. Necesitamos tomar conciencia de que el dolor es connatural a la vida. Si pretendemos huir de él, lo convertimos en sufrimiento, pero si lo asumimos con fe nos hace crecer y avanzar hacia la plenitud. Porque el dolor nos viene desde afuera, mientras que el sufrimiento viene por nuestra decisión consciente o inconsciente de asumir erradamente eso que nos ocurre. Un golpe que nos demos contra una cosa nos puede causar

un dolor físico pasajero, pero si nos quejamos de nuestra torpeza o culpamos a otros, sufrimos también emocional y espiritualmente; nos hacemos pequeños y no avanzamos. Eso mismo sucede con cualquier situación favorable o desafortunada que vivimos. Lo importante es tener bien orientada la brújula de nuestro navegar. Toda borrasca se puede aprovechar si sabemos manejar las velas. Una pérdida puede hacer más ligero nuestro rumbo, mientas que acumular cargas innecesarias nos puede hacer zozobrar.

Cristo contrasta sus bienaventuranzas con las malaventuranzas, es decir, lo que reciben quienes quedan cegados por las falsas consolaciones de esta vida. Las riquezas nos pueden esclavizar en un horizonte muy pequeño, la saciedad nos embota, la diversión nos atonta y los halagos nos adormecen y condicionan. Lo que el mundo considera felicidad es ilusión y engaño, tan distinto a una vida con los ojos y el corazón abiertos, de lo que nos eleva hacia cimas más valiosas y nos reta a superar nuestros límites. Por eso necesitamos meditar acerca de cuáles son esas riquezas, distracciones y saciedad que se convierten en cargas que nos estorban para alcanzar la libertad y la paz. ¿Cuáles son las cosas que puedo dejar de lado para merecer lo que en verdad vale?

La Palabra de hoy nos hace preguntarnos dónde estamos poniendo nuestra esperanza, si en Dios que saca bien del mal y no permite que pasemos una prueba sin darnos la fuerza para superarla o en nuestros medios, siempre insuficientes. Él nos hace descubrir que toda sombra tiene su revés bendito, toda dificultad es una oportunidad, toda cruz, el camino hacia la luz. No tratemos de huir de ello. Asumámoslo con el alma despierta para ver lo que puede revelarnos el verdadero sentido de la vida. Medita y ora con este poema:

Cuando la tormenta se levante

y permanezcas firme ante el timón.

Si con el silencio de los sabios

reconoces que es hora de bajar las velas

y dejarse conducir por el soplo de Dios.

Cuando sepas dar calma a quienes

vean hundirse sus naves

y no llores tu propio naufragio.

Si contra el viento que traiciona,

y contra toda corriente de miedos y dolor.

Si contra la noche con sus hielos,

permaneces. Cuando caigas con la pesca y la barca hasta el fondo

y te mantengas atento al torrente de adentro,

entonces habrás vencido.

La pérdida será ganancia

y tu pequeña chispa encenderá una hoguera:

el calor del cielo entre las olas.

Alzado como faro en las noches de miedo,

habrás triunfado.

Aun cuando parezca naufragio

, pero hayas permanecido firme en la llama inagotable.

Habrás llegado al esperado puerto.

Estará en ti con todas tus voces sosegadas

y la luz serena del torrente sin final

Ver a Dios

Lectio divina de este V domingo del tiempo ordinario

Lectio divina de este V domingo del tiempo ordinario, por tu
palabra, echaré las redes”. Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces
que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que
estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las
dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los
pies de Jesús diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Y es que el
estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que
habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran
compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de
hombres”. Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lucas
5, 1-11).
Ante el portento de la pesca milagrosa, a Pedro le salta a la vista su propia
indignidad. Porque hasta entonces había sido testigo de algunos milagros de su Maestro,
pero todavía ninguno se había referido tan directamente a él. Ahora comprende que la
grandeza de Jesús le sobrepasa tremendamente. Se da cuenta de su pequeñez ante la

