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Artículos y reflexiones del padre Christian 

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María, modelo de caridad

Padre Christian Díaz Yepes

Revista Palabra y Vida

mayo 2013

 

 

Es común que a María se le admire y se le venere. Mucho más común que se acuda a ella para pedirle una gracia material  o espiritual. Sin embargo, es mucho menos común que entendamos cómo María nos enseña a amar.

En la vida cristiana nos podemos preguntar dónde encontramos un modelo de caridad a seguir, pues muchos piensan que seguir al mismo Jesús es una aspiración demasiado elevada. Afortunadamente, encontramos junto a Jesús el modelo de una que le ha seguido y ha participado estrechamente en su misterio de amor universal: su propia madre, quien con razón es reconocida como la primera entre todos los cristianos.

¿Cómo nos enseña María a amar a Dios y a los hermanos, un amor que la tradición cristiana define bajo el término de “caridad”?

Como creyente, que piensa en la fe con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, María no puede ser más que una mujer que ama. Así lo podemos intuir en los gestos sencillos y determinados que nos narran los evangelios de la infancia en Mateo (1-2) y Lucas (1-2). Se hace patente en la solicitud por la pareja de las bodas de Caná y en la delicadeza con la que se ocupa de sus necesidades (Jn 2, 1ss). Lo comprobamos con estupor en la manera como acepta ser “olvidada” por Jesús durante su vida pública. Nos impacta en su mantenerse firme al pie de la cruz, acogiendo al discípulo que le es ofrecido como hijo por parte de Jesús (Jn 19, 27). Nos llena de gozo cuando vemos cómo a su alrededor se mantiene unida la comunidad de los discípulos a la espera del Espíritu Santo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14ss)….

En el pasaje de la visita a Isabel, María nos recuerda que amar a Dios implica también amar a los hermanos. Además nos enseña algunas cualidades de la caridad, como la prontitud, el servicio y la humildad. Para María lo más importante es vivir la caridad, es servir y vivir la humildad. Su actitud en los evangelios es de donación, de entrega, de servicio (ver: Lc 1, 39-46).

Pero no es esto lo más importante en la práctica de la caridad por parte de María. Ante todo debemos reconocer que su mayor acto de amor ha sido el de darnos a Dios. Ella no sólo ha dado algo de sí a Dios: un poco de tiempo, un trabajo, la atención a alguien. Ella se ha dado toda a Dios y por eso ha podido darnos a Dios.

Nos enseñó Benedicto XVI: “Cuando María proclama el Magníficat dice: mi alma «engrandece» al Señor, es decir, proclama que el Señor es grande. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros”. Nos podemos preguntar: ¿Cómo es posible que una criatura haga que Dios sea más grande de lo que Él ya es? María puede hacerlo porque le hace espacio allí donde Él nos había dejado espacio a nosotros: en nuestra propia libertad. Cuando ella responde con generosidad a la voluntad de Dios, permite que Él entre allí donde quedaba al margen. Así engrandece al Señor y engrandece también a la misma humanidad.

En el camino de María hubo mucho de sacrificio, de incertidumbre, de perplejidad y de dolor intenso, pero esto no es lo que sobresale en ella: Sobresale el amor. El mundo continúa siendo hoy el ámbito donde Dios parece estar ausente, pues las libertades de muchos no responden a Él. Experimentamos tantas veces el dolor y la angustia ante la “ausencia de Dios”, ante la dificultad de reconocer su gracia entre nosotros. Y es porque también hoy hacen faltas personas verdaderamente “marianas”, es decir, personas que verdaderamente amen a Dios haciéndole espacio en su propia vida y en su propia voluntad.

 

El apóstol Pablo ofrece una descripción magistral de qué es la caridad en el famoso cántico de la carta a los Corintios (13, 1ss). Hagamos el intento de sustituir en él la palabra “caridad” por el nombre de “María” y veremos cómo nuestro sentido de fe nos hace reconocer en ello una perfecta adecuación:

María es paciente, es servicial; María no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe;

María es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal;

no se alegra de la injusticia; María se alegra con la verdad.

María Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.

 

Sí, ciertamente en todo lo que es maría resalta la caridad. ¿También podemos sustituir en este himno de san Pablo la palabra “caridad” por nuestro propio nombre”? ¿Somos tan marianos como para llegar a ese punto?

Así lo vemos también en las letanías, que son los saludos de amor que como una corona de flores los cristianos de todos los tiempos vamos ofreciendo a María. Chiara Lubich nos dice que las cantemos tratando de reflejarnos en ellas. Pensemos en algunas para que nos ayuden como un examen espiritual de nuestra vida:

“Madre de misericordia”: ¿Soy misericordia para con quienes vienen a mí?

“Vaso espiritual”: ¿Cultivo mi espiritualidad para que se conserven en mí los tesoros de Dios?

“Auxilio de los cristianos”: ¿Los demás pueden contar con mi ayuda sin mezquindad?

“Consoladora de los afligidos”: ¿Doy consuelo a quien lo necesita?

“Causa de nuestra alegría”: ¿Soy motivo de alegría para el triste, para el abatido?

“Reina de la paz”: ¿Construyo la paz a mi alrededor para ofrecerla a todos como mi mayor obra de caridad?

 

Pero la caridad de María no hay que buscarla solamente en su vida histórica. La grandeza de los santos se muestra sobre todo en el bien que ellos continúan haciendo desde su vida glorificada junto a Dios.  María ha sido reconocida siempre por los cristianos como la primera a la cual deben dirigir sus súplicas para avanzar hacia Dios, como lo muestra el mismo Avemaría, que tiene un origen antiquísimo: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…”

Bajo la protección y ayuda de la Virgen los creyentes encomendamos nuestras necesidades; acudimos a ella en la turbación y en la duda; nos acogemos a su misericordia cuando sentimos que es demasiado grande el peso de nuestros pecados; nos dejamos consolar por su presencia amorosa y sutil. Por eso con Juan Pablo II hoy también nosotros le pedimos:

“Oh María, aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida: mira, Madre, el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad. Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio.

