Publicado en Espiritualidad cristiana, La Palabra de hoy

Lectio Divina del Domingo 23 de octubre de 2011

Lectio Divina del Domingo 23 de octubre de 2011

Trigésimo domingo del Tiempo Ordinario

 Descarga en PDF: A Domingo 30 del TO

 Mosaico del Cristo Pantocrator. Catedral de Palermo, Italia.

 

LECTIO DIVINA

El amor es el centro de toda la Revelación bíblica. Todo el mensaje del Antiguo y del Nuevo testamento se pueden resumir en la invitación a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Este es el contenido de las lecturas de este día, que nos recuerdan dónde debe estar puesto el acento de nuestra existencia cristiana. Todo cuanto vivamos y expresemos debe ser motivado por el amor a Dios y a los hermanos, en armonía con el sano amor a nosotros mismos.

 

I.                    LECTIO (Lectura):

Leamos con calma y atención…

Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo (22, 20-26)

Esto dice el Señor a su pueblo:

“No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No explotes a las viudas ni a los huérfanos, porque si los explotas y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor; mi ira se encenderá, te mataré a espada, tus mujeres quedarán viudas y tus hijos, huérfanos.

Cuando prestes dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portes con él como usurero, cargándole intereses.

Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque no tiene otra cosa con qué cubrirse; su manto es su único cobertor y si no se lo devuelves, ¿cómo va a dormir? Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque soy misericordioso”.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Salmo Responsorial Salmo 17

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los

tesalonicenses (1, 5-10)

Hermanos: Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes para su bien. Ustedes, por su parte, se hicieron imitadores nuestros y del Señor, pues en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya, porque de ustedes partió y se ha difundido la palabra del Señor; y su fe en Dios ha llegado a ser conocida, no sólo en Macedonia y Acaya, sino en todas partes; de tal manera, que nosotros ya no teníamos necesidad de decir nada.

Porque ellos mismos cuentan de qué manera tan favorable nos acogieron ustedes y cómo, abandonando los ídolos, se convirtieron al Dios vivo y verdadero para servirlo, esperando que venga desde el cielo su Hijo, Jesús, a quien él resucitó de entre los muertos, y es quien nos libra del castigo venidero.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.

El que me ama cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada, dice el Señor.

Aleluya.      

 

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (22, 34-40)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

 II.                  MEDITATIO (Meditación):

Meditemos en el sentido de las lecturas…

El amor es el centro de toda la Revelación bíblica. Todo el mensaje del Antiguo y del Nuevo Testamento se pueden resumir en la invitación a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Este es el contenido de las lecturas de hoy, que nos recuerdan dónde debe estar puesto el acento de nuestra existencia cristiana. Todo cuanto vivamos y expresemos debe ser motivado por el amor a Dios y a los hermanos, en armonía con el sano amor a nosotros mismos.

La primera lectura nos da cuenta de cómo la Ley de Moisés presta una especial atención al amor al prójimo. Es significativo que estas palabras de Dios a su pueblo vengan contenidas en el Deuteronomio poco después de señalar las prescripciones del amor a Dios que debían vivir los israelitas. También llama la atención que a la hora de hablar del hermano, esta lectura nos lo presenta precisamente como aquel que pasa alguna necesidad. Así lo había entendido la tradición profética y sapiencial de Israel, a partir de la cual se considerarán a estos hermanos en particular como el prójimo. Prójimo es el que me está cerca, por tanto, su necesidad es mía y debo responder a ella con mi justicia y mi solidaridad.

En el evangelio, Jesús vuelve a ser puesto a prueba por los fariseos, tal como lo encontrábamos la semana pasada en el episodio del tributo debido al César. Pero esta vez los que lo examinan no lo ponen a prueba desde un tema político ni económico, sino que ahora lo hacen desde la preocupación primordial de Israel: lo religioso. Si Jesús es un verdadero Maestro, pensarían ellos, entonces debía dar pruebas de su enseñanza religiosa y moral, como lo hacen todos los demás maestros de Israel. Al tiempo de Jesús, muchos de éstos habían sido tan minuciosos en detallar los deberes para con Dios y para con los hombres que habían llegado a formular más de seiscientas prescripciones entre deberes y prohibiciones que los israelitas debían guardar para ser fieles a Dios. Sucedía entonces que muchos se diluían en disquisiciones acerca de si habían cumplido o no cierto precepto, al cual comenzaban a aplicarle diversos agravantes y atenuantes. La vida religiosa quedaba así dividida, atomizada en miles de prescripciones y excepciones que casi nadie era capaz de recordar. Todo esto era una imagen de la división del corazón cuando no se conoce en esencia a Dios y no se sabe cómo mantenerse en comunión con él.

