Transformación

Meditación para este II domingo del tiempo ordinario

Publicado en La Razon, 16/01/2022: http://bit.ly/3GxEpYY

Al inicio del Tiempo Ordinario, el evangelio de Juan presenta una escena determinante de la primera semana de la vida pública de Jesús: la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. Esta no es una simple anécdota sobre un favor que Jesús hace a unos novios para sacarles de apuros. Nos dice para qué ha venido a este mundo y qué quiere hacer con nosotros. Él ha venido para suscitar una transformación y llevar a un grado exquisito todo lo que parece insuficiente, pobre y sin sabor. Nos lo dice en una escena cargada de sorpresa, abundancia, novedad, servicio y alegría. Leamos con atención:

«A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.  Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.  Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: “No tienen vino”. Jesús le dice: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Su madre dice a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: “Sacad ahora y llevadlo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él» (Juan 2, 1-11).

Jesús realiza su primer milagro en una boda para mostrarnos que él ha venido para sellar la definitiva alianza de amor entre Dios y la humanidad. La unión bendita de un hombre y una mujer es imagen de esa comunión entre lo humano y lo divino. Por ello se expresa como alegría compartida, apertura a los demás, fiesta común, escucha y respuesta a la palabra eterna, discipulado y contemplación. En todo ello Dios está presente y nos dice cómo es Él. Por eso, pídele que te abra a una comunión cada vez más plena con Él y más comprometida con los demás. Proponte establecer lazos de unidad con quien se puedan haber roto o con quien más te cueste.

Jesús transforma el agua usada de esas tinajas de piedra en el mejor y más abundante vino que se hubiera probado. Porque Dios puede y quiere transformar nuestros corazones endurecidos y sucios en algo que no somos capaces ni de imaginar. Eso se llama conversión, cambiar nuestro ser desde lo insípido a lo lleno de vida, de la tristeza al gozo que se ofrece y se comparte. Abrámonos sin miedo a ese poder transformador, porque esta es la fe verdadera. Considera qué cosas, situaciones y pensamientos endurecen tu corazón hasta quizá dejarlo pesado y frío, como esas tinajas de piedra al fondo de las cuales yace suciedad y agua turbia.  Entonces contempla a Cristo convirtiéndola en bebida de alegría ¿En dónde encuentras las fuentes de ese vino? ¿Qué acciones, pensamientos y personas te llenan de vida? Dale gracias a Dios por esas ocasiones que ayudan a tu transformación. Contempla los invitados a la fiesta de tu vida, especialmente aquellos a los que sirves, por los que oras y a quienes anuncias el evangelio. Date cuenta de que esa es nuestra vocación. Hemos nacido para ofrecernos y llenar a muchos de la vida que nos viene de Dios.

Todo esto también exige poner de nuestra parte: llenar las tinajas, hacer lo que el Señor nos dice. Cada vez que salimos de nuestros propios gustos, de nuestra comodidad y medianía, ya empieza a transformarse algo en nuestro interior. Cuando damos un paso de conversión y elevamos la mirada del corazón hacia Dios, ya su gracia está actuando en nosotros. ¿Dónde quedan entonces esas turbias aguas? ¿Dónde la tristeza de una fiesta truncada? Cristo nos ofrece la alegría, la paz profunda, el gozo secreto que nada nos puede arrebatar, a pesar de cualquier adversidad. Experimentémoslo. Nosotros somos hoy los discípulos que antes estuvieron allí, contemplando el primer milagro del Señor: La transformación de nuestros corazones. 

 

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