 

Quiero mejorar, pero… ¿Cómo lo hago?

La Cuaresma como camino espiritual

Padre Christian Díaz Yepes

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Llega la Cuaresma y con ella la oportunidad de crecer y mejorar. Dios y la Iglesia nos dan la ayuda necesaria en este tiempo para apuntalar nuestro crecimiento espiritual y con ello la renovación de nuestra vida. Pero este reto a muchos suele causarles cierta frustración. Tantas veces nos hacemos buenos propósitos, decidimos renunciar a los vicios que nos atan, alcanzar virtudes que nos dignifican… pero en poco tiempo nos damos cuenta de que no estamos avanzando o que hemos olvidado nuestra intención inicial. Y esto sucede porque el crecimiento espiritual no se basa sólo en buenas intenciones. Junto a ellas necesitamos poner en práctica tres cosas:Inteligencia, habilidad y perseverancia.

Necesitamos formularnos propósitos con inteligencia. Esto quiere decir que hay que saberlos formular. Nada de propósitos genéricos, tales como: “Seré una buena persona” o “Superaré mis defectos”. Aprendamos de Salomón, que pudiendo recibir cualquier cosa de parte de Dios pidió sólo la sabiduría para actuar como a Él le agrada (ver: Sab 9,1s). Si quieres ser mejor persona, examínate y reconoce específicamente los aspectos en los que quieres mejorar. Haz una lista de ellos y luego trata de “ponerlos en orden”. Hay defectos que son más fuertes que otros o que dan paso a peores cosas. Por ejemplo: Alguien que se propone no ser tan chismoso debería empezar por ser menos curioso o “entrometido” con respecto a la vida de los demás y así hablará menos de ellos. Además, debería estudiar cuáles son los momentos en que más cae en este mal y si hay personas o ambientes que le exponen a caer. Sobre todo, debería tratar de hacer un mejor uso de su tiempo, ocupándose en cosas más enriquecedoras.

También debemos ayudarnos por medio de la habilidadSe trata de emplear todos los medios apropiados para alcanzar el bien que deseamos.  Realizar cada día el examen de conciencia, deteniéndonos específicamente en lo que nos hemos propuesto, es un medio recomendado por la Iglesia. Breves anotaciones en la propia agenda, quizá en el mismo celular o computador, nos pueden ayudar a “llevar cuenta” de los logros o retrocesos. Si cuidamos al detalle tantos otros aspectos de nuestra vida, ¿por qué no usar los mismos recursos para nuestra “economía espiritual”? Cada día en que verifiquemos un avance, demos gracias a Dios y disfrutemos de la experiencia de hacernos más libres, más dueños de nosotros mismos. Si advertimos un retroceso, recomencemos fortaleciendo nuestros propósitos y saquemos de esa caída el aprendizaje necesario para mejorar.

Finalmente, no descuidemos la perseverancia. “El que persevere, se salvará”, dice el Señor (Mt 10, 22. 13,13. 24,13). Para no decaer, ayudémonos pidiendo la gracia de Dios, practicando la paciencia y levantándonos una y otra vez. No decaigamos en estos cuarenta días de lucha liberadora. Incorporando nuestros esfuerzos, renuncias y sacrificios a la Pasión de Cristo, podremos celebrar llenos de júbilo su triunfo sobre el mal en la noche luminosa de la Pascua. Cada uno de los domingos de esta Cuaresma nos debe llenar de la esperanza de estar más próximos a la celebración de este gozo y así fortalecer nuestros propósitos.

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Durante el tiempo de Cuaresma, la Iglesia ha recomendado en todos los tiempos tres prácticas espirituales sobre las cuales el mismo Jesucristo nos instruye en su Sermón de la Montaña (Ver: Mt 6, 1-18): el ayuno, la limosna y la oración.

 

El ayunocrecer en el amor a nosotros mismos

Pareciera paradójico, pues se trata de amarnos a nosotros mismos  negando nuestras propias apetencias y gustos. Con ello alcanzamos un mayor autodominio, es decir, nos hacemos “señores de nuestro ser”, pues dejamos de ser esclavos de caprichos y pasiones. No se trata sólo de “dejar de comer”. Podemos ayunar también limitándonos en el uso de algunas cosas que nos gustan, pero que no son esenciales, como por ejemplo las horas ante el televisor o navegando en internet. Al no dedicarles nuestro tiempo y fuerzas, podemos dirigir estos valiosos recursos hacia lo que merece aún más nuestra atención, como el servicio al prójimo y la oración.

Limosna: crecer en el amor a los demás

No es sólo una monedita dada con desgano a quien nos pide. Más bien se trata de disponer todo nuestro ser para vivir estos 40 días en atención a los demás, socorriendo sus necesidades y ofreciéndoles nuestro tiempo, fuerzas y recursos. Es la práctica que nos enseña a reconocer en cada persona un prójimo al cual Dios me invita a amar, ensanchando así mi corazón y construyendo con ellos la fraternidad.

La oración: crecer en el amor a Dios

De la oración nunca tendremos bastante. La Cuaresma es el tiempo propicio para renovar y crecer en esta práctica, dedicándole los mejores momentos de nuestra jornada y concentrando en ella los mejores deseos e inquietudes. Es el diálogo con Dios que puede ser tanto de alabanza como de súplica, de petición como de acción de gracias. Especialmente nos puede ayudar en este tiempo la oración con la Palabra de Dios. Un recurso útil y pedagógico que aplicamos desde estos comentarios es meditar cada día con las lecturas de la misa correspondiente, las cuales nos van indicando el itinerario cuaresmal.