divinidad que se manifiesta en quien es obedecido hasta por los vientos y las olas del mar.
Ciertamente, se trata de una cuestión fundamental de proporciones, que nos sitúa de modo
correcto en lo que somos y el lugar que ocupamos en la creación: Dios es el Eterno e
inabarcable, nosotros somos limitados y pequeños. Pero este mismo Dios es quien llama
a Pedro a seguirle y ha querido bogar en su barca para conducirla a un nuevo rumbo. Por
eso, aunque es infinita la distancia esencial entre Cristo y cualquier otra persona, tanto
Pedro como tú y yo estamos invitados a reconocer que ha sido su amor el que ha querido
acercarse y acompañar nuestros caminos. ¿Te das cuenta de que Dios tiene la iniciativa
de acercarse a tu vida y confías en el camino que Él te señala?
«No temas, desde ahora serás pescador de hombres». Con estas palabras Jesús
ayuda a Pedro a salir de sí mismo, a dejar de mirar la estrechez de su pequeño mundo
para disponerse a la misión que Él le encomendará. Para ello debe ser consciente de sus
límites, sí, pero para ayudar a los demás a salir de ellos. Ahora será pescador de hombres,
hacia quienes dirigirá sus esfuerzos por comunicarles la vida nueva que viene de Dios.
Este es el punto crucial del auténtico conocimiento de nosotros mismos a la luz de la
gracia: La conciencia de nuestra imperfección ha de ayudarnos a ser solícitos con los
demás, hacia quienes hemos de dirigirnos con misericordia y generosidad. Pregúntate,
por tanto, si la conciencia de tu propia fragilidad te encierra en el pesimismo o te hace
más solícito con quienes te necesitan. En este punto se comprueba la autenticidad de tu
propia humanidad y de tu misma fe.
Disponte entonces a tomar el timón de tu vida con la serena seguridad de quien es
conducido por el soplo del Omnipotente. Que veas tu propia pequeñez para abismarte en
la grandeza de quien te ama y en la misión a la que te envía. En tu camino encontrarás
muchos más a quienes iluminar con la gracia recibida, y que invitarás también a un
portentoso navegar

divinidad que se manifiesta en quien es obedecido hasta por los vientos y las olas del mar.
Ciertamente, se trata de una cuestión fundamental de proporciones, que nos sitúa de modo
correcto en lo que somos y el lugar que ocupamos en la creación: Dios es el Eterno e
inabarcable, nosotros somos limitados y pequeños. Pero este mismo Dios es quien llama
a Pedro a seguirle y ha querido bogar en su barca para conducirla a un nuevo rumbo. Por
eso, aunque es infinita la distancia esencial entre Cristo y cualquier otra persona, tanto
Pedro como tú y yo estamos invitados a reconocer que ha sido su amor el que ha querido
acercarse y acompañar nuestros caminos. ¿Te das cuenta de que Dios tiene la iniciativa
de acercarse a tu vida y confías en el camino que Él te señala?
«No temas, desde ahora serás pescador de hombres». Con estas palabras Jesús
ayuda a Pedro a salir de sí mismo, a dejar de mirar la estrechez de su pequeño mundo
para disponerse a la misión que Él le encomendará. Para ello debe ser consciente de sus
límites, sí, pero para ayudar a los demás a salir de ellos. Ahora será pescador de hombres,
hacia quienes dirigirá sus esfuerzos por comunicarles la vida nueva que viene de Dios.
Este es el punto crucial del auténtico conocimiento de nosotros mismos a la luz de la
gracia: La conciencia de nuestra imperfección ha de ayudarnos a ser solícitos con los
demás, hacia quienes hemos de dirigirnos con misericordia y generosidad. Pregúntate,
por tanto, si la conciencia de tu propia fragilidad te encierra en el pesimismo o te hace
más solícito con quienes te necesitan. En este punto se comprueba la autenticidad de tu
propia humanidad y de tu misma fe.
Disponte entonces a tomar el timón de tu vida con la serena seguridad de quien es
conducido por el soplo del Omnipotente. Que veas tu propia pequeñez para abismarte en
la grandeza de quien te ama y en la misión a la que te envía. En tu camino encontrarás
muchos más a quienes iluminar con la gracia recibida, y que invitarás también a un
portentoso navegar

Más que un profeta


Lectio divina de este IV domingo del tiempo ordinario

Publicado en La Razón, 30/01/2022


La vocación del profeta es grande y riesgosa. Su misión viene de Dios, y
por eso habla en nombre del que le ha llamado y enviado. Y como muchos creen
ya conocer a Dios sin vivir una relación profunda con Él, el mensaje de aquel
puede ser chocante y suscitar rechazo y persecuciones. Esto es lo que le sucede
al mismo Cristo al presentarse como el Ungido de Dios ante la gente de su propio
pueblo:
«En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga: Hoy se ha
cumplido esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación
y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No
es este el hijo de José?”. Pero Jesús les dijo: “Sin duda me diréis aquel refrán:
“Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído
que has hecho en Cafarnaún”. Y añadió: “En verdad os digo que ningún profeta
es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas
en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y
hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue
enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos
leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de
ellos fue curado sino Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se
pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta
un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención
de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino» (Lucas
4, 21-30).
Cristo es más que un profeta, porque es el Hijo de Dios, tan distinto a nosotros. Por eso su mensaje choca aún más contra los acomodamientos que
hacemos de la palabra siempre nueva y creativa del que es mucho más que nuestras pequeñas comprensiones. Él ve y va siempre más allá, impulsa y
desafía, saca de la comodidad y cuestiona el sentirse demasiado seguro de sí
mismos. Ante esta verdad, es necesario que nos preguntemos cómo recibimos

la palabra siempre nueva y creativa de Dios. ¿Estoy dispuesto a cambiar mi vida,
estructuras y acomodamientos a partir de ella?


