Hijos de la resurrección

Hijos de la resurrección


Lectio divina
para este domingo XXXI del tiempo ordinario

¿Tiene la muerte la última palabra sobre la vida? ¿Es esta el devenir hacia la
fatalidad o podemos esperar más, esperarlo todo por encima de su sentencia? El
evangelio de este domingo nos revela el sentido de la esperanza cristiana, que sobrepasa
los límites de lo pasajero y que aparentemente transcurre hacia la nada. Leamos y
meditemos:
«En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay
resurrección, y preguntaron a Jesús:
“Maestro, Moisés nos dejó escrito: ‘Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer
pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano’. Pues
bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero
se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también
murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque
los siete la tuvieron como mujer”.
Jesús les dijo:
“En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean
juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los
muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya
que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza,
cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios
de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos» (Lucas 20, 27-38).

La revelación de Dios es el acontecimiento más completo y a la vez el más
sencillo que se ha dado sobre la tierra. Pero los seres humanos estamos heridos. El
pecado endurece nuestros corazones y nos confunde. Por eso podemos complicar la
buena y bella noticia de la Vida. De la vida eterna, que es la verdadera. El saduceo de
este pasaje es un claro ejemplo de cómo tendemos a reducir la trascendencia y lo
imprevisible de Dios en nuestras pequeñas y mezquinas categorías. Porque los saduceos
eran un grupo del judaísmo que no creía en la resurrección de los muertos. Limitaban su
horizonte solo a lo que se pudiera conseguir en el poco tiempo que pasamos en este
mundo. Entendían la salvación como algo meramente histórico, económico y político.
No esperaban nada más. Por eso este evangelio habla hoy a los que únicamente ponen
su esperanza en lo transitorio de esta vida, sin anhelar y comprometerse por lo eterno.
Cristo desenreda la maraña del saduceo con una sencilla frase: “Para Dios todos
viven”. Y propone este vivir en Dios no como una inmortalidad sin más, sino como la
plenitud de la existencia en su presencia: “Son como ángeles; y son hijos de Dios,
porque son hijos de la resurrección”. Es decir, la vida eterna que él ha venido a
ganarnos con su cruz es llegar a participar de la misma gloria de su Pascua. Se trata de
la victoria sobre el pecado y el mal, el estar completos en nosotros mismos, libres y
fuertes para alabar a Dios sin reservas ni parcialidades. Tomemos entonces un momento

para meditar y pedir al Buen Dios que podamos experimentar esa plenitud que Él quiere
darnos, sin complicar su evangelio con mezquindades ni argumentos retorcidos.
Cuando se vive serenamente la fe, vemos en su justa perspectiva tanto de lo que
nos agobia de la vida presente, como los bienes, la aprobación de otros, incluso la
propia salud y la vida física. Es lo que nos deja ver el duro y potente relato del martirio
de los hermanos Macabeos en la primera lectura de hoy. Uno tras otro estos ofrecieron
sus vidas en fidelidad a Dios y para edificación de sus hermanos. A ellos la fuerza les
venía de una certeza: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la
esperanza de que Dios mismo nos resucitará” (2ºMac 7). Este mensaje va en
contracorriente de todo lo que nos proponen los argumentos blandos y
descomprometidos, que promueven el pecado y la mediocridad también con argumentos
muy falaces. Ante ello solo los convencidos y coherentes pueden oponer hoy la
respuesta necesaria: El testimonio de la fe que nos gana la vida eterna. Porque la
victoria es para quien pone todo en juego por lo que no es para nada un juego, sino lo
más serio que pueda pensarse: Ser tan libre como para ofrecer la propia vida por amor. 
Pero ¿dónde encontramos la fuerza para vivir con esta radicalidad? Démonos
cuenta de que es la victoria de Cristo sobre el error y la muerte, tal como que se nos da
en cada Eucaristía. Allí lo más grande se hace lo más sencillo. El infinito amor de Cristo
se nos da como pan y vino para convertirnos en alabanza con él y en él. Allí toda
esperanza caduca se abre a la eternidad. Toda pequeñez es elevada a la mayor grandeza.
Todo miedo y mediocridad son empujados hacia la santidad. Por eso, volvamos a
encontrar hoy en la Eucaristía el puente tendido hacia la vida eterna, que nos hace ir
más allá de lo aparente y transitorio, hasta alcanzar lo que verdaderamente merecemos:
Vivir como hijos de la resurrección.

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