Publicado en Christian Díaz Yepes

Lectio en salida: Una sola palabra

Lectio en salida: Una sola palabra

Domingo 30º del tiempo ordinario

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LECTIO DIVINA

El amor es el centro de toda la Revelación bíblica. Todo el mensaje del Antiguo y del Nuevo testamento se pueden resumir en la invitación a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Este es el contenido de las lecturas de este día, que nos recuerdan dónde debe estar puesto el acento de nuestra existencia cristiana. Todo cuanto vivamos y expresemos debe ser motivado por el amor a Dios y a los hermanos, en armonía con el sano amor a nosotros mismos.

 

Del  Evangelio  Mateo (22, 34-40)

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Comentario:

El amor es el centro de toda la Revelación bíblica. Todo el mensaje del Antiguo y el Nuevo Testamento se resumen en una palabra: amar. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Este es el contenido de las lecturas de hoy, que nos recuerdan el punto clave de nuestra existencia. Todo cuanto vivamos y expresemos debe ser motivado por el amor a Dios y a los hermanos, en armonía con el amor a nosotros mismos.

La primera lectura nos da cuenta de cómo la Ley de Moisés presta especial atención al amor al prójimo. Es significativo que estas palabras de Dios a su pueblo vengan contenidas en el Deuteronomio poco después de señalar las prescripciones del amor a Dios. También llama la atención que a la hora de hablar del hermano, esta lectura nos lo presenta precisamente como aquel que pasa alguna necesidad. Así lo había entendido la tradición profética y sapiencial de Israel, a partir de la cual se considerarán a estas personas en particular como el prójimo. Este es es el que me está cerca, por tanto, su necesidad es mía y debo responder a ella con mi justicia y mi solidaridad.

En el evangelio, Jesús vuelve a ser puesto a prueba por los fariseos, tal como lo encontrábamos la semana pasada en el episodio del tributo al César. Pero esta vez los que lo examinan no lo ponen a prueba desde un tema político ni económico, sino que ahora lo hacen desde la preocupación primordial de Israel: lo religioso. Si Jesús es un verdadero Maestro, pensarían ellos, entonces debía dar pruebas de su enseñanza religiosa y moral, como lo hacen todos los demás maestros de Israel. Al tiempo de Jesús, muchos de éstos habían sido tan minuciosos en detallar los deberes para con Dios y para con los hombres que habían llegado a formular más de seiscientas prescripciones entre deberes y prohibiciones. Sucedía entonces que muchos se diluían en disquisiciones acerca de si habían cumplido o no cierto precepto, al cual comenzaban a aplicarle diversos agravantes y atenuantes. La vida religiosa quedaba así atomizada en miles de prescripciones y excepciones que casi nadie era capaz de recordar. Todo esto era una imagen de la división del corazón cuando no se conoce en esencia a Dios y no se sabe cómo mantenerse en comunión con Él.

La respuesta de Jesús llama a la unidad todo lo que se encontraba disperso en relación a Dios y a los hombres. Ante la atomización de nuestra existencia, el Señor nos invita a unificarnos en una única realidad que nos hace semejantes a Dios: el amor. Sólo Jesús nos podía hacer entender esto, porque él como nadie conoce la esencia misma de Dios, que es amor, y por tanto es el único que puede revelarla en su plenitud. En una única frase, Jesús logra sintetizar todos los Escritos de la Ley y los Profetas, que hacían particular énfasis en el amor a Dios y en la justicia a los hombres, respectivamente. Nos muestra así la perfecta articulación entre los diversos pasajes de las Escrituras, los cuales deben leerse siempre desde la perspectiva del amor que les armoniza y lleva a su plenitud. Así lo entendieron y lo vivieron los Tesalonicenses, por lo cual “han llegado a ser modelo en todo el mundo”, como les dice san Pablo. Eso se muestra en la hospitalidad y escucha que le han brindado al Apóstol, y que es la mejor prueba de su amor a Dios. También todo lo que nosotros vivimos, nuestros empeños, compromisos e incluso lo que consideramos que no debemos hacer tiene que pasar por el examen de amor, que es la piedra de toque de nuestra autenticidad como cristianos.

En este domingo, conviene que nos examinemos también a nosotros mismos sobre cómo estamos viviendo el centro de nuestra vida de fe, a partir de las tres direcciones que Jesús nos revela: nuestro amor a Dios, nuestro amor al prójimo y nuestro amor hacia nosotros mismos.

En cuanto a nuestra relación con Dios, preguntémonos: ¿Cómo estoy viviendo mi relación de amor con Dios, mi vida de oración y mi práctica de los sacramentos? ¿Le doy a Él el primer lugar en mi vida o lo uso apenas como un accesorio para resolver problemas y sentirme seguro? ¿Escucho y vivo su Palabra con fidelidad y alegría? ¿Me esfuerzo diariamente por conocer su voluntad sobre mí para ponerla en práctica? ¿Valoro mi pertenencia a la Iglesia y doy testimonio coherente de mi fe?

En lo que se refiere a nuestro amor a los hermanos, preguntémonos: ¿Estoy amando a cada persona que Dios me presenta en los diversos momentos del día o hago acepciones, prefiriendo a los que son más afines a mí? ¿Soy solidario con las necesidades del hermano que tengo a mi lado o me comporto con indiferencia y superioridad? ¿Cómo puedo amar más concretamente a aquellos que comparten su vida conmigo, en particular a mis familiares?

Todo esto vivámoslo en una justa armonía con nosotros mismos, profundizando cada vez más en que somos imagen de Dios, que por ello mismo deben reflejar su amor y su bondad. Cuidemos nuestra armonía personal, el sano equilibrio entre espiritualidad y acción, fe y compromiso. Haciendo así nuestra alegría será grande, y esperamos que también modelo para muchos.

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Autor:

Sacerdote y poeta. Nacido en Caracas, Venezuela, en 1980. Estudió Artes, Filosofía y Teología. Ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Caracas en el 2007. Premio Nacional de Poesía Juvenil del Ateneo de Caracas y la Casa de la Poesía de Caracas (1996). A los 19 años su libro "Las Ruedas" fue seleccionado en concurso y publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana (1999). En el 2004 la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello publicó su libro "Una Barca. Ha publicado y recitado en países como Estados Unidos, Italia, Suiza, Brasil y Siria. Su poesía ha sido traducida al Inglés, al Italiano y el Árabe. Recientemente ha merecido el Premio Trípode de literatura cristiana por su libro de espiritualidad "Beber de la fuente de la paz". También ha sido nominado para recibir el Premio Mundial de Poesía Mística (Roma, 2010). Actualmente ejerce su labor pastoral en el la parroquia La Anunciación del Señor de La Boyera, Caracas, y la docencia en el Seminario Mayor Arquidiocesano de Caracas.

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