Jesús señala que donde menos se reconoce al profeta es en su propia
tierra. Se refiere a su entorno familiar y social, pero también puede ser el mismo
interior de la persona, que debe convertirse para vivir con coherencia el mensaje
que Dios le impele a comunicar. Los paisanos de Jesús miran su pasado, sus
etiquetas y prejuicios sobre él, sin abrirse a la novedad de Dios que siempre puede sorprender. Esta actitud puede acabar ahogando el Espíritu y frenando la profecía. La fuerza de Dios queda estéril en una tierra así. En nuestro caso, esta
tierra pueden ser nuestros familiares, amigos y los que creen conocernos mejor.
Bajo la aparente buena voluntad de evitarnos problemas, nos desaniman a arriesgarnos, a mirar más allá y luchar por valores más elevados, a transformar nuestra propia persona y nuestra historia. Son los que desconfían de nuestra
propia conversión y llamada a una misión. Prefieren que siempre seamos iguales, en vez de ayudarnos a que siempre seamos mejores. Tengamos
cuidado con que estos mensajes no nos detengan en nuestro avanzar hacia la
plenitud de nosotros mismos y nos impidan comunicar esa palabra única que
Dios pone en cada uno. A la luz de esta realidad, reflexiona sobre quiénes te frenan y te impiden mejorar. No les reproches, pero ve más allá de esas limitaciones, y disponte a dar lo mejor de ti con humildad y alegría.


La propia tierra también se refiere a nuestra propia mente, a esa voz
interior que muchas veces también nos limita y detiene con pensamientos del
tipo: “Siempre he sido así”, “Pero es que yo…”. Estos son mensajes que nos llegan desde nuestras heridas y miedos, que bloquean la acción del Espíritu y
nos impiden vivir en su libertad. Pero Dios quiere y puede sanar todo ello. Por eso no nos centremos en esos límites, sino en la gracia que Él nos da para
superarlos. Acallemos la voz de ese “saboteador interior”, y ante cada mensaje suyo, recordemos las palabras del Apóstol: “Todo lo puedo en Aquel que me
fortalece” (Filipenses 4,13), “Es cuando soy débil que soy fuerte, porque la fuerza
de Dios se manifiesta en mi debilidad» (2Cor 12,20). Por eso, en un momento de
silencio dialoga con tus propios miedos y frenos. Acéptalos con paz, pero sobre
todo acepta la gracia de Dios que te ayuda a superarlos. Como san Pedro, dile con esperanza al Señor: “Ya lo he intentado muchas veces y no he logrado nada, pero confiado en tu palabra, echaré las redes” (Lucas 5, 11).

Programa de vida

Publicado en La Razon, 23/01/2022


Lectio divina del evangelio de este domingo III del tiempo ordinario


El inicio del evangelio de Lucas nos presenta hoy el “programa de vida
de Jesús”, que ha de ser también el nuestro, y que se sostiene en los dos polos
de la relación con la Palabra de Dios y el amor a los hermanos. Desde aquí se
articula toda su existencia terrena, llena del Espíritu Santo, hasta consumarse
en su definitiva Resurrección. Leamos y meditemos:
«Ilustre Teófilo, puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un
relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los
transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores
de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, después de
investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la
solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por
toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a
Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre
los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo
del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde e staba
escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha
enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y
a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el
año de gracia del Señor”. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo
ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él
comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír ”»
(Lucas 1, 1-4; 14-21).
El inicio del evangelio de Lucas arranca con esta presentación a un
cierto Teófilo, que puede ser cualquier lector que acoja este mensaje como
auténtico “amigo de Dios”, pues es lo que significa este nombre.
Efectivamente, la lectura atenta y vivencial de este mensaje nos ayuda a ser
cada vez mejores amigos de Él. Más aun, como dijo Cicerón: Amicorum es

