Somos Uno, porque distintos

Somos Uno, porque distintos

 Lectio divina para este domingo de la Santísima Trinidad

El domingo pasado hemos completado el tiempo de Pascua con la celebración del Pentecostés. Por eso hoy contemplamos el misterio de Dios en su plenitud. Él es Trinidad, es decir, comunión de amor de Tres distintos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

«Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”».

Palabra del Señor

 

Dios es Amor porque es Trinidad, unidad y distinción entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Comunión de los diversos, que es todo lo contrario a la uniformidad y mucho más al individualismo. Cada una de las Personas Divinas es en relación con las demás: el Padre que ama al Hijo, el Hijo que responde a su amor y la relación entre ambos que es el Espíritu. Son distintos, pero a la vez UNO porque se aman en esa distinción, sin confusión ni contraposición.

Nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios trinitario. Por tanto, a imagen del amor que une y distingue. Nuestra realización está en reflejar este modelo divino, ya presente en nosotros pero que debe purificarse hasta que Dios sea todo en todo lo que somos y hacemos.

Pero ¿cómo vivir esta llamada, en la que nos jugamos nuestro ser y nuestro trascender?

Todo nace de una espiritualidad. Es decir, de un compromiso interior de cada persona y comunidad a convertirnos, comprometernos y ofrecer el testimonio de lo que vivimos. Fue lo que san Juan Pablo II presentó como hoja de ruta para toda la Iglesia al inicio del tercer milenio, cuando nos llamó a vivir una espiritualidad de comunión. Recordemos parte de lo que ella exige:

«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) ». Juan PabloII, Novo millennio ineunte, 43].

En la Trinidad tenemos el modelo. En una espiritualidad de comunión, el camino para realizarlo.

 

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