Publicado en Christian Díaz Yepes, La Palabra de hoy

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

 Domingo 02 de Octubre, 2011

Vigesimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario


Compromiso, diligencia y esperanza: Tres palabras que resumen las lecturas de este domingo. La inquietante parábola de la Viña del Señor, anunciada por el profeta Isaías y retomada por el mismo Jesús en el evangelio, nos interpela y alerta sobre el cuidado que debemos prestar a nuestra vida como cristianos. El mensaje del apóstol san Pablo a los Filipenses nos enseña cómo mantener la atención espiritual sobre nuestro compromiso de vida. Así podremos presentar gozosos al señor la Viña que Él  nos ha mandado a cuidar hoy.



Primera Lectura

Lectura del libro del profeta

Isaías (5, 1-7)

Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción a su viña. Mi amado tenía una viña en una ladera fértil. Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas; edificó en medio una torre y excavó un lagar. El esperaba que su viña diera buenas uvas, pero la viña dio uvas agrias.

Ahora bien, habitantes de Jerusalén y gente de Judá, yo les ruego, sean jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera? ¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas buenas, las dio agrias?

Ahora voy a darles a conocer lo que haré con mi viña; le quitaré su cerca y será destrozada. Derribaré su tapia y será pisoteada. La convertiré en un erial, nadie la podará ni le quitará los cardos, crecerán en ella los abrojos y las espinas, mandaré a las nubes que no lluevan sobre ella.

Pues bien, la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación preferida. El Señor esperaba de ellos que obraran rectamente y ellos, en cambio, cometieron iniquidades; él esperaba justicia y sólo se oyen reclamaciones.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Salmo Responsorial Salmo 79

La viña del Señor

es la casa de Israel.

Señor, tú trajiste de Egipto una vid, arrojaste de aquí a los paganos y la plantaste; ella extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes llegaban hasta el río.

La viña del Señor

es la casa de Israel.

Señor, ¿por qué has derribado su cerca, de modo que puedan saquear tu viña los que pasan, pisotearla los animales salvajes, y las bestias del campo destrozarla?

La viña del Señor

es la casa de Israel.

Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste.

La viña del Señor

es la casa de Israel.

Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder. Restablécenos, Señor, Dios de los ejércitos, míranos con bondad y estaremos a salvo.

La viña del Señor

es la casa de Israel.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol

san Pablo a los filipenses

(4, 6-9)

Hermanos: No se inquieten por nada; más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud. Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.

Por lo demás, hermanos, aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio.

Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí, todo lo que yo he dicho y me han visto hacer; y el Dios de la paz estará con ustedes.

Palabra de Dios.

Te alabamos, Señor.

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.

Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.

Aleluya.

 

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio

según san Mateo (21, 33-43)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura:

La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Meditación sobre las lecturas

Compromiso, diligencia y esperanza: Tres palabras que resumen las lecturas de este domingo. La inquietante parábola de la Viña del Señor, anunciada por el profeta Isaías y retomada por el mismo Jesús en el evangelio, nos interpela y alerta sobre el cuidado que debemos prestar a nuestra vida como cristianos. El mensaje del apóstol san Pablo a los Filipenses nos enseña cómo mantener la atención espiritual sobre nuestro compromiso de vida. Así podremos presentar gozosos al señor la Viña que Él  nos ha mandado a cuidar hoy.

La imagen del pueblo de Dios como “Viña” suya es uno de los símbolos más sugerentes del Antiguo Testamento. Él nos presenta la porción del Señor como tierra fértil dispuesta por Él para que dé frutos de vida y alegría, representados en las uvas que deben dar un buen vino. La imagen del vino hace siempre referencia a la celebración, a la alegría y a la Alianza. Sugiere también el amor, que es dulce y embriagador.

Sin embargo, en la Primera Lectura, tomada del libro del profeta Isaías, se nos presenta el revés de la imagen del buen vino: Se nos habla de un agraz que produce en su lugar la tierra que había sido elegida por Dios para que en ella se cumpliera su designio. Toda la lectura es la exposición de la querella de Yahvé contra los dirigentes políticos y religiosos de su pueblo, a quienes confió el cuidado de su viña. A ellos hace responsables de que el fruto se haya desvirtuado, produciendo una bebida desagradable al paladar, que ya no habla de amor ni de celebración.

