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Artículos y reflexiones del padre Christian 

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Dios único, pero no de unos pocos

La Razón. 26/09/2021

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Lectio divina de este domingo XXVI del tiempo ordinario (Marcos 9, 38-48).

Una vez purificada la pretensión de los apóstoles de ser los primeros, hoy quieren ser los únicos: «En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». Cristo trastoca esa antigua actitud de segregar, discriminar, del tipo: “No es de los nuestros”, “No piensa como nosotros”. Eso es lo accidental, mientras que Dios es el Ser, que todo sostiene, permea, potencia y trasciende. Cada criatura sobre la tierra, de las cuales el ser humano tiene una vocación más elevada, por ser imagen de Dios, puede participar por gracia de ese ser eterno. Este se ha revelado y hecho cercano a todos en Jesús, en quien lo humano se llena de lo divino. Por eso, ante los celos de sus discípulos porque otros invocaban su nombre para obrar maravillas, él responde: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

Lo que Dios ha hecho acontecer en Cristo sobrepasa todo límite humano, incluso aquella realidad humano-divina, que es la Iglesia como entidad visible. Es decir, la Iglesia en cada una sus concreciones específicas, como cada familia cristiana, cada comunidad instituida y cada creyente en particular. Las gracias con las que Dios bendice a estas no pueden quedarse en sí mismas, encerrándose en sus miembros e inmovilizándose en un momento fijo, sino que son para ofrecerlas y hacerlas crecer por el amor que siempre va más allá y genera nueva vida, desafíos y oportunidades. Recordemos que “Creced y multiplicaos” es la primera consigna que Dios da al ser humano. Esto alcanza su cristalización más límpida en la Iglesia, donde mientras más doy, más soy, y cuanto más ofrezco, más crezco. Los dones que aporta un cristiano particular son probados, purificados y potenciados en la comunidad. Porque así como los apóstoles no podían limitar la fuerza del nombre de Cristo, de igual modo la Iglesia, que nace con ellos, no puede retener para sí las gracias recibidas de su divino fundador. Lo que Dios da es para que siga ofreciéndose, y en la medida en que lo hacemos nos alineamos en esa espiral creativa y expansiva que es su amor derramado sobre el mundo.

Ahora bien, en este dinamismo lo que la Iglesia no puede es dejar de ser ella misma adulterándose con las corrientes del tiempo y con intereses parciales. Es decir, no puede dejar de ser el corazón pulsante que atesora y ofrece la presencia auténtica y perenne de Cristo. Porque si la sal deja de ser sal, no serviría más que para tirarla por tierra y que sea pisoteada; si se escondiese la luz por miedo o se plegara sobre sí misma por egoísmo, se extinguiría en su ofuscación. De ahí la llamada a una continua conversión, penitencia, reparación y superación de nosotros mismos hacia Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Ante su Persona, dejamos perder lo que desvirtúa lo genuino de nuestra misión, que es anunciar su nombre con todas sus exigencias y sin rebajas: «Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies a la gehenna. Y, si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

En nuestros días la piedra de toque del anuncio cristiano probablemente no esté en si se pronuncia o no el nombre del Salvador, pues en una sociedad en la que todo da igual, curiosamente puede ser colocado el nombre de Jesucristo como un accesorio más dentro del catálogo de ofertas a buen mercado. En efecto, circulan tantas caricaturas de un Cristo dulcificado o inocuo que poco tienen que ver con el fiero Maestro que venció al demonio en el desierto y con lágrimas y gritos sudó sangre en el huerto, con el amigo exigente y noble que reprendía a sus discípulos y les lavaba los pies cuando correspondía, el que reconcilió los cielos y la tierra con el sacrificio de sí mismo en la cruz. Por eso, para quien en verdad cree en él y quiere hacerle amar, se presenta el reto de dar testimonio de su nombre con todas sus implicaciones y sin disminuir sus exigencias. A los apóstoles debió quedarles claro que si ellos no correspondían a esto, Dios realizaría su obra más allá de su insuficiencia. Nosotros hemos de entender que a quien no honra su nombre, tanto por omitirlo como por contradecirlo con su propio pecado, también el evangelio de hoy le amonesta: «Más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar».

Lo esencial y permanente

La Razón, 01/08/2021

Lectio divina para este XVIII domingo del tiempo ordinario

«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?», preguntan los que han seguido a Cristo por mar y tierra después de que multiplicara los panes (Juan 6,24-35). ¡Cuánto y cuántas veces queremos sujetar a Dios! ¡Cómo nos desconcierta cuando no podemos marcarle el paso! Como el esposo del Cantar de los Cantares, él se hace el escurridizo para avivar nuestro amor y que vayamos siempre más allá. Por eso tenemos que cuidarnos de encasillarle en un compartimiento privado de nuestra vida, de circunscribir lo religioso a unas prácticas aisladas, que no iluminan el resto de la existencia. Ante eso, Cristo ayer y hoy nos advierte: «No me buscáis por los milagros que he realizado, sino porque habéis comido de aquellos panes hasta hartaros».

Dios nos reclama que no le reconozcamos como el que puede transformar, generar y multiplicar, como el que pone en marcha el universo para que una pequeña semilla genere la espiga y esta unos panes; para que estos panes ofrecidos y partidos por las manos divinizadas sacien a miles y permanezcan en cada tabernáculo colmando las ansias más profundas de cada persona. De esto se tratan sus milagros. Los que recibieron los panes multiplicados  comieron, pero no se alimentaron; recibieron la materia sin asimilar el Espíritu. Así pasa con toda religiosidad superficial, con una relación con Dios de mero cumplimiento o peor, de externo aparentar. Esos que seguían a Jesús por curiosidad, por la novedad de sus palabras o por los beneficios de sus milagros se escandalizarían y le dejarían. Sería muy fuerte escucharle decir que ese pan es su carne entregada en un amor hasta el extremo y que quien no lo come pierde la vida eterna. Es el drama del amor de Dios que viene a los suyos, pero los suyos no le reciben, aunque a los que sí le reciben les hace sus hijos (Juan, 1, 11-12). ¿Qué lugar eliges hoy ante Él?

El alimento que Cristo da es su misma Persona. Él no solo da algo, sino que se da a sí mismo. No quiere una relación circunstancial y externa con nosotros, sino una abierta al desafío del amor, que siempre implica ir más allá de uno mismo para encontrarse en el otro. Por eso se queda y se da en el pan partido y compartido, para que nos encontremos a nosotros mismos en la comunión personal con él. La Iglesia es el lugar en que se mantiene esta presencia suya; a ella sirve y ella ofrece. Toda sus servicios, su asistencia externa, sus labores y sus fatigas, se originan y finalizan en esa realidad que sobrepasa todo anhelo: Dios hecho sustento de la entera vida humana: «El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed».

El sustento (sub-stinere) que nos da Dios se refiere a lo que subyace en sentido ontológico, es decir, al ser. Es lo esencial y permanente. Por eso hemos de adentrarnos una y otra vez desde las manifestaciones externas de la Iglesia hacia su centro vital más profundo, así como también de nuestras prácticas religiosas, que han de sostenerse en lo esencial de la fe, que es el amor de Dios que se entrega a nosotros para hacernos capaces de amar. Esa esencia permanente es Cristo mismo, vivo y vivificante en el pan que se ofrece para la vida del mundo. En él queda abolida toda dialéctica reductiva y toda contraposición empobrecedora. Así nos daremos cuenta de que las acciones caritativas de la Iglesia no son un activismo externo que justifica su lugar en la sociedad, como tampoco nuestros trabajos, nuestro apostolado y nuestro rol en la familia, sino que brotan del centro vital de la Eucaristía, que impulsa y expande el amor de Dios desde los corazones humanos de quienes le acogen y se dejan transformar por su presencia.

Creer lo eterno

Lectio divina para este XIX domingo del tiempo ordinario

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?, se preguntaban los que no comprendían a Jesús. Porque es difícil acoger el deseo de Dios de entrar en una comunión tan íntima con nosotros. Pero Él sí es capaz de sobrepasar cualquier imposibilidad por acercarse a quienes ama como hijos. Por eso se queda en el Sacramento que da la vida y nos invita a acogerle con confianza y entrega. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?”. Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: ‘Serán todos discípulos de Dios’. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.  No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”» (Juan 6, 41-51).

El sacramento eucarístico es un signo de contradicción desde el primer momento en que Cristo lo proclama. Para unos es fuente de vida eterna, mientras que para otros es escándalo y tropiezo. Esto es así porque la Eucaristía es el evangelio hecho alimento corporal, y el evangelio, siempre desafiante, exige que tomemos posiciones claras en la vida. Efectivamente, que el Lógos de Dios se haya hecho carne y se haya dejado matar en la cruz es el mayor escándalo y locura para el mundo, y si además esta carne se hace pan, no lo puede ser menos. Este amor divino hecho carne y sangre, pan que se parte, se reparte y se comparte puede alcanzar y sanar lo más humano de lo humano: que nuestra condición caída necesita redención, y ser sustentada en esa redención durante el tiempo para obtener así la vida eterna. Necesitamos ser alimentados en el vértice en que se unen nuestra carne y nuestra alma, vida física y espiritual. Solo el Cuerpo y la Sangre del Señor pueden llegar a ese punto sagrado para redimirnos y conducirnos a la eternidad.

«Creo en la vida eterna», afirmamos en la conclusión del Credo. Con ello no proclamamos un vivir por años ilimitados, repitiendo sin más las experiencias de la existencia terrena. Mucho menos proclamamos nuestra fe en la eternidad como consuelo de tontos ante el mal de muchos que es el final de nuestra vida mortal. Cristo ha venido a traer la vida en plenitud: «Yo he venido para que tengáis vida, y vida en abundancia» (Jn 10, 10). Y si necesitamos los alimentos naturales para desarrollar la vida temporal, con más razón necesitamos el alimento sobrenatural para alcanzar esa plenitud de lo que somos. Ese no puede ser menos que Dios mismo, que viene a nosotros por pura gratuidad de amor, como padre que alimenta a sus hijos con su mismo Espíritu. Así nos libera de una visión puramente inmediata de nuestro ser, tareas y proyectos. Todo está en función de un horizonte más amplio.  Recuerda: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4).

Escuchar para hablar

La Razón, 05/09/2021

Lectio divina de este domingo XXIII del tiempo ordinario

 

Cuando hoy nos preguntamos acerca Dios, su respuesta sigue siendo la misma: la elocuente sencillez de su Palabra y la radical transformación que esta produce. Su evangelio tiene la hondura necesaria para sostener las razones más profundas del amor más elevado, germinar en nuestra conciencia con sutileza y decisión, y ayudarnos a confiar cuando todo conduciría a la desesperación. Por eso, démonos cuenta: hay mucho más de Dios en nosotros de lo que podemos notar. Esta noticia merece ser atendida con solicitud, así como implica su consecuente anuncio. Leamos con atención:

«Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá” (esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”». (Marcos 7, 31-37).

Cuánta falta nos hace identificar las manifestaciones de Dios en nuestra vida, que tantas veces damos por descontado o poco valoramos. Porque nuestro gran problema quizá no sea el no poder oír o pronunciar las palabras, sino nuestra dificultad para escuchar y hablar profundamente. Nuestra sociedad, tan llena de ruido, se mueve en lo superficial, y el exceso de información no conduce a la transformación. El gran miedo de tantos es entrar en sí mismos, asumir su verdad y atender desde allí la voz de Dios. Precisamente aquí llega este evangelio para retarnos a vencer ese obstáculo. Nos mueve a entrar al silencio interior y pedir al Espíritu Santo que rompa nuestras personales barreras a la voz divina. Por eso, seamos valientes para contemplar nuestra profundidad, dejemos que la palabra de Dios nos interpele ahí, en lo más nuestro,  y démosle la respuesta que corresponde. Abrámonos a una escucha profunda de nosotros mismos, y desde lo más íntimo hacia Dios Miremos con atención a quien encontramos y démonos cuenta que no llega a nuestra vida por casualidad ni por accidente; seamos capaces de discernir cómo se está presentando Dios en este día.