communia omnia, “Entre los amigos todos los bienes han de ser comunes”, y
la lectura profunda del evangelio de Cristo puede hacer que sus cosas, su vida
y su mensaje se hagan cada vez más nuestros. Para eso fue que san Lucas, que
no había sido testigo presencial de la existencia de Jesús en la tierra, quiso
investigar y poner en orden todo lo que debía saberse sobre él. Fue el mismo
Espíritu de Dios quien le inspiró, dándole la perseverancia, la sabiduría y el
discernimiento necesarios para compilar el mensaje que iremos ley endo
durante todo este año. Porque Dios realiza sus obras moviendo los corazones
y las fuerzas de sus elegidos para que comuniquen su presencia y su actuación
en el mundo, que ahora continúa en nosotros. Por eso al leer este “programa
de vida” con el que Cristo presenta su misión, conviene que nos preguntemos
cuáles son los puntos centrales de nuestra propia existencia y si se parecen a
los del Maestro.
Jesús vive una relación de profunda cercanía con la Palabra de Dios.
Él la escucha, la proclama y la vive en primera persona. Él no ha venido a
suprimir nada de lo que Dios había expresado antiguamente, sino a llevarlo a
su cumplimiento. Ese camino de libertad, esperanza y plenitud que el Creador
había abierto a la humanidad ahora encuentra quien lo recorre sin mezquindad
ni cobardía, sino con la propiedad del Hijo amado que viene a enseñarnos a
andar tras sus huellas. Por eso Jesús no lee las profecías como palabra del
pasado, sino que las actualiza en su propia vida y proclama su cumplimiento.
Así nos enseña cómo debe ser también nuestra atención a lo que Dios anuncia.
Hemos de convertirlo en nuestra única ley de vida y referencia fundamental.
Por eso, pregúntate si te esfuerzas por actualizar la Palabra de Dios en cada
circunstancia de tu vida y si interpretas esta a la luz del mensaje divino.
La Palabra de Dios impulsa a Jesús a amar concretamente a los
hombres. Este discurso inaugural no contiene consideraciones abstractas o
conceptos vacíos, sino que expresa su compromiso concreto por el bien de las
personas: Anunciar, ir en busca de los pobr es, liberar, sanar. Efectivamente,
la fe se verifica en este amor concreto hacia el prójimo, y por eso hemos de
preguntarnos si también nuestra relación con Dios se hace coherente en el
amor hacia los hermanos. Así como Cristo inaugura su misión en el mund o
basándose en este criterio, también nosotros hemos de desarrollar nuestra

communia omnia, “Entre los amigos todos los bienes han de ser comunes”, y
la lectura profunda del evangelio de Cristo puede hacer que sus cosas, su vida
y su mensaje se hagan cada vez más nuestros. Para eso fue que san Lucas, que
no había sido testigo presencial de la existencia de Jesús en la tierra, quiso
investigar y poner en orden todo lo que debía saberse sobre él. Fue el mismo
Espíritu de Dios quien le inspiró, dándole la perseverancia, la sabiduría y el
discernimiento necesarios para compilar el mensaje que iremos ley endo
durante todo este año. Porque Dios realiza sus obras moviendo los corazones
y las fuerzas de sus elegidos para que comuniquen su presencia y su actuación
en el mundo, que ahora continúa en nosotros. Por eso al leer este “programa
de vida” con el que Cristo presenta su misión, conviene que nos preguntemos
cuáles son los puntos centrales de nuestra propia existencia y si se parecen a
los del Maestro.
Jesús vive una relación de profunda cercanía con la Palabra de Dios.
Él la escucha, la proclama y la vive en primera persona. Él no ha venido a
suprimir nada de lo que Dios había expresado antiguamente, sino a llevarlo a
su cumplimiento. Ese camino de libertad, esperanza y plenitud que el Creador
había abierto a la humanidad ahora encuentra quien lo recorre sin mezquindad
ni cobardía, sino con la propiedad del Hijo amado que viene a enseñarnos a
andar tras sus huellas. Por eso Jesús no lee las profecías como palabra del
pasado, sino que las actualiza en su propia vida y proclama su cumplimiento.
Así nos enseña cómo debe ser también nuestra atención a lo que Dios anuncia.
Hemos de convertirlo en nuestra única ley de vida y referencia fundamental.
Por eso, pregúntate si te esfuerzas por actualizar la Palabra de Dios en cada
circunstancia de tu vida y si interpretas esta a la luz del mensaje divino.
La Palabra de Dios impulsa a Jesús a amar concretamente a los
hombres. Este discurso inaugural no contiene consideraciones abstractas o
conceptos vacíos, sino que expresa su compromiso concreto por el bien de las
personas: Anunciar, ir en busca de los pobr es, liberar, sanar. Efectivamente,
la fe se verifica en este amor concreto hacia el prójimo, y por eso hemos de
preguntarnos si también nuestra relación con Dios se hace coherente en el
amor hacia los hermanos. Así como Cristo inaugura su misión en el mund o
basándose en este criterio, también nosotros hemos de desarrollar nuestra

propia misión personal, inspirados por la palabra de Dios hecha concreta en
la caridad hacia los hombres. ¿Qué te falta en este camino? ¿Cómo puedes
armonizar mejor tu propia vida con el modelo divino que se nos ofrece en esta
Palabra?

Transformación

Meditación para este II domingo del tiempo ordinario

Publicado en La Razon, 16/01/2022: http://bit.ly/3GxEpYY

Al inicio del Tiempo Ordinario, el evangelio de Juan presenta una escena determinante de la primera semana de la vida pública de Jesús: la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. Esta no es una simple anécdota sobre un favor que Jesús hace a unos novios para sacarles de apuros. Nos dice para qué ha venido a este mundo y qué quiere hacer con nosotros. Él ha venido para suscitar una transformación y llevar a un grado exquisito todo lo que parece insuficiente, pobre y sin sabor. Nos lo dice en una escena cargada de sorpresa, abundancia, novedad, servicio y alegría. Leamos con atención:

«A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.  Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.  Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: “No tienen vino”. Jesús le dice: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Su madre dice a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: “Sacad ahora y llevadlo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Juan 2, 1-11).