La misma temática de la viña del Señor es retomada por Jesús, auténtico intérprete de la Escritura. Él no sólo responsabiliza a los encargados de cuidar la viña por el mal fruto que está produciendo -recordemos que Jesús expone la parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo- sino que los responsabiliza de un pecado mayor: Ellos no han atendido la voz de aquellos que Dios ha enviado para advertir el peligro de la desviación del pueblo. Incluso llegan a agredir y matar al propio hijo del Dueño de la viña. Está claro que en estos sujetos Jesús está personificando a los profetas y a Sí mismo, que ha venido para pronunciar al pueblo la palabra definitiva de parte de Dios. Los empleados a los que el Dueño  había encomendado su Viña representan a las mismas autoridades civiles y religiosas a las que Jesús dirige la parábola. Pero también nos representan nosotros,  cristiano a quien le ha sido encomendado el cuidado de la obra de Dios en el día de hoy: Sacerdotes, padres de familias, trabajadores, estudiantes. Hoy nosotros somos la Viña del Señor, y por tanto tenemos la responsabilidad de cuidar con atención nuestra propia vida, sabiendo que no somos sus dueños, sino que tendremos que rendir cuenta de ella al Señor. Rendiremos cuenta de la obras hechas a cada hermano, de cada palabra pronunciada, de cada gesto omitido. Cada momento presente de nuesta vida es una ocasión para cultivar con esmero la porción de la Viña que el Señor nos encomienda: cuando hacemos bien nuestro trabajo cotidiano, cuando estudiamos, cuando vivimos un equilibrado descanso, cuando nos comunicamos con otros a través de los medios contemporáneos… Tantas y tantas ocasiones que debemos llenar de amor hacia Dios y a los hermanos. Así presentamos ante Él una vida llena de frutos.

¿Cómo estoy cuidando mi propia vida cristiana? ¿Vivo con diligencia y amor cada acción de mi vida o me dejo conducir por el egoísmo y los impulsos ciegos? 

Profundicemos aún más. Tanto la Primera Lectura como el Evangelio, nos hablan de la relación de Dios con la historia humana. Aunque Él la trasciende infinitamente, gusta de intervenir en ella para conducirla a su salvación definitiva. Él se solidariza con ella y se hace presente en sus tiempos para reconducirla a su designio de libertad y armonía. Estas lecturas nos llenan de esperanza al comprobar que aunque los hombres erremos en nuestras decisiones y la enturbiemos la obra de Dios con nuestros pecados, Él continúa conduciéndola a su realización. Esperamos, de hecho, la venida de una “tierra nueva y cielos nuevos” (Ap 21), en los que nuestra realidad estaré llena de la gloria de Dios.

¿En mi día a día tomo conciencia de que Dios me conduce, que Él es el término de mi vida? ¿Qué frutos estoy dando en mi vida, buen vino o bebida agria?

Mientras vamos de camino, nuestro compromiso con el Señor es cuidar hoy de su viña, que somos cada uno de nosotros en la Iglesia. Siguiendo los consejos que san Pablo dirige a los cristianos de Filipos: Sin inquietarnos por nada de lo que vemos como escandaloso en nuestro tiempo, presentamos continuamente oraciones a Dios; apreciamos  “todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio”. Haciendo así la paz de Dios estará siempre con nosotros.

Amén

© Padre Christian Díaz Yepes. 2011

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Autor:

Sacerdote y poeta. Nacido en Caracas, Venezuela, en 1980. Estudió Artes, Filosofía y Teología. Ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Caracas en el 2007. Premio Nacional de Poesía Juvenil del Ateneo de Caracas y la Casa de la Poesía de Caracas (1996). A los 19 años su libro "Las Ruedas" fue seleccionado en concurso y publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana (1999). En el 2004 la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello publicó su libro "Una Barca. Ha publicado y recitado en países como Estados Unidos, Italia, Suiza, Brasil y Siria. Su poesía ha sido traducida al Inglés, al Italiano y el Árabe. Recientemente ha merecido el Premio Trípode de literatura cristiana por su libro de espiritualidad "Beber de la fuente de la paz". También ha sido nominado para recibir el Premio Mundial de Poesía Mística (Roma, 2010). Actualmente ejerce su labor pastoral en el la parroquia La Anunciación del Señor de La Boyera, Caracas, y la docencia en el Seminario Mayor Arquidiocesano de Caracas.

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