            Effetá: ¡ábrete!, manda Jesús al sordo. Su oído se abre y empieza a oír. Esas mismas palabras se nos han dicho en el rito del Bautismo: “¡Effetá, ábrete! Que Dios te conceda, a tu tiempo, escuchar su Palabra y dar testimonio de ella con toda tu vida”. Ese fue el primer acontecimiento sacramental que ha conectado nuestra historia personal con la eternidad. Ahí Dios ha despertado nuestra capacidad de escucha y, por eso, al vivir el Bautismo, que significa vivir lo esencial y permanente de la fe, nos mantenemos a la escucha abierta y activa de la eterna palabra.  Él nos está mandando a escuchar, porque no deja nunca de hablarnos, pues nos ama; no dejes tú de escucharle.

Los mayores en la caridad

La Razón, 19/09/2021

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Lectio divina de este domingo XXV del tiempo ordinario

«Saliendo de allí y atravesaron Galilea; Jesús no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos» (Marcos 9, 30-37). Después de la actividad hacia lo exterior, ahora Cristo conduce a sus apóstoles hacia lo más íntimo de sí. Los lleva al núcleo y sentido más profundo de su misión, que es cargar sobre sí el pecado y el dolor del mundo entero para vencerlos por la fuerza de un amor sin límites. Porque esta es la más profunda aspiración de Cristo: amar hasta el extremo, vaciarse de todo para donarlo a los que ama. Qué distinta de las ambiciones del mundo, presentes también en sus propios discípulos, a quienes les costaba tanto entrar en esta lógica del Maestro. Necesitaban esta instrucción desde su intimidad hacia las suyas, desde ese secreto interior del Salvador hacia las fibras más sensibles de sus seguidores. A través de las marchas en silencio, las palabras luminosas, la serena confianza de seguir el camino adecuado, Cristo va purificando sus ambiciones de poder, reconocimiento y prestigio.

Es significativo que Cristo intercala la actividad exterior de los suyos con los necesarios momentos de estar a solas con su grupo más estrecho. Y en estos momentos aparecen las facetas personales que necesitan ser trabajadas y pulidas. Y fijémonos cómo lo hace: él no rechaza de plano la ambición de algunos apóstoles de ocupar los primeros lugares, sino que la reorienta hacia la verdadera primacía que deben perseguir, que es ser los mayores en la caridad. Este es el culmen de la vida cristiana, y se aprende precisamente siguiendo esa metodología de Cristo con sus primeros discípulos: pasando con él muchos momentos de animosa soledad y valiente intimidad, donde se unen lo material y lo espiritual, lo humano y lo divino. En ese punto salen a la luz nuestras pobres ambiciones, recelos y vicios, y, cómo no, esa acuciante pretensión de ser algo por encima de los demás. Cristo aprovecha esos momentos como ocasión providencial para hacernos volver a nuestro origen más puro: «Tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó en sus brazos y les dijo: “el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe”».

Solo viviendo esta pureza y libertad los discípulos serían capaces de llegar a comprender la escandalosa novedad de la entrega sin de Cristo y su consecuente glorificación. ¿A qué punto estoy yo en este camino? ¿Estoy entrando a esta intimidad con él, desde la que salgo purificado y hecho más libre?

Ir más allá con Cristo

La Razón, 12/09/2021

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20210912 - José Javier Míguez Rego - Ir más allá con Cristo

Lectio divina de este domingo XXIV del tiempo

«En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo…» (Marcos 8,27-35). Para preguntar a sus discípulos acerca de lo esencial, el Maestro los lleva más allá del centro social y religioso de su pueblo. Les conduce hasta el punto más septentrional de su ministerio, y con ello les sitúa hasta donde quiere que alcance su mensaje: siempre más allá. Desde entonces, el evangelio nos irá mostrando cómo Jesús avanza en un camino decidido y preciso que va desde lo más terreno hasta lo más celeste, tal como quiere ofrecer a toda la humanidad. Así revela que en la vida alcanzamos las grandes respuestas ampliando nuestras perspectivas, marcando desapego y distancia  para contemplar las cosas con amplitud, y así volver a ellas con el alma ensanchada. Él ya tenía respondida la gran pregunta de toda persona acerca de su propia identidad, pues la expresa de niño a María y José, cuando les dice que debía estar en la casa de su Padre, y se confirma en el momento radiante y estremecedor de su bautismo, cuando es el mismo Padre quien le reconoce como su hijo amado y manda a todos a escucharle. Por eso cuando pregunta a sus discípulos sobre su identidad está claro que no tenía necesidad de que los hombres le dieran una respuesta acerca de sí, sino que nos mueve a preguntarnos quién es él para que comprendamos quiénes somos nosotros. Por eso adentra a sus discípulos en una hondura cada vez más profunda sobre su misterio: «Unos dicen que eres Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas…». Entonces les inquiere acerca de quién dicen ellos mismos que es él. Cuando Pedro responde el primero que es el esperado Mesías, Jesús les prohíbe adelantar a otros ese anuncio de verdad, y más bien comienza a explicarles con toda claridad cómo se realizará su mesianismo: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Así les hace comprender el quicio de su misión. Dios no ha enviado un mesías arrollador y violento, como tantos esperaban, sino el que tomará el último lugar y vencerá la injusticia del mundo desarmándola en sus propios dominios, a través de un amor que no teme la prueba, sino que la supera por su misma fuerza, que todo lo vence, porque todo asume, perdona, purifica y reconcilia.

La doble pregunta de Jesús a sus discípulos llega hasta nosotros hoy. ¿Quién dice la gente que es él? Escuchemos sus pareceres, sí, pero vayamos más allá. Remontémonos desde lo opinable hasta la sólida verdad, y a esta llegamos por un encuentro vívido y personal, irrefutable en su contundencia y evidente por la transformación que obra. Desde ahí, respondamos entonces: ¿Quién digo yo que es este Jesús? ¿Es un mero personaje de la historia o la Persona que cambia y conduce mi historia? ¿Es el mesías que me resuelve los problemas o el que me enseña a asumirlos en su sentido más alto y decisivo? Este es el punto central: ¿Cómo espero que venga la respuesta a mis grandes necesidades? ¿Acaso caída del cielo o haciéndome asumir y transformar esta tierra? ¿Centro mi esperanza en lo fácil e inmediato o en lo que se fragua en calor de amor sacrificado, que no escatima por labrar lo que vale? Porque el camino de Cristo para ir siempre más allá pasa por su mucho padecer, ofrecerse en la cruz y así abrir el cielo a esta tierra que le anhela.

–¿Por qué cuando uno quiere algo tiene que esforzarse tanto para alcanzarlo? –Pregunté cuando era niño a un viejo sacerdote.

–Porque así demuestras que no solo lo quieres, sino que en verdad lo amas –Me respondió– Si entiendes esto, entonces podrás seguir a Jesús.

Con fuerza sanadora

La Razón, 11/07/2021

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Lectio divina de este domingo XV del tiempo ordinario

Con fuerza sanadora envía Jesús a los suyos. Capacitados con toda clase de dones, ellos continuarán la misión iniciada por el Maestro. No queda tiempo para detenerse, no se puede esperar ni un momento más. El amor es un continuo ir hacia adelante.

«En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos”. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Marcos 6, 7-13).

La llamada y el envío de Cristo a sus seguidores se van haciendo cada vez más amplios. Primero les llama uno a uno; ahora les envía de dos en dos y finalmente les constituirá en iglesia, es decir, en comunidad universal de experiencia y respuesta de amor. El núcleo pulsante de este dinamismo es el encuentro de los elegidos con el Dios que les habla y les llama por medios muy humanos. Desde aquí cobra nuevo significado toda la realidad que nos compone, como la historia, las relaciones sociales y la misma manera en que podemos conocernos y trascender. Entonces se entiende que evangelizar es dar luz, la luz, sobre todo lo que de humano puede convertirse en divino, de cosa banal en materia, tiempo y espacio sagrado. Cristo ha venido para convertir el agua en vino, para dar de comer a cinco mil con cinco panes y dos peces, para hacer de la cruz de maldición la mayor prueba del amor de Dios, que vence la muerte para llenarnos de vida.

Las palabras con las que Jesús envía a los suyos no son una sugerencia, sino un mandato. Quien le ama no puede dejar de invitar a otros a conocerle, amarle y seguirle. Eso significa asumir desafíos y superar obstáculos, relativizar lo que podíamos considerar un bien muy valioso en favor del Bien mayor, que se gana sabiendo perder. Pero aquí es donde solemos quedarnos a mitad. No sabemos dar ese paso de libertad. Metemos frenos y cerramos puertas al dinamismo del amor. De modo que terminamos  valorando más los medios que el fin y mirando más nuestra debilidad que la fuerza de Dios. En cambio, Él nos revela que lo valioso de la vida suele ser lo más sencillo, que lo más alto implica la humildad de ponernos por debajo, que la belleza no está en aparentar, sino en hacer que la realidad transparente su autenticidad y armonía. Estos son algunos de los demonios que el Salvador nos hace capaces de someter y expulsar.

Tantas veces se nos mueve a alcanzar victorias, medrar y triunfar, pero pocas se nos invita a tomar el último lugar, justo ese el que tiene la visión del conjunto. La llamada y el envío de Cristo invierten esas prioridades, poniendo cada cosa en el lugar que corresponde. Los apóstoles saldrán al camino, sí, pero primero tendrán que hacer su personal recorrido desde lo aparente a lo auténtico, dejando atrás tantas de sus seguridades. Es desde aquí que comienza a actuar la fuerza del Salvador, cuyas palabras son fuego que purifica y transforma desde dentro a cada persona. Y como el mismo fuego, se expande y abrasa siempre más allá, dejando en pie solo la verdad. ¿A qué punto te encuentras en tu seguimiento del Señor, que toma la cruz para liberar y vencer las mentiras del mundo? ¿Cuáles son los frenos que te impiden seguirlo con libertad de espíritu? ¿Cuáles son esos lastres de lo aparente que has de dejar para avanzar solo con la fuerza de la verdad?

Detenernos para avanzar

La Razón, 18/07/2021

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Lectio divina para este domingo XVI del tiempo ordinario

¿Ha venido Dios a este mundo a descansar o para ayudarnos?

Cristo nos ayuda enseñándonos a armonizar la vida. Él nos muestra que el activismo puede resolver algunos asuntos, pero no transformar lo que somos desde lo profundo, con lo cual quedan sin resolverse nuestros mayores problemas. Lo que necesitamos es mantener la armonía entre lo que vivimos interiormente y lo que realizamos hacia afuera. En  el amor a Dios, presente tanto en nuestro interior como en quien nos necesita, encontramos ese bendito equilibrio que nos hace ser lo que en verdad somos. Veamos cómo aparece esto en el evangelio de hoy:

«En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Marcos 6, 30-34).

La vida en el Espíritu exige muchas pausas en el camino. Esto no es tiempo perdido, sino muy al contrario. Son oportunidades para ir dentro de nosotros mismos, restaurar las fuerzas, calibrar la brújula, otear el horizonte a alcanzar. Porque el verdadero descanso no es quedarnos sin hacer nada, sino dejar de hacer nosotros para dejar que haga Dios, tanto dentro como más allá de nosotros mismos. Desde aquí volvemos a encontrar tantas ocasiones para darle concreción al amor del que nos hemos llenado. Encontramos a los necesitados, nos surgen oportunidades para servir, retos para afrontar. Pero no nos disgregaremos en todo lo que hay por hacer, sino que procuraremos mantener la armonía entre la fuerza que nos mueve desde dentro y esa con la que nos ocupamos de lo de fuera. Comprobamos así la pertinencia de la frase clásica: agitur sequitur esse, el actuar viene después del ser. Cuidando y fortaleciendo lo que somos, actuamos en consecuencia y con propiedad. Por eso es necesario preguntarnos qué valor damos a esos necesarios momentos de reflexión y oración en nuestro día, en la semana, en el año, en los cuales podemos encontrarnos con nuestro ser. Y somos lo que ante Dios somos.

