Meditación del domingo: La hora decisiva

Meditación del domingo: La hora decisiva

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       Aparece el Tentador cuando más en serio te estás tomando la lucha y el camino de tu vida. Él te ha rondado y ha sabido esperar el momento del ataque. Llega cuando decaen tus fuerzas y tus primeras necesidades te piden atención:

“Si eres hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en pan”.

Si eres…”. Con toda la sospecha e insidia de ese condicional. El golpe va directo a tu ser, a tu verdad más auténtica. Esa de la que quiere que dudes o que trates de aferrar a cualquier precio.

Pero no puede venderse a cualquier precio la verdad, sino que todo lo demás ha de venderse por ella. Por eso, tú no te vendas. No entregues a buen mercado el ser que te ha sido dado y no puedes rebajar. Que no solo de la carne vive el hombre, sino de eso más sublime y eterno que aspiras alcanzar.

Insistirá el Tentador: “si eres hijo de Dios, lánzate desde esta altura que nada te pasará”.

Nuevamente la duda, mucho mayor la mentira. Usa y abusa de lo que eres y lo que tienes, te dirá. Insistirá en que algo bueno sacarás, que los demás reconocerán tu valía y así podrás hacer o valer más.

En ese momento has de recordar que tú no eres lo que opine mundo sobre ti, sino quien Dios te dice que eres: “Tú eres mi hijo amado. En ti me complazco” (Lc 3, 22). Sostente en esa palabra al filo de cualquier abismo que te puedas encontrar, sin condicionales ni comparativos. Sin necesidad de demostrar, pretender o avasallar. Vencerás así la inestabilidad de la duda sostenido en la firmeza de lo cierto.

Pero el tentador no descansará. Después de moverte a buscarte la vida por ti mismo o en lo que puedas sacar de los demás, te dirá que la busques en él. Padre de la mentira y confusión te dirá que es él quien domina este mundo, que las cosas son así y te tienes que plegar. Hará que tus ideales parezcan inalcanzables y que sólo puedes lograr algo si te rindes a él. Que Dios se ha marchado muy lejos o que muchos aspectos de tu vida quedan fuera de su mirada.

Será la prueba decisiva: ¿a quién has de adorar?

Entonces, con la fuerza de su gracia, tendrás que jugártelo  todo. Todo lo que eres y todo lo que quieres seguir siendo. Todo lo tuyo y todo lo que ha de llegar a serlo. Todo lo que das y todo cuanto has de amar. Así, sin hacer mucho caso de su insinuación ni pensártelo dos veces, pasa de largo y recuérdale que estás dispuesto a jugarte todo lo tuyo, pero no te juegas lo que es de Dios. Y lo suyo es el amor y la adoración que quiere ofrecerle este hombre que ha decidido vivir como su hijo.

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