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¡No renuncies!

No renuncies aunque todo alrededor te empuje a ello.

No dejes el camino a medio andar, la barca a la deriva.

No pierdas la oportunidad de completar la palabra de tu vida, ese verbo bendito que ha sido pronunciado sobre ti y espera ser realizado.

No claudiques en ese bien que has comenzado. Ten el coraje de arriesgarte, el empuje para llegar hasta el final.

Abre tus ojos al momento que tienes delante para vivirlo a plenitud. Abrázate a la vida con todo el ardor que se merece.

Deja caer el egoísmo que te ciega, la desesperanza que agota tus fuerzas.

Escucha el palpitar de tus ímpetus y dialoga con ellos. Aprende a reconocer en ti mismo la eternidad que te sostiene y que debes descubrir.

Entrégate a un amor inmenso: A Dios. Descúbrete como hijo suyo y heredero de su reino, recibe su abrazo de Padre y siéntate a su mesa. Aliméntate del pan de su amor continuo amasado con manos humanas.

Acoge el designio de vida y libertad que Él te ofrece. Canta agradecido a su presencia por cada oportunidad que tienes de amar, es decir, de ser tu mismo.

No renuncies,

no des tregua a la vida.

No pierdas la oportunidad de darle su pleno sentido ahora mismo.

Padre Christian Díaz Yepes

Creer lo increíble:

La capacidad de armonizarlo todo por la fe

Padre Christian Díaz Yepes

Revista Palabra y Vida,

Caracas, julio 2012

 

               

Hace tiempo tuve que hacer un viaje largo con algunos amigos y para distraernos en el camino comenzamos a hacer juegos de habilidad mental. Nos detuvimos bastante rato en el famoso juego del “oxímoron”, que consiste en formular en una sola palabra o frase dos ideas opuestas para generar un tercer sentido.

El oxímoron expresa lo mismo que una paradoja. La palabra “oxímoron” proviene de los dos términos griegos “oxys”, que significa punzante, y “morós”, que significa blando. Es decir, la palabra oxímoron es en sí misma un oxímoron. Este recurso lingüístico fue muy desarrollado por los poetas y los oradores griegos y latinos, quienes supieron aprovechar su gran fuerza retórica. Por ejemplo, es famosa la expresión de César Augusto: “Festina lentae” (“apresúrate lentamente”). La gran atracción del oxímoron es permitirnos ver cómo en la realidad muchos extremos pueden tocarse sin anularse el uno al otro, sino dando paso a nuevas situaciones.

Durante nuestro viaje, mis amigos y yo íbamos mencionando varios oxímoros, tales como “claroscuro”, “agridulce”, “frío que quema”, “materia espiritual”, “vía intransitable”, “bondad que mata”, “realidad virtual”… En un determinado momento, recordé que nuestra fe cristiana está llena de contrastes y muchas de sus formulaciones son verdaderos oxímoros. Propuse entonces: “Dios uno y trino”, y luego: “Jesucristo, Dios y hombre verdadero”, “Cruz gloriosa”. Mis amigos se quedaron en silencio por un momento, pues no esperaban que nuestro juego nos iba a llevar al plano de la fe. Seguidamente, uno de ellos contestó “María, Virgen y Madre”. Luego otro agregó: “Iglesia santa y pecadora”… Así llegamos al testimonio de los místicos y fuimos mencionando otras paradojas de la fe que finalmente nos dejaron sorprendidos a todos: “Muero porque no muero” (Santa Teresa de Jesús), “La música callada”, “La soledad sonora” (San Juan de la Cruz)…

El juego del oxímoron nos hizo caer en cuenta de un fascinante aspecto de nuestra fe cristiana: Cuando creemos no eliminamos el contraste, al contrario, lo ponemos de relieve para mostrar la realidad creída en toda la profundidad de su misterio. Precisamente Dios puede ser tal porque contiene en sí el encuentro de los opuestos. En Él lo antagónico se encuentra en armonía y todo llega a su plenitud. Esto es lo que el gran escritor Gilber Chesterton (1874-1936) supo expresar muy bien después de su conversión al catolicismo, cuando describió las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad en la paradoja que cada una de ellas encierra.

Según Chesterton, las paradojas cristianas estarían en que la Fe es auténtica cuando ella llega a “creer lo indemostrable”, cuando “creemos lo increíble”; la caridad es una verdadera virtud sólo cuando ella llega a “perdonar lo imperdonable”; la esperanza es cierta cuando logra “esperar en la desesperación”. Mientras muchos piensan que encontrarán la felicidad complaciéndose a sí mismos hasta el extremo, la verdadera humildad nos hace descubrirla en la negación de uno mismo. Sólo si asumimos la realidad contrastante de nuestra fe, podemos comprender lo que Jesús nos ha enseñado al decir: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mt 16, 25). Para el cristiano la fe es una aventura que nos dispone para el encuentro de los opuestos, para la solución de todo escollo, para la armonización de toda contradicción. La “catolicidad” significa justamente “universalidad”, por eso mismo implica una mirada amplia sobre la realidad, esa capacidad de incluir, de armonizar, de poner en comunión.

Resulta fascinante tomar conciencia de que estamos llamados a vivir en esta libertad. Antes que tenerle miedo a lo diverso, contamos con la oportunidad de conocerlo y hacerlo parte de nosotros mismos. En vez de excluir lo diferente, estamos invitados a saber valorar lo que nos aporta. En lugar de replegarnos ante lo que no conocemos, estamos llamados a asumirlo y avanzar hacia su plenitud. Hagamos la experiencia de esta transformación y dejémonos sorprender por la riqueza inagotable de nuestra fe.