El período de vacaciones es propicio para recuperar las fuerzas del alma, y así armonizar el descanso físico y mental con nuestras necesidades más profundas. En la dirección espiritual suelo aconsejar que no dejen de tomar unos días o largos y gustosos momentos para retirarse a orar, examinar la propia vida delante de Dios y ponerse bajo su gracia. A algunos les recomiendo que visiten un monasterio, donde puedan examinar pausadamente su propia vida a la luz de algunos pasajes de la Escritura, además de rezar con los cantos litúrgicos, siempre propicios para elevar y despertar el alma desde sus fibras más profundas. También recomiendo un modo que personalmente es uno de mis favoritos: “Echar un retirete”, que es tan sencillo como ponerse las zapatillas, cargar la mochila con

Tomar y multiplicar

La Razón, 07/07/25

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Lectio divina para este domingo XVII del tiempo ordinario

Solemos buscar a Dios para pedirle, y esto no es malo, pero sí insuficiente. Él no solo quiere darnos algo, sino que se da a Sí mismo. Para que no nos detengamos en nuestras precariedades, Cristo las asume y supera haciéndose presente y sustentándonos desde ellas. Así lo hace con la multitud para la que multiplica el pan sobre el monte como anuncio de la Eucaristía, en la que él se queda para alimentarnos con la presencia perenne de su amor sacrificado y glorioso. Leamos con calma este pasaje:

«En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?” Lo decía para tentarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.” Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?” Jesús dijo: “Decid a la gente que se siente en el suelo.” Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.” Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: “Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.” Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo» (Juan 6, 1-15).

Junto al lavatorio de los pies, el pasaje de hoy expresa en el evangelio de Juan la institución de la Eucaristía. Ella es señalada aquí en los gestos de Jesús de tomar los panes, bendecirlos y entregarlos a quienes le siguen y escuchan. Pero sobre todo se nos revela como la presencia divina en la historia y las necesidades humanas. Jesús viene para alimentarnos de la vida nueva de la gracia, el derroche de su amor, la abundancia y la comunión con él. Hoy la Palabra nos mueve a tomar conciencia de este significado del Pan del cielo, para acoger más plenamente a Dios que se acerca a nosotros. Porque tantas veces nos acercamos nosotros a Él con actitudes y perspectivas aún muy cortas, que nos impiden contemplar y celebrar con propiedad su trascendencia y hondura. Lo que Cristo dio a los que le escuchaban en el monte no fue solo pan; fue, ante todo, un milagro, y es lo que continúa ofreciéndonos cada vez que nos acercamos a la Eucaristía. Esta es mucho más que un símbolo, y su celebración, infinitamente más que un convite. Es la presencia y actualización de su amor sacrificado por nosotros, ante lo cual no podemos menos que maravillarnos, rendirnos y adorar.

El apóstol Felipe estaba limitado por una visión meramente humana, por lo que su desconfianza inicial nos recuerda a todos los que ven frustrada su autosuficiencia. Sus cálculos no estaban errados, pero no contaba con la acción divina, que siempre trasciende nuestras capacidades. Porque Dios asume todo lo bueno de nuestro mundo no para dejarlo igual, sino para trascenderlo. Por eso cuando se ofrece en la Eucaristía no es para que le encerremos en nuestros esquemas limitados, sino para que estos trasciendan por la gracia, que es siempre un amor mayor. Todo ello está presente en el  alimento que Cristo toma, multiplica y comparte, de tal modo que así como le bastan  cinco panes para alimentar a cinco mil, le bastan igualmente nuestros ofrecimientos humildes para darnos siempre mucho más. Las doce canastas llenas que se recogieron al final de esta escena hablan de la sobreabundancia de la gracia. El Reino de Dios se da en exceso, para que sobre y se siga multiplicando. Quizá por eso se recogen tantas cestas como apóstoles, pues serán ellos los que continuarán su acción de bendecir y multiplicar las maravillas de Dios en nuestro mundo y, sobre todo, mucho más allá de él. ¿Nos damos cuenta de lo que todo esto significa?

Audacia y esperanza

La Razón, 26/06/2021

https://www.larazon.es/religion/20210627/st4h2zoaszaj3fm7xp543nhvty.html

Lectio divina para este domingo XIII del Tiempo Ordinario

Seguimos hablando del miedo como lo contrario a la fe, de la inmovilidad ante lo que tememos como lo opuesto a la confianza y el valor para asumir la vida. Porque hoy leemos dos escenas del evangelio de Marcos (5, 21-43) que nos vuelven a presentar este tema. Cristo invita a Jairo, el jefe de una sinagoga, a creer en él aunque le han avisado que su hija ha muerto antes de que hubieran llegado a tiempo para curarla. Mientras van de camino, una mujer hemorroísa les sale al paso y queda sanada al tocar de hurtadillas el manto del Maestro. Así se nos muestra que la confianza y la audacia forman parte de la experiencia de fe, tan distintas de quien se deja vencer por las malas noticias y las situaciones que aparentemente ya no tienen solución.

Tanto a la hija de Jairo como a la mujer del camino literalmente se les iba la vida. La primera la pierde muy tempranamente, y la segunda la perdía con el flujo de sangre que no cesaba. A los doce años la niña veía cortada la promesa de su juventud, mientras que la mujer perdía su dignidad con una patología que la estigmatizaba y dejaba fuera de la relación con los demás. A una y a otra Jesús asiste con el portento que les devuelve a la vida en plenitud, pero sobre todo les hace capaces de darle una respuesta personal de fe. Jairo cree en Jesús hasta el punto de desafiar a la muerte como sentencia última para su hija; la hemorroísa recibe el trato y la respuesta personal del Señor junto con el milagro que restaura su integridad. Porque la verdadera vida solo se alcanza por medio de una fe que vea más allá de los límites evidentes.

Nosotros hoy vivimos demasiado acá, tan limitados por nuestras propias conclusiones, que tantas veces se quedan en lo que esa misma palabra significa: final de una historia, horizontes cerrados que no atisban más allá. Nuestra sociedad del bienestar, con todo lo positivo que eso significa, olvida el bien-ser. Tiende a disimular el mal, especialmente cuando toca la propia vida; lo maquilla con eufemismos o hasta procura colarlo como algo normal. De ahí que tendamos a rehuir de todo lo que nos recuerda que somos limitados, transitorios y frágiles, como la enfermedad y sus consecuencias. Paradójicamente, el dolor y la muerte pueden ser ocasión de gracia para considerar cómo estamos asumiendo la vida. Cuando tocan a nuestra puerta no nos ponemos a dar lecciones, sino que aprendemos. Buscando la ayuda Dios nos ponemos a la escucha y acogida de lo que Él quiere enseñarnos. Entonces divisamos el faro luminoso de la cruz de Cristo, donde él carga con toda la tragedia humana para redimirla a través de un amor sin reservas. Al contemplarla, recordamos que clavados junto a él también estuvieron tanto quien blasfemaba y se cerraba a la gracia, como el que tomó conciencia de su propia vida y quién era el que estaba junto a él, acompañándole en su sufrimiento, y así se ganó el Paraíso en un instante. Porque el dolor es como el sonar de la campana de la iglesia del pueblo, que llama a todos a la oración. Muchos la oyen y responden; otros pasan de ella y se quedan sufriendo solos.

Desde hace 20 años me acompaña una enfermedad crónica. Me ha tocado pasar pruebas muy duras, en que mis capacidades físicas han quedado al mínimo. Pero al mismo tiempo han sido momentos de experimentar una enorme presencia de Dios en mí mismo y en los que me han acompañado. No he conocido otra manera de encarar la enfermedad y la muerte. Por eso me cuestiona cómo hay quien vive estos acontecimientos de espaldas a Dios, que está de manera especialísima junto a quien sufre. Hoy, como tantas de esas veces, me pregunto y quiero preguntar al que me lee: ¿Es tan auténtica mi fe que me llena de vida y libertad o tengo una fe adormecida, que no me da vida ni a mí ni a nadie a alrededor? 

Creer es avanzar

La Razón, 04/07/2021

20210704 - José Javier Míguez Rego

https://www.larazon.es/religion/20210704/mqj3sfbqufe7bbjlbqfu7waosu.html

Lectio divina para este domingo XIV del tiempo ordinario

Jesús no pudo hacer muchos milagros en Nazaret por la falta de fe de su gente. Esto nos pone delante de una pregunta crucial: ¿De quién dependen los milagros, de Dios, que todo lo puede, o del ser humano, tan limitado? Esta cuestión recorre toda la experiencia religiosa humana, y es, por tanto, tan vigente para nosotros como entonces para los contemporáneos de Jesús.

«En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”. Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando» (Marcos 6, 1-6).

En el original griego del evangelio, “milagros” o “prodigios” se dice dynameis, “mover”. Los milagros de Jesús son un “poner en movimiento”. Lo contrario a esto es quedarse estancado, dejar todo como está, perder la oportunidad de crecer hasta Él. A diferencia de Cristo, que salió de Nazaret a mover y remover el mundo entero, la gente de este pueblo se quedó estancada; no se movieron. Permanecían aferrados a lo conocido, en ese encasillar cosas y personas en esquemas demasiado fijos. Ni se movían ellos ni dejaban que lo que tenían alrededor pudiera moverse hacia lo nuevo y sorprendente. La fe, en cambio, es la fuerza que nos incorpora a los movimientos de Dios en la vida del mundo. Ciertamente es Dios quien obra los milagros, pues Él pone en movimiento todo lo que existe, pero nos ha dado la libertad de responder a sus mociones o detenernos y obstaculizarlas. Por eso la fe no se trata de creer en Dios como un concepto fijo, sino de que nuestra existencia se mueva en Él y por Él. De modo que el mayor milagro es la renovación de la vida quienes dejan que Dios actúe en ellos, les desafíe y envíe al mundo como sus profetas de hoy. Esto exige radicalidad, confianza y valentía, que ya están latentes en nosotros. Basta romper la inercia para activarlos.

Si algo te detiene, no es Dios.

Avanza siempre.

En la creación todo avanza, circula, se transforma.

Solo la muerte detiene todo.

Si nos detenemos, firmamos nuestra sentencia de muerte. Muerte a cuentagotas.

Porque hay tantos modos de estancarse, de morir. Paradoja del estancado que muere arrastrado por las corrientes de la muerte.

Se estanca el que se aferra al “siempre he sido así”, y no se aventura al siempre más. Muerte del que se negó a vivir.

Se estanca el que fija un rumbo tan estricto a su nave que pierde el gusto por navegar. Muerte por bitácora.

Se estanca el que no sueña por miedo a perder la razón. Muerte del insomne.

Se estanca el que no es creativo por aferrarse a la seguridad de lo lógico. Muerte por silogismo.

Se estanca el que lleva una vida tan cómoda que en su final solo pide una muerte digna. Deshonrosa muerte.

Muere el que no descubre a los demás como un tesoro. Muerte autosuficiente.

Se estanca quien espera que todos actúen según sus normas, incluso si muy justas. Amor de funcionario: papeles en regla, asunto resuelto. Muerte sellada.

Se estanca el que juzga, el que usa al otro para sus propios fines, el que espera el rédito por lo que da. Se detiene y muere solo.

Y si algo te detiene, no es Dios.