Jesús realiza su primer milagro en una boda para mostrarnos que él ha venido para sellar la definitiva alianza de amor entre Dios y la humanidad. La unión bendita de un hombre y una mujer es imagen de esa comunión entre lo humano y lo divino. Por ello se expresa como alegría compartida, apertura a los demás, fiesta común, escucha y respuesta a la palabra eterna, discipulado y contemplación. En todo ello Dios está presente y nos dice cómo es Él. Por eso, pídele que te abra a una comunión cada vez más plena con Él y más comprometida con los demás. Proponte establecer lazos de unidad con quien se puedan haber roto o con quien más te cueste.

Jesús transforma el agua usada de esas tinajas de piedra en el mejor y más abundante vino que se hubiera probado. Porque Dios puede y quiere transformar nuestros corazones endurecidos y sucios en algo que no somos capaces ni de imaginar. Eso se llama conversión, cambiar nuestro ser desde lo insípido a lo lleno de vida, de la tristeza al gozo que se ofrece y se comparte. Abrámonos sin miedo a ese poder transformador, porque esta es la fe verdadera. Considera qué cosas, situaciones y pensamientos endurecen tu corazón hasta quizá dejarlo pesado y frío, como esas tinajas de piedra al fondo de las cuales yace suciedad y agua turbia.  Entonces contempla a Cristo convirtiéndola en bebida de alegría ¿En dónde encuentras las fuentes de ese vino? ¿Qué acciones, pensamientos y personas te llenan de vida? Dale gracias a Dios por esas ocasiones que ayudan a tu transformación. Contempla los invitados a la fiesta de tu vida, especialmente aquellos a los que sirves, por los que oras y a quienes anuncias el evangelio. Date cuenta de que esa es nuestra vocación. Hemos nacido para ofrecernos y llenar a muchos de la vida que nos viene de Dios.

Todo esto también exige poner de nuestra parte: llenar las tinajas, hacer lo que el Señor nos dice. Cada vez que salimos de nuestros propios gustos, de nuestra comodidad y medianía, ya empieza a transformarse algo en nuestro interior. Cuando damos un paso de conversión y elevamos la mirada del corazón hacia Dios, ya su gracia está actuando en nosotros. ¿Dónde quedan entonces esas turbias aguas? ¿Dónde la tristeza de una fiesta truncada? Cristo nos ofrece la alegría, la paz profunda, el gozo secreto que nada nos puede arrebatar, a pesar de cualquier adversidad. Experimentémoslo. Nosotros somos hoy los discípulos que antes estuvieron allí, contemplando el primer milagro del Señor: La transformación de nuestros corazones. 

 

Creer la eternidad

Lectio divina para este XIX domingo del tiempo ordinario

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?, se preguntaban los que no comprendían a Jesús. Porque es difícil acoger el deseo de Dios de entrar en una comunión tan íntima con nosotros. Pero Él sí es capaz de sobrepasar cualquier imposibilidad por acercarse a quienes ama como hijos. Por eso se queda en el Sacramento que da la vida y nos invita a acogerle con confianza y entrega. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”. Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: ‘Serán todos discípulos de Dios’. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.  No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”» (Juan 6, 41-51).

El sacramento eucarístico es un signo de contradicción desde el primer momento en que Cristo lo proclama. Para unos es fuente de vida eterna, mientras que para otros es escándalo y tropiezo. Esto es así porque la Eucaristía es el evangelio hecho alimento corporal, y el evangelio, siempre desafiante, exige que tomemos posiciones claras en la vida. Efectivamente, que el Lógos de Dios se haya hecho carne y se haya dejado matar en la cruz es el mayor escándalo y locura para el mundo, y si además esta carne se hace pan, no lo puede ser menos. Este amor divino hecho carne y sangre, pan que se parte, se reparte y se comparte puede alcanzar y sanar lo más humano de lo humano: que nuestra condición caída necesita redención, y ser sustentada en esa redención durante el tiempo para obtener así la vida eterna. Necesitamos ser alimentados en el vértice en que se unen nuestra carne y nuestra alma, vida física y espiritual. Solo el Cuerpo y la Sangre del Señor pueden llegar a ese punto sagrado para redimirnos y conducirnos a la eternidad.