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Atreverse a pensar

Padre Christian Díaz Yepes

Revista Palabra y Vida,

Caracas, junio 2012

                Recientemente me reglaron la reproducción de una pintura sobre una vasija griega en la que se representa a Ulises atado al mástil de su barca mientras se tapa los oídos con cera para no sucumbir ante el canto de las sirenas. He agradecido mucho este regalo porque me ha vuelto a recordar a mi amigo el poeta Horacio, quien en el siglo I a.C. comentaba en una carta todo lo que el personaje mitológico tuvo que enfrentar para llegar a su esperado destino. “Sapere aude!” Expresaba Horacio al recordar las aventuras de Ulises: “¡Atrévete a pensar!”

            Cuando tenemos que hacer frente a las tendencias comunes de nuestro entorno lo más fácil es claudicar, desanimarnos, dejarnos llevar por la “mayoría”. Sin embargo, la actitud cristiana debe ser completamente distinta. Nos dice Jesucristo: “En el mundo tendrán tribulación, pero ánimo: ¡Yo he vencido al mundo!” (Jn 16, 33). Las aventuras de Ulises, magistralmente narradas por el poeta Homero en La Odisea, son el símbolo del hombre que se sobrepone ante las más diversas adversidades para alcanzar el encuentro con lo que ama. Para superar las diversas dificultades, él usa todas sus fuerzas, comenzando por aquella que le hace verdaderamente humano: su razón.

Ulises se atreve a pensar. Dando uso a su ingenio logra superar adversidades ante las que otros sucumbían con tanta facilidad. Así alcanza el puerto esperado y se encuentra nuevamente con su reino, con su hogar y con sus seres queridos. La invitación “Sapere aude!”, “¡Atrévete a pensar!”, resuena hoy con fuerza ante nuestras conciencias que pueden dejarse adormecer en una época de relativismo y “pensamiento débil”, como la definen algunos filósofos actuales. Quien se deja llevar antes de empezar a usar su ingenio cae fácilmente como víctima de la manipulación y de la masificación. Por eso es un reto para nosotros hoy vivir nuestra fe cristiana desde un uso adecuado y continuo de nuestra capacidad de razonar. “Estén siempre dispuestos a dar razón de su fe”, nos dice san Pedro a los cristianos (1Pe 3,15). Nuestro amor a Dios tiene que manifestarse a través de la vida de quienes se atreven a pensar y dan razón de su propia fe.

Sapere aude!”, “¡Atrévete a pensar!..”. es una invitación que se nos dirige también a nosotros hoy. No basta con que digamos que tenemos fe. No basta ni siquiera con hacer un poco de bien, rezar alguna oración. Es necesario que aprendamos a cuestionar tanto sinsentido que hallamos a nuestro alrededor y sepamos iluminarlo con la luz de nuestra fe. Vivimos en un mundo que camina ciego detrás de antivalores, consumismo, querer quedar bien con todos. Por eso tenemos que ser capaces de cuestionar todas esas realidades y ofrecer respuestas ciertas desde lo que nos enseña el Evangelio. ¿Por qué tenemos que aceptar las cosas así como  así? ¿Acaso tengo que repetir las opiniones de la mayoría sólo porque están de moda? ¿Cuál es el fin último que me ofrece esta o aquella elección?

            Día a día en nuestra vida no sigamos tan fácilmente lo que se nos impone. Atrevámonos a pensar sometiendo cada cosa al juicio del Evangelio. Veremos cuán fácilmente caen por su propio peso las propuestas que no se corresponden a su enseñanza. Si avanzamos por el camino de la verdad sabremos superar cada obstáculo del camino y, como el gran Ulises, alcanzaremos la esperada meta de la felicidad en compañía de los que amamos.

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La gracia del momento presente

Reflexión, mayo de 2012

Pasa muy rápidamente la gracia. Somos seres inmersos en el tiempo, por eso tenemos que aprovechar cada momento. Uno a la vez, un instante tras otro, vamos en ascenso hacia la eternidad. Como nos aprieta nuestra temporalidad, necesitamos valernos de ella al máximo, sabiendo sacar lo mejor de cada momento. Esas inspiraciones, esos buenos deseos, esa mirada hacia lo alto que nos pone más allá de todo lo caduco… todas esas gracias hay que aprovehcharlas al vuelo.

La ocasión para esa sonrisa que pudiste ofrecer, ese poco de solidaridad que pudiste practicar, esa oración que dejaste de elevar a Dios, ya no volverán. ¡Que no recordemos cómo transcurrió nuestra jornada dándonos cuenta con pesar de todas las ocasiones que perdimos de haber vivido en el amor!

Nosotros, que estamos expuestos a tantos requerimientos, a tantas llamadas internas y externas, podemos experimentar  dificultad para orar, para concentrarnos en la meditación y alcanzar una contemplación límpida y sostenida. Por eso, no desaprovechemos esos instantes luminosos con los cuales podemos llenar nuestro día de una aspiración sincera hacia Dios. Gota a gota esta práctica irá horadando la corteza de nuestro propio corazón endurecido y lo llenará de los regalos que el cielo nos quiere otorgar.

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El valor del ahora mismo

Revista “Palabra y Vida”,

Caracas, mayo 2012

                Recientemente encontré en los Jardines Topotepuy, en El Hatillo,  un instrumento maravilloso: un reloj de sol. Por un rato estuve contemplando sus partes y signos tan arcanos. Me dio la oportunidad de reflexionar sobre el tiempo de la vida y lo que hacemos con él. En la parte inferior de la circunferencia del reloj pude notar cómo la sucesión de las horas se suspendía en un vacío correspondiente a la noche, en el cual se ubicaban dos palabras latinas que le dieron el sentido a mi reflexión: Carpe diem.