Se detiene el que se amolda a una imagen de Él o que le amolda a sí mismo. Autoinmolación a un ídolo.

Se estanca el que no reconoce en cada encuentro con el otro una visita del cielo, y no ofrece posada al hijo de Dios que podía nacer en su casa. Muerte del pagano.

Se estanca el que no reconoce el paso de Dios en la propia historia y no responde con decisión y optimismo a lo nuevo.

Alma que no crece, muerte pusilánime.

Se estanca el que no siente el soplo de la inspiración. Muerte por asfixia existencial.

Se estanca el que no escucha el golpeteo de Dios a su puerta en cada latido del corazón. Muerte de microcardia.

Queda claro, si algo te detiene, no es Dios. Es idolatría, que es la muerte del alma.

Porque hay tantas formas de detenerse, de morir.

Tú no te detengas. Eres de Dios.

Debes crecer hasta llegar a Él mismo. Creced y sed fecundos es el mandamiento creatural.

Vívelo. Crece y multiplícate.

No entierres el talento de ti mismo. Sé quien eres, novedad incesante.

Supérate en cada paso de esta vida. Aspira siempre a más.

Y vive como hijo de Dios.

Pasa por este mundo dejando huella. Y la dejas solo si abres camino.

No temas nada. El destino en esta tierra está asegurado: la cruz. Si eres capaz de llevarla, no te importará cómo.

Avanzarás.

Y de tu corazón traspasado brotará vida fecunda. De tu último aliento, el Espíritu.

Y a uno que ha vivido así la muerte no lo puede eliminar. Vencerá la vida. La verdadera.

Entonces, correrás.

Con todos los que avanzan contigo.

En libertad.

En el movimiento incesante de ser cada vez más tú mismo y más nuevo con los otros y con Dios.

Dios que nunca se detiene.

Dios que siempre es más porque es libertad.

Tormentas que empujan más allá

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Lectio divina de este domingo XII del Tiempo Ordinario

Cuando Dios quiere llevarnos más allá de lo conocido y manejable, muchas veces nos adentra en la tormenta. Allí el viento en contra y el zarandeo de las olas pueden aferrarnos a lo más valioso, que es el amor con el que estemos viviendo o precisamente ese que nos falta vivir bien. Aquí es decisivo el paso de la fe, la pregunta acerca de quién es ese que se nos está revelando como Dios omnipotente y cercano Salvador. Meditemos atentamente:

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”.  Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: “¡Silencio, enmudece!”. El viento cesó y vino una gran calma.  Él les dijo: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”.  Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: “¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!”. (Marcos 4, 35-40)

Hace un tiempo me decía un amigo que tenemos que cuidarnos de vivir desde el miedo porque, según su misma expresión, el miedo es ateo. Esta provocación me resultó muy iluminadora, y desde entonces la he podido comprobar en circunstancias muy variadas. La experiencia de los discípulos en este evangelio nos lo muestra magníficamente. Aquí lo central es qué es y qué valor tiene la fe, a la vez que se evidencia que el miedo es su pecado contrario, la más triste manera de no creer en Dios. Efectivamente, aquí los discípulos estaban empezando a conocer la gloria de su Señor, y tenían que crecer en lo que significa seguirle. Necesitaban pasar de los movimientos más básicos del alma, que son las emociones y primeros impulsos, al descubrimiento de Dios con la totalidad de sus cuerpos, mentes y espíritus; es decir, experimentarle como Aquel que envuelve y lleva a plenitud todo el ser personal. Porque hasta entonces seguían a Jesús por sus palabras, milagros y por la idea de un Mesías que resolvería los problemas del pueblo. Llagaba el momento de descubrirle como el que tiene la primera y última palabra sobre todo lo que existe, que duerme sereno en la barca bajo la tormenta porque puede ponerle veda. Así hace pasar a los suyos del miedo a la fe, de la desesperación a la seguridad. Él les adentra en el mar tempestuoso para hacerles superar el miedo ante los peligros externos, y también mostrarles que Dios actúa cuando parece que les ha arrojado a la desventura. Es ahí donde el miedo, que aparece inicialmente como una reacción a la amenaza externa, se hace más interior y acuciante, toca el punto central del corazón humano, que es donde Dios hace experimentar el consuelo y la fuerza de su cercanía. Si fe no llega ahí, nos quedaríamos en una religiosidad periférica y no dejaríamos de reaccionar ante cualquier adversidad desde los primeros impulsos y las emociones más básicas. No llegaríamos a conocernos  verdaderamente ni ofreceríamos una respuesta de amor fuerte y confiada a Dios, que nos quiere llevar siempre más allá. Porque no estamos arrojados al caos, sino que existimos por la fuerza divina que nos hace unir inteligencia y fortaleza, prudencia y valentía, humildad y heroísmo. Es lo que debemos vivir cuando se levantan contrariedades y confusiones como viento en contra y olas que nos superan. Porque siempre las más peligrosas tormentas son las que dejamos desatar dentro de nosotros mismos.

Cuando la tormenta se levante
y permanezcas firme ante el timón.
Cuando con el silencio de los sabios
reconozcas que es hora de bajar las velas
y dejarse conducir por el soplo de Dios.
Cuando sepas dar calma a quienes
vean hundirse sus naves
y no llores tu propio naufragio.
Cuando contra el viento que traiciona,

y contra toda corriente de miedos y dolor.
Cuando contra la noche con sus hielos, permanezcas.
Cuando caigas con la pesca y la barca  en fondo
y te mantengas atento al torrente de adentro,
entonces habrás vencido;
la pérdida será ganancia
y tu pequeña chispa encenderá una hoguera:
el calor del cielo entre las olas.
Alzado como faro en las noches de miedo,
habrás triunfado;
aun cuando parezca naufragio,
pero hayas permanecido firme en la llama inagotable.
Habrás llegado al esperado puerto.
Estará en ti
con todas tus voces sosegadas
y la luz serena del torrente sin final.

Pequeñas grandezas

La Razón, 12/06/2021

https://www.larazon.es/religion/20210613/xm3svkjuh5budczvmdth524hui.html

Lectio divina para este domingo XI del tiempo ordinario

 

Hoy recibimos una respuesta al pesimismo y la poca valoración que a veces damos a lo que vivimos: lo eterno comienza en la sencillez del presente, la plenitud de la vida se nos ofrece como semilla. Porque en el orden del amor, nada hay insignificante. Para Dios no cuenta lo llamativo, sino la autenticidad de lo que se siembra. Él se encarga de hacerlo germinar. Meditemos sus palabras:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña,  pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra». Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.  Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado (Marcos 4, 26-34).

Jesús nos presenta su reinado desde la pequeñez de una semilla. Esta nos habla de lo silencioso, imperceptible, pero lleno de la potencia de la vida. Así nos revela al Dios pequeño, al Dios de lo pequeño y al Dios de los pequeños…

Dios pequeño porque es el Infinito que se hace pequeña palabra, pequeño niño en el pesebre, pequeño pan en el altar, el último de los condenados que muere en una cruz. En él no cabe la prepotencia, sino que viene a nosotros desde la humildad en que hemos de ser capaces de reconocerlo. Desde allí nos hace dar el salto hasta el cielo.

Dios de lo pequeño porque para encontrarlo no tenemos que remontarnos muy lejos ni emprender grandes proezas: Él está en lo cotidiano, en el hermano que pasa a nuestro lado, en lo escondido de nuestro corazón.

Y es el Dios de los pequeños porque se resiste a los soberbios para dejarse encontrar por las almas sencillas. Es el Resucitado que se aparece al pequeño germen de los apóstoles para hacer de ellos la gran siembra de la Iglesia. Hoy sigue alentando a su comunidad por medio de su Espíritu para que no deje de comunicar la Buena Nueva.

Por eso, entra en ti mismo y busca esas pequeñas semillas que día a día Cristo esparce en tu interior como sutiles inspiraciones, convicciones que quizá estés olvidando, líneas de alguna lectura que sigue repitiéndose en ti, el recuerdo de algún aprendizaje del pasado, momentos de recogimiento en que la verdad cala en nosotros con fuerza resonante. Riega esas semillas con tu oración, míralas crecer con esperanza, ofrécelas a otros con desinteresada caridad.

También has de cultivar, es decir, darle el culto que se merece, a todo lo que Dios va sembrando entre los tuyos. Reaviva las gracias que Él da a tu familia, en cada hijo que nace y crece en el amor. Acepta y responde a las pruebas con que Él labra la tierra de vuestras almas para que su simiente arraigue y fructifique. Y sobre todo, ten esa paciencia que todo lo alcanza, porque hay árboles que germinan muy pronto, otros necesitan más de un invierno duro para fortalecerse; nuestro Padre no deja de hacer germinar lo que hayamos acogido sin desconfianza.

Así son las cosas de Jesús, para quien lo más grande es lo más sencillo. Los pequeños detalles, los que importan porque revelan la profundidad del alma. Él es el único que podía revelar la eternidad en la pequeñez de una semilla, la vida de cada día como escalones hasta el cielo.

Rendirnos para triunfar

Meditación para este domingo del Corpus Christi

Estamos acostumbrados a querer ser fuertes y defendernos. Sin embargo, el camino cristiano nos propone un movimiento inverso: hacernos débiles y rendirnos para alcanzar la verdadera fortaleza y plenitud de vida. Porque el amor nos eleva en la medida en que descendemos; rindiendo nuestras armas alcanzamos la victoria. Esto pasa porque Cristo nos invita a seguirle en su ejemplo de humildad y total entrega, que recibe como resultado la glorificación. Hoy estamos llamados a redescubrir y exaltar con nuestra piedad el punto de encuentro de esa rendición de amor de Cristo hacia nosotros y de la nuestra hacia él, que es el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre

El término que más se acerca a definir esa doble rendición de amor de la que hablamos es el de “dedición”. Este proviene del latín, “deditio-onis”, y se refiere a la rendición incondicionada o capitulación de una plaza. por espontánea sumisión. Este término puede llegar a expresar la dedicación sin reservas, con empeño y pasión a una persona, actividad o ideal. Esto es precisamente lo que hace Cristo con su Padre durante toda su vida histórica, y que expresa claramente cuando en su agonía en el huerto reza: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22, 42). Y esa voluntad era que él se entregara, es decir, se rindiera libremente a manos de los hombres para salvarnos con el derroche de su amor hasta el extremo. Por tanto, la dedición de Cristo hacia nosotros descubre su relación dentro de lo divino, porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven eternamente la misma dinámica de total entrega y amor interpersonal. Nosotros, creados a imagen de este amor de Dios, no alcanzamos nuestra realización sin antes realizar una incondicionada rendición de nuestra mente, cuerpo y almas ante el mismo Dios. Esta dedición implica deponer las armas de nuestras pretensiones y autoengaños en confiada entrega a Aquel que responde con mayor generosidad. El sacramento de la Eucaristía contiene y expresa todo este misterio. Ahí se  sella la dedición de Dios hacia la humanidad y de lo humano hacia Él.

La sagrada Hostia es Dios mismo hecho alimento corporal para darnos la la plenitud personal. Que el Verbo de Dios se haya hecho carne y se haya dejado matar en la cruz es el mayor escándalo y locura para el mundo, y si además esta carne se hace pan, su misterio se hace aún mayor. Este amor divino hecho sustento que se parte, se reparte y se comparte puede alcanzar y sanar lo más humano: nuestra condición caída y necesitada de redención. Necesitamos ser alimentados así para obtener la vida eterna, pues no solo de pan temporal vive el hombre, sino que necesitamos ser nutridos desde lo más íntimo de lo que somos, en el vértice en que se unen nuestro cuerpo y alma, vida física y espiritual. Solo el Señor en la Eucaristía puede llegar a ese punto sagrado para redimirnos y conducirnos a la eternidad.

