Meditación del domingo: sobre alas de águila

Meditación del domingo: sobre alas de águila

Habíamos salido al monte a buscar luz. Dos amigos que sólo sabían que poco sabían acerca de qué decisión tomar, cuál sería la respuesta adecuada.

Habíamos salido a que nos lo respondiera la tierra que pateábamos, el sol que anunciaba un mensaje claro, el viento. El viento en esa ladera del monte que se eleva desde la garganta del Guadarrama hasta, bueno, hasta donde fuimos sorprendidos.

Primero una, luego otra, otra más. Tres águilas en fila ascendente. Sin hacer ningún esfuerzo. Sólo dejándose elevar por el viento que ascendía por la ladera hasta lo alto. Cada vez más hacia lo alto.

Las tuvimos tan cerca que nos hubiera bastado estirar los brazos para ofrecerles un poco de nuestros bocadillos. ¿Se habrían detenido a cogerlos?

Seguro que no. Dejarse elevar es mayor recompensa que permanecer atados a cualquier instinto.

“Como el águila incita a su nidada revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas” (Deuteronomio 32, 11)

Y sin hacer ningún esfuerzo. Sólo abriendo las alas y dejándose conducir por los giros del viento, siempre más hacia lo alto. Así nos hicieron aspirar nuevamente al cielo. Con los pies cargados del polvo de esta tierra que amamos, la mirada elevada mucho más allá.

“El viento sopla donde quiere y oyes su voz. Mas no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (Juan 3, 8).

¡Cuánta soberbia pensar que ya lo sabemos todo en esta vida! Dios no cesa de revelarse a nosotros momento a momento y, sin embargo, nos conformamos con lo poco que hemos llegado a saber de él hace ya tanto tiempo. No dejamos que se nos presente como continua novedad, libertad y creatividad. Repetimos tantos actos, incluso “religiosos”, porque damos por descontado que Él existe. Sí, “creemos” que existe, pero nosotros ¿existimos en Él? Decimos que nos ha dado la vida, pero ¿la vivimos a plenitud? Le llamamos Padre Nuestro, pero ¿vimos con confianza de hijos? ¿reconocemos a los demás como auténticos hermanos? Profesamos que hemos sido creados a su imagen y semejanza, pero ¿tratamos de vivir en el amor, que es lo que nos hace más semejantes a Él?

Extiende tus alas. No te quedes aprisionado en ti mismo. Déjate elevar por su Espíritu que te conducirá siempre a lo alto, hasta donde nunca hubieras imaginado.

¿Has escuchado el viento esta mañana?

Escúchalo,

aunque sea tarde sigue allí,

también en la noche soplará,

aunque sea noche.

Escucha el viento.

Soplará

suave el viento en las boscosas

cumbres abiertas en ríos.

Soplará

fuerte sobre los mares

abiertos y valientes.

Soplará

en silencio sobre el monte que se espera,

soplará.

Y yo te diré anhelante,

otra vez preguntaré:

¿Has escuchado el viento esta mañana

o esta tarde?

Nunca es tarde, escucha el viento

que revienta ante tu cuerpo, farallón.

Escucha el viento, hermano mío,

escucha el viento y déjate llevar,

pues sopla el viento en su color

y llena el tiempo.

Sopla el viento.

Escucha este soplar

sobre los montes y su paso

triunfante hasta el calor

atesorado de los bosques en su adentro.

Sopla el viento.

Y mueve los espacios y cortezas.

Sopla adentro

del frío mar y lo levanta

en olas fulgurantes y cristal.

El fuerte viento,

viento poderoso,

águila de viento.

 

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