Partir desde el origen

Lectio divina de este I domingo de Cuaresma

            Si el primer hombre fue sacado del polvo de la tierra, Cristo entra ahí para hacerlo del todo nuevo. El Espíritu Santo lo empuja a los arenales indómitos para restaurarnos desde dentro, yendo a buscarnos en el origen donde fuimos formados. Porque la humanidad había errado en su libertad;  Adán y sus hijos habían caído y era necesario rescatar desde el inicio su herida y su deriva. Por eso el Redentor va al desierto y, dejando perder todos los asideros aparentes, entabla la lucha más ardua que todo hombre debe combatir: contra la caducidad su propia carne, contra las mentiras del demonio y contra las fascinaciones del mundo. Sus cuarenta días ahí le dispondrán para darlo todo en la Cruz, donde llevará lo humano más allá de sí mismo y le abrirá de par en par las puertas de lo eterno. Leamos con atención:

«En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.» (Marcos 1, 12-15)

Cristo va al desierto como Abrahán cuando Dios le hizo contar sus arenas y estrellas como los hijos que le daría. Va al desierto como Moisés para abrir camino al pueblo que habría de andar y confiar para ser liberado. Va como Elías para consumir con el fuego de la verdad toda palabra y todo ídolo falaz. Va como Dios que se adentra en el sequedal para buscar a quien ama y hablarle al corazón. Allí Cristo es tentado sobre su propia identidad y su fidelidad al Padre. Allí lo fácil sería usar su poder en provecho propio, no para servir y amar. Allí ha de vencer cada insinuación engañosa pronunciando la palabra de verdad, poniendo el amor por delante del egoísmo, la entrega de sí por delante de la autocomplacencia. Por eso sale victorioso de esos días de lucha para anunciar que el reino de Dios ha llegado, que de la tierra y de las almas yermas podrán brotar ríos de agua viva y que la carne del hombre será sanada por las heridas que él cargará en su carne divina.

Este ha sido el camino que Cristo empezó a recorrer desde la muerte hacia la vida, y así ha trazado el que hemos de recorrer también nosotros.  Porque en esta vida que pasa, lo fácil es optar por lo fácil; lo cómodo, quedarse en el mismo lugar; lo aparentemente seguro, no arriesgar, seguir lo epidérmico y no ir al fondo de las cosas y de uno mismo. Pero para la vida eterna lo que vale es lo que implica más amor, es decir, abnegación, entrega a lo que se ama, emprender el éxodo del yo hacia el nosotros. Por eso Dios nos ofrece la Cuaresma para que vayamos a nuestro propio desierto, no para extinguirnos, sino para darle nueva vida y liberarnos, haciendo que germine la vida que Él mismo ha sembrado allí y así hacernos de nuevo. Por eso, no temas adentrarte en tu propio desierto, favoreciendo el silencio exterior e interior donde resuena su voz, dejando caer tus falsos asideros, aceptando confiado la purificación que el Espíritu obra en ti. Atiende a sus mociones y aspira a la plenitud de la vida que Cristo ha venido a ofrecer cuando nos ha rescatado de toda sequedad y esterilidad. Escucha en este tiempo su invitación a buscar tu fuente más profunda. Favorece todo lo que te ayude a ello: el silencio, la austeridad, el luchar contra tus pasiones más inmediatas para alcanzar lo que más vale. Y, sobre todo, ora; abre tu alma a Aquel que te espera para hacer brotar ríos en el desierto. Esa la fuente salta hasta la vida eterna.

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