Palabra de vida, enero de 2012

Palabra de vida

Enero de 2012

 

 

 

“Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde él está sentado a la derecha de Dios” (Col. 3,1)

Estas palabras, que san Pablo dirige a la comunidad de Colosas, hablan de que existe un mundo donde reina el amor verdadero, la comunión plena, la justicia, la paz, la santidad, la felicidad. Un mundo donde el pecado y la corrupción ya no pueden entrar. Un mundo donde la voluntad del Padre se realiza a la perfección. Es el mundo al que pertenece Jesús. El mundo que él nos abrió de par en par con su resurrección, atravesando la dura prueba de la pasión.

Pablo dice que no sólo estamos llamados, sino que ya pertenecemos a ese mundo. La fe nos dice que mediante el bautismo estamos injertados en él y, por consiguiente, participamos de su vida, de sus dones, de su herencia, de su victoria sobre el pecado y las fuerzas del mal. En efecto, hemos resucitado con él.

Sin embargo, a diferencia de quienes ya han alcanzado la meta, nuestra pertenencia a ese mundo no es plena ni tan evidente y, sobre todo, no es definitiva ni estable. Mientras estamos en esta tierra nos encontramos expuestos a mil peligros, dificultades y tentaciones que pueden hacernos tambalear o frenar nuestro camino y desviarlo hacia metas falsas.

“Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde él está sentado a la derecha de Dios”

 

Se comprende, entonces, la exhortación del apóstol: “busquen los bienes del cielo”. Es decir, traten de salir espiritualmente de este mundo, abandonen las reglas y las pasiones del mundo para dejarse guiar por los pensamientos y los sentimientos de Jesús. En efecto, “las cosas del cielo” significa la ley del Reino que Jesús trajo a la tierra y quiere ver realizada por nosotros desde ahora.

¿Cómo llevar a la práctica esta Palabra? En primer lugar, nos anima a no contentarnos con una vida mediocre, de medias tintas y componendas, y nos impulsa a encaminarla en la ley de Cristo.

Nos invita a vivir y a asumir el compromiso de dar testimonio de los valores que Jesús nos trajo. En algunos casos se tratará del espíritu de concordia y de paz, en otros de servicio a los hermanos, de comprensión y de perdón, de honestidad y justicia, de corrección en el trabajo, de fidelidad, pureza y respeto por la vida.

Como se advierte, la propuesta es tan amplia como la vida, pero para no quedarnos en vaguedades tratemos de poner en práctica la ley que, de alguna manera, sintetiza a todas: reconocer en cada hermano a Cristo y ponernos a su servicio. Por otra parte, ¿no es acaso lo que se nos pedirá al final de nuestra existencia?

Chiara Lubich

 

Publicación mensual del Movimiento de los Focolares

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