Familia que todo lo espera

Familia que todo lo espera

Meditación para este domingo de la Sagrada Familia de Nazaret

El Hijo de Dios se ha hecho también Hijo del hombre. La comunión perfecta de la Trinidad encuentra su reflejo humano en la familia de Jesús, María y José. Así se hace palpable que sí se puede vivir “en la tierra como en el cielo”.

También hoy nosotros estamos llamados a reproducir la vida de la Trinidad en nuestras relaciones con los todos, pero especialmente con los que nos son más cercanos, nuestra familia. Viviendo en la caridad de unos hacia otros, que nos funde en UNO, encontramos nuestra paz y nuestra más alta realización. Es una llamada que podemos empezar a vivir ahora mismo en el seno de nuestra familia, donde encontramos los primeros prójimos que Dios nos ha otorgado para amar sin reservas. Porque cuando en una familia hay verdadero amor, que significa acogida del otro, perdón, paciencia y mutua comprensión, allí está Dios en medio de ella. Es lo que expresa la carta de vida que Dios nos ha revelado a través de su Apóstol:

«El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca» (1ª Corintios 13, 4-8).

Y es que el Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre. Nacido de una mujer y cuidado como hijo legítimo por un varón. El invisible, hecho visible en una familia según el orden querido por Dios. El Todopoderoso, necesitado del amor de unos padres. El Infinitamente libre, ahora depende del cuidado de otros. Así inaugura el camino de la verdadera grandeza del ser humano, que existe por el amor divino y radicalmente necesitado del amor humano. Este adverbio no es casual, sino ontológico, porque la necesidad del amor de los otros es la raíz de toda vida verdaderamente humana. Quien no crece en este amor simplemente existe, pero aún no es. ¿Qué haremos, entonces, ya que todos de alguna manera estamos aún necesitados de esta experiencia raigal en toda su pureza y toda su potencia? Pues volver a fijar nuestra mirada en esa comunidad de amor que Dios escoge para asumir nuestra condición humana, tan necesitada y anhelante de eternidad. Contemplemos el Amor divino revelado en la sencillez, fidelidad y valentía de san José, así como en la confianza y apertura a la gracia de la Virgen María. Presentemos la ofrenda de nuestra vida al Niño del Belén y volvamos a nacer desde él, tal como nos revela su evangelio: «el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios… Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu» (Juan 3, 16). Por tanto, volvamos al nacimiento sobrenatural que Dios nos dio en nuestro Bautismo, cuando sanó las heridas de nuestra condición humana y nos concedió su gracia divinizadora. Hagamos que también en nuestra vida lo invisible se haga palpable, que lo eterno se manifieste aquí y ahora. Redescubramos nuestros valores cristianos con toda su densidad, sin rebajas ni compromisos que nos desfiguran y vuelven a esclavizar a una existencia tibia y falta de autenticidad.

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