                Recordé que el poeta romano Horacio (siglo I) fue el autor de la sentencia Carpe diem, la cual se encuentra al inicio de sus famosas Odas (I, 11). Estas palabras significan Aprovecha el día o cuida tu tiempo, y han resonado a través de los siglos en la conciencia de tantos hombres y mujeres de valor. Carpe diem, me dije a mí mismo… ¡Cuánta falta nos hace recordar este desafío!

                Cada día pasa con la sucesión de sus horas, como la sombra de ese reloj solar que va cubriendo con su oscuridad nuestra existencia. Los griegos identificaron el tiempo con el dios Cronos, que fue devorando uno a uno a sus hijos antes de que pudieran crecer. Qué imagen tan dura para representar lo que el tiempo es capaz de hacer con nuestras vidas: es como un padre que nos hace existir, pero nos consume antes de que seamos lo suficientemente maduros. Esta fatalidad, sin embargo, no tiene sentido cuando vivimos en la libertad cristiana.

                “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer…” nos dice la Carta a los Gálatas (4, 4). La venida de Cristo a nuestro mundo ha supuesto el llevar a plenitud todo tiempo. El curso fluctuante de la historia de los hombres ha alcanzado su sentido. Ya no hay nada más que esperar. Cuando respondemos sinceramente al llamado de Cristo que nos invita a seguirle, también nuestra existencia toma parte de esa plenitud que se ha desencadenado sobre el mundo, nuestra vida entra en la dimensión de la eternidad y cada una de nuestras acciones puede manifestarla. Carpe diem, recordé: Viviendo cada momento con sentido pleno también nosotros nos mantenemos en ese “tiempo absoluto” en el que Cristo nos invita a vivir: “No se preocupen por el día de mañana, pues ése traerá sus propios afanes. A cada día le bastan sus propios problemas” (Mateo 6, 34).

La pieza fundamental del reloj solar es la señal erguida hacia el norte que se llama “gnomo” o “indicador”. Sobre ella va desplazándose el sol arrojando una sombra cada vez más grande sobre la circunferencia de sus horas. Sin embargo, el gnomo no cambia de lugar, sino que permanece firme apuntando hacia el norte. Cuando vivimos continuamente inciertos sobre lo que vendrá o agobiados por lo que pasó corremos el riesgo de que se nos escape el tiempo de las manos. Nuestra vida puede llegar a ser todo eso que pasaba mientras se perdía nuestra mirada en tantas otras cosas. En cambio, si vivimos día a día concentrados en el presente, nos mantenemos como el indicador sobre el cual pasan los movimientos del sol y de sus horas mientras él permanece firme…

No  perdamos el norte, sigamos la enseñanza de Jesús y seamos nosotros los que marquemos rumbo al tiempo. ¡Carpe diem! repitámonos a nosotros mismos cuando advirtamos que divagamos en suposiciones inciertas sobre el futuro o en lamentaciones sobre el pasado. ¡Carpe diem! digámonos ahora mismo y dispongámonos a llenar de sentido el momento presente que tenemos que aprovechar.

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Si quieres, puedes sanarme

El sentido cristiano de la enfermedad

 Revista Palabra y Vida

Caracas, febrero de 2012

 

El amor de Dios es sanador. Jesucristo mostró siempre como uno de los rasgos distintivos de su mesianismo una continua solicitud hacia los enfermos. El Evangelio de Marcos nos narra que el inicio de su vida pública vino acompañado de la sanación de numerosos enfermos, que eran conducidos hasta él para recibir su gracia (Cf.: 1, 29ss). Mientras la fama de Jesús se va extendiendo los milagros y sanaciones vienen a expresar la irrupción de la realidad divina en medio de la historia humana. Así pasan a convertirse en verdaderos “signos” de la actuación de Dios, tal como aparece en reiteradas ocasiones en el evangelio de san Juan. Estos signos ayudan a suscitar la fe de las personas en él, “pues si no veis los signos y prodigios, no creéis” (Jn 4, 48), pero invitan a quienes los perciben a tomar conciencia de la realidad trascendente que ellos expresan. Por eso hay consideraciones a tener en cuenta a la hora de vivir la enfermedad con verdadero sentido cristiano. Detengámonos en algunas de ellas.

El falso mito de “la salud es lo primero”

                Es común escuchar esta sentencia, con la que se expresa el valor determinante que popularmente se le da al buen estado físico. Este condicionamiento responde más a un sentido pagano que cristiano. No es la salud lo primero, pues a ella le anteceden otros valores como el amor, la fe y el vivir en gracia de Dios. La salud es un medio, no un fin en sí misma. En la historia podemos ver cómo muchas culturas ajenas al cristianismo han sobrevalorado el buen estado de salud y despreciado a los que sufren alguna limitación. En cambio, la Biblia y toda la historia del cristianismo nos dan testimonio de cómo Dios puede mostrar su gracia en la debilidad humana. Pensemos en Moisés, quien siendo tartamudo fue escogido por Dios para liberar a Israel (Éxodo 4, 10), o en Pablo, quien confiesa “llevar una espina clavada en la carne” (2ª Corintios 12,7), y que aún así pudo expandir el Evangelio por todo el mundo conocido. Pensemos en los últimos años de Juan Pablo II y de la Madre Teresa de Calcuta, quienes se vieron aquejados por diversas enfermedades y que aún así continuaron evangelizando y llevando el amor de Dios a toda la humanidad. Aunque faltara la salud, aún así seguimos siendo libres para llenar nuestra vida de sentido trascendente y ayudar a muchos más.