«Creo en la vida eterna», afirmamos en la conclusión del Credo. Con ello no proclamamos un vivir por años ilimitados, repitiendo sin más las experiencias de la existencia terrena. Mucho menos proclamamos nuestra fe en la eternidad como consuelo de tontos ante el mal de muchos que es el final de nuestra vida mortal. Cristo ha venido a traer la vida en plenitud: «Yo he venido para que tengáis vida, y vida en abundancia» (Jn 10, 10). Y si necesitamos los alimentos naturales para desarrollar la vida temporal, con más razón necesitamos el alimento sobrenatural para alcanzar esa plenitud de lo que somos. Ese no puede ser menos que Dios mismo, que viene a nosotros por pura gratuidad de amor, como padre que alimenta a sus hijos con su mismo Espíritu. Así nos libera de una visión puramente inmediata de nuestro ser, tareas y proyectos. Todo está en función de un horizonte más amplio.  Recuerda: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»(Mateo 4, 4).

Somos Uno, porque distintos

Somos Uno, porque distintos

 Lectio divina para este domingo de la Santísima Trinidad

El domingo pasado hemos completado el tiempo de Pascua con la celebración del Pentecostés. Por eso hoy contemplamos el misterio de Dios en su plenitud. Él es Trinidad, es decir, comunión de amor de Tres distintos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

«Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”».

Palabra del Señor

 

Dios es Amor porque es Trinidad, unidad y distinción entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Comunión de los diversos, que es todo lo contrario a la uniformidad y mucho más al individualismo. Cada una de las Personas Divinas es en relación con las demás: el Padre que ama al Hijo, el Hijo que responde a su amor y la relación entre ambos que es el Espíritu. Son distintos, pero a la vez UNO porque se aman en esa distinción, sin confusión ni contraposición.

Nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios trinitario. Por tanto, a imagen del amor que une y distingue. Nuestra realización está en reflejar este modelo divino, ya presente en nosotros pero que debe purificarse hasta que Dios sea todo en todo lo que somos y hacemos.

Pero ¿cómo vivir esta llamada, en la que nos jugamos nuestro ser y nuestro trascender?

Todo nace de una espiritualidad. Es decir, de un compromiso interior de cada persona y comunidad a convertirnos, comprometernos y ofrecer el testimonio de lo que vivimos. Fue lo que san Juan Pablo II presentó como hoja de ruta para toda la Iglesia al inicio del tercer milenio, cuando nos llamó a vivir una espiritualidad de comunión. Recordemos parte de lo que ella exige:

«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) ». Juan PabloII, Novo millennio ineunte, 43].

En la Trinidad tenemos el modelo. En una espiritualidad de comunión, el camino para realizarlo.

 

Un “como” desmedido

 

Lectio divina del VI Domingo de Pascua

 

 

«Permaneced en mi amor…» Este domingo el Señor sigue destacando el verbo central del evangelio anterior: permanecer. Tal insistencia se da porque el permanecer es esencial a la Pascua de Cristo y, por tanto, para todo el que es alcanzado por su fuerza. Porque la fe es un misterio de permanencia en un doble movimiento: Dios permanece con nosotros y nosotros hemos de permanecer en Él. Recordemos a los discípulos del camino hacia Emaús, quienes al sentir que sus corazones ardían ante la presencia del Resucitado, le piden que se quede con ellos (Lucas 24). Y claro que se queda. aunque dejen de percibirlo a simple vista; ahora, para reconocerlo, han de permanecer en la manera en que él les enseñó a vivir. Meditemos sus palabras en el pasaje de hoy:

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros” ».

 

              En estas líneas, Cristo vuelve a desafiarnos con uno de sus “como”. En la Biblia, este adverbio es importantísimo en sus diferentes usos. Pensemos en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19, 18) o a la comparación: “Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles” (Salmo 102). Hoy él nos anuncia que nos ha amado como el Padre le amó a él, y es en este amor donde nos invita a permanecer. Es esta una aspiración tremenda: que actualicemos en la tierra el amor que él vive eternamente con el Padre en el cielo. Meta altísima y, ciertamente, inalcanzable por las meras fuerzas humanas. Necesitamos la ayuda de Dios. En primer lugar, necesitábamos que Él mismo volviese a tender el puente que la humanidad había hecho volar al rechazarle con el pecado. Por eso Cristo ha restablecido este vínculo al sellar su nueva alianza con nosotros en su cuerpo tendido en la cruz, que ha unido por siempre el cielo y la tierra. Esta es la “des-medida” de su amor, que es la que nos invita a mantener en nuestras relaciones de hermanos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. ¿Cómo es ese amor del Padre hacia Cristo? Es el de un padre no paternalista. Él no sustrae al Hijo de la prueba y el dolor, cuya existencia terrena estará marcada por el rechazo y la tentación (“Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”; “Si eres hijo de Dios, bájate de esa cruz”; Juan 1, 11 y Mateo 27,40). El Padre le envía al mundo respetando su libertad, que Jesús ejercerá en innumerables ocasiones en que podrá sostenerse en su propia voluntad o en la del que le ha enviado. Y como él elige siempre amar al Padre, que le mueve a amar hasta el extremo a los suyos, nos manda a dar esta misma respuesta, en la que se encuentra nuestra propia realización y nuestra paz. Qué distinto es este amor de los supuestos de conciliación, diálogo y tolerancia, que no se edifican sobre las verdades perennes, sino en su disimulo y negociación. ¿Qué comunidad puede sostenerse en principios tan endebles? Pues justamente una sociedad inestable, cogida por pinzas para no herir las fáciles susceptibilidades, donde por no asumir el desafío de buscar y servir a la verdad, se termina dejando pasar todo tipo de error, que generalmente conllevan un altísimo precio para la dignidad de las personas, generalmente las más débiles y menos poderosas.

