La Palabra del domingo: hijos de la resurrección

La Palabra del domingo: hijos de la resurrección

Domingo XXXI del tiempo ordinario

 

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Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Palabra del Señor

 

 Meditación:

La revelación de Dios es el acontecimiento más completo y a la vez el más sencillo que se ha dado sobre la tierra. Pero los seres humanos estamos heridos. El pecado endurece nuestros corazones y nos confunde. Por eso podemos complicar la buena y bella noticia de la Vida. De la vida eterna, que es la verdadera. El saduceo de este pasaje es un claro ejemplo de cómo tendemos a reducir la trascendencia y lo imprevisible de Dios en nuestras pequeñas y mezquinas categorías. Porque los saduceos eran un grupo del judaísmo que no creía en la resurrección de los muertos. Limitaban el horizonte de sus anhelos sólo a lo que se pudiera conseguir en los pocos años que pasamos en este mundo. Entendían la salvación como algo meramente histórico, económico y político. No esperaban nada más.

¿Pongo mi mayor esperanza en lo caduco de esta vida o anhelo y lucho por la vida eterna?

Cristo desenreda la maraña del saduceo con una sencilla frase: “para Dios todos viven”. Dios Y propone este vivir en Dios no como una inmortalidad sin más, sino como la plenitud de la existencia en su presencia: “son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección”. Es decir, la vida eterna que Cristo ha venido a ganarnos con su cruz es llegar a participar de la misma gloria de su Pascua: la victoria sobre el pecado y el mal, el estar completos en nosotros mismos, libres y fuertes para alabar a Dios sin reservas ni parcialidades.

En un momento de silencio pido a Dios experimentar un poco de esa plenitud que él me ofrece, sin complicar su evangelio con miedos ni argumentos retorcidos.

Cuando se vive en esta fe, vemos en su justa perspectiva tanto de lo que nos agobia de la vida presente: los bienes, las apariencias, incluso la propia salud y la propia vida física. Es lo que nos deja ver el duro y potente relato del martirio de los hermanos Macabeos en la primera lectura de hoy. Uno tras otro ofrecieron sus vidas sin reparos en fidelidad a Dios y para alabanza suya. Su fuerza venía de una certeza: “vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará”. Este mensaje va en contracorriente de todo lo que nos propone nuestra sociedad blanda y descomprometida, que promueve el pecado y la mediocridad también con argumentos muy falaces. Ante todo ello sólo las personas convencidas y coherentes pueden oponer hoy la respuesta necesaria: el testimonio de la fe que ofrece la vida eterna. La victoria es para quien pone todo en juego por lo que no es para nada un juego, sino lo más serio que pueda pensarse: ser tan libre como para ofrecer la propia vida por amor. 

Pero, ¿dónde encontramos la fuerza para vivir con esta radicalidad? Pues en la misma fuerza y victoria de Cristo que se nos da en cada Eucaristía. Allí lo más grande se hace lo más sencillo. El infinito amor de Cristo se nos da como pan y vino para hacernos un solo Cuerpo en alabanza al Padre con él y en él. Allí toda caduca esperanza se abre a la eternidad. Toda pequeñez es elevada a la mayor grandeza. Todo miedo y mediocridad son empujados hacia la santidad.

Este domingo me dispongo en cuerpo y alma para participar en la Eucaristía con la fe de encontrar en ella luz y fuerza para seguir creciendo hacia la plenitud de Dios.

 

 

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