La sanación es más que curación

Muchas veces acudimos en busca de la curación, cuando en cambio Dios nos quiere ofrecer sanación. La curación se refiere a restablecer el buen estado físico que se ha visto afectado por algún mal. Puede ser un mero hecho coyuntural y siempre será pasajero, pues no podemos pretender vivir sanos por siglos y siglos. La sanación, en cambio, se refiere a un acontecimiento más amplio. Ella se abarca todo el ser personal: cuerpo, mente y espíritu. Se puede ser un campeón, pero cargado de mezquindad y complejos; en cambio, se puede tener limitaciones físicas y aún así vivir una vida plena de sentido y felicidad. La sanación se refiere precisamente al restablecimiento de esa armonía personal hacia la que debemos tender, y nos viene desde una vida espiritual profunda que se concretiza en obras de bien.

No es lo mismo el dolor que el sufrimiento

                Ninguna persona puede sustraerse al dolor. Por el mismo hecho de ser seres somáticos, es decir, por ser un cuerpo animado o un espíritu encarnado, todos estamos expuestos a enfrentarnos una o muchas veces en la vida a algún tipo de dolor físico o enfermedad. El dolor es una reacción que nos alerta sobre algún aspecto de nuestro cuerpo o nuestra mente que no se encuentra bien. Por eso, aparece como una oportunidad para tomar conciencia de nosotros mismos, superarnos y hacernos solidarios con los demás. En cambio, también se puede convertir el dolor en sufrimiento. El sufrimiento se refiere a una exacerbación que espiritualmente hacemos de un dolor: lo podemos maximizar y presentarnos como víctimas a las que hay que tratar con lástima. Durante su vida histórica, Cristo se encontró con diversas personas en esta situación, como Bartimeo, el ciego que pedía limosnas al borde del camino, a quien Jesús manda a llamar para luego sanarle. Con este gesto le invita a levantarse y disponerse para recibir la sanación. Lo saca así de su actitud lastimera y lo convierte en protagonista de su propia salud y plenitud personal. Jesús mismo tuvo que atravesar diversos dolores, tales como la incomprensión por parte de tanta gente, el abandono de los suyos, la fatiga, el duelo y el ensañamiento contra él por parte de sus enemigos, sin embargo nunca los convirtió en sufrimiento haciéndolos pesar sobre los demás ni frustró por ellos su misión. Al contrario, nos enseñó a superar estas situaciones a través del amor, convirtiéndolas e oportunidades para alcanzar una vida en plenitud.

La enfermedad como oportunidad

Muchas veces una enfermedad nos está mostrando una llamada de alerta de nuestro mismo cuerpo o de nuestro espíritu, que nos piden que llevemos la vida con armonía y prestemos atención a las heridas espirituales que necesitan ser sanadas buscando la gracia de Dios. La enfermedad encierra una oportunidad que estamos llamados a descubrir y hacer valer para nuestro propio bien y el de los demás. Démonos cuenta de tantas personas que viven sus enfermedades con una profunda espiritualidad dan testimonio de haber encontrado en ellas la ocasión para conocerse mejor a sí mismas, hacerse más humildes y solidarias. Muchos han empezado a llevar una vida más armoniosa y descubren el amor que otros tienen por ellos. Pensemos también en tantas familias que presentan con orgullo a un hijo que ha nacido con deficiencias, considerándolo como una bendición que les ha unido y les ayuda a amarse más. Dios no quiere el mal para sus hijos, si Él permite el dolor en nuestras vidas es para hacernos descubrir un bien. No perdamos la ocasión de experimentarlo…

 

La puerta de la vida en plenitud

Acercándonos a conocer “La puerta de la fe”, Carta Apostólica en la que el Papa Benedicto convoca a la celebración de un Año de la Fe.

 

Revista Palabra y Vida

Caracas, enero 2012

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¿Ya has conocido la Carta Apostólica «Porta fidei» (La Puerta de la fe), en donde el Papa Benedicto XVI convoca al año de la fe que comenzará el 11 de octubre del 2012 y terminará el 24 de noviembre del 2013? Para prepararnos a la celebración de ese año de renovación, tenemos este tiempo para ir conociendo los contenidos en los que hemos de profundizar.

El Papa Benedicto ha convocado a todos los cristianos para celebrar un tiempo de redescubrimiento de nuestras propias convicciones y compromiso: es el Año de la Fe,oportuno para profundizar en el inmenso tesoro que Cristo nos ha confiado y nos ha mandado a comunicar al mundo entero.Al proclamar esta celebración, el Papa está consciente de que las consecuencias personales y sociales del compromiso de la fe suscitan hoy incomprensiones y negaciones: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”.

Por todo esto se hace necesario dedicar un tiempo suficiente a la profundización, el estudio y el testimonio de las bellezas de nuestra fe cristiana. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

                Tenemos que redescubrir que  «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Pero sólo podremos transitar bien dicho camino en la medida en que somos más conscientes de lo que implica. Nuestro compromiso no puede ser ingenuo ni mucho menos despreocupado. Hace falta, por tanto, dedicarnos al estudio, el encuentro con las diversas manifestaciones de vida cristiana, la celebración común, la oración y el testimonio del tesoro que poseemos. Así nos haremos más conscientes de lo que nuestra fe implica y lo que puede ofrecer al mundo.

En nuestro tiempo la mayor necesidad de la humanidad es recibir “el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin”. Nuestra fe implica responsabilidad de amor para quien está necesitado de entrar en contacto con ella. Es necesario comenzar por vivirla a plenitud para poder ofrecerla a quien nos pide razón de sus contenidos. Será a través de su anuncio gozoso como mejor podremos testimoniarla. Así concluye Benedicto XVI: La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Animémonos a redescubrir el inmenso tesoro de nuestra fe cristiana. Valoremos lo que ella significa dedicando tiempo para conocerla mejor y compartirla con quien tiene necesidad de ella. Tendremos más alegría al comunicarla y redescubrirla viva en quienes comparten con nosotros.