Permanecer en Cristo es continuar la dinámica de amor expansivo, creativo y estremecedor que va del Padre hacia el Hijo, de este hacia nosotros y de nosotros vuelve al Padre por el Espíritu Santo. Es como una sinfonía de amor que va y vuelve entre lo divino y lo humano. Dios no deja de ejecutar su parte con estabilidad eterna; a nosotros nos corresponde no desentonar dándole la espalda a sus mandamientos. Por eso hemos de preguntarnos si le estamos siendo verdaderamente fieles, qué lugar le estamos dando en nuestras aspiraciones y decisiones, cómo y cuánto estamos buscando extender hacia los demás el amor que recibimos de Él. Recordemos: este no puede conformarse con lo mínimo, sino que se mide con la misma desmedida del amor con que Cristo nos ha amado. Es ahí donde hemos de permanecer.

Dejarte conducir

Lectio divina de este IV domingo de Pascua

¿Acaso necesitamos un pastor? ¿Es que somos un rebaño sin libertad y criterio propio? ¿No tenemos derecho a seguir nuestro camino, sin que otro nos lo indique? Es siempre más atractivo marcar las propias reglas, amoldar las cosas a nuestro parecer y complacer el propio gusto. El hombre como medida del mundo y el mundo a la medida del hombre… ¿Para qué más? Todo razonablemente calculado según lo que creamos merecer. Visto desde esta perspectiva, ciertamente un pastor incomoda; es necesario prescindir de él en nombre de la libertad. Sin embargo, hay pastores y libertades; hay asalariados y espejismos que esclavizan. Sobre esto nos habla el evangelio de hoy:

«En aquel tiempo, dijo Jesús: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”.» (Juan 10, 11-18).

            Cristo no se presenta a sí mismo como un pastor más, sino como el Pastor Bueno, tan distinto de los que buscan su propio interés. Para estos, el rebaño es una mercancía de la cual sacar provecho, y por ello lo tratan como masa para comerciar o manipular. En cambio, Jesús es el único que hace lo impensable por su grey: da la propia vida por ella. No solo nos defiende de los ataques del lobo que acecha para convertirnos en su presa, sino que enfrenta a nuestros mismos enemigos, que son el demonio y el odio del mundo, dejándose herir y arrancar la vida en nuestro lugar. Por eso, con su resurrección Cristo nos puede guiar hasta la vida eterna, donde nos apacienta sin nada que temer. Esa eternidad comienza ya aquí, al recibir la paz que él nos ofrece. Por eso el místico medieval Johannes Tauler comenta que el redil de este rebaño es el corazón de Dios Padre, adonde el Salvador nos adentra para que vivamos en la paz. Es decir, él nos hace entrar en un aprisco donde no quedamos encerrados, sino al contrario, donde nos hacemos más libres al vencer todo lo que nos promete la libertad, pero paradójicamente termina esclavizándonos. Esto lo logramos pasando por su gracia de una existencia caduca a la plenitud de la vida en comunión de fe y amor hacia él.

El pastor pasa días y noches con su rebaño; le encamina hacia un destino seguro, al mismo tiempo que va conociendo una a una a sus ovejas. Este verbo, “conocer” (“ginosco”, en griego), en la Biblia tiene un significado y profundidad tremendos, y es central en este evangelio. No solo se refiere a una operación mental, sino que implica a toda la persona en su intimidad y exterioridad: espíritu, mente y cuerpo; es un movimiento de amor totalizante. Es el amor que vive Cristo conDios Padre, y por eso puede extender a las criaturas que ha venido a salvar. Por eso asumió nuestra carne, para conocernos desde lo más auténtico y necesitado de nuestra condición, y restaurar en sí mismo toda nuestra belleza y dignidad. Las ovejas, asimismo, van re-conociendo la voz de su pastor, y le siguen. Aquí está el quicio de su relación: Dios conoce amando a cada uno de sus elegidos y estos, a su vez le reconocen y responden a su voz. Él nos ofrece su paz y nosotros podemos mantenernos en ella en la medida en que respondemos a ese amor y esa confianza.