Hoy estamos invitados a vivir esa rendición personal de todo nuestro ser –cuerpo, mente y espíritu– ante la eterna rendición de amor de Cristo hacia su Padre, extendida a la humanidad por su Santísimo Sacramento. El desafío que se nos presenta es si seguir pretendiendo hacernos fuertes y válidos por nosotros mismos o dar el paso humilde y valiente de una rendición que canta victoria, porque rendición de amor, que todo vence y todo transforma. Que al recibir hoy a Cristo en la misa y adorarlo en el altar, dirijamos la mirada a lo que va mucho más allá de cualquier anhelo de este mundo. Él nos hace asumir, trascender y ordenar cada cosa desde una luz y una fuerza que no podemos darnos a nosotros mismos, sino que advienen a nosotros como don de lo alto. No temamos rendirnos en amor y alabanza a Él en este día. Tenemos la oportunidad de valorar más profundamente la entrega de Cristo que se deja partir, repartir y compartir para que vivamos con sabor de eternidad.

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Fuego que consume y da vida

https://www.larazon.es/religion/20210523/zxx4wtgtwzfrroridnefdei4bq.html

Lectio divina para este domingo de Pentecostés

Hoy el evangelio nos vuelve a situar en la primera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles, a la vez que la primera lectura nos presenta la venida del Espíritu Santo sobre ellos. Y es que ambos momentos forman una única realidad: Cristo ha vencido la muerte por la fuerza de su Espíritu y hace partícipes a los que ama de esa realidad que transforma radicalmente la vida humana. Leamos con atención

«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.  Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo;  a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”».

Los apóstoles ya “sabían” que Cristo había resucitado. Lo habían visto y habían vuelto a comer con él, pero esto no era suficiente para lo que habrían de vivir en adelante. Ya no serían solo espectadores de un acontecimiento externo. Ahora serán testigos de la Pascua que acontece en sí mismos, haciéndoles pasar de la oscuridad a la luz con ardor de amor, porque su espíritu penetra hasta lo profundo de cada uno y de las relaciones que vivían entre ellos. Y es que el sentido original del nombre de “testigo” es el de “martyr”, es decir, aquel que no teme asumir la muerte para ganar la verdadera vida por un amor mayor que desarma a la muerte en sus propios dominios, que son el miedo y el pecado. Es Cristo viviente quien nos hace capaces de esta conquista, yendo totalmente dentro de nuestros encierros para iluminarnos desde lo más hondo de nosotros mismos. Por eso no duda en mostrar a sus discípulos las heridas de la cruz, que no son motivo de vergüenza, sino manifestación de su gloria. Y nos lleva aún más dentro de sí al infundirnos su Espíritu y hacernos partícipes de su intimidad con el Padre. Es decir, nos adentra totalmente en el amor de Dios, que nos revela la verdad de nuestra vida. Ahora nosotros hemos de responder a ese don con apertura y confianza. Así hasta percibir que arde en nosotros el fuego de su presencia que nos levanta de nuestras derrotas y nos impulsa a vivir en el presente con un amor nuevo, capaz de reparar, sanar y reconciliar

Así como el Espíritu nos conduce totalmente dentro de nosotros mismos, también nos empuja totalmente fuera, lanzándonos más allá de nuestra insuficiencia para ir al encuentro de los demás. Su presencia en nosotros es ardor, fortaleza, valentía y entrega, generosidad y confianza; purifica nuestras conciencias con su perdón y nos mantiene en continua conversión, a la vez que en ofrecimiento a otros de lo que Dios nos da. En un contexto como el nuestro, que va a la deriva de las razones débiles y convicciones acomodaticias, este amor fuerte es la respuesta que nos salva de toda medianía y despierta el sentido de la vida verdadera, la que se encuentra a sí misma al abrirse a la verdad y ofrecerse a todos con caridad comprometida. Es esa pequeña chispa que destella en nuestra conciencia en el momento menos esperado, pero que puede hacerse hoguera que abrasa nuestras falsedades y nos hace testigos de la verdadera vida. Es esa fuerza que ha derribado a un perseguidor de su caballo y le ha convertido en apóstol; es la toma de conciencia un convaleciente que desde su cama dice: “si este y aquel han hecho tantas cosas por Cristo, ¿por qué yo no?”. Es la gracia que mueve a los miembros de una familia a reconciliarse. En definitiva, es el fuego de amor que te impulsa a ser también tú otro apasionado por el evangelio, cueste lo que cueste. Porque el amor auténtico no es el que te lleva entre algodones, sino el que te enciende entre los leños en cruz para que ofrezcas tu vida por amor, y por eso mismo, la conquistes para siempre.

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Un “como” desmedido

09/05/2021

Lectio divina del VI Domingo de Pascua

«Permaneced en mi amor…» Este domingo el Señor sigue destacando el verbo central del evangelio anterior: permanecer. Tal insistencia se da porque el permanecer es esencial a la Pascua de Cristo y, por tanto, para todo el que es alcanzado por su fuerza. Porque la fe es un misterio de permanencia en un doble movimiento: Dios permanece con nosotros y nosotros hemos de permanecer en Él. Recordemos a los discípulos del camino hacia Emaús, quienes al sentir que sus corazones ardían ante la presencia del Resucitado, le piden que se quede con ellos (Lucas 24). Y claro que se queda. aunque dejen de percibirlo a simple vista; ahora, para reconocerlo, han de permanecer en la manera en que él les enseñó a vivir. Meditemos sus palabras en el pasaje de hoy:

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros” ».

 

En estas líneas, Cristo vuelve a desafiarnos con uno de sus “como”. En la Biblia, este adverbio es importantísimo en sus diferentes usos. Pensemos en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19, 18) o a la comparación: “Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles” (Salmo 102). Hoy él nos anuncia que nos ha amado como el Padre le amó a él, y es en este amor donde nos invita a permanecer. Es esta una aspiración tremenda: que actualicemos en la tierra el amor que él vive eternamente con el Padre en el cielo. Meta altísima y, ciertamente, inalcanzable por las meras fuerzas humanas. Necesitamos la ayuda de Dios. En primer lugar, necesitábamos que Él mismo volviese a tender el puente que la humanidad había hecho volar al rechazarle con el pecado. Por eso Cristo ha restablecido este vínculo al sellar su nueva alianza con nosotros en su cuerpo tendido en la cruz, que ha unido por siempre el cielo y la tierra. Esta es la “des-medida” de su amor, que es la que nos invita a mantener en nuestras relaciones de hermanos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. ¿Cómo es ese amor del Padre hacia Cristo? Es el de un padre no paternalista. Él no sustrae al Hijo de la prueba y el dolor, cuya existencia terrena estará marcada por el rechazo y la tentación (“Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”; “Si eres hijo de Dios, bájate de esa cruz”; Juan 1, 11 y Mateo 27,40). El Padre le envía al mundo respetando su libertad, que Jesús ejercerá en innumerables ocasiones en que podrá sostenerse en su propia voluntad o en la del que le ha enviado. Y como él elige siempre amar al Padre, que le mueve a amar hasta el extremo a los suyos, nos manda a dar esta misma respuesta, en la que se encuentra nuestra propia realización y nuestra paz. Qué distinto es este amor de los supuestos de conciliación, diálogo y tolerancia, que no se edifican sobre las verdades perennes, sino en su disimulo y negociación. ¿Qué comunidad puede sostenerse en principios tan endebles? Pues justamente una sociedad inestable, cogida por pinzas para no herir las fáciles susceptibilidades, donde por no asumir el desafío de buscar y servir a la verdad, se termina dejando pasar todo tipo de error, que generalmente conllevan un altísimo precio para la dignidad de las personas, generalmente las más débiles y menos poderosas.

Permanecer en Cristo es continuar la dinámica de amor expansivo, creativo y estremecedor que va del Padre hacia el Hijo, de este hacia nosotros y de nosotros vuelve al Padre por el Espíritu Santo. Es como una sinfonía de amor que va y vuelve entre lo divino y lo humano. Dios no deja de ejecutar su parte con estabilidad eterna; a nosotros nos corresponde no desentonar dándole la espalda a sus mandamientos. Por eso hemos de preguntarnos si le estamos siendo verdaderamente fieles, qué lugar le estamos dando en nuestras aspiraciones y decisiones, cómo y cuánto estamos buscando extender hacia los demás el amor que recibimos de Él. Recordemos: este no puede conformarse con lo mínimo, sino que se mide con la misma desmedida del amor con que Cristo nos ha amado. Es ahí donde hemos de permanecer.

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Con nosotros y más allá

La Razón, 02/05/2021

https://www.larazon.es/religion/20210502/opad6vfy4fef5lfhg4yujll2ra.html

con nocotros

Lectio divina de este domingo de la Ascensión del Señor

“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, asegura Cristo antes de ascender al cielo. Así consuma su paso por la tierra, y también las palabras que hemos celebrado estos últimos domingos, marcadas por el misterio de su permanecer entre nosotros y de nosotros en él. Leamos con atención.

«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 2enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mateo 28, 16-20).

En nuestros artículos anteriores meditábamos sobre el significado de “Permanecer” de los evangelios, que en griego se dice “Hypo-méno“, y significa estar sostenido desde lo profundo. Esta semana compartía sobre esto con un amigo sacerdote, quien me contó que al practicar la lectio divina de estos mismos domingos con su compañero coadjutor y varios miembros de su parroquia, encontró que ese verbo “Méno”, que emplea san Juan, es el mismo con que el ángel saludó a la Virgen María como la “plena de gracia”: “Kejarito-Méne” (Lucas 1, 28). Así, desde la primera aparición de la Virgen en la Escritura y la entrada de Cristo a este mundo, Dios nos revela que la permanencia de su gracia en la criatura es fundamental para que esta alcance su verdadera realización. María es la humanidad realizada porque la gracia de Dios permanece plenamente en ella y toda ella permanece en Dios. Veamos cómo esto se relaciona con la ascensión de Cristo al cielo.

En el pasaje de hoy, Cristo no solo dice que se queda con nosotros, sino que emplea el verbo “Eimí“, en presente, que significa que es y está con nosotros. Eso nos remite al Nombre que Dios reveló a Moisés en Éxodo 3, 14: “Yo soy el que soy para ti”. Cristo ahora puede referir ese Nombre a sí mismo, “Yo soy/estaré con vosotros, porque el Resucitado es el mismo Dios que se reveló a los judíos, y también el Ser eterno buscado por los filósofos de todo tiempo. Es decir, en Cristo Dios ofrece su trascendencia aquí y ahora a toda la humanidad, tanto al primer pueblo elegido como a todos los que le buscan con buena voluntad. Él es el Lógos anterior a todo y que sobrevive a todo. Es la eterna Palabra, razón y sentido que da origen, sostiene y trasciende cada cosa y persona. Por eso Cristo es también nuestro ser más profundo, el cual podemos encontrar vivo y presente tanto en nuestra intimidad como en las personas y la entera realidad con las que, por él y con él, entramos en comunión. Así entendemos por qué ha dejado de mostrarse físicamente por su Ascensión al cielo, porque su presencia es ahora más íntima y real. Lo que necesitamos es aprender a contemplar, celebrar y anunciar su presencia en nosotros. Esta gracia nos la ha ofrecido a través del Bautismo, por medio del cual hemos sido constituidos en templos vivientes, humanidad divinizada porque Dios ha venido a permanecer en ella. Por eso, una vez que Cristo ha asegurado a sus primeros discípulos que está con ellos, les envía por todo el mundo a anunciar el evangelio y bautizar.  Su permanencia en y entre nosotros se hace así inicio y garantía de nuestra trascendencia, porque si el Ser eterno toma lugar en nuestras vidas, es para quedarse y que nuestra realidad alcance mucho más de lo que ahora podemos percibir.