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RESPONDER A NUESTRO LLAMADO A LA SANTIDAD

Revista “Palabra y Vida”,

Caracas, noviembre 2011

En este mes de noviembre que comienza con la celebración de Todos los Santos, reflexionamos sobre el inmenso regalo que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros, sus hijos, para vivir en la santidad.

               Si hay alguien que sabe de aventuras es nuestro Padre Dios. De la nada ha creado el universo entero, desde el más grande de los astros hasta la más imperceptible de las partículas. Por puro amor de predilección escogió a un pueblo y se aventuró con él en sus horas aciagas y sus días de gloria. Se hizo verdaderamente cercano a Abraham, amigo de Moisés y defensor de David. Y finalmente, cuando vio que todo era propicio, vino a habitar con nosotros en la persona de su Hijo  Jesús, amigo y hermano de todos los hombres. Él vino a abrir nuestros ojos recordándonos que estamos llamados a vivir sobrenaturalmente y a proyectar nuestras vidas hacia la gloria. Pero el detalle más importante -y en el cual reparamos tan pocas veces, lamentablemente- es que el Reino que vino a anunciarnos es uno que nos ganamos desde esta vida nuestra de cada día. El Señor te está diciendo a gritos desde hace dos mil años, cuando se encarnó, que esta tierra tuya y mía es bendita y que nuestras faenas, diversiones, relaciones humanas, las dificultades con que nos tropezamos y los logros que obtenemos, son el único contexto posible en que podemos alcanzar esa plenitud que se llama la Santidad.

Si alguna vez te han sembrado la idea de que santificar la vida es llevarla a menos, despreciando al mundo y a tu misma persona, permíteme quitar de ti esa cizaña. Sé muy bien que te habrán hecho creer que ser humilde equivale a ser miserable y que tener mucho amor implica hacerse ciego ante la realidad o que virtud equivale a ser masoquista. Pues no. Esta perversión de la vida cristiana no ha logrado más que empobrecer las aspiraciones de la humanidad por ponerse en el camino de su propia perfección, buscando en cada momento alcanzar lo mejor.  Nuestra primera y fundamental misión es inundar la realidad de cada día de sentido sobrenatural, como lo hace la silenciosa y fecunda levadura con la masa. Si estas tristes personas prestaran atención al Espíritu Santo, que por boca del Concilio Vaticano II ha recordado que las victorias del género humano son un signo de las grandezas de Dios y un fruto de su inefable designio (GS. 34) o pusieran más cuidado en comprender aquellas últimas palabras del Señor a sus discípulos: la gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto (Jn.15, 8), ciertamente sus vidas resplandecerían de verdadera libertad y alegría. Porque la voluntad de Dios ha sido rescatar nuestras vidas del sinsentido, la desesperanza y el fracaso. Porque tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único, no para condenarlo, sino para que este mundo tuviera vida en él (Jn 3,16).

A ti y a mí este mismo Dios nos ha dado hoy la libertad de vivir la propia historia, el propio sueño. Es una verdad que sólo la misma persona, cara a Él, es capaz de aceptar. Todos, de alguna u otra manera, debemos hacerlo en algún momento. Hombre completo no es el que cumple con todas las exigencias que el comercio y el entorno nos piden, sino el que, oyendo la voz de Dios en su corazón, vive con autenticidad, libertad e intensidad. Cada hijo de Dios es una obra singular, irrepetible. Pedro fue Pedro, Santiago, Santiago, Francisco de Asís, pues, Francisco de Asís y Teresa de Calcuta, Teresa de Calcuta. Hace falta que tú y yo descubramos, de la misma manera en que ellos lo hicieron una vez, nuestra propia singularidad a la luz de Señor. Desde allí -¡sin miedo!- debemos aventurarnos a vivir la propia vida, con la libertad y dignidad de un amigo y hermano de Jesucristo. Es irrenunciable para todo hombre y mujer que pisa esta tierra el hacer la opción por la propia historia, la propia vida, por alcanzar la santidad. Sed santos como vuestro Padre celestial es santo, nos repite hoy Jesucristo (Mt 5, 48). En tus manos está -¡libremente!- emprender esta aventura de la santidad como un miembro de la familia de Dios, su Iglesia. En tus manos está construir el único sueño que te será posible realizar: conquistar la plenitud de la alegría que Jesús ha ofrecido a quien vive unido a él.

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La alianza fecunda entre Evangelio y arte:

El anhelo artístico de Juan Pablo II

(Revista Palabra y Vida,Caracas,   mayo de 2011)


            A través de una temprana pasión por el arte, manifestaba el joven Karol Wojtyla su interés por las manifestaciones más sublimes del espíritu humano. La poesía y el teatro fueron dos campos en los cuales él mismo incursionó, inspirado en las corrientes más lúcidas de la literatura polaca del siglo XIX e inicios del XX. También tuvo un maestro castellano: san Juan de la Cruz, cuyos textos conoció en la vida de oración de  su hogar y luego profundizó elaborando su tesis doctoral sobre este gran poeta y místico de la Iglesia.

Ya como sacerdote, continuó profundizando en los misterios del espíritu humano. Max Scheler fue un filósofo que le ayudó a conocer el personalismo y la manifestación metafísica del Ser en la realidad. Igualmente, los teólogos Henri de Lubac y Hans Urs Von Balthasar consolidad su sentido de catolicidad y de servicio humilde a la verdad. Pero sobre todo le ayudan a profundizar en el sentido de la revelación de Dios como Belleza, que se manifiesta en la Gloria que incorpora el hombre y su historia en su dinamismo de amor y de bondad.