Este es el Pastor que sí necesitamos, pues nos ofrece lo que por nuestras propias fuerzas no pudiéramos alcanzar, que es nuestra verdad más pura, la que nos purifica, fortalece y nos hace capaces de trascender. Lo que necesitamos es dar el paso humilde y valiente de atender a la voz de Aquel que nos llama personalmente. Nos corresponde decidir cuál es la libertad que queremos ejercer: una cerrada en su propia caducidad y soberbia o aquella que por amor se rinde ante quien de antemano se ha rendido ante nosotros, entregando su propia vida para ofrecernos la verdadera. Por eso, haz callar dentro de ti la estridencia de voces confusas y atiende a esa que te habla apenas como un susurro, pero a la vez con el esplendor de un amor que te da la libertad y la paz que tanto ansías.

Libres de la atadura


Lectio divina de este III domingo de Pascua


Me gusta volver a Dostoievski. Especialmente me gusta volver a él en los
tiempos fuertes en que, como Iglesia, contemplamos los grandes misterios de Dios y del
hombre. Porque el autor ruso, como ningún otro, nos eleva desde las grandes
búsquedas humanas hasta la radiante realidad de Cristo, bien sea señalándolo
metafóricamente o si no, bajo el anhelo de su salvación ante nuestra incapacidad de ser
redimidos sin su auxilio. Esta es la verdad fundamental que nos revela el evangelio
pascual de este domingo:
«En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que les había pasado por el camino
y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas,
cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Pero ellos,
aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: “¿Por qué os
alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy
yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos,
como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no
acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de
comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que
se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de
mí”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: “Así
está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su
nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos,
comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”» (Lucas 24, 35-48).


Dudas, miedo, turbación; signos de muerte trocados en pruebas de vida. Los
discípulos habían callado; se habían escondido en el peor momento del Maestro; lo
habían negado y abandonado. Ahora él aparece no para echarles esto en cara, sino
para que alcancen lo que les había ofrecido desde un inicio: ser testigos del amor de
Dios que todo lo vence. Lo primero que vence es su culpabilidad, con toda la carga de
desesperanza, oscuridad y miedo. Por eso, esta aparición de Cristo es la vívida
expresión de lo que él suscita en este mundo, además de revelar el sentido de su
predicación, sus milagros y su muerte. Porque una vez vencida la muerte en sí mismo,
viene a los que ama para romper todo aquello que les mantiene atados a una existencia infecunda y caduca. Y la culpabilidad puede ser la gran atadura que nos hace estériles y nos esclaviza.

El libro de Dostoievski al que he vuelto recientemente es Crimen y castigo, que ilustra dramáticamente el sometimiento al que nos lleva la culpabilidad. A Rodia Raskólnikov, su protagonista, le carcome el haber matado a su casera después de erigirse a sí mismo en juez del bien y el mal, de la vida o la muerte de otro. Su conciencia se convierte en su propio calvario, a través del cual pena sin salida. La dulce Sonia es su contraparte y, sin embargo, también es esclava de la culpabilidad. Sin haber cometido ningún crimen, ella toma sobre sí la culpa de los suyos, tratando de ser su redentora. Esto la va encerrando en un laberinto sin salida que degrada su propia dignidad y merma su esperanza, llegando a prostituirse para dar a los suyos más de lo que merecían. Pero  en medio de estas tinieblas, despunta secretamente la luz de la redención. El amor va purificándoles y haciendo trascender hasta un acontecimiento superior: la palabra y la fuerza vivificadora de Cristo. En un pasaje estremecedor de la novela, Sonia lee a Rodia el pasaje de la resurrección de Lázaro. Esta proclamación transparenta todas las heridas de su propia vida, que hasta entonces ella intentaba reparar con sus propios sacrificios. En un emocionante crescendo la prostituta lee al asesino el portento de la resurrección del amigo querido de Cristo, consciente de que serán esas mismas palabras las que les podrán hacer resucitar también a ellos: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”.

El drama de los personajes de Dostoievski refleja también el de los discípulos después de la cruz del Maestro: la culpabilidad les encierra, les separa entre sí y de los demás, les hunde en una oscura desesperanza. Solo la aparición de Cristo como vencedor de la muerte puede cambiar todo esto. Él no es el simple recuerdo de unos momentos hermosos, no es otro más que ha pasado por la tierra y ha sucumbido a un destino fatal. Está aquí, vivo y patente; le pueden ver, tocar y comer con él. Cumple así todo lo que antes anunciaba con sus palabras y con la secreta luz que se abría paso entre las más densas tinieblas. Ahora les abre a ellos el entendimiento. Porque no podían redimirse a sí mismos, como tampoco los personajes de Dostoievski. Es el Salvador quien nos librera de la esclavitud de la culpa por la comunión con él. Es quien hoy también nos pregunta, como a los discípulos: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?. Entremos en esta comunión como los primeros discípulos. Dejémonos sorprender gozosamente por su resurrección, que anuncia la nuestra, y nos invita a creer para ver la gloria de Dios.