Así volvemos al misterio de María, en quien encontramos ya realizado todo. En ella permanecía la gracia desde su concepción inmaculada, es decir, de antemano a lo que Cristo ofrecería a todos los que redimiría. Lo que él adelanta en ella es lo que nos ofrece a los que convierte en templos suyos por la purificación del Bautismo. Por eso, celebrar su ascensión al cielo nos hace volver la mirada a nuestra tierra, de la cual hemos sido creados para elevarnos hasta lo más alto. Tomemos conciencia de esta verdad nuestra más auténtica. Estamos aquí, pero somos de más allá. No somos inmaculados como María, pero sí hemos sido regenerados a la pureza celestial por el don que Dios nos ha ofrecido al consagrarnos en el Bautismo. Valoremos nuevamente lo que esto significa y elevemos así nuestra mirada esperanzada hacia el cielo, abierto para nosotros

Permanecer amando

Lectio Divina para este V domingo de Pascua

En días pasados salí al campo con un amigo por una senda que conocemos bien. Nos llamaba la atención la luminosidad de los colores en la primavera, los sonidos del agua, el viento animando las hojas. Todo anunciaba el júbilo de la vida fluyendo desde lo más profundo de cada criatura. Pero nuestra senda se vio abruptamente interrumpida por la gran rama de un árbol que se había caído justo en medio. Estuvimos un rato contemplando su fractura y preguntándonos qué la habría quebrado tan de esa manera. Inmediatamente lo relacionamos con el evangelio de este domingo, en el que Cristo nos dice:

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos” (Juan 15, 1-8).

La palabra clave de este texto es el verbo “permanecer” –en el griego original “Meno”, de la cual se deriva “Hypoméno” – que  significa “sostener desde abajo, desde lo profundo”, y expresa realidades tan significativas como la firmeza y fidelidad en medio de la prueba, la constancia y la resistencia; en definitiva, la perseverancia. Las ramas de una planta viven y dan fruto porque están sostenidas desde abajo por el tronco que les alimenta desde las raíces, como sucede con los sarmientos de la vid de este evangelio. Evidentemente, cuando disminuye el fluir de la vida entre la rama y su tronco, aquella pierde fuerza, se desgasta, se desgaja y muere. No sirve más, es un estorbo en el camino que hay que quitar de en medio y echar al fuego. Esto expresa bien la penosa realidad de quien no está sostenido desde lo profundo por la gracia de Dios. Es decir, representa a quien vive una existencia meramente natural, sin afincarse en lo sobrenatural. Se parece a quien lleva la vida a su propia cuenta y riesgo, en vez de mantenerse en comunión con quien es más y más nos da. Su destino es el desgaje por desgaste, el quiebre existencial por la pérdida de lo esencial. Porque es Dios quien nos da la firmeza vivificante, y la unión con Él nos alimenta como la savia secreta que sostiene, eleva y hace fecunda la vida como los sarmientos de una vid, que están para dar frutos de júbilo, comunión y alegría.

Ahora bien, hay que comprender que el desgaste de la fe puede darse por dejadez en el amor, como también por haberse sostenido en una imagen de Dios todavía incompleta o, peor aún, desfigurada. Para evitar lo primero, hay que espabilar, devolverle el primer lugar en nuestra vida, alimentarnos de su Palabra y fortalecernos con sus sacramentos. Lo segundo exige una poda, que, como bien dice este evangelio, es muestra del amor de Dios, que purifica lo desfigurado para hacernos crecer adecuadamente. Es lo que tiene que pasar con esas imágenes que nos hacemos de Dios a nuestra propia semejanza, impidiendo que se nos muestre infinitamente nuevo y sorprendente, exigente y desafiante, para quedar reducido a un mero concepto, sentimiento o referencia. ¿Quién quiere estar unido a un Dios así, que en vez de ser linfa vital queda reducido a una cosa para el propio uso y disfrute? Para no caer en ello debemos dejar que se nos muestre en la contundente paradoja de Cristo, quien, siendo el Hijo amado de Dios, no se sustrajo de la prueba y el dolor, sino que los asumió como expresión de su amor hasta el extremo, afrontó las mayores oscuridades del ser humano y de la historia y, clavándolas en sí mismo en la cruz, las venció por su unión con el Padre. Esta unión agonizada, combatida y defendida a todo costo es la que Cristo nos enseña a vivir con él, como los sarmientos unidos a la vid. Es decir, nos enseña a permanecer creyendo y creer amando. De esto se trata ser fieles, que es el sentido más alto de la perseverancia.

Aquella rama se desgajó de su tronco y se desgastaba en medio del camino; a su alrededor, sin embargo, se erguían jubilosas las ramas de muchas otras plantas en la primavera. ¿Qué me enseña esto sobre mis propios desgastes? ¿Me estoy desgajando acaso del árbol de la vida por no sostenerme en su gracia?

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Ser Padre 

Publicado en La Razón, 19/03/2020

20200402 Renato Mauceri

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María, modelo de caridad

Padre Christian Díaz Yepes

Revista Palabra y Vida

mayo 2013

Es común que a María se le admire y se le venere. Mucho más común que se acuda a ella para pedirle una gracia material  o espiritual. Sin embargo, es mucho menos común que entendamos cómo María nos enseña a amar.

En la vida cristiana nos podemos preguntar dónde encontramos un modelo de caridad a seguir, pues muchos piensan que seguir al mismo Jesús es una aspiración demasiado elevada. Afortunadamente, encontramos junto a Jesús el modelo de una que le ha seguido y ha participado estrechamente en su misterio de amor universal: su propia madre, quien con razón es reconocida como la primera entre todos los cristianos.

¿Cómo nos enseña María a amar a Dios y a los hermanos, un amor que la tradición cristiana define bajo el término de “caridad”?

Como creyente, que piensa en la fe con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, María no puede ser más que una mujer que ama. Así lo podemos intuir en los gestos sencillos y determinados que nos narran los evangelios de la infancia en Mateo (1-2) y Lucas (1-2). Se hace patente en la solicitud por la pareja de las bodas de Caná y en la delicadeza con la que se ocupa de sus necesidades (Jn 2, 1ss). Lo comprobamos con estupor en la manera como acepta ser “olvidada” por Jesús durante su vida pública. Nos impacta en su mantenerse firme al pie de la cruz, acogiendo al discípulo que le es ofrecido como hijo por parte de Jesús (Jn 19, 27). Nos llena de gozo cuando vemos cómo a su alrededor se mantiene unida la comunidad de los discípulos a la espera del Espíritu Santo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14ss)….

En el pasaje de la visita a Isabel, María nos recuerda que amar a Dios implica también amar a los hermanos. Además nos enseña algunas cualidades de la caridad, como la prontitud, el servicio y la humildad. Para María lo más importante es vivir la caridad, es servir y vivir la humildad. Su actitud en los evangelios es de donación, de entrega, de servicio (ver: Lc 1, 39-46).

Pero no es esto lo más importante en la práctica de la caridad por parte de María. Ante todo debemos reconocer que su mayor acto de amor ha sido el de darnos a Dios. Ella no sólo ha dado algo de sí a Dios: un poco de tiempo, un trabajo, la atención a alguien. Ella se ha dado toda a Dios y por eso ha podido darnos a Dios.

Nos enseñó Benedicto XVI: “Cuando María proclama el Magníficat dice: mi alma «engrandece» al Señor, es decir, proclama que el Señor es grande. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros”. Nos podemos preguntar: ¿Cómo es posible que una criatura haga que Dios sea más grande de lo que Él ya es? María puede hacerlo porque le hace espacio allí donde Él nos había dejado espacio a nosotros: en nuestra propia libertad. Cuando ella responde con generosidad a la voluntad de Dios, permite que Él entre allí donde quedaba al margen. Así engrandece al Señor y engrandece también a la misma humanidad.

En el camino de María hubo mucho de sacrificio, de incertidumbre, de perplejidad y de dolor intenso, pero esto no es lo que sobresale en ella: Sobresale el amor. El mundo continúa siendo hoy el ámbito donde Dios parece estar ausente, pues las libertades de muchos no responden a Él. Experimentamos tantas veces el dolor y la angustia ante la “ausencia de Dios”, ante la dificultad de reconocer su gracia entre nosotros. Y es porque también hoy hacen faltas personas verdaderamente “marianas”, es decir, personas que verdaderamente amen a Dios haciéndole espacio en su propia vida y en su propia voluntad.

El apóstol Pablo ofrece una descripción magistral de qué es la caridad en el famoso cántico de la carta a los Corintios (13, 1ss). Hagamos el intento de sustituir en él la palabra “caridad” por el nombre de “María” y veremos cómo nuestro sentido de fe nos hace reconocer en ello una perfecta adecuación:

María es paciente, es servicial; María no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe;

María es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal;

no se alegra de la injusticia; María se alegra con la verdad.

María Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.

Sí, ciertamente en todo lo que es maría resalta la caridad. ¿También podemos sustituir en este himno de san Pablo la palabra “caridad” por nuestro propio nombre”? ¿Somos tan marianos como para llegar a ese punto?

Así lo vemos también en las letanías, que son los saludos de amor que como una corona de flores los cristianos de todos los tiempos vamos ofreciendo a María. Chiara Lubich nos dice que las cantemos tratando de reflejarnos en ellas. Pensemos en algunas para que nos ayuden como un examen espiritual de nuestra vida:

“Madre de misericordia”: ¿Soy misericordia para con quienes vienen a mí?

“Vaso espiritual”: ¿Cultivo mi espiritualidad para que se conserven en mí los tesoros de Dios?

“Auxilio de los cristianos”: ¿Los demás pueden contar con mi ayuda sin mezquindad?

“Consoladora de los afligidos”: ¿Doy consuelo a quien lo necesita?

“Causa de nuestra alegría”: ¿Soy motivo de alegría para el triste, para el abatido?

“Reina de la paz”: ¿Construyo la paz a mi alrededor para ofrecerla a todos como mi mayor obra de caridad?

Pero la caridad de María no hay que buscarla solamente en su vida histórica. La grandeza de los santos se muestra sobre todo en el bien que ellos continúan haciendo desde su vida glorificada junto a Dios.  María ha sido reconocida siempre por los cristianos como la primera a la cual deben dirigir sus súplicas para avanzar hacia Dios, como lo muestra el mismo Avemaría, que tiene un origen antiquísimo: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…”

Bajo la protección y ayuda de la Virgen los creyentes encomendamos nuestras necesidades; acudimos a ella en la turbación y en la duda; nos acogemos a su misericordia cuando sentimos que es demasiado grande el peso de nuestros pecados; nos dejamos consolar por su presencia amorosa y sutil. Por eso con Juan Pablo II hoy también nosotros le pedimos:

“Oh María, aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida: mira, Madre, el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad. Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio.

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¡No renuncies!

No renuncies aunque todo alrededor te empuje a ello.

No dejes el camino a medio andar, la barca a la deriva.

No pierdas la oportunidad de completar la palabra de tu vida, ese verbo bendito que ha sido pronunciado sobre ti y espera ser realizado.

No claudiques en ese bien que has comenzado. Ten el coraje de arriesgarte, el empuje para llegar hasta el final.

Abre tus ojos al momento que tienes delante para vivirlo a plenitud. Abrázate a la vida con todo el ardor que se merece.

Deja caer el egoísmo que te ciega, la desesperanza que agota tus fuerzas.

Escucha el palpitar de tus ímpetus y dialoga con ellos. Aprende a reconocer en ti mismo la eternidad que te sostiene y que debes descubrir.

Entrégate a un amor inmenso: A Dios. Descúbrete como hijo suyo y heredero de su reino, recibe su abrazo de Padre y siéntate a su mesa. Aliméntate del pan de su amor continuo amasado con manos humanas.

Acoge el designio de vida y libertad que Él te ofrece. Canta agradecido a su presencia por cada oportunidad que tienes de amar, es decir, de ser tu mismo.

