Lectio de vida: salto a la eternidad

Salto a la eternidad

picardo

Jesús nos presenta el reino de Dios desde la pequeñez de una semilla. Esta nos habla de lo silencioso, imperceptible, pero lleno de la potencia de la vida. Así nos revela al Dios pequeño, al Dios de lo pequeño y al Dios de los pequeños…

Dios pequeño porque es el Inmenso que se hace pequeña palabra, pequeño niño en el pesebre, pequeño pan en el altar, el último de los condenados que muere en una cruz. En él no cabe la prepotencia, sino que viene a nosotros desde la humildad en que hemos de ser capaces de reconocerlo. Desde allí nos hace dar el salto hasta el cielo.

Dios de lo pequeño porque para encontrarlo no tenemos que remontarnos más allá de los cielos ni emprender grandes proezas: Él está en lo cotidiano, en el hermano que pasa a nuestro lado, en lo escondido de nuestro corazón.
Y es el Dios de los pequeños porque se resiste a los soberbios para dejarse encontrar por los sencillos de corazón. Es el Resucitado que se aparece al pequeño germen de los apóstoles para hacer de ellos el gran árbol de la Iglesia. Es el que hoy susurra a tu corazón y te comunica esta buena noticia.

Son las cosas de Jesús, para quien lo más grande es lo más sencillo. Los pequeños detalles, los que importan porque revelan la profundidad del corazón. Es el único que podía señalar el comienzo de lo eterno apenas en la pequeñez de una semilla. La vida de cada día como un salto hasta lo eterno.

 
El vuelo del águila va tan alto, tan alto
es su anhelo por tocar
el rumor de las lámparas del cenit.
Los abismos
dejan de ser sombra,
aletean
más que auroras.

¿Qué encuentra el ave en este vuelo?
¿Hasta dónde
la conduce el viento como aliento?
¿Se alzará más allá del valle si aquel soplo
la levanta más adentro?

Un grito hace vuelo y se sumerge
con placer de océano hasta las costas lejanas.
Descubre
un surco abierto por el río que apacienta
su correr hasta el mar eterno, mar adentro.

Como vino que se ofrece para amar
el caudal trae piedras, hojas
y trae la semilla como carbón para la hoguera.
El fruto de plata y fuego y oro para brillar,
cristal para mostrar
y para morder marfil.
Fruto insospechado,
anhelo,
inesperable joya hijo del viento sol
y de la tierra expectante,
virgen y madre.

Como la viña que del verde estalla
en racimos escarlata y exulta,
borbotea
el fruto contenido
en los ramos que se abrazan
y se pierden en el verde, negro, escarlata y el águila
venida de lo alto.

Arriba sigue soplando el viento.

 

 

 

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