La respuesta de Jesús llama a la unidad todo lo que se encontraba disperso en cuando a los deberes para con Dios y para con los hombres. Ante la atomización de nuestra existencia, el Señor nos invita a unificarnos en una única realidad que nos hace semejantes a Dios: el amor. Sólo Jesús nos podía hacer entender esto, porque él como nadie conoce la esencia misma de Dios-amor, y por tanto es el único que puede revelarla en su plenitud. En una única frase, Jesús logra sintetizar todos los Escritos de la Ley y los Profetas, que hacían particular énfasis en el amor a Dios y en la justicia a los hombres, respectivamente. Nos muestra así la perfecta articulación que existe entre los diversos pasajes de las Escrituras, los cuales deben leerse siempre desde la perspectiva del amor que les armoniza y los lleva a su plenitud. Así lo ententideron y lo vivieron los Tesalonicenses, por lo cual “han llegado a ser modelo en todo el mundo”, como les dice san Pablo. Eso se muestra en la hospitalidad y escucha que le han brindado al Apóstol, y que es la mejor prueba de su amor a Dios. También todo cuanto nosotros vivimos, nuestros empeños, compromisos e incluso lo que consideramos que no debemos hacer tiene que pasar por el examen de amor, que es la “piedra de toque” de nuestra autenticidad como cristianos.

En este domingo, conviene que nos examinemos también a nosotros mismos con respecto a cómo estamos viviendo el centro de nuestra vida de fe, a partir de las tres direcciones que Jesús nos revela: nuestro amor a Dios, nuestro amor al prójimo y nuestro amor hacia nosotros mismos.

En cuanto a nuestra relación con Dios, preguntémonos: ¿Cómo estoy viviendo mi relación de amor con Dios, mi vida de oración y mi práctica de los sacramentos? ¿Le doy a Él el primer lugar en mi vida o lo uso apenas como un accesorio para resolver problemas y sentirme seguro? ¿Escucho y vivo su Palabra con fidelidad y alegría? ¿Me esfuerzo diariamente por conocer su voluntad sobre mí para ponerla en práctica? ¿Valoro mi pertenencia a la Iglesia y doy testimonio coherente de mi fe?

Y en lo que se refiere a nuestro amor a los hermanos, preguntémonos también: ¿Estoy amando a cada persona que Dios me presenta en los diversos momentos del día o hago acepciones, prefiriendo a los que son más afines a mí? ¿Soy solidario con las necesidades del hermano que tengo a mi lado o me comporto con indiferencia y superioridad? ¿Cómo puedo amar más concretamente a aquellos que comparten su vida conmigo, en particular a mis familiares?

Todo esto vivámoslo en una justa armonía con nosotros mismos, profundizando cada vez más en nuestro propio ser imágenes de Dios que por ello mismo deben reflejar su amor y su bondad. Cuidemos nuestra armonía personal, el sano equilibrio entre espiritualidad y acción, entre fe y compromiso. Haciendo así nuestra alegría será grande, y esperamos que también sea ser así modelo para muchos en la fe.

 

 III.                ORATIO (Oración):

Oremos a partir de estas lecturas…

 

Oh Dios, tú que eres todo amor,

Enséñanos a amarte a ti a nuestros hermanos

Con un corazón indiviso.

Que en la práctica constante de este amor

Sepamos reconocer tu voluntad

Y encontrar allí nuestra alegría.

Salmo 17

 

Tú, Señor, eres mi refugio. Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, el Dios que me protege y me libera.

Tú, Señor, eres mi refugio.

Tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo, mi castillo. Cuando invoqué al Señor de mi esperanza, al punto me libró de mi enemigo.

Tú, Señor, eres mi refugio.

Bendito seas, Señor, que me proteges; que tú, mi salvador, seas bendecido. Tú concediste al rey grandes victorias y mostraste tu amor a tu elegido.

Tú, Señor, eres mi refugio.

 

¡Amén!

 

 IV.          CONTEMPLATIO (Contemplación)

En la quietud de tu corazón, contempla al Señor

 

 V.            ACTIO (Acción-Compromiso?

 

Para mantener nuestro corazón indiviso, el Señor nos propone no perder de vista nuestro amor a Dios y a los hermanos. En esta semana voy a valorar cómo me unen a Dios los actos de caridad que pueda hacer para con mi prójimo.

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Autor:

Sacerdote y poeta. Nacido en Caracas, Venezuela, en 1980. Estudió Artes, Filosofía y Teología. Ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Caracas en el 2007. Premio Nacional de Poesía Juvenil del Ateneo de Caracas y la Casa de la Poesía de Caracas (1996). A los 19 años su libro "Las Ruedas" fue seleccionado en concurso y publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana (1999). En el 2004 la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello publicó su libro "Una Barca. Ha publicado y recitado en países como Estados Unidos, Italia, Suiza, Brasil y Siria. Su poesía ha sido traducida al Inglés, al Italiano y el Árabe. Premio Trípode de literatura cristiana por su libro de espiritualidad "Beber de la fuente de la paz" (Caracas, 2009, Madrid, 2014). También ha sido nominado para recibir el Premio Mundial de Poesía Mística (Roma, 2010). En 2018 recibió el grado de Doctor en Teología por la Universidad San Dámaso de Madrid, donde actualmente reside. Ejerce su labor pastoral en el la parroquia La Asunción de Torrelodones.

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