No renuncies,

no des tregua a la vida.

No pierdas la oportunidad de darle su pleno sentido ahora mismo.

Padre Christian Díaz Yepes

Creer lo increíble:

La capacidad de armonizarlo todo por la fe

Padre Christian Díaz Yepes

Revista Palabra y Vida,

Caracas, julio 2012

 

               

Hace tiempo tuve que hacer un viaje largo con algunos amigos y para distraernos en el camino comenzamos a hacer juegos de habilidad mental. Nos detuvimos bastante rato en el famoso juego del “oxímoron”, que consiste en formular en una sola palabra o frase dos ideas opuestas para generar un tercer sentido.

El oxímoron expresa lo mismo que una paradoja. La palabra “oxímoron” proviene de los dos términos griegos “oxys”, que significa punzante, y “morós”, que significa blando. Es decir, la palabra oxímoron es en sí misma un oxímoron. Este recurso lingüístico fue muy desarrollado por los poetas y los oradores griegos y latinos, quienes supieron aprovechar su gran fuerza retórica. Por ejemplo, es famosa la expresión de César Augusto: “Festina lentae” (“apresúrate lentamente”). La gran atracción del oxímoron es permitirnos ver cómo en la realidad muchos extremos pueden tocarse sin anularse el uno al otro, sino dando paso a nuevas situaciones.

Durante nuestro viaje, mis amigos y yo íbamos mencionando varios oxímoros, tales como “claroscuro”, “agridulce”, “frío que quema”, “materia espiritual”, “vía intransitable”, “bondad que mata”, “realidad virtual”… En un determinado momento, recordé que nuestra fe cristiana está llena de contrastes y muchas de sus formulaciones son verdaderos oxímoros. Propuse entonces: “Dios uno y trino”, y luego: “Jesucristo, Dios y hombre verdadero”, “Cruz gloriosa”. Mis amigos se quedaron en silencio por un momento, pues no esperaban que nuestro juego nos iba a llevar al plano de la fe. Seguidamente, uno de ellos contestó “María, Virgen y Madre”. Luego otro agregó: “Iglesia santa y pecadora”… Así llegamos al testimonio de los místicos y fuimos mencionando otras paradojas de la fe que finalmente nos dejaron sorprendidos a todos: “Muero porque no muero” (Santa Teresa de Jesús), “La música callada”, “La soledad sonora” (San Juan de la Cruz)…

El juego del oxímoron nos hizo caer en cuenta de un fascinante aspecto de nuestra fe cristiana: Cuando creemos no eliminamos el contraste, al contrario, lo ponemos de relieve para mostrar la realidad creída en toda la profundidad de su misterio. Precisamente Dios puede ser tal porque contiene en sí el encuentro de los opuestos. En Él lo antagónico se encuentra en armonía y todo llega a su plenitud. Esto es lo que el gran escritor Gilber Chesterton (1874-1936) supo expresar muy bien después de su conversión al catolicismo, cuando describió las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad en la paradoja que cada una de ellas encierra.

Según Chesterton, las paradojas cristianas estarían en que la Fe es auténtica cuando ella llega a “creer lo indemostrable”, cuando “creemos lo increíble”; la caridad es una verdadera virtud sólo cuando ella llega a “perdonar lo imperdonable”; la esperanza es cierta cuando logra “esperar en la desesperación”. Mientras muchos piensan que encontrarán la felicidad complaciéndose a sí mismos hasta el extremo, la verdadera humildad nos hace descubrirla en la negación de uno mismo. Sólo si asumimos la realidad contrastante de nuestra fe, podemos comprender lo que Jesús nos ha enseñado al decir: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mt 16, 25). Para el cristiano la fe es una aventura que nos dispone para el encuentro de los opuestos, para la solución de todo escollo, para la armonización de toda contradicción. La “catolicidad” significa justamente “universalidad”, por eso mismo implica una mirada amplia sobre la realidad, esa capacidad de incluir, de armonizar, de poner en comunión.

Resulta fascinante tomar conciencia de que estamos llamados a vivir en esta libertad. Antes que tenerle miedo a lo diverso, contamos con la oportunidad de conocerlo y hacerlo parte de nosotros mismos. En vez de excluir lo diferente, estamos invitados a saber valorar lo que nos aporta. En lugar de replegarnos ante lo que no conocemos, estamos llamados a asumirlo y avanzar hacia su plenitud. Hagamos la experiencia de esta transformación y dejémonos sorprender por la riqueza inagotable de nuestra fe.

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El valor del ahora mismo

Revista “Palabra y Vida”,

Caracas, mayo 2012

                Recientemente encontré en los Jardines Topotepuy, en El Hatillo,  un instrumento maravilloso: un reloj de sol. Por un rato estuve contemplando sus partes y signos tan arcanos. Me dio la oportunidad de reflexionar sobre el tiempo de la vida y lo que hacemos con él. En la parte inferior de la circunferencia del reloj pude notar cómo la sucesión de las horas se suspendía en un vacío correspondiente a la noche, en el cual se ubicaban dos palabras latinas que le dieron el sentido a mi reflexión: Carpe diem.

                Recordé que el poeta romano Horacio (siglo I) fue el autor de la sentencia Carpe diem, la cual se encuentra al inicio de sus famosas Odas (I, 11). Estas palabras significan Aprovecha el día o cuida tu tiempo, y han resonado a través de los siglos en la conciencia de tantos hombres y mujeres de valor. Carpe diem, me dije a mí mismo… ¡Cuánta falta nos hace recordar este desafío!

                Cada día pasa con la sucesión de sus horas, como la sombra de ese reloj solar que va cubriendo con su oscuridad nuestra existencia. Los griegos identificaron el tiempo con el dios Cronos, que fue devorando uno a uno a sus hijos antes de que pudieran crecer. Qué imagen tan dura para representar lo que el tiempo es capaz de hacer con nuestras vidas: es como un padre que nos hace existir, pero nos consume antes de que seamos lo suficientemente maduros. Esta fatalidad, sin embargo, no tiene sentido cuando vivimos en la libertad cristiana.

                “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer…” nos dice la Carta a los Gálatas (4, 4). La venida de Cristo a nuestro mundo ha supuesto el llevar a plenitud todo tiempo. El curso fluctuante de la historia de los hombres ha alcanzado su sentido. Ya no hay nada más que esperar. Cuando respondemos sinceramente al llamado de Cristo que nos invita a seguirle, también nuestra existencia toma parte de esa plenitud que se ha desencadenado sobre el mundo, nuestra vida entra en la dimensión de la eternidad y cada una de nuestras acciones puede manifestarla. Carpe diem, recordé: Viviendo cada momento con sentido pleno también nosotros nos mantenemos en ese “tiempo absoluto” en el que Cristo nos invita a vivir: “No se preocupen por el día de mañana, pues ése traerá sus propios afanes. A cada día le bastan sus propios problemas” (Mateo 6, 34).

La pieza fundamental del reloj solar es la señal erguida hacia el norte que se llama “gnomo” o “indicador”. Sobre ella va desplazándose el sol arrojando una sombra cada vez más grande sobre la circunferencia de sus horas. Sin embargo, el gnomo no cambia de lugar, sino que permanece firme apuntando hacia el norte. Cuando vivimos continuamente inciertos sobre lo que vendrá o agobiados por lo que pasó corremos el riesgo de que se nos escape el tiempo de las manos. Nuestra vida puede llegar a ser todo eso que pasaba mientras se perdía nuestra mirada en tantas otras cosas. En cambio, si vivimos día a día concentrados en el presente, nos mantenemos como el indicador sobre el cual pasan los movimientos del sol y de sus horas mientras él permanece firme…

No  perdamos el norte, sigamos la enseñanza de Jesús y seamos nosotros los que marquemos rumbo al tiempo. ¡Carpe diem! repitámonos a nosotros mismos cuando advirtamos que divagamos en suposiciones inciertas sobre el futuro o en lamentaciones sobre el pasado. ¡Carpe diem! digámonos ahora mismo y dispongámonos a llenar de sentido el momento presente que tenemos que aprovechar.

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Si quieres, puedes sanarme

El sentido cristiano de la enfermedad

 Revista Palabra y Vida

Caracas, febrero de 2012

 

El amor de Dios es sanador. Jesucristo mostró siempre como uno de los rasgos distintivos de su mesianismo una continua solicitud hacia los enfermos. El Evangelio de Marcos nos narra que el inicio de su vida pública vino acompañado de la sanación de numerosos enfermos, que eran conducidos hasta él para recibir su gracia (Cf.: 1, 29ss). Mientras la fama de Jesús se va extendiendo los milagros y sanaciones vienen a expresar la irrupción de la realidad divina en medio de la historia humana. Así pasan a convertirse en verdaderos “signos” de la actuación de Dios, tal como aparece en reiteradas ocasiones en el evangelio de san Juan. Estos signos ayudan a suscitar la fe de las personas en él, “pues si no veis los signos y prodigios, no creéis” (Jn 4, 48), pero invitan a quienes los perciben a tomar conciencia de la realidad trascendente que ellos expresan. Por eso hay consideraciones a tener en cuenta a la hora de vivir la enfermedad con verdadero sentido cristiano. Detengámonos en algunas de ellas.

El falso mito de “la salud es lo primero”

                Es común escuchar esta sentencia, con la que se expresa el valor determinante que popularmente se le da al buen estado físico. Este condicionamiento responde más a un sentido pagano que cristiano. No es la salud lo primero, pues a ella le anteceden otros valores como el amor, la fe y el vivir en gracia de Dios. La salud es un medio, no un fin en sí misma. En la historia podemos ver cómo muchas culturas ajenas al cristianismo han sobrevalorado el buen estado de salud y despreciado a los que sufren alguna limitación. En cambio, la Biblia y toda la historia del cristianismo nos dan testimonio de cómo Dios puede mostrar su gracia en la debilidad humana. Pensemos en Moisés, quien siendo tartamudo fue escogido por Dios para liberar a Israel (Éxodo 4, 10), o en Pablo, quien confiesa “llevar una espina clavada en la carne” (2ª Corintios 12,7), y que aún así pudo expandir el Evangelio por todo el mundo conocido. Pensemos en los últimos años de Juan Pablo II y de la Madre Teresa de Calcuta, quienes se vieron aquejados por diversas enfermedades y que aún así continuaron evangelizando y llevando el amor de Dios a toda la humanidad. Aunque faltara la salud, aún así seguimos siendo libres para llenar nuestra vida de sentido trascendente y ayudar a muchos más.

La sanación es más que curación

Muchas veces acudimos en busca de la curación, cuando en cambio Dios nos quiere ofrecer sanación. La curación se refiere a restablecer el buen estado físico que se ha visto afectado por algún mal. Puede ser un mero hecho coyuntural y siempre será pasajero, pues no podemos pretender vivir sanos por siglos y siglos. La sanación, en cambio, se refiere a un acontecimiento más amplio. Ella se abarca todo el ser personal: cuerpo, mente y espíritu. Se puede ser un campeón, pero cargado de mezquindad y complejos; en cambio, se puede tener limitaciones físicas y aún así vivir una vida plena de sentido y felicidad. La sanación se refiere precisamente al restablecimiento de esa armonía personal hacia la que debemos tender, y nos viene desde una vida espiritual profunda que se concretiza en obras de bien.

