Luz y hogar

Meditación para el domingo después de Epifanía: El Bautismo del Señor

El bautismo de Cristo habla de un inicio. Por eso la fiesta de hoy nos da la oportunidad de recomenzar en nuestra vida desde Dios, principio y fin del tiempo y la eternidad. Efectivamente, con el bautismo de Jesús en el Jordán comienza su vida pública. Es el arranque de su misión hacia nosotros. Hoy celebramos un evento del Espíritu Santo que también nosotros hemos recibido en nuestro bautismo y que debe manifestarse en cada momento de nuestra vida. Por Cristo, Dios nos reconoce como sus hijos para que nos manifestemos así ante los demás. El testimonio de san Juan Bautista señala esta doble realidad: el Mesías esperado manifestaría la fuerza y cercanía de Dios, así como él mismo inaugura el nuevo y definitivo bautismo que nos hace nacer a la vida de la gracia. Este precursor enseñaba:

«Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». 

Jesús de Nazaret, el Mesías que tenía que venir, manifiesta la gloria de Dios, pero lo hace con la humildad del siervo, asumiendo la carne herida de la humanidad para sanarla en sí mismo. Dios parece esconderse tras el velo de lo humano, para revelar así la grandeza de su dignidad y destino sobrenatural. Esto es un don inmerecido que a la vez supone una toma de conciencia y santo temor. Si nuestra condición ha sido tan amada y exaltada, tenemos necesidad de purificarnos y vivir en consecuencia. Continúa afirmando el mismo Bautista:

«Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga» (Mateo 3, 11-13)

Cristo muestra desde el inicio de su misión que solo podemos experimentar las intervenciones de Dios en nuestra vida si nos mantenemos en actitud de rendición y humilde gratitud hacia Él. Porque vivir en el Espíritu, experimentar su fuerza y su ardor, nos pone continuamente en ad-oración, es decir de cara a Dios, y este es el primer paso de toda oración. Si queremos ser fieles a la gracia que recibimos en nuestro bautismo hoy estamos invitados a volver la mirada del alma hacia Él, elevarnos desde lo meramente natural hacia lo sobrenatural. Este es el gesto inicial de valentía y humildad que, por nuestra parte, pone el primer medio para experimentar la gracia. Dios, por su parte, nos impulsa y nos bendice con el derroche de su amor, que es el Espíritu Santo que viene a morar en nosotros para darnos sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, conocimiento y temor del Señor (Isaías 11, 2). Estos son los dones que ciertamente necesitan las personas de todo tiempo, pero que hoy aparecen como las más altas adquisiciones a las que podemos aspirar. Porque solo una vida iluminada por la sabiduría, forjada en la fortaleza y consumada en la comunión con Dios merece verdaderamente ser vivida. Y este anhelo no es inalcanzable, sino que está muy cerca de nosotros. Ya lo hemos recibido en germen en nuestro bautismo y espera manifestar su fuerza siempre más. Por todo ello, hoy pedimos al Espíritu Santo que encienda nuestras vidas con estos dones. Que su fuego consuma todo lo que no tiene consistencia y fragüe nuestras almas para que brillen con luz divina. Dejémonos llenar por el único capaz de colmar todos nuestros anhelos y nuestras más puras aspiraciones.

«Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco
”».

El bautismo no cambia la relación que ya Jesús vivía con Dios. Él sigue siendo su Hijo amado, como lo es desde toda la eternidad. Lo que ahora cambia es que esta relación única comienza a manifestarse a los seres humanos, haciéndonos capaces de formar parte de ella. Es decir, Jesús no cambia en sí mismo, sino que cambia lo que nosotros podemos alcanzar de parte de Dios. Jesús empezará a mostrarse como su presencia cercana, el camino por el que hemos de ir hacia Él. A nosotros. el bautismo sí nos ha cambiado porque desde entonces podemos reconocernos también como hijos del Altísimo. Al mismo tiempo, ese primer sacramento nos ha cambiado en relación con los demás, a quienes podemos amar como hermanos. Y esta es la gran novedad de la fe cristiana, pues ella no solo nos pone en una relación personal con lo divino, sino también nos hace subir de nivel en la relación con nuestros semejantes. El Espíritu Santo nos abre a esta novedad, haciéndonos capaces de tejer relaciones de amor y justicia, de reconocimiento y valoración de los otros.  Ellos ya no son unos competidores o potenciales enemigos, sino la oportunidad que tenemos aquí y ahora de manifestar nuestro ser cristianos, otros cristos que asumen su misión de iluminar las vidas de los demás con esa luz de lo alto, que crece mientras más se ofrece, nos hace vivir mientras más la llegamos a compartir. Se supera así cualquier contraposición entre la adoración y el compromiso social, entre la piedad y la solidaridad. Asumamos hoy esta gracia que ya destella en nosotros como fuego que ha de arder como luz en el alma que se hace hogar para muchos.

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