El Papa poeta siempre tuvo también un singular aprecio por la música, a la cual consideraba capaz de expresar, en toda su hondura, los sentimientos mas profundos que laten en el ser humano. Durante su Pontificado se preocupó por manifestar el valor del canto litúrgico y de fomentar su desarrollo en toda la Iglesia. Asimismo, se preocupó por dar un nuevo valor a las artes plásticas comenzando en el mismo Vaticano, como por ejemplo cuando promovió la restauración de los frescos de Michelangelo en la Capilla Sixtina, así como en el desarrollo de unas nuevas propuestas pictóricas en la Iglesia, muestra de lo cual podemos encontrar en los fascinantes mosaicos del padre Marco Rupnik en la Capilla Redemptoris Mater. Al contemplar detalladamente los frescos de Michelangelo durante sus meditaciones en la Capilla Sixtina, el mismo Juan Pablo II experimentó un grado tan elevado conmoción que durante varios días de retiro se mantuvo allí componiendo un gran poema sobre el destino del hombre y del cosmos, conocido como el “Tríptico Romano”.

     Hay una pieza maestra del pensamiento de Juan Pablo II sobre el arte: Carta a los Artistas de 1999. Según el teólogo González de Cardenal,ésta es un pequeño tratado en forma epistolar  en la que el Papa “pareciera describir, casi pintar, un grandioso fresco cuyo escenario presidiría como escena principal la creación del mundo que alcanza su máxima plenitud y belleza en la Pascua de Resurrección. Pero, en su fondo, la argumentación de la Carta, además de escucharse la invitación a los artistas para volver a retomar el diálogo entre la Iglesia y el mundo del arte, viene esencialmente demandada por una realidad: la fractura entre el reino de la materia, y el espíritu, o lo que es lo mismo, la materia, y el espíritu alejados entre sí; divorcio que ha tenido su efecto en la crisis del lenguaje artístico y que, esencialmente, ha tenido su causa en una forma de humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y con frecuencia por la oposición de Él”. El Papa concluye esta misiva con una invitación abierta y esperanzada a todos los artistas y a toda la Iglesia para renovar esa “alianza fecunda entre Evangelio y arte” que tan sublimes manifestaciones ha generado a lo largo de los tiempos.

Son sólo algunos hitos en la vida de Juan Pablo II que evidencian el valor que él siempre supo reconocer en el arte. Será sobre todo el interés renovado por el arte de parte de la Iglesia y la humanidad entera lo que se encargará de poner de manifiesto a lo largo de los siglos los grandes aciertos que Juan Pablo II aportó en este campo.

“Se pasa de la muerte a la vida cuando se ama”

            Revista Palabra y Vida

Abril de 2011

 

Son tantas las situaciones y noticias que nos hacen constatar a diario cómo la llamada “cultura de la muerte” está cada vez más arraigada entre nosotros. Nadie puede negar que vivimos en un mundo que exalta la violencia y la destrucción. Pero en medio de un ambiente así los hombres y mujeres de fe elevamos un anuncio que se convierte en buena noticia para quien lo recibe: “¡Jesucristo ha resucitado!”. Él ha vencido la muerte y nos ha trasladado consigo de la muerte a la vida.

El cristiano vive en este mundo en medio de una gran paradoja, lo cual no significa contradicción, sino contraste. Es manifestar una verdad distinta, desconocida para muchos, cuando tantos se dejan impresionar ante lo que aparece con estruendo. Ante la barahúnda de la división de los hombres, el creyente afirma: “Dios es uno”; ante la contundencia del mal, anuncia: “Dios es bueno”. Así, ante la proliferación de la violencia y de la muerte, proclamamos con fuerza: “Cristo ha resucitado. ¡Él está vivo!”.

Esta afirmación no la hacemos únicamente de palabra. Nuestro testimonio comienza con la vida comprometida, con el esfuerzo que supone nadar en contra de la corriente de un mundo que no celebra la vida porque no la conoce en su profundidad. No es un verdadero discípulo el que profesa sólo con los labios la resurrección sin entrar a vivir su dinámica. El que se olvida del mundo, el que no considera la necesidad de su hermano, el que se desentiende de sus propias responsabilidades en nombre de una supuesta fe que más bien pudiera ser evasión, ése no es seguidor de Cristo. Cristiano es aquel que, siguiendo las huellas de su Maestro, asume sobre sí el peso del pecado, de la división, de la muerte, para dejar actuar al Espíritu que da la vida. “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios (…) También vosotros apareceréis gloriosos con él”, le dice san Pablo a los colosenses (3, 3s). Se pasa de la muerte a la vida cuando estamos en comunión con Aquel que nos ha amado hasta el extremo (Jn 13, 1). En seguimiento del Maestro, el cristiano ama, se fatiga y lucha, y de este modo pasa con su Señor de la muerte a la plenitud.

En una fuerte y profunda reflexión, la gran pensadora francesa del siglo XX, Simone Weil, expresaba acerca de lo esencial de la fe del cristiano:

“Si perseverando en el amor se cae hasta el punto en el cual el alma no puede contener el grito “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, si se permanece en ese punto sin dejar de amar, se termina tocando algo que no es más la desventura, que no es la alegría, pero es la esencia central, pura, no sensible, que le es común a la alegría y al sufrimiento, y esto es el amor mismo de Dios”

La celebración de la resurrección de Cristo sólo alcanzará en nosotros su actualidad en la medida en que hayamos asumido la cuota de esfuerzo y perseverancia que exige el compromiso con Él. “Si alguno quiere ser mi discípulo, cargue con su cruz y sígame” (Lc 9, 23). Son las palabras del Señor que continúan siendo pronunciadas ante nosotros también en la Pascua y en todo momento en que se nos exige ser coherentes con la fe que profesamos. Así “tocaremos” ese punto donde ya no hablaremos de alegría ni desventura, sino que resplandecerá en nosotros como “la esencia misma de Dios” que colmará nuestra propia vida.

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