No es lo mismo el dolor que el sufrimiento

                Ninguna persona puede sustraerse al dolor. Por el mismo hecho de ser seres somáticos, es decir, por ser un cuerpo animado o un espíritu encarnado, todos estamos expuestos a enfrentarnos una o muchas veces en la vida a algún tipo de dolor físico o enfermedad. El dolor es una reacción que nos alerta sobre algún aspecto de nuestro cuerpo o nuestra mente que no se encuentra bien. Por eso, aparece como una oportunidad para tomar conciencia de nosotros mismos, superarnos y hacernos solidarios con los demás. En cambio, también se puede convertir el dolor en sufrimiento. El sufrimiento se refiere a una exacerbación que espiritualmente hacemos de un dolor: lo podemos maximizar y presentarnos como víctimas a las que hay que tratar con lástima. Durante su vida histórica, Cristo se encontró con diversas personas en esta situación, como Bartimeo, el ciego que pedía limosnas al borde del camino, a quien Jesús manda a llamar para luego sanarle. Con este gesto le invita a levantarse y disponerse para recibir la sanación. Lo saca así de su actitud lastimera y lo convierte en protagonista de su propia salud y plenitud personal. Jesús mismo tuvo que atravesar diversos dolores, tales como la incomprensión por parte de tanta gente, el abandono de los suyos, la fatiga, el duelo y el ensañamiento contra él por parte de sus enemigos, sin embargo nunca los convirtió en sufrimiento haciéndolos pesar sobre los demás ni frustró por ellos su misión. Al contrario, nos enseñó a superar estas situaciones a través del amor, convirtiéndolas e oportunidades para alcanzar una vida en plenitud.

La enfermedad como oportunidad

Muchas veces una enfermedad nos está mostrando una llamada de alerta de nuestro mismo cuerpo o de nuestro espíritu, que nos piden que llevemos la vida con armonía y prestemos atención a las heridas espirituales que necesitan ser sanadas buscando la gracia de Dios. La enfermedad encierra una oportunidad que estamos llamados a descubrir y hacer valer para nuestro propio bien y el de los demás. Démonos cuenta de tantas personas que viven sus enfermedades con una profunda espiritualidad dan testimonio de haber encontrado en ellas la ocasión para conocerse mejor a sí mismas, hacerse más humildes y solidarias. Muchos han empezado a llevar una vida más armoniosa y descubren el amor que otros tienen por ellos. Pensemos también en tantas familias que presentan con orgullo a un hijo que ha nacido con deficiencias, considerándolo como una bendición que les ha unido y les ayuda a amarse más. Dios no quiere el mal para sus hijos, si Él permite el dolor en nuestras vidas es para hacernos descubrir un bien. No perdamos la ocasión de experimentarlo…

 

La puerta de la vida en plenitud

Acercándonos a conocer “La puerta de la fe”, Carta Apostólica en la que el Papa Benedicto convoca a la celebración de un Año de la Fe.

 

Revista Palabra y Vida

Caracas, enero 2012

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¿Ya has conocido la Carta Apostólica «Porta fidei» (La Puerta de la fe), en donde el Papa Benedicto XVI convoca al año de la fe que comenzará el 11 de octubre del 2012 y terminará el 24 de noviembre del 2013? Para prepararnos a la celebración de ese año de renovación, tenemos este tiempo para ir conociendo los contenidos en los que hemos de profundizar.

El Papa Benedicto ha convocado a todos los cristianos para celebrar un tiempo de redescubrimiento de nuestras propias convicciones y compromiso: es el Año de la Fe,oportuno para profundizar en el inmenso tesoro que Cristo nos ha confiado y nos ha mandado a comunicar al mundo entero.Al proclamar esta celebración, el Papa está consciente de que las consecuencias personales y sociales del compromiso de la fe suscitan hoy incomprensiones y negaciones: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”.

Por todo esto se hace necesario dedicar un tiempo suficiente a la profundización, el estudio y el testimonio de las bellezas de nuestra fe cristiana. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

                Tenemos que redescubrir que  «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Pero sólo podremos transitar bien dicho camino en la medida en que somos más conscientes de lo que implica. Nuestro compromiso no puede ser ingenuo ni mucho menos despreocupado. Hace falta, por tanto, dedicarnos al estudio, el encuentro con las diversas manifestaciones de vida cristiana, la celebración común, la oración y el testimonio del tesoro que poseemos. Así nos haremos más conscientes de lo que nuestra fe implica y lo que puede ofrecer al mundo.

En nuestro tiempo la mayor necesidad de la humanidad es recibir “el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin”. Nuestra fe implica responsabilidad de amor para quien está necesitado de entrar en contacto con ella. Es necesario comenzar por vivirla a plenitud para poder ofrecerla a quien nos pide razón de sus contenidos. Será a través de su anuncio gozoso como mejor podremos testimoniarla. Así concluye Benedicto XVI: La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Animémonos a redescubrir el inmenso tesoro de nuestra fe cristiana. Valoremos lo que ella significa dedicando tiempo para conocerla mejor y compartirla con quien tiene necesidad de ella. Tendremos más alegría al comunicarla y redescubrirla viva en quienes comparten con nosotros.

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RESPONDER A NUESTRO LLAMADO A LA SANTIDAD

Revista “Palabra y Vida”,

Caracas, noviembre 2011

En este mes de noviembre que comienza con la celebración de Todos los Santos, reflexionamos sobre el inmenso regalo que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros, sus hijos, para vivir en la santidad.

               Si hay alguien que sabe de aventuras es nuestro Padre Dios. De la nada ha creado el universo entero, desde el más grande de los astros hasta la más imperceptible de las partículas. Por puro amor de predilección escogió a un pueblo y se aventuró con él en sus horas aciagas y sus días de gloria. Se hizo verdaderamente cercano a Abraham, amigo de Moisés y defensor de David. Y finalmente, cuando vio que todo era propicio, vino a habitar con nosotros en la persona de su Hijo  Jesús, amigo y hermano de todos los hombres. Él vino a abrir nuestros ojos recordándonos que estamos llamados a vivir sobrenaturalmente y a proyectar nuestras vidas hacia la gloria. Pero el detalle más importante -y en el cual reparamos tan pocas veces, lamentablemente- es que el Reino que vino a anunciarnos es uno que nos ganamos desde esta vida nuestra de cada día. El Señor te está diciendo a gritos desde hace dos mil años, cuando se encarnó, que esta tierra tuya y mía es bendita y que nuestras faenas, diversiones, relaciones humanas, las dificultades con que nos tropezamos y los logros que obtenemos, son el único contexto posible en que podemos alcanzar esa plenitud que se llama la Santidad.

Si alguna vez te han sembrado la idea de que santificar la vida es llevarla a menos, despreciando al mundo y a tu misma persona, permíteme quitar de ti esa cizaña. Sé muy bien que te habrán hecho creer que ser humilde equivale a ser miserable y que tener mucho amor implica hacerse ciego ante la realidad o que virtud equivale a ser masoquista. Pues no. Esta perversión de la vida cristiana no ha logrado más que empobrecer las aspiraciones de la humanidad por ponerse en el camino de su propia perfección, buscando en cada momento alcanzar lo mejor.  Nuestra primera y fundamental misión es inundar la realidad de cada día de sentido sobrenatural, como lo hace la silenciosa y fecunda levadura con la masa. Si estas tristes personas prestaran atención al Espíritu Santo, que por boca del Concilio Vaticano II ha recordado que las victorias del género humano son un signo de las grandezas de Dios y un fruto de su inefable designio (GS. 34) o pusieran más cuidado en comprender aquellas últimas palabras del Señor a sus discípulos: la gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto (Jn.15, 8), ciertamente sus vidas resplandecerían de verdadera libertad y alegría. Porque la voluntad de Dios ha sido rescatar nuestras vidas del sinsentido, la desesperanza y el fracaso. Porque tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único, no para condenarlo, sino para que este mundo tuviera vida en él (Jn 3,16).

A ti y a mí este mismo Dios nos ha dado hoy la libertad de vivir la propia historia, el propio sueño. Es una verdad que sólo la misma persona, cara a Él, es capaz de aceptar. Todos, de alguna u otra manera, debemos hacerlo en algún momento. Hombre completo no es el que cumple con todas las exigencias que el comercio y el entorno nos piden, sino el que, oyendo la voz de Dios en su corazón, vive con autenticidad, libertad e intensidad. Cada hijo de Dios es una obra singular, irrepetible. Pedro fue Pedro, Santiago, Santiago, Francisco de Asís, pues, Francisco de Asís y Teresa de Calcuta, Teresa de Calcuta. Hace falta que tú y yo descubramos, de la misma manera en que ellos lo hicieron una vez, nuestra propia singularidad a la luz de Señor. Desde allí -¡sin miedo!- debemos aventurarnos a vivir la propia vida, con la libertad y dignidad de un amigo y hermano de Jesucristo. Es irrenunciable para todo hombre y mujer que pisa esta tierra el hacer la opción por la propia historia, la propia vida, por alcanzar la santidad. Sed santos como vuestro Padre celestial es santo, nos repite hoy Jesucristo (Mt 5, 48). En tus manos está -¡libremente!- emprender esta aventura de la santidad como un miembro de la familia de Dios, su Iglesia. En tus manos está construir el único sueño que te será posible realizar: conquistar la plenitud de la alegría que Jesús ha ofrecido a quien vive unido a Él.

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“Se pasa de la muerte a la vida cuando se ama”

            Revista Palabra y Vida

Abril de 2011

 

Son tantas las situaciones y noticias que nos hacen constatar a diario cómo la llamada “cultura de la muerte” está cada vez más arraigada entre nosotros. Nadie puede negar que vivimos en un mundo que exalta la violencia y la destrucción. Pero en medio de un ambiente así los hombres y mujeres de fe elevamos un anuncio que se convierte en buena noticia para quien lo recibe: “¡Jesucristo ha resucitado!”. Él ha vencido la muerte y nos ha trasladado consigo de la muerte a la vida.

El cristiano vive en este mundo en medio de una gran paradoja, lo cual no significa contradicción, sino contraste. Es manifestar una verdad distinta, desconocida para muchos, cuando tantos se dejan impresionar ante lo que aparece con estruendo. Ante la barahúnda de la división de los hombres, el creyente afirma: “Dios es uno”; ante la contundencia del mal, anuncia: “Dios es bueno”. Así, ante la proliferación de la violencia y de la muerte, proclamamos con fuerza: “Cristo ha resucitado. ¡Él está vivo!”.

Esta afirmación no la hacemos únicamente de palabra. Nuestro testimonio comienza con la vida comprometida, con el esfuerzo que supone nadar en contra de la corriente de un mundo que no celebra la vida porque no la conoce en su profundidad. No es un verdadero discípulo el que profesa sólo con los labios la resurrección sin entrar a vivir su dinámica. El que se olvida del mundo, el que no considera la necesidad de su hermano, el que se desentiende de sus propias responsabilidades en nombre de una supuesta fe que más bien pudiera ser evasión, ése no es seguidor de Cristo. Cristiano es aquel que, siguiendo las huellas de su Maestro, asume sobre sí el peso del pecado, de la división, de la muerte, para dejar actuar al Espíritu que da la vida. “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios (…) También vosotros apareceréis gloriosos con él”, le dice san Pablo a los colosenses (3, 3s). Se pasa de la muerte a la vida cuando estamos en comunión con Aquel que nos ha amado hasta el extremo (Jn 13, 1). En seguimiento del Maestro, el cristiano ama, se fatiga y lucha, y de este modo pasa con su Señor de la muerte a la plenitud.

La celebración de la resurrección de Cristo sólo alcanzará en nosotros su actualidad en la medida en que hayamos asumido la cuota de esfuerzo y perseverancia que exige el compromiso con Él. “Si alguno quiere ser mi discípulo, cargue con su cruz y sígame” (Lc 9, 23). Son las palabras del Señor que continúan siendo pronunciadas ante nosotros también en la Pascua y en todo momento en que se nos exige ser coherentes con la fe que profesamos. Así “tocaremos” ese punto donde ya no hablaremos de alegría ni desventura, sino que resplandecerá en nosotros como “la esencia misma de Dios” que colmará